viernes, 7 de abril de 2017

Gizeh, o la inmortalidad

Zoser, Snofru, Keops, Kefren, Micerino …, a todos nos resuenan estos enigmáticos nombres desde nuestra época de estudiantes, y vienen asociados a la historia de Egipto, y más concretamente del Imperio Antiguo, y a unas dinastías de reyes o faraones constructores, esencialmente la III y la IV, que habrían levantado gigantescas, ciclópeas estructuras piramidales, en mitad del desierto, al parecer, como tumbas o mausoleos, como última morada, en la creencia de que sus almas volverían a renacer y con ellas sus cuerpos; en la creencia de que la muerte no tiene la última palabra, que después de ella habrá una vida nueva y plena, en armonía con el cosmos y la naturaleza, sin sometimiento al dolor y a la decrepitud, una vida eterna en la gloria.

La muerte, pues, tan sólo sería el tránsito necesario para despojarnos de esta vestidura carnal y abandonar el inframundo o mundo de los muertos, antes de experimentar la transformación en seres inmortales, dotados de cuerpo y alma, un cuerpo más sutil o etéreo, equiparables a dioses, habitantes de otra tierra y otro cielo imperecederos. Ese era el modo de pensar de los antiguos egipcios; ese era y es el modo de pensar con algunas variantes, que no son fundamentales, de toda civilización espiritual.

Los más reputados anales sitúan la época de la construcción de estos gigantescos poliedros entre el 2700 y el 2300, antes de nuestra era, por lo que tendrían una antigüedad máxima de 4700, casi cinco mil años. Hoy es posible remontarse a esa época histórica, pues, afortunadamente, nos han llegado noticias de esos antiguos tiempos a través de diversas fuentes y descubrimientos, que demuestran, en efecto, que, en esa época Egipto, era, geográficamente, un país desértico, tal como hoy lo conocemos, recorrido de sur a norte por un gran río, el Nilo, en cuyos márgenes y principalmente en su delta, se asentaban diversas comunidades, dedicadas a la agricultura, al cultivo de los cereales y el algodón, a la pesca y al pastoreo de rebaños de cabras, y a alguna pequeña industria de tejidos y alfarería, fabricación de cerveza, extracción de minerales, etc. base todo ello de un incipiente comercio.

Dichas gentes, aunque libres, estarían bajo la protección o tutela de un príncipe y de una casta sacerdotal, a cuyo sostenimiento contribuían, mediante algún tipo de impuesto o exacción. Gentes de raza camita, de rasgos negroides, como los abisinios o etíopes, pero también afroasiáticos de piel cetrina (moros, bereberes, etc), que vivían en casas de adobe rematadas en terraza o chozas con tejados de paja o carrizo; casas que disfrutaban de pequeñas comodidades: el hogar donde refulgía el fuego día y noche, la habitación donde dormir sobre una bancada o un suelo cubierto de esterillas o pieles, los útiles o vajillas de barro para el agua y la comida, cuchillos de cobre o de hueso u otros instrumentos de corte para el sacrificio de los animales, es decir, el pequeño ajuar doméstico, propio de ese tiempo y su tecnología, según se ha podido constatar a través de su legado arqueológico.

Estas colectividades serian tributarias del “nomo” del Bajo Egipto, con capital en Menfis el centro político y religioso del Imperio Antiguo, cuya población en su época de mayor esplendor rondaría aproximadamente las quinientas mil almas: situada, aproximadamente, a unos veinte kilómetros del actual El Cairo, era una ciudad muy importante de la antigüedad, reconocida por todos los reinos y naciones o pueblos de ese tiempo que ambicionaban sus riquezas.

Cuando menos, produce un escalofrío pensar que hace cinco mil años, una civilización surgida de las brumas del Neolítico, fuese tan profundamente religiosa, tan lúcida y espiritualmente avanzada en sus concepciones sobre la vida y sobre la muerte: adoraban estos egipcios a una deidad llamada Path, que habría creado el Universo con la fuerza de la palabra, deidad de la vida ultra-terrena y garante de la resurrección. Los antiguos egipcios representaban este concepto de la resurrección mediante el símbolo del escarabajo. Este símbolo sagrado era la representación conceptual de una creencia muy extendida y es que, tras la muerte, existe una vida más plena y gozosa donde el hombre, liberado de sus ataduras terrenas (la enfermedad, la decrepitud, la muerte), resucitaría a una vida plena en comunión con los dioses, en cuerpo y alma, (el “ka” de los egipcios, sería la conjunción del cuerpo místico o glorioso de la tradición cristiana y el espíritu o alma, inmortal por definición).

Es realmente una concepción muy elaborada, si tenemos en cuenta, por ejemplo que, en el mundo judío veterotestamentario, cuesta mucho encontrar un texto claro sobre la vida ultraterrena. Los judíos viejos creían en cosas tales como el descanso eterno, o en nociones más difusas o confusas como “el seno de Abraham”, existiendo, por lo tanto, entre la clase sacerdotal, muchos recelos sobre el particular, siendo los saduceos totalmente beligerantes contra la idea de la resurrección. Se supone que este concepto habría ido tomando cuerpo a lo largo de mil años, en el proceso de elaboración del Antiguo Testamento. Y habría sido reelaborado, partiendo o teniendo en cuenta la tradición egipcia, con todos los matices nacidos de las peculiaridades e idiosincrasia del pueblo judío, vehemente y apasionado en la defensa de sus identidad y de sus creencias.

Las creencias sustentan la civilización, una civilización sin creencias, sin grandes ideales, como por ejemplo la nuestra, está condenada a la extinción. Y los egipcios creían, soñaban, procreaban, nacían y morían con la esperanza puesta en la vida ultra-terrena, cultivaban la piedad y la oración y eran gente solidaria, trabajadora y buena.
Es más que probable que, entre cosecha y cosecha, se dedicaran a la construcción de ingentes obras públicas: canales de irrigación, depósitos o silos, pozos y cisternas, murallas y caminos, palacios, estatuas y plazas. Y lo habrían hecho con paciencia e ingenio utilizando unos útiles y herramientas muy primitivos: el martillo o la maza de piedra, el pico y la pala; y habrían utilizado el cobre para el punzón y el buril, el escoplo y la sierra, pero no conocían la rueda, ni la necesitaban en un arenal donde un pequeño trineo les podría reportar más ventaja y utilidad para desplazarse o para transportar cargas. Las ruedas se hunden en la arena, hay que construir muchos kilómetros de calzadas y caminos para poder aprovecharlas. Y en las primeras dinastías no había ruedas. Hasta ahí llegaba toda su tecnología, según los restos hallados y según sus propias descripciones.

Eran muy hábiles artesanos, tallaban, pintaban y esculpían con gran destreza; sus pictogramas y glifos son de una rara perfección y belleza; contenidos en la expresión y la forma, conseguían representar, primero su lenguaje, su forma de comunicarse, y, luego, con gran realismo y naturalidad con una extraordinaria capacidad esquemática, prueba de su gran inteligencia y grandes dotes de observación, todo tipo de cosas, desde los objetos de uso más cotidiano, hasta los animales, desde las flores hasta las plantas.

Más los egipcios, estos egipcios, jamás pudieron construir las pirámides, o. de haberlas construido en esa época, tuvo necesariamente que ser con otra tecnología desaparecida de origen desconocido, de lo contrario, las pirámides ya estarían allí, portando un mensaje de otro tiempo en que los dioses gobernaron el mundo, como ellos mismos reconocen cuando se remontan a las antiguas cronologías. Como creía el historiador, gran sacerdote del santuario de Heliópolis y cronista egipcio Manetón del siglo III antes de Cristo, autor de una Historia de Egipto, contemporáneo de Beroso, historiador y gran sacerdote de Marduk, en tiempos de Antioco I, cuyos anales, los de ambos, se hunden y se remontan a través de dinastías y reinados que alcanzarían los treinta mil años de antigüedad, y cuya obra está recogida en Flavio Josefo, Julio Africano, Plutarco y en la Patrística (Eusebio); y como creían, ya en tiempos del Islam, los sabios, eruditos y hombres de ciencia de esa gran civilización, que tuvieron acceso a esas y otras dataciones y cronologías.

Estarían allí, semienterradas en las arenas del desierto, aprisionadas bajo millones de toneladas de arena, que los egipcios de esas dinastías y otras anteriores se habrían limitado a remover hasta encontrar su base. Keops, Kefren, Micerino, no otra cosa habrían hecho que atribuirse el honor de su descubrimiento, más nunca el de su construcción, pues tal tarea les hubiera resultado imposible por completo con sus instrumentos de cálculo y medida, así como útiles y herramientas rudimentarias, es decir, con, la tecnología y el estado de los conocimientos matemáticos o científicos de la época.

Es obvio que habrían hallado algún tipo de pasadizo o puerta, probablemente subterráneo, que les condujera a la cámara del caos y desde allí a su interior, a fuerza de excavar galerías; luego tales pasadizos permanecerían durante siglos ocultos; habría que esperar hasta la época del califa Al Mamun, el bagdadí, allá por el año 820 de nuestra era y, aproximadamente, el 200 de la Hégira, quien dirigió las obras que permitirían hallar una entrada, oculta originariamente por grandes bloques de piedra caliza pulimentada, que permite acceder a las galerías y túneles que nos llevan a su interior.

Concedo, únicamente, que, Inmhotep, el gran arquitecto de los tiempos de Zoser, quien habría tenido acceso a algunos secretos de su construcción, lo intentara en Saqqara, y que dicha pirámide escalonada, compuesta, en realidad, por seis mastabas superpuestas, fuera el intento fallido de emular esas portentosas edificaciones; que Snofru, lo intentara, asimismo, y tras dos intentos fallidos llegara a conseguir la clave en su pirámide roja de Dasshur. Si, ya sé que se argüirá que aquellas son anteriores, según las dataciones, pero es que parto de la hipótesis de la imposible demostración de que las pirámides de Guiza fueran construidas en la IV dinastía, sino en un tiempo desprovisto de memoria, al cual sólo se puede remontar uno a través de la imaginación. Las construidas en las dinastías posteriores, hasta cien, no fueron, a su lado, más que más que rudimentarios montículos de piedra o ladrillo de una factura tosca y que revelan, efectivamente, el estado tecnológico de la época. Hasta las dinastías XVIII a XX, del Imperio Nuevo, comparables en su poderío a aquellas de los primeros tiempos, bajo el influjo de los Amenofis y los Tutmosis y luego bajo la égida de los generales ramésidas y posterior Egipto Ptolomaico, no volvería a construirse obra alguna de relieve en todo Egipto (Luxor, Karnak, Abu Simbel, el Valle de los Reyes, etc.). Mas, incluso en esos tiempos de gloria y esplendor, no hubo obra humana alguna semejante en perfección y grandeza.

Ciñéndonos a la pirámide de Zoser y por aportar unos pocos datos perfectamente contrastados, en comparación con la gran pirámide atribuida a Keops, con independencia de los materiales empleados en su construcción, bloques regulares de piedra caliza unida mediante argamasa de aquella, frente a bloques perfectamente tallados, cada uno de diferente tamaño, como si se tratara de un puzzle gigantesco, sin aparente unión entre ellos, en esta; sesenta metros de altura de aquélla, frente a los ciento cuarenta y seis metros de ésta; cuadrangular la una, octogonal la otra (cada cara está compuesta, en realidad por un diedro, dos superficies triangulares cóncavas que forman en su apotema un pequeño ángulo, tan sólo perceptible durante los equinoccios); sin orientación definida la primera y orientadas cada par de caras a un punto cardinal la segunda; de medidas distintas e irregulares cada uno de sus lados en la de Zoser y de una total precisión milimétrica (véanse los estudios de Petrie sobre el particular) la de Gizeh, someramente embastada la una y recubierta por veintisiete mil bloques de piedra caliza blanca y perfectamente pulimentada como la superficie de un espejo, rematada, además, en su cúspide por un artilugio dorado llamado piramidón, la otra. Construcciones que, dicho sea de paso, a fecha de hoy, y ya han pasado casi cinco mil años, según las dataciones arqueológicas, nadie sabe cómo se han realizado, es decir, que se ignora de ellas lo más esencial desde el punto de vista arquitectónico: el procedimiento utilizado para su construcción.

Solamente una facción de la ciencia, la representada por la arqueología oficial, mantiene hoy, igual que ayer, con gran obstinación, que esos portentosos edificios fueron construidos en tiempos de la IV dinastía con las técnicas de la época, basándose en una inscripción o cartucho, que contiene, aparentemente el nombre de Keops (Jufu o Kufu), situado en un lugar invisible e inaccesible de los muros de descarga situados encima de la cámara del rey ¡A eso si que llamo yo agarrarse a un clavo ardiendo; bonito lugar para proclamar a los cuatro vientos y al orbe la gloria del faraón!

Ni ingenieros, ni arquitectos, ni geólogos, creen hoy que, con la tecnología tan rudimentaria hallada de aquella época, pudieran levantarse. Lo único que pueden decir, es que, de haberlas levantado en ese tiempo, habría sido con una tecnología diferente y desaparecida, de características similares, como mínimo, a la actual, en cuanto a su potencialidad, aunque podría ser incluso mucho más avanzada (anti-gravedad). Por ello expresan sin rubor, que, ante la imposibilidad de conocer a fecha de hoy en qué forma fueron construidas, habría que recurrir a la ingeniería inversa, es decir a desmontar pieza a pieza la pirámide, lo que nos llevaría tantos o más años de trabajo que los utilizados en su construcción, según las mentiras que le contaron, cuatrocientos años antes de nuestra era, los sabios de Heliopolis a Herodoto, que era cualquier cosa menos un ingenuo: “… si yo me veo en el deber de referir lo que se cuenta, no me veo obligado a creérmelo todo a rajatabla; y que esta afirmación se aplique a la totalidad de mi obra …”, dejo dicho. En consecuencia, hoy por hoy, sólo podemos desgranar sobre el particular pobres hipótesis más o menos ingeniosas totalmente indemostrables.

Posiblemente, la profanación de aquellos templos y monumentos, por los gobernantes de esas épocas, la apropiación y el uso indebido que hicieran de los mismos, provocaran la primera rebelión y revolución social conocida de los tiempos históricos, como la producida en el reinado del Faraón Pepy II. Era un regalo de los dioses, el testimonio indeleble de su presencia en el mundo creando una nueva humanidad que les hablaba a través de miles de signos enigmáticos e intraducibles, grabados sobre sus espesos muros, donde dormía el gran secreto de la mayor y única maravilla de la antigüedad que ha resistido al paso del tiempo y de los hombres.

Otro de los grandes enigmas de las pirámides es el motivo de su construcción y su utilidad. Alegan los antiguos que se construyeron como mausoleos para los propios faraones, es decir como tumbas. De haberlos enterrado realmente en ellas, habrían aparecido, en alguna, restos biológicos y podrían datarse más o menos rigurosamente a través de la prueba del carbono 14, e incluso descubrir su ADN. Si, hemos visto grandes sarcófagos entre sus paredes, tallados en una sola pieza de granito rojo o en diorita, como el hallado en la cámara del rey de la gran pirámide, espacio rectangular ciclópeo, sellado con bloques, algunos de ellos con pesos superiores a los cuatrocientos mil kilos, como los que cubren su techo, inexpugnable refugio o habitación del pánico, más propio de la era nuclear, pero en ninguno de ellos se ha encontrado nunca ningún féretro o ataúd, conteniendo el cuerpo momificado, adornado con los símbolos de la realeza: el collar, el cayado y el mayal, y los vasos canopos conteniendo el producto momificado de la evisceración.

Es probable, si, que dichos faraones pasasen algún tiempo en su interior, por algún motivo ceremonial o religioso de carácter trascendental, atinente a los cultos de transformación y renovación osiriana, propios de las religiones mistéricas, para renacer y aparecer a los ojos del pueblo envueltos en la aureola de la divinidad, pero nunca, jamás, utilizadas como cenotafios, pues nadie, en su sano juicio, espera resucitar en cuerpo y alma, como esperaban los egipcios y esperamos nosotros, tras ser enterrado en una cámara de esas características, bajo el peso de una inmensa mole pétrea de siete millones de toneladas. ¿Por quienes y cuándo fueron construidas? Pensemos la respuesta.



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