jueves, 6 de abril de 2017

EL PREPARACIONISTA


El accidente


I


La caída desde el puente le dejó aturdido durante unos segundos. Se hundía lentamente en el río, atrapado en el interior de su vehículo, sin poder hacer nada para evitarlo. Dominado por el pánico intentó liberarse del cinturón, mientras observaba desesperádamente como, tras deslizarse por una falso fondo, caía hacia un lecho más profundo, quedando recostado en el limo, sobre el lateral opuesto a su asiento. Se dio a sí mismo cinco minutos de vida, pues el agua comenzaba a filtrarse a borbotones inundando, inexorablemente, el habitáculo. Desenfundó, con determinación, su vieja Astra nueve milímetros, efectuando un solo disparo sobre la luna trasera, al mismo tiempo que con el brazo izquierdo protegía cara, cuello y torso de las esquirlas de cristal fragmentado en mil pedazos que volaban a su derredor a velocidad supersónica.


Un torrente impetuoso anegaba el auto; aspiró profundamente, guardó el arma en su cartuchera y cogiendo del asiento la cazadora y una pequeña mochila perfectamente estanca, tomó impulso deslizándose afuera; el agua estaba helada; con los pulmones a punto de estallar, alcanzó la superficie y en unas pocas brazadas la cercana orilla opuesta más accesible, ya que la del lado de la caída, aunque más cercana, presentaba a simple vista la dificultad de un empinado terraplén de dificultoso acceso.


Caía la noche y las lejanas luces de la gran ciudad teñían de naranja y azul cobalto el horizonte. Recuperó el aliento, sus fuerzas se hallaban al límite. Sintió un reguero de sangre caliente, discurrir por su brazo izquierdo; un pequeño cristal puntiagudo se había incrustado en el mismo a la altura del hombro. Abrió su mochila, sacó un pequeño botiquín y, tras extraerlo con unas pinzas con sumo cuidado y claras muestras de dolor, desinfecto y curó la pequeña herida, cerrándola con seis puntos de sutura, adhiriéndole, por último, un apósito con una pomada antibiótica.


Una fina lluvia comenzó a caer, se había levantado aire, un aire húmedo y pegajoso; tiritaba de frío; se hallaba en un camino que discurría por un bosque de ribera. Busco refugió bajo las ramas de un viejo álamo.


Rápidamente de su mochila extrajo una cajita hermética, con los útiles necesarios para improvisar una hoguera. Utilizó una pastilla de alcohol encendiéndola con una chispa de su pedernal. Los árboles más cercanos a la corriente suelen tener parte de sus raíces al descubierto, a menudo se forman oquedades en sus troncos y estas contienen restos de corteza, yesca, ramitas, hojas secas y madera en descomposición. En rápidos movimientos hizo acopio de una buena provisión de materiales con los que alimentar el fuego. Acto seguido, tras proteger la hoguera con piedras en derredor, extendió una cuerda guía, anudándola entre dos árboles con sendos nudos ballestrinque, aproximadamente, y sobre la misma dispuso un tarp, cuyos cabos sujetó al suelo mediante picas, a modo de canadiense, proporcionándole un cómodo refugio donde protegerse de la lluvia y del aire.


Instalado el provisional campamento, se despojó de su ropa mojada, depositándola al calor de la hoguera; extrajo de un sobre sellado una manta térmica y, envolviéndose en la misma, acurrucado, fue recuperando el calor necesario para desentumecer sus agotados músculos. Luego, puso a hervir en un pequeño recipiente de aluminio que depositó sobre unos rescoldos, la tercera parte del agua de su cantimplora, añadiendo a la misma el contenido de un sobre de sopa de fideos; tras tomarla bien caliente, volvió a hervir un poco más para prepararse un té con azúcar que consumió a pequeños sorbos, acompañándolo de unas galletas; y notando ya en su cuerpo una reconfortante energía, se dispuso a dormir sobre el mullido suelo formado por una espesa capa de heno de un cercano almiar, dispuesta sobre la lona del vivac.


Había estado a punto de morir en un estúpido accidente, consiguiendo salvarse de forma milagrosa, gracias a su buena estrella y su instinto de conservación y no podía por menos que dar, por ello, gracias a su ángel de la guarda.


Era un tipo metódico, que no dejaba nada al azar; en los últimos tiempos se había obsesionado con los problemas derivados de la supervivencia en entornos hostiles: se preparaba para cualquier desenlace, ya que era de los que esperaban que algún desastre natural o provocado nos dejaría inermes e indefensos ante la furia de elementos o fuerzas descontroladas.


Cuatro días antes del incidente, se hallaba realizando los últimos preparativos para mudarse de casa y del lugar habitual de residencia; había comprado a precio de ganga, tras vender su apartamento en la ciudad, una vieja aunque muy sólida casona en la montaña, en un paraje aislado y boscoso, trasladando allí la mayor parte de sus pertenencias con gran acopio de víveres. Éste era el último de los viajes; en el maletero llevaba tres bolsos repletos de ropa y otros enseres y pertenencias personales y una mochila grande con sus pertrechos para travesías. Necesitaba dormir y reponer fuerzas. Más antes de caer rendido por el cansancio y el sueño, ideó la forma de rescatar dicho equipaje del fondo del río.


Pensaba en su mujer y en sus hijos, el uno en Nueva York, con un buen trabajo en una empresa multinacional, felizmente casado, que ya le había hecho abuelo por dos veces, pero sobre todo en su hija, la cual había regresado al hogar tras un corto paréntesis de vida independiente, frustrada la experiencia por su situación de desempleo y consiguiente imposibilidad de subsistir por sus propios medios.


Ellas eran las únicas personas que se habían tomado en serio sus preocupaciones, pues el resto de la familia y amigos se reía de sus manías, pensaban que era un tipo raro y neurasténico con tendencia a la fabulación. Ellos vivian despreocupados, sin tomarse nada en serio, apurando hasta las heces la vida disipada y decadente de una sociedad que no hallaba freno, sumida en el hedonismo y la inmundicia, incapaces de entender que el mundo había cambiado de forma drástica y que se encaminaba de forma inevitable a su autodestrucción y ruina.


Allá, en la vieja casona, le estaban esperando en compañía de su pareja de mastines , entretenidas ambas en adecentar y limpiar las estancias; en desempaquetar, ordenar y almacenar útiles, herramientas, enseres y provisiones.


A la mañana, con el amanecer, encendió una hoguera, extrajo de su mochila un rollo de diez metros de cordino de siete milímetros de grosor y su cuchillo de monte; ató un extremo a una gruesa raíz medio hundida en la orilla, y pasando el otro cabo por un mosquetón sujeto a un improvisado arnés que llevaba atado a la cintura, se lanzó al río.


Afortunadamente, el lugar era un remanso de aguas cristalinas, por lo que divisó su vehículo sin dificultad. Descendió los escasos tres metros que le separaban del fondo; el maletero estaba casi abierto como consecuencia del golpe; forcejeó hasta abrirlo por completo y extrajo los bolsos y la mochila; introdujo la cuerda por las asas y tras anudarla, emergió rápido por donde hacia pie; tiró de ella y los bultos fueron subiendo a la superficie, sin dificultad, arrastrándolos a continuación hasta la orilla.


Se secó con una toalla de fibra y dispuso alrededor del fuego las bolsas y la mochila, de las que previamente había sacado su contenido; se vistió sin prisa; su ropa aún conservaba restos de humedad; se acercó al fuego y vertió agua en el cacillo de su cantimplora, añadiendo dos cucharadas de té y un terrón de azúcar, que, una vez hecho, consumió junto unas barritas energéticas, a modo de desayuno.


Sobre el horizonte, aun plagado de luminarias, el resplandor de las primeras luces crepusculares teñía de rojo y amarillo el cielo; el sol, se levantaba tras las sierra. Era un paraje campestre de la provincia de Madrid, pintado de tostados campos de avena a la espera de la hora de la siega, no distante más allá de cuarenta kilómetros de la capital; se le había cruzado, de improviso, una piara de jabalíes en el camino, intentó esquivarla y se precipitó al vació. La vida era un milagro.


(continuará)      

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