lunes, 29 de mayo de 2017

MI DAIMON PRIVADO



“Los dáimones tienen una naturaleza animal, una mente racional, un alma supeditada a pasiones, un cuerpo etéreo y son inmortales”. (Apuleyo)

Sabido es, desde tiempo inmemorial, que el Maligno acecha y persigue con saña la virtud de la inocencia, especialmente la de aquellos seres destinados a sentir profundamente, desde la más tierna infancia, la llamada de Dios. Yo me sentía llamado, Él me acompañaba, poniéndome, parafraseando a Baudelaire, bajo la tutela invisible de un ángel; una infancia transparente de niño solitario dotado de una conciencia lúcida, de capacidad innata para la exploración de los mundos arcanos y con preocupantes carencias y nulas habilidades sociales.

Cuando descubres en ti ese mundo interior, habitado de presencias y reminiscencias o recuerdos de otras vidas, de voces discordantes, de influencias contrapuestas, de criaturas fantasmales que surgen de la oscuridad, nada en tu vida vuelve a ser igual, sencillamente, has descendido al territorio ignoto donde habitan las fuerzas telúricas, las vastas planicies azotadas por un viento gélido, donde vagan los espíritus de los condenados, la soledad y el espanto de los fondos abisales, morada eterna del mal y refugio de la Bestia.

A diferencia de A. Guridi, santa desde los quince años, siendo hasta entonces, según confiesa, una ovejilla descarriada trotando por los recónditos invernales de Urbia, yo lo fui hasta esa edad, acompañándome desde tan lejanos días, para mortificación y tormento, mi daimon privado, un ser abominable que no ha hallado mayor placer en su vida que burlarse y reírse a mi costa, bien por el procedimiento de usurpar mi lábil personalidad, campando así a sus anchas y creándome toda clase de problemas, u ocupando mi frágil y voluble mente y perturbando mis pensamientos. Así que con esa pesada carga he tenido que crecer, inclinado hacia el bien, pero obrando el mal, por mor de esa perniciosa, aviesa e indeseable compañía.

En el pasado, dada mi naturaleza introspectiva, había llegado a sospechar como causa justificativa de mi conducta, un trastorno nada liviano de la personalidad, que rayaba, a veces, con la esquizofrenia y otras con una neurosis con graves episodios obsesivo-compulsivos, puesto que todas y cada una de esas complejas alteraciones parecían incidir en mi conducta. Lamentablemente, esa visión infantil y reduccionista me llevó, mal aconsejado, presumiblemente, por psicólogos y especialistas varios, a iniciar un camino de tratamientos paliativos que nada mejoraron mis dolencias y que, por el contrario, sólo sirvieron para enmascarar la raíz del padecimiento.

El caso es que, estando ya muy harto de los caprichos y manifestaciones de ese engendro, rozando ya mi salud mental con la puerta del frenopatico, no tuve mayor fortuna que descubrirlo agazapado en mi interior; era la prueba definitiva: se materializó ante mis ojos, en el silencio intempestivo de una noche infame en que, tras haberme obligado a engullir media botella de coñac, después de emborronar varias de mis cuartillas con frases obscenas, juramentos e imprecaciones imposibles de reproducir ya que perturbarían al más impasible de los mortales, se asomó tenuemente a mi espejo mientras yo le gritaba – ¡Manifiéstate, no te tengo miedo, eres un patán…!

Cerré los ojos hasta formar una leve rendija, fijé mi atención en el fondo y allí estaba. Confieso que se me erizaron los cabellos y el vello entero; que un frío espantoso, procedente de algún lugar del inframundo, congeló mis pensamientos. Le miré fijamente, advertí su expresión simiesca, su naturaleza intemporal, su corporeidad huidiza, ocupando mi ser por completo.

No, aquello que yo vi no era un espíritu, sino un estado desconocido de la materia, una estructura molecular compleja y cuasi invisible, una especie de proyección plasmática encogida en la rotundidad de un cuerpo.

A raíz del suceso se tornó más molesto si cabe, inundó mis noches de pesadillas, de presencia y sueños inenarrables, provocando con ello en mí no pocos estados de terror nocturno. Naturalmente, todo, para él, se reducía a un simple juego; no hallaba mayor placer que descorrer mis sábanas, o convertir mi cuarto en una sala de proyecciones, donde se daban cita todo clase de fenómenos y sucesos paranormales, cuyo detalle ahorro al casual y sufrido lector, para no sobrecargar en demasía su morbosa curiosidad. Se introdujo en mis sueños, se adueño de mi inconsciente, esa parte más vulnerable del ser trascendental cuya protección está encomendada a nuestro ángel de la guarda, sin cuya presencia nos encaminaríamos todos a los abismos de la locura y del crimen.

Más el estado de sopor permanente, esa especie de narcolepsia inducida por los fármacos y el alcohol a partes iguales, hizo que yo bajara la guardia, suscitando en mi un estado de terror en la fase anterior al sueño, ese instante, que puede durar una eternidad, en que te invade esa dulce somnolencia, preludio de un sueño reparador y gratificante: tres presencias ominosas cubiertas por negros sudarios, rostros arrugados y cetrinos, atormentados por el castigo de un mal eterno, se desplazaban por mi estancia, a ras del suelo, se detenían al costado de mi cama y murmuraban frases inaudibles, mirándome con insolencia, mientras devanaban el ovillo, rueca y huso en mano y tejían mi mortaja, esperando un momento de descuido para arrebatarme el alma.

Transcurrió el tiempo, fui creciendo, y a fuerza de voluntad y disciplina conseguí, casi por completo, calmar a mi bestia, sin que faltaran ocasionales e incontrolados momentos de hostigamiento y algunas recaídas. Me casé, Dios me dio la inmensa fortuna de la descendencia, y durante mucho tiempo he podido llevar una vida “normal”, sin graves injerencias, sabiendo yo que esa naturaleza salvaje e indómita, necesitaría del control más férreo. Y en esas se me pasó la vida, luchando a brazo partido y dejando lo mejor de mis esfuerzos en una lucha encarnizada y sin cuartel.

Comprendí tardíamente que todo formaba parte de su estratagema: consiguió arruinar mis proyectos; mientras yo le vigilaba, los mejores años pasaron y, cercado por las limitaciones físicas y las propias de la edad, por esa agobiante sensación de finitud en cada una de mis células, he podido comprobar su victoria.

En ese estado llegué, hace ya algún tiempo, al Padre X. G.; jamás había imaginado que tan sencillas recetas podrían lograr resultados tan sorprendentes: oración y ayuno. Hoy puedo decir que ese dañino genio burlón, aburrido, desesperado por el fracaso de sus intentos, se ha retirado del campo de batalla y mi vida entera ha encontrado la paz, el sosiego y el descanso.

En tan serena placidez, paseando por la muy noble, vetusta y docta ciudad de Alcalá de Henares, tratando de descubrir los ecos y las huellas del imperecedero talento de cuantos genios la habitaron, se acercó a mí una vieja gitana; con gesto mecánico deposité una moneda en su mano; ella atrapó la mía con fuerza y la miré: si era una de aquellas criaturas de mis sueños, los negros faldones, el rostro mortecino, surcado de arrugas como desfiladeros, desembocando en las comisuras de una boca horrible, negra, plena de ponzoña, aquellos ojos profundos como ibones a la luz de la luna, la mirada demoniaca …
Con un gesto enérgico retiré mi mano de la suya y corrí sin rumbo; a lo lejos escuche su voz cascada y su risa siniestra: ¡Yo te conozco; sé quién eres, ah, ja, ja, ja; tienes mal de ojo desde que naciste, ah, ja, ja, ja; por unas pocas monedas puedo quitártelo, ah, ja, ja, ja …!

En mi loca y precipitada huida me di de bruces con la Magistral y, penetrando en su interior, no tuve mejor ocurrencia que hundir mis manos en agua bendita. Al instante, comenzó a hervir y en sus reflejos argénteos, entre vapores deletéreos, creí nuevamente percibir la figura de mi daimon privado riéndose a mandíbula batiente. Él, o quizá ese monstruo acéfalo de mi imaginación, jugándome, otra vez, una mala pasada.