sábado, 30 de diciembre de 2017

CURSO DEL 68

CURSO DEL 68

(El número "e" y el cigarrillo de Pall Mall)
Por L. Gregorio Torre Rivero

Aquel día, como tantos otros, tras un rápido refrigerio,  salí corriendo con mi bolsa de gimnasia al hombro y mis libros: la sirena había sonado, lo que indicaba que, en cinco minutos, tenía que recorrer un kilómetro escaso, que era la distancia que separaba mi casa del instituto.

Había pasado casi toda la noche estudiando, y, por lo tanto, me encontraba somnoliento y de muy mal humor,  pero, previsiblemenete, tenía que pasar una prueba y necesitaba concentrar toda mi memoria y mi atención tan sólo en ese reto.

Traspasado el umbral del instituto " Instituto Pelagius  Rex”, subí de cuatro zancadas las escaleras, entrando en el aula casi sin aliento. Allí me esperaba D. XXX, en actitud inquisitorial. El día anterior había tenido un examen de su asignatura, y no se me ocurrió mejor cosa (y lo confieso con gran sentimiento de culpa, a pesar de haber transcurrido tantos años) que, por el cobarde e innoble procedimiento del cambiazo, entregar las hojas con las contestaciones previamente escritas, objeto más que predecible del citado examen. 

Siempre recordaré la infamia, como recordaré también el buen estado de mis reflejos, pues nada más cometer la fechoría, supe que era reo de muerte, y que si no aprovechaba el tiempo, sería, además, el hazmerreír de la clase, cosa que a determinada edad en la que no hemos perdido aún ni el orgullo ni la autoestima es, sencillamente, insoportable.

Me senté en el pupitre con todos los músculos en tensión, sin atreverme a levantar la vista de la mesa, dispuesto a lanzarme, con la mayor desenvoltura posible y también con la mayor desvergüenza, en defensa de mi persona.

—Hay un listo, comenzó,  que se cree muy listo, pero que hoy, seguramente, va a demostrarnos lo contrario, porque se necesita ser rematadamente lerdo para copiar un examen, de la manera que él lo ha hecho, con puntos y comas, y pretender que yo no me entere.

Minusvalora a sus profesores y, lo que es más, perjudica a sus propios compañeros, a quienes haría un flaco favor, a los de verdad, inteligentes y estudiosos, matizó,  si yo me dejara engañar  y pasara por alto su astucia y su fraude.

Lo confieso, me temblaban las rodillas, luchaba por dominar mi estado de auténtico pavor, pero logré sobreponerme.

—Sr. Torre, adelántese a la tarima,  que quiero comprobar el estado de sus conocimientos—, señalándome, como a un condenado, con un feroz dedo índice. 

De nada valieron mis argumentos, ni la afectada y cínica defensa que de mi probidad hiciera; salí al encerado como res al degolladero. Risas burlonas a mis espaldas y alguna que otra alusión cómplice al tamaño de mis gónadas ... ¡Con D. XXX, nadie se la jugaba, era de locos! 

Sorteando lentamente la barrera de mesas y de sillas, subí al cadalso, rezando y pidiéndole a Dios en persona que, por favor, surgiera de aquellos labios una sola pregunta: el maldito numero “e”, causa de mi pesar y de los nocturnos desvelos. 

—A ver, Sr. Torre, explique para que yo me entere y se enteren muy bien todos sus compañeros, todo lo que sepa sobre el número “e”. Me faltó solamente un pinchazo para  saltar hasta el techo ...  Con puntos y comas, con explicaciones y argumentos, fui desgranando en aquella pizarra desde la primera a la última cosa que sobre el particular explicaban J. Rey Pastor y P. Puig Adam en su magnífico y memorable texto de Matemáticas del Séptimo Curso de bachillerato, ante la expresión atónita del profesor y el silencio expectante de toda la clase, mirándole descaradamente, con insistencia, para atraer su atención, cual consumado intérprete, notando como se iba transformando su irónica sonrisa en una mal disimilada y contrariada mueca de disgusto.

Finalizada la exposición, volví a darle nuevas explicaciones, haciéndole partícipe de mi pesar ante la desconfianza y la falta de razón que le asistían por sus dudas, pues, aunque inconstante en el esfuerzo, le hice saber que, yo, cuando estudiaba, estudiaba; de lo que era viva muestra el cuaderno de notas, extraña mezcolanza de suspensos y sobresalientes, de tres y  de nueves.

Ya me dirigía yo, erguido como un pavo, entre los murmullos y risitas, que supuse de admiración, de mis compañeros, a mi pupitre, y mientras, hombreando, encendía un delicioso Pall Mall, oí de nuevo su voz queda: —Sr. Torre ...¿Le he dado yo permiso ...? —yo creía que la autorización era para todas las clases —Si, pero al arbitrio del profesor -contesto- dejándome helado. —Está usted confuso, ... en la inopia, ... apuesto cualquier cosa que no ha dormido o anduvo  anoche de fiesta hasta altas horas ¿No? —¿Y eso? contesté, —ande y cámbiese los zapatos, que lleva uno de cada color; después, a última hora, venga a mi despacho ¡Y que conste que no voy a ponerle sobresaliente!

No sabía dónde meterme, contemplaba mis zapatos, el uno marrón, el otro granate y me maldije por tamaña incuria  —Es que tengo muy mala vista, Señor— aduje, entre carcajadas de fondo (lo que no dejaba de ser verdad por causa de mi visión descentrada y periférica) ¡Menos mal que en mi bolsa llevaba las playeras de gimnasia! ... ¿Qué habría pensado ella, la verdadera causante de mis cuitas, ensoñaciones y extravíos, cuando la saludé en el parque, dos minutos antes de sonar la última sirena?

D. XXX, que era muy suyo y estaba de vuelta de todo, no había, absolutamente, mordido el anzuelo, así que me propuso quedarme (con la coacción que implicaba el abuso de superioridad y su metro ochenta centímetros de dura fibra bien trabajada),  desde aquél día y hasta el final del curso, dos horitas más, tras la última clase de la tarde, en el Estudio del  Sr. XXX, junto al resto de los botarates: era una oferta irrechazable. Aquél año, último curso del Bachillerato Superior,  aprendí de verdad "cálculo infinitesimal", y prometí no copiar nunca más un examen,  y, sobre todo,  no volver a tocar jamás un libro de matemáticas, cosa que he cumplido, sin esfuerzo.


jueves, 21 de diciembre de 2017

HIJOS DE CAIN


HIJOS DE CAIN
Por L. Gregorio Torre Rivero

Hijos de Caín, razas oscuras,
indómitos habitantes
de las  tinieblas.

Pueblos desterrados,
innúmeras estirpes,
hijos del viento y de la lluvia,
del sol y de la estepa.


El hogar tan ansiado,
la dulce hora de la siesta,
sólo sueño será que alumbra la noche,
y el despertar
convierte en quimera.

Tras los rebaños
en las cañadas,
en los caminos enlodados,
sucios y harapientos
sin descanso caminan,
huyendo del exterminio;
engendrando al abrigo de la roca
y del hontanar,
hijos del bronce y de la furia,
que heredaran la tierra,
cuando airadas
hachas silentes,
caigan sobre las dormidas cabezas.

Hijos de Caín,
perenne estigma
grabado en la frente,
y en la mano la promesa:
siete veces, siete,
castigo recibirá,
quien muerte os diera.

lunes, 18 de diciembre de 2017

DISEÑO INTELIGENTE


¿CREACIONISMO, EVOLUCIÓN, PANSPERMIA ...?

La hipótesis del designio o diseño inteligente

Por L. Gregorio Torre Rivero

    Completa y aúna el creacionismo, pues introduce elementos científicos que respaldan los argumentos teológicos, meramente religiosos o filosóficos de éste,  en aras de una explicación racional, es decir, más comprensible para la mente humana.     

         Arguye que es imposible que de forma espontánea, con la sola intervención del azar, se hayan llegado a producir fenómenos tan complejos y sistemas tan sofisticados como los que han intervenido en la creación del universo, de la vida, en general, y de la vida humana, en especial, por lo que, la creación "ex nihilo" estaría ordenada por una inteligencia superior. De entre sus argumentos  destacan:

         a) El universo finamente ajustado (principio antrópico): los mecanismos que rigen el cosmos están tan perfectamente ajustados, que cualquier pequeña desviación desencadenaría procesos catastróficos. La tierra, está situada en el lugar exacto donde tiene que estar, para que se haya producido en ella no sólo el milagro de la vida microscópica, sino toda la cadena de circunstancias que han originado la presencia en ella de formas de vida superior. Eso exige la presencia de una inteligencia dirigida a ese propósito, sin la cual nuestro sistema solar, sería un lugar en el espacio sometido a las leyes del caos.

         Hagamos la prueba, lancemos una serie de bolas de distinta densidad y masa, a través de un superficie curvada por su propio peso (como de hecho ocurre en el espacio cósmico) y esperemos que éstas, eludiendo la fuerza gravitatoria que las precipitaría a unas contra otras, comiencen a girar describiendo órbitas distintas , ajustadas entre sí para no estorbarse ni chocar, con una precisión de mecanismo de relojería. El resultado no se produciría nunca por puro azar, sino que tendríamos que ejecutar complejos cálculos, a escala humana, para reproducir tal fenómeno en un laboratorio. Ahora traslademos esto a la escala de un universo que se nos revela, a todos los efectos, como una realidad tan compleja como inconmensurable. Es imposible de toda imposibilidad.

         b) La complejidad irreducible: una maquina cualquiera es el producto de la imbricación de varias partes o sistemas que dan como resultado la función para la que fue diseñada. Si retiramos una pieza del sistema, podrían seguir funcionando algunos de sus mecanismos por separado, pero no servirá, absolutamente, para obtener el resultado para el que fue diseñadaYa puedo yo aporrear todo el tiempo de mi vida  sobre las teclas de mi vieja Olimpia, que como no encuentre en el mercado de antigüedades un rollo de tinta en condiciones,  no conseguiré jamás escribir con ella palabra alguna.

         c) La complejidad específica: si cogemos todas las letras del alfabeto y las lanzamos al aire, las posibilidades de que al caer en el suelo, al azar,  se forme una sola frase comprensible, como "hola, papa"  es  plausible; la de una oración -sujeto, verbo y predicado-, Roger Penrose la cuantifico en 10123, es decir de uno 1 partido por 1 seguido de 23 ceros, la de formar un solo soneto es imposible, así que imagínense ustedes el milagro que tendría que darse para que se formara, de ese modo, la Divina Comedia de Dante o el Paraíso Perdido de Milton, por poner algún ejemplo.

         En una sola cadena de ADN existen tres mil millones de caracteres, con los que podríamos rellenar cientos y cientos de páginas que contienen la información necesaria con las instrucciones de montaje que permiten la construcción de los organismos, desde una célula hasta las más complejas estructuras, de lo cual se encargan perfectas máquinas moleculares que, a escala nanométrica, ejecutan esos trabajos con perfecto rigor, utilizando una fuente inagotable, la energía motriz protónica.

          Hoy trabajan potentísimos ordenadores para descifrar esos mensajes, pero el mayor problema de estas supercomputadoras es descubrir la secuencia de montaje, (un poco lo que sucede con los armarios de Ikea). Y no estamos hablando de la forma en qué se apila una estantería sobre otra, sino de complicadas estructuras, que operan bajo el principio de la complejidad irreducible, que determinan que nuestros ojos vean, nuestros oídos oigan, nuestras manos se abran y se cierren, nuestra sangre se coagule o nuestro sistema inmunitario nos alerte y rechace y combata a cualquier potencial enemigo, en forma de virus, bacteria, etc.

         Uno de los grandes e inalcanzables, sueños del hombre,  para vencer sus propias limitaciones: la enfermedad, la decrepitud y la muerte, es, precisamente, la posibilidad que contemplamos de llegar a construir un día estas formidables máquinas moleculares a escala infinitesimal,  pero, una vez más, alguien se nos ha adelantado. El problema, es que muchos creen, todavía, que todas estas increíbles operaciones que ocurren cada día, cada hora, cada minuto y cada segundo, en nuestro organismo y en todo lo que existe, puedan desarrollarse sin presencia de inteligencia alguna, por mero azar.

         Muchas cosas que nos resultan incomprensibles las atribuimos al azar, pero las condiciones en que el azar actúa no son reproducibles en el laboratorio: el dado sigue el impulso de la mano, y ésta del brazo, pero la orden viene de más arriba; más en este caso estaríamos hablando, en propiedad, de cálculo de probabilidades, no de azar; azar sería que el dado surgiese espontáneamente de la nada y se autoimpulsase. Ninguna fuerza obra sin presencia de agente alguno, todas actúan de forma conjunta, encadenada y sucesiva, siguiendo un orden, de tal manera que si el azar interviniese en algo y no  estuviera sometido a la cadena de sucesos, sólo podría ser una manifestación de las potencias de una inteligencia superior.

         En definitiva, por lo que respecta a la vida conocida, la selección natural  no podría crear nunca procesos complejos irreducibles, debido a que dicha función sólo podría actuar en el supuesto de que dicho sistema complejo ya estuviese montado o armado.

         El pensamiento humano no es un producto de la evolución, sino que su complejidad creciente es consecuencia de que en la mente del hombre se hallan ínsitas todas las facultades que le permiten, desde la construcción de la gran pirámide de Guiza, hasta el envío de un robot a cualquier parte del sistema solar, pero, ni una cosa ni la otra, se podrían haber hecho sin vencer la ley de la gravedad.


         A dicha inteligencia suma, desde los tiempos inmemoriales, todos los hombres la han llamado Dios en su propia lengua; y, para todos significó siempre lo mismo, el principio creador, rector y unificador al cual todas las leyes  están sometidas; algunos llegaron a más y vieron en él no sólo la fuerza y la energía creadora de todo cuanto existe, sino que lo acogieron como Señor de la vida y, por ende, de la historia. Es mi caso.

jueves, 16 de noviembre de 2017

NUEVO ORDEN SECULAR


Por L. Gregorio Torre Rivero
«A ratos me refugio en mi “Tratado del amor de Dios”, recreándome ante la hostilidad con que habrá de recibirlo la intolerancia intelectualista, que se pone frenética cuando se habla de otro mundo. El manifestar el simple anhelo de la eternidad y de la conciencia individual les pone fuera de sí». Miguel de Unamuno.

Seres sin luz propia, se han dejado arrastrar por esa gigantesca ola conspirativa que amenaza con engullir a la civilización occidental. Dentro de esta trama tan bien urdida, hay personajes principales, secundarios y figurantes, no faltando almas simples que, desde una visión candorosa de la realidad colaboran gratuitamente en ello.

Detrás de ese movimiento se esconde el "Nuevo orden secular" -secular es sinónimo de  laicista, en oposición al antiguo orden basado en una visión religiosa antropocéntrica-  que, como ideología absoluta, apoyada en los grandes poderes fácticos, desarrolla estas y otras formas menos visibles de agitación y propaganda, en un definitivo y, a la vez, desesperado intento de controlar nuestra existencia con las dos ideas centrales que vertebran su pensamiento, a saber: 1. Que el hombre es una simple criatura producto de la evolución de la naturaleza, es decir del azar. 2. Que Dios no existe; si existiera, arguyen estos nuevos moralistas, no habría guerras o hambre en el mundo (como si en ese estado de cosas nosotros y ellos no tuviéramos responsabilidad alguna).

Semejante reduccionismo lleva, necesariamente a las siguientes conclusiones: a) si el hombre no tiene una naturaleza distinta ¿tiene más derechos que cualquier otra criatura o algún derecho más, aparte de los que, tan generosa como, acaso, inmerecidamente, se le otorguen? Ello es la fuente de los relativismos legal, político y moral, y de la persecución insidiosa de las ideas o de cualquier forma de expresión de la individualidad, que ya estamos experimentando; b) si no existe Dios y está claro que para ellos no existe ¿quién es el dueño de la vida y de la muerte? La respuesta: el hombre, únicamente el hombre, pero no cualquier hombre, sino el encarnado en el ideal del estado, la ley, el partido, la raza, la ciencia, el sistema, etc.

En el mismo orden de cosas, la interrupción voluntaria del embarazo, sin causa justificada, la eutanasia activa y pasiva, los planes estatales de infertilidad, la selección artificial y demás formas de eugenesia, el sexo sin responsabilidad, y todo aquello que opera en contra de nuestra integridad, degradándonos y deshumanizándonos, aunque venga disfrazado bajo el aspecto de un ideal de libertad ilimitada, no es más que una forma sutil y larvada de ese cientifismo, tan del gusto de los regímenes cesaristas empíricos, que pregona este nuevo fundamentalismo y que ha abierto, como el fuego en un bosque, nuevos frentes, que afectan a los diferentes planos de la convivencia: enfrentamiento de la mujer y el hombre, propalado por los terminales mediáticos y el “lobby” del feminismo radical; el enfrentamiento de los hijos contra los padres, no ya bajo la forma de “conflicto generacional”, sino recortando los derechos políticos de la patria potestad y los derechos morales inherentes a la paternidad, confrontándolos con los derechos de la madre, del hijo o del menor (delación o denuncia, arguyendo cualquier pretexto, que origine la intervención de los poderes públicos); en la misma línea, el enfrentamiento del discente contra el docente, que pasa por desproveer al segundo de todo vestigio de dignidad y de autoridad, tanto moral como académica; enfrentamiento entre el hombre y la naturaleza -ecologismo radical-, y, así, podríamos seguir enumerando múltiples formas de ataque a los valores y de rebelión contra el orden democráticamente establecido.

Lo que hace más impunes estas ideas, es su aparente falta de paternidad, cuando la realidad es otra: tienen promotores, son muy poderosos, dominan todos los resortes del poder y la economía y, bajo su mando, actúa un formidable ejercito: el activismo enmascarado, sin nombre, sin uniforme, sin identificación y sin bandera.

Operan secretamente, introduciéndose larvadamente en nuestras mentes y nuestros corazones, anulando nuestra capacidad de raciocinio, socavando el pobre juicio y la escasa moral que aún nos queda, obnubilando nuestro entendimiento, extendiéndose como mancha de aceite, como forma de pensamiento dominante, e inundando los hogares, la vida …, haciéndola más pequeña, reduciendo a la mínima expresión cualquier sentimiento de trascendencia e instalando en la sociedad, especialmente entre los más jóvenes sin experiencia vital, el nihilismo, el hedonismo, la ignorancia, la incultura y la barbarie más absolutas.

Nuevo orden secular o laicista que, no otra cosa es, que la forma encubierta bajo la que se emboscan las ideologías más infrahumanas y cruentas de toda la historia (que, inexplicablemente, aún tienen defensores fuertemente fanatizados en las más altas instancias de poder y masas enfervorizadas de prosélitos). Los ejemplos claros y determinantes de lo que supone la implantación del culto al hombre, con todas sus secuelas y extensas heridas, aun abiertas, a lo largo de la geografía y del tiempo.

Hoy nos hallaríamos en una fase avanzada dentro del programa de control del mundo: un período mayor o menor de anarquía (en el que estamos), el suficiente para la consolidación de los grandes planes de ingeniería social elaborados por sociopatas y dementes: destrucción de la familia, la moral, los valores, la religión y la propiedad, empobrecimiento de la población, luchas sociales y, por último, imposición del modelo a escala global como forma de gobierno. Esto ya se ha llevado a cabo en el pasado y no debe sorprender que se esté llevando a efecto en el presente, con altas probabilidades de éxito. Aunque será una victoria efímera y, ciertamente, pírrica.

¿Existe un plan secreto de dominación del mundo?  No uno, varios, de distinta inspiración, ya que el mal, afortunadamente, también conspira contra el mal.

El precedente : sobre principios del s. XX, es decir, años después de la publicación  del “Manifiesto del Partido Comunista”, apareció un libelo titulado “Los protocolos de los sabios de Sión”, bajo la firma de un tal Serge Nilus; este libro que provocaría irrisión generalizada, si no conociéramos de sobra la estúpida credulidad humana  (stultorum infinitus est numerus), se hace eco de unas presuntas actas secretas  levantadas en el último congreso sionista del s. XIX, celebrado en Basilea, donde, supuestamente, se avanzaban los planes de dominación del mundo. La objección: ¿Si eran secretas, bajo amenaza de anatema, quién se hubiera atrevido a revelarlas? 

En realidad, existen fundamentadas sospechas sobre su autoría, habiendo quienes lo atribuyen a los servicios secretos de la policía imperial (Ojrana), arguyendo que tales actas correspondían a incautaciones de “materiales” de diferentes movimientos masónicos (muy activos en Rusia y en toda Europa en la época y en todas las épocas). El comunismo había prendido como llama sobre la yesca en todo el imperio, y muchos de sus promotores eran de origen judío. Se trataba de justificar, por una parte, los  reiterados progromos contra dicha población y, por otra,  intentar descabezar el movimiento bolchevique, que, a la postre, acabaría, mediante el golpe de estado de Octubre de 1917, con la naciente democracia parlamentaria, representada por la Duma. 

El enemigo no es un agente externo; el enemigo está siempre dentro del sistema, porque no hay sistemas antagónicos, sino el anverso y el reverso de la misma moneda. Ahora, más que nunca, es necesario desenmascararlo, pues aunque nos muestre un rostro amable y nos ofrezca la salvación bajo el aspecto de bienhechor del género humano,  no desea otra cosa más que la destrucción y el caos. En ese terreno se desenvuelve como pez en el agua, El caos propicia la barbarie y esta no es otra cosa que el mal que toma cuerpo nutriéndose de la sangre de los inocentes. Ello es necesario para la consolidación de sus planes, pues no hay nuevo orden sin destrucción del orden preexistente. El enemigo quizá no tenga nombre, ni identidad personal y se camufle con el ropaje  de  unas siglas o acrónimos muy respetables; él maneja como nadie a los sicarios de la agitación. Posiblemente ya esté aquí entre nosotros,  mostrándonos uno de sus múltiples rostros, gobernando el mundo desde las sombras. Seguramente, un día será aclamado por las masas y elevado a las más altas magistraturas. Inevitablemente, será para nuestra condenación.

domingo, 12 de noviembre de 2017

LA QUINTA DIMENSIÓN



                   Por L. Gregorio Torre Rivero



Respecto al origen o edad del universo, coexisten dos grandes teorías: la que podríamos denominar creacionista, que ha sostenido, entre otros, George Gamow, uno de los padres del “Big Bang”, y la del estado estacionario, desarrollada, básicamente, por Hermann Bondi y Thomas Gold.

La primera, heredera de las cosmologías de Alexander Friedman y de Georges Lemaître, se basa en que el Universo tuvo un principio y tendrá un fin, siendo por tanto, a pesar de todo el aparato pirotécnico, cercana al pensamiento cristiano; y la segunda, que el universo es inmutable, ha existido siempre y permanecerá por siempre. Como tiene su base en la negación de la creación, se acerca al ateísmo.
Según Gamow, en su “Creación del Universo”, hace, aproximadamente, cinco billones de años, toda la materia y la energía del mundo estaba condensada en un punto no mayor que un puño, donde los átomos sometidos a altísimas temperaturas, debido a su densidad, produjeron una gigantesca reacción termonuclear que originó el “gran estampido”, proyectando la materia a la velocidad de la luz en todas las direcciones. A la velocidad de la luz la masa original habría aumentado de tamaño hasta configurar el universo que hoy conocemos y que estaría girando en torno a un punto lejano, gran atractor que fagocitará todo lo creado hasta su consunción. En cambio, Según H. Bondi, T. Gold y, también, Fred Hoyle, el universo no tiene génesis ni final, la materia siempre ha existido, existe y existirá, siendo el aspecto del universo idéntico tanto en el tiempo como en el espacio.
Lo curioso de estas cosmogonías es que, a pesar de la parafernalia matemática, desde el punto de vista conceptual, no superan a las de los filósofos presocráticos (no socráticos), incluido Democrito. Nada añaden, pues, a lo que ya sabemos o creemos saber, o intuimos, y, por lo tanto, nada desvelan.
Yo he señalado en algún lugar, y no habré sido el único, que todo lo que existe es sólo una manifestación o teofanía del sueño de Dios. Se argüirá que es pura metafísica teológica, pero, como experiencia, no tenemos más que adentrarnos en nuestros propio mundo onírico, para darnos cuenta del poder de la mente, de la maravilla que supone tener esa ventana abierta a un plano de de la existencia distinto, donde se funden el espacio y el tiempo,  donde se unifican todos los campos o fuerzas y que se comporta, en realidad, como una quinta dimensión -la cuarta sería el tiempo- a través de la cual sobrepasamos las barreras físicas incluida la de la muerte, y por donde se nos cuelan -a mí, al menos- criaturas extrañas y terroríficas que parecen emerger de esos mundos arcanos, imaginados por la lúcida mente del gran maestro H.P. Lovecraft.

jueves, 9 de noviembre de 2017

EL SÚCUBO

                                           EL SÚCUBO

                                            Por L. Gregorio Torre Rivero

A E. Allan Poe

Edgar Allan Poe, el genial narrador y poeta estadounidense, escribió grandes relatos sobre seres misteriosos y criaturas de la noche, algunos de ellos obras cumbre de la literatura llamada gótica o del romanticismo oscuro, heredero de la gran corriente trascendentalista y subgénero en boga durante la primera mitad del siglo XIX, y aún más, en dicho país. Cuentos o relatos como Morella, Berenice o Ligeia, donde la figura femenina adquiere una dimensión sobrenatural, nos informan sobre la enajenada psique de su autor, sus pasiones, y miedos, el convencimiento o la intuición de que en todo acto amoroso hay una entrega definitiva una consunción del ser, un éxtasis y un descenso a los infiernos, eros y tánatos enfrentados en un mortal abrazo, la pulsión de la existencia enfrentada a la atracción de un misterio que nos ofrece dos alternativas: Dios o la nada; la libido frente a la destrudo, o lo que es lo mismo el amor carnal exangüe y exánime, como mensajero de la muerte física que abre las fronteras a nuevas dimensiones de la realidad. El autor.




Contaba, apenas, quince años. Era una lluviosa y fría primavera del año 1965; rezumaba el roció en los pastizales y en los caminos enlodados e intransitables renacían las primeras manchas de verdín, tachonadas de hermosas y amarillentas prímulas; las márgenes del río se hallaban aún recubiertas de una delgada capa de nieve oscura y porosa, que aprisionaba las últimas huellas de las alimañas sedientas. 

Despertaba la mañana; la húmeda atmósfera surcada por los trinos de innumerables pájaros, apostados en las ramas y en las oquedades de los árboles, destilaba su aliento malsano; revivía la maleza animada por enjambres, por miríadas de diminutas, casi invisibles, criaturas.

Había salido a pasear, como tantos días, sin ninguna idea preconcebida, mas, sintiendo un extraño impulso, me encaminé hacía la montaña, atravesando el bosque. Cientos de pequeños regueros brotaban de sus profundidades; sudoroso, remontaba con facilidad las primeras dificultades, en dirección al viejo hayedo, lugar mágico de inolvidables, aunque también inquietantes, encuentros. 

Allí la había conocido dos años atrás, mientras se dirigía a algún lugar de la sierra. Deslumbrado por el fuego de sus cobrizos cabellos, atrapado en la inmensidad de sus verdes pupilas, no pude sustraerme a su encanto; dirigimos nuestros pasos, mientras balbuceábamos alguna frase inconexa, hacia un pajar para refugiarnos de una fugaz tormenta de granizo.

Sin prolegómenos, sin preguntas, mientras acariciaba, con trémulos dedos, guiados hacia desconocidas intimidades, escabrosas y ocultas profundidades, bajo su hirsuto y rojizo pubis, y sus túrgidos y ovalados senos con mis candorosos labios, experimentó, entre espasmos, un primer y escandaloso orgasmo, acompañado de otros no menos estentóreos, en tanto yo, muerto de miedo ante aquellas desconocidas exultaciones, asistía al trance, con una mueca de incredulidad y sorpresa dibujada en mi boca.

Luego, ella, acarició depravadamente mi sexo, hasta que una lluvia de soles y cometas me transportó a un extraño éxtasis. Después, trató de introducirme en sus entrañas. Fracasados sus propósitos, recibí por todo pago, un empellón que me hizo caer por el ventanuco del pajar, estrellando mi cabeza contra el duro suelo y arrojándose sobre mí como una fiera. Tras la pasajera conmoción, pude ver como se transfiguraba: sus ojos se tornaron de un fulgor rojizo; su cabellera se tiño de un verde vegetal, de aspecto mucilaginoso; su rostro afilado y amarillento lucia una profusa y enmarañada perilla, mientras en su frente abombada despuntaban dos tímidos cuernecillos.

 Me susurro una frase ininteligible al oído, a la vez que introducía sus afiladas uñas en mi pecho, como queriendo arrancarme el corazón, causándome un intenso dolor, del que son vívido recuerdo tres pequeñas cicatrices que conservo.Se fue entre risas e insultos, dejándome maltrecho y confuso en aquel lugar; luego, aún desde el suelo, pude ver sus negras pezuñas y sus poderosas patas de macho cabrío, sosteniendo un velludo cuerpo, que lucía un portentoso príapo.

Afortunadamente, aquél día adoptó la forma de una precoz adolescente. Más, me consta, no todos los pobladores del contorno tuvieron idéntica suerte.

Reviviendo los recuerdos, presa de agitados pensamientos, sentado sobre el tronco de una vetusta haya, pasaron las horas, mientras en mi mente retumbaba de nuevo aquella enigmática frase: “nev…, oviv ne le ojepse”. 

No era arameo como había supuesto. Lo supe al tiempo, tras estudiar la extraña facultad del habla inversa, que poseen algunas mujeres y cuyo mensaje oculto va destinado a los elementales; no me refiero a las simples imitadoras parlanchinas, pues tal habilidad también está al alcance de algunas aves prensoras, sino a aquéllas que, bajo la sutil capa del artificio femenino, son, sin saberlo, encarnación de súcubos, criaturas de la noche desencarnadas, que pueblan nuestras pesadillas, demonios en celo, espectrales apariciones, Liliths redivivas, las más bellas y deseadas de cuantas habitan nuestra fantasía, que nos absorben la sangre y roban la energía las noches de luna fría.

martes, 7 de noviembre de 2017

DIVINAL Y PROFANO


DIVINAL Y PROFANA



Blanca rosa, dorada espiga,

fruta del paraíso,

Virgen de Melun, divinal y profana,

sobre retablo de tronos consagrados,

y ángeles cerúleos y escarlatas,

que en la frente luminosa y en el níveo pecho

luciste un día la mística corona,

el esplendor de las joyas de Palmira

y el oro de Ofir.


Amante del desierto , el sol, la luna

y las ciudades sacras

erigidas sobre  túmulos e hipogeos

de pueblos ignotos

 y fondos de añil;

suspendida sobre el tiempo ingrávido,

 con la hipnótica danza

de los derviches giróvagos,

aspirando la  cálida brisa

de un mar ribeteado de sal escarchada

 y fútil espuma.,


Amaneciste, por fin, bajo otro cielo y otra tierra nueva,

creada para ti,

y contemplan  ya tus ojos,

más allá de las puertas de Ketama,

 la serena placidez de los cuerpos etéreos,

 salvo en el dolor, eternamente ausentes,

y la vida en Cristo,

 fuente oculta de amor inagotable, único,

en  cuyos pies, postrada, derramaste todas tus  penas

y el último suspiro, asida a la cruz.


                                               L. Gregorio Torre Rivero


martes, 17 de octubre de 2017

EN EL VALLE DE JOSAFAT















EN EL VALLE DE JOSAFAT


Descendieron hacia el valle,
silenciosos,  con el gesto crispado,
por la estrecha senda,
sombría la faz, angustioso  el rictus,
 fija en el suelo la mirada,

En la llanura,
 yacían multitudes
 exhaustas y exánimes,
postradas sobre la  tierra ennegrecida,
y  la roca vítrea,
iluminados sus despojos
por la corrompida luz
del último amanecer.

Eran cientos,
eran miles,
eran cientos de miles los gentiles;
sombras espectrales,
alargadas hacia el horizonte,
bajo el rojo sol de Satán.

harapientos, desnudos
mostrando  sus llagas 
y el descarnado sexo,
esperando la muerte segura
y nadie levantó la voz.

Aceptaron su destino,
de criaturas indómitas,
sin remedio, sin esperanza,
 sin pedir perdón.

Voló el Ángel y arrojó el fuego,
las fuentes se secaron
el mar hirvió,
se abrieron las puertas del Averno,
liberando a los demonios
que atormentan las almas
 y a las fieras necrófagas
que los acompañan.

Subió a Dios el humo de la pira
con el último hálito
henchido de blasfemias,
 ira, soberbia y furor.


L.G. Torre Rivero



lunes, 18 de septiembre de 2017

¡RETORNAD AL POLVO!














Desapareced  fantasmas del pasado,
retornad al polvo
encarnaduras del  camino,
luctuosos, fúnebres ecos,
 despojos de mi  tormento.

Abominables presencias,
enviados  del  sheol,
retornad al polvo,
al fondo de la Gehena,
expiad  vuestras culpas,
vuestros crímenes ocultos
contra el amor.

Os aparté de mi vida,
me desprendí de vuestras garras
como reptil de su piel;
mis llagas se cerraron,
 edifiqué mis muros,
una torre erizada de púas,
mi defensa y mi prisión.

Me recluí en mis silencios,
no me sojuzgasteis;
sólo me sometí al ángel,
al Juez de mi destino,
que  sellará mi boca,
y enjugará  las lagrimas,
del amargo adiós.

Mi alma entregada,
remecida y llena,
franquea ya el umbral,
tierra y cielo apacibles,
 y una vida etérea  sin dolor.

L. Gregorio Torre Rivero
 


lunes, 29 de mayo de 2017

MI DAIMON PRIVADO



“Los dáimones tienen una naturaleza animal, una mente racional, un alma supeditada a pasiones, un cuerpo etéreo y son inmortales”. (Apuleyo)

Sabido es, desde tiempo inmemorial, que el Maligno acecha y persigue con saña la virtud de la inocencia, especialmente la de aquellos seres destinados a sentir profundamente, desde la más tierna infancia, la llamada de Dios. Yo me sentía llamado, Él me acompañaba, poniéndome, parafraseando a Baudelaire, bajo la tutela invisible de un ángel; una infancia transparente de niño solitario dotado de una conciencia lúcida, de capacidad innata para la exploración de los mundos arcanos y con preocupantes carencias y nulas habilidades sociales.

Cuando descubres en ti ese mundo interior, habitado de presencias y reminiscencias o recuerdos de otras vidas, de voces discordantes, de influencias contrapuestas, de criaturas fantasmales que surgen de la oscuridad, nada en tu vida vuelve a ser igual, sencillamente, has descendido al territorio ignoto donde habitan las fuerzas telúricas, las vastas planicies azotadas por un viento gélido, donde vagan los espíritus de los condenados, la soledad y el espanto de los fondos abisales, morada eterna del mal y refugio de la Bestia.

A diferencia de A. Guridi, santa desde los quince años, siendo hasta entonces, según confiesa, una ovejilla descarriada trotando por los recónditos invernales de Urbia, yo lo fui hasta esa edad, acompañándome desde tan lejanos días, para mortificación y tormento, mi daimon privado, un ser abominable que no ha hallado mayor placer en su vida que burlarse y reírse a mi costa, bien por el procedimiento de usurpar mi lábil personalidad, campando así a sus anchas y creándome toda clase de problemas, u ocupando mi frágil y voluble mente y perturbando mis pensamientos. Así que con esa pesada carga he tenido que crecer, inclinado hacia el bien, pero obrando el mal, por mor de esa perniciosa, aviesa e indeseable compañía.

En el pasado, dada mi naturaleza introspectiva, había llegado a sospechar como causa justificativa de mi conducta, un trastorno nada liviano de la personalidad, que rayaba, a veces, con la esquizofrenia y otras con una neurosis con graves episodios obsesivo-compulsivos, puesto que todas y cada una de esas complejas alteraciones parecían incidir en mi conducta. Lamentablemente, esa visión infantil y reduccionista me llevó, mal aconsejado, presumiblemente, por psicólogos y especialistas varios, a iniciar un camino de tratamientos paliativos que nada mejoraron mis dolencias y que, por el contrario, sólo sirvieron para enmascarar la raíz del padecimiento.

El caso es que, estando ya muy harto de los caprichos y manifestaciones de ese engendro, rozando ya mi salud mental con la puerta del frenopatico, no tuve mayor fortuna que descubrirlo agazapado en mi interior; era la prueba definitiva: se materializó ante mis ojos, en el silencio intempestivo de una noche infame en que, tras haberme obligado a engullir media botella de coñac, después de emborronar varias de mis cuartillas con frases obscenas, juramentos e imprecaciones imposibles de reproducir ya que perturbarían al más impasible de los mortales, se asomó tenuemente a mi espejo mientras yo le gritaba – ¡Manifiéstate, no te tengo miedo, eres un patán…!

Cerré los ojos hasta formar una leve rendija, fijé mi atención en el fondo y allí estaba. Confieso que se me erizaron los cabellos y el vello entero; que un frío espantoso, procedente de algún lugar del inframundo, congeló mis pensamientos. Le miré fijamente, advertí su expresión simiesca, su naturaleza intemporal, su corporeidad huidiza, ocupando mi ser por completo.

No, aquello que yo vi no era un espíritu, sino un estado desconocido de la materia, una estructura molecular compleja y cuasi invisible, una especie de proyección plasmática encogida en la rotundidad de un cuerpo.

A raíz del suceso se tornó más molesto si cabe, inundó mis noches de pesadillas, de presencia y sueños inenarrables, provocando con ello en mí no pocos estados de terror nocturno. Naturalmente, todo, para él, se reducía a un simple juego; no hallaba mayor placer que descorrer mis sábanas, o convertir mi cuarto en una sala de proyecciones, donde se daban cita todo clase de fenómenos y sucesos paranormales, cuyo detalle ahorro al casual y sufrido lector, para no sobrecargar en demasía su morbosa curiosidad. Se introdujo en mis sueños, se adueño de mi inconsciente, esa parte más vulnerable del ser trascendental cuya protección está encomendada a nuestro ángel de la guarda, sin cuya presencia nos encaminaríamos todos a los abismos de la locura y del crimen.

Más el estado de sopor permanente, esa especie de narcolepsia inducida por los fármacos y el alcohol a partes iguales, hizo que yo bajara la guardia, suscitando en mi un estado de terror en la fase anterior al sueño, ese instante, que puede durar una eternidad, en que te invade esa dulce somnolencia, preludio de un sueño reparador y gratificante: tres presencias ominosas cubiertas por negros sudarios, rostros arrugados y cetrinos, atormentados por el castigo de un mal eterno, se desplazaban por mi estancia, a ras del suelo, se detenían al costado de mi cama y murmuraban frases inaudibles, mirándome con insolencia, mientras devanaban el ovillo, rueca y huso en mano y tejían mi mortaja, esperando un momento de descuido para arrebatarme el alma.

Transcurrió el tiempo, fui creciendo, y a fuerza de voluntad y disciplina conseguí, casi por completo, calmar a mi bestia, sin que faltaran ocasionales e incontrolados momentos de hostigamiento y algunas recaídas. Me casé, Dios me dio la inmensa fortuna de la descendencia, y durante mucho tiempo he podido llevar una vida “normal”, sin graves injerencias, sabiendo yo que esa naturaleza salvaje e indómita, necesitaría del control más férreo. Y en esas se me pasó la vida, luchando a brazo partido y dejando lo mejor de mis esfuerzos en una lucha encarnizada y sin cuartel.

Comprendí tardíamente que todo formaba parte de su estratagema: consiguió arruinar mis proyectos; mientras yo le vigilaba, los mejores años pasaron y, cercado por las limitaciones físicas y las propias de la edad, por esa agobiante sensación de finitud en cada una de mis células, he podido comprobar su victoria.

En ese estado llegué, hace ya algún tiempo, al Padre X. G.; jamás había imaginado que tan sencillas recetas podrían lograr resultados tan sorprendentes: oración y ayuno. Hoy puedo decir que ese dañino genio burlón, aburrido, desesperado por el fracaso de sus intentos, se ha retirado del campo de batalla y mi vida entera ha encontrado la paz, el sosiego y el descanso.

En tan serena placidez, paseando por la muy noble, vetusta y docta ciudad de Alcalá de Henares, tratando de descubrir los ecos y las huellas del imperecedero talento de cuantos genios la habitaron, se acercó a mí una vieja gitana; con gesto mecánico deposité una moneda en su mano; ella atrapó la mía con fuerza y la miré: si era una de aquellas criaturas de mis sueños, los negros faldones, el rostro mortecino, surcado de arrugas como desfiladeros, desembocando en las comisuras de una boca horrible, negra, plena de ponzoña, aquellos ojos profundos como ibones a la luz de la luna, la mirada demoniaca …
Con un gesto enérgico retiré mi mano de la suya y corrí sin rumbo; a lo lejos escuche su voz cascada y su risa siniestra: ¡Yo te conozco; sé quién eres, ah, ja, ja, ja; tienes mal de ojo desde que naciste, ah, ja, ja, ja; por unas pocas monedas puedo quitártelo, ah, ja, ja, ja …!

En mi loca y precipitada huida me di de bruces con la Magistral y, penetrando en su interior, no tuve mejor ocurrencia que hundir mis manos en agua bendita. Al instante, comenzó a hervir y en sus reflejos argénteos, entre vapores deletéreos, creí nuevamente percibir la figura de mi daimon privado riéndose a mandíbula batiente. Él, o quizá ese monstruo acéfalo de mi imaginación, jugándome, otra vez, una mala pasada.