jueves, 16 de noviembre de 2017

NUEVO ORDEN SECULAR


Por L. Gregorio Torre Rivero
«A ratos me refugio en mi “Tratado del amor de Dios”, recreándome ante la hostilidad con que habrá de recibirlo la intolerancia intelectualista, que se pone frenética cuando se habla de otro mundo. El manifestar el simple anhelo de la eternidad y de la conciencia individual les pone fuera de sí». Miguel de Unamuno.

Seres sin luz propia, se han dejado arrastrar por esa gigantesca ola conspirativa que amenaza con engullir a la civilización occidental. Dentro de esta trama tan bien urdida, hay personajes principales, secundarios y figurantes, no faltando almas simples que, desde una visión candorosa de la realidad colaboran gratuitamente en ello.

Detrás de ese movimiento se esconde el "Nuevo orden secular" -secular es sinónimo de  laicista, en oposición al antiguo orden basado en una visión religiosa antropocéntrica-  que, como ideología absoluta, apoyada en los grandes poderes fácticos, desarrolla estas y otras formas menos visibles de agitación y propaganda, en un definitivo y, a la vez, desesperado intento de controlar nuestra existencia con las dos ideas centrales que vertebran su pensamiento, a saber: 1. Que el hombre es una simple criatura producto de la evolución de la naturaleza, es decir del azar. 2. Que Dios no existe; si existiera, arguyen estos nuevos moralistas, no habría guerras o hambre en el mundo (como si en ese estado de cosas nosotros y ellos no tuviéramos responsabilidad alguna).

Semejante reduccionismo lleva, necesariamente a las siguientes conclusiones: a) si el hombre no tiene una naturaleza distinta ¿tiene más derechos que cualquier otra criatura o algún derecho más, aparte de los que, tan generosa como, acaso, inmerecidamente, se le otorguen? Ello es la fuente de los relativismos legal, político y moral, y de la persecución insidiosa de las ideas o de cualquier forma de expresión de la individualidad, que ya estamos experimentando; b) si no existe Dios y está claro que para ellos no existe ¿quién es el dueño de la vida y de la muerte? La respuesta: el hombre, únicamente el hombre, pero no cualquier hombre, sino el encarnado en el ideal del estado, la ley, el partido, la raza, la ciencia, el sistema, etc.

En el mismo orden de cosas, la interrupción voluntaria del embarazo, sin causa justificada, la eutanasia activa y pasiva, los planes estatales de infertilidad, la selección artificial y demás formas de eugenesia, el sexo sin responsabilidad, y todo aquello que opera en contra de nuestra integridad, degradándonos y deshumanizándonos, aunque venga disfrazado bajo el aspecto de un ideal de libertad ilimitada, no es más que una forma sutil y larvada de ese cientifismo, tan del gusto de los regímenes cesaristas empíricos, que pregona este nuevo fundamentalismo y que ha abierto, como el fuego en un bosque, nuevos frentes, que afectan a los diferentes planos de la convivencia: enfrentamiento de la mujer y el hombre, propalado por los terminales mediáticos y el “lobby” del feminismo radical; el enfrentamiento de los hijos contra los padres, no ya bajo la forma de “conflicto generacional”, sino recortando los derechos políticos de la patria potestad y los derechos morales inherentes a la paternidad, confrontándolos con los derechos de la madre, del hijo o del menor (delación o denuncia, arguyendo cualquier pretexto, que origine la intervención de los poderes públicos); en la misma línea, el enfrentamiento del discente contra el docente, que pasa por desproveer al segundo de todo vestigio de dignidad y de autoridad, tanto moral como académica; enfrentamiento entre el hombre y la naturaleza -ecologismo radical-, y, así, podríamos seguir enumerando múltiples formas de ataque a los valores y de rebelión contra el orden democráticamente establecido.

Lo que hace más impunes estas ideas, es su aparente falta de paternidad, cuando la realidad es otra: tienen promotores, son muy poderosos, dominan todos los resortes del poder y la economía y, bajo su mando, actúa un formidable ejercito: el activismo enmascarado, sin nombre, sin uniforme, sin identificación y sin bandera.

Operan secretamente, introduciéndose larvadamente en nuestras mentes y nuestros corazones, anulando nuestra capacidad de raciocinio, socavando el pobre juicio y la escasa moral que aún nos queda, obnubilando nuestro entendimiento, extendiéndose como mancha de aceite, como forma de pensamiento dominante, e inundando los hogares, la vida …, haciéndola más pequeña, reduciendo a la mínima expresión cualquier sentimiento de trascendencia e instalando en la sociedad, especialmente entre los más jóvenes sin experiencia vital, el nihilismo, el hedonismo, la ignorancia, la incultura y la barbarie más absolutas.

Nuevo orden secular o laicista que, no otra cosa es, que la forma encubierta bajo la que se emboscan las ideologías más infrahumanas y cruentas de toda la historia (que, inexplicablemente, aún tienen defensores fuertemente fanatizados en las más altas instancias de poder y masas enfervorizadas de prosélitos). Los ejemplos claros y determinantes de lo que supone la implantación del culto al hombre, con todas sus secuelas y extensas heridas, aun abiertas, a lo largo de la geografía y del tiempo.

Hoy nos hallaríamos en una fase avanzada dentro del programa de control del mundo: un período mayor o menor de anarquía (en el que estamos), el suficiente para la consolidación de los grandes planes de ingeniería social elaborados por sociopatas y dementes: destrucción de la familia, la moral, los valores, la religión y la propiedad, empobrecimiento de la población, luchas sociales y, por último, imposición del modelo a escala global como forma de gobierno. Esto ya se ha llevado a cabo en el pasado y no debe sorprender que se esté llevando a efecto en el presente, con altas probabilidades de éxito. Aunque será una victoria efímera y, ciertamente, pírrica.

¿Existe un plan secreto de dominación del mundo?  No uno, varios, de distinta inspiración, ya que el mal, afortunadamente, también conspira contra el mal.

El precedente : sobre principios del s. XX, es decir, años después de la publicación  del “Manifiesto del Partido Comunista”, apareció un libelo titulado “Los protocolos de los sabios de Sión”, bajo la firma de un tal Serge Nilus; este libro que provocaría irrisión generalizada, si no conociéramos de sobra la estúpida credulidad humana  (stultorum infinitus est numerus), se hace eco de unas presuntas actas secretas  levantadas en el último congreso sionista del s. XIX, celebrado en Basilea, donde, supuestamente, se avanzaban los planes de dominación del mundo. La objección: ¿Si eran secretas, bajo amenaza de anatema, quién se hubiera atrevido a revelarlas? 

En realidad, existen fundamentadas sospechas sobre su autoría, habiendo quienes lo atribuyen a los servicios secretos de la policía imperial (Ojrana), arguyendo que tales actas correspondían a incautaciones de “materiales” de diferentes movimientos masónicos (muy activos en Rusia y en toda Europa en la época y en todas las épocas). El comunismo había prendido como llama sobre la yesca en todo el imperio, y muchos de sus promotores eran de origen judío. Se trataba de justificar, por una parte, los  reiterados progromos contra dicha población y, por otra,  intentar descabezar el movimiento bolchevique, que, a la postre, acabaría, mediante el golpe de estado de Octubre de 1917, con la naciente democracia parlamentaria, representada por la Duma. 

El enemigo no es un agente externo; el enemigo está siempre dentro del sistema, porque no hay sistemas antagónicos, sino el anverso y el reverso de la misma moneda. Ahora, más que nunca, es necesario desenmascararlo, pues aunque nos muestre un rostro amable y nos ofrezca la salvación bajo el aspecto de bienhechor del género humano,  no desea otra cosa más que la destrucción y el caos. En ese terreno se desenvuelve como pez en el agua, El caos propicia la barbarie y esta no es otra cosa que el mal que toma cuerpo nutriéndose de la sangre de los inocentes. Ello es necesario para la consolidación de sus planes, pues no hay nuevo orden sin destrucción del orden preexistente. El enemigo quizá no tenga nombre, ni identidad personal y se camufle con el ropaje  de  unas siglas o acrónimos muy respetables; él maneja como nadie a los sicarios de la agitación. Posiblemente ya esté aquí entre nosotros,  mostrándonos uno de sus múltiples rostros, gobernando el mundo desde las sombras. Seguramente, un día será aclamado por las masas y elevado a las más altas magistraturas. Inevitablemente, será para nuestra condenación.

domingo, 12 de noviembre de 2017

LA QUINTA DIMENSIÓN



                   Por L. Gregorio Torre Rivero



Respecto al origen o edad del universo, coexisten dos grandes teorías: la que podríamos denominar creacionista, que ha sostenido, entre otros, George Gamow, uno de los padres del “Big Bang”, y la del estado estacionario, desarrollada, básicamente, por Hermann Bondi y Thomas Gold.

La primera, heredera de las cosmologías de Alexander Friedman y de Georges Lemaître, se basa en que el Universo tuvo un principio y tendrá un fin, siendo por tanto, a pesar de todo el aparato pirotécnico, cercana al pensamiento cristiano; y la segunda, que el universo es inmutable, ha existido siempre y permanecerá por siempre. Como tiene su base en la negación de la creación, se acerca al ateísmo.
Según Gamow, en su “Creación del Universo”, hace, aproximadamente, cinco billones de años, toda la materia y la energía del mundo estaba condensada en un punto no mayor que un puño, donde los átomos sometidos a altísimas temperaturas, debido a su densidad, produjeron una gigantesca reacción termonuclear que originó el “gran estampido”, proyectando la materia a la velocidad de la luz en todas las direcciones. A la velocidad de la luz la masa original habría aumentado de tamaño hasta configurar el universo que hoy conocemos y que estaría girando en torno a un punto lejano, gran atractor que fagocitará todo lo creado hasta su consunción. En cambio, Según H. Bondi, T. Gold y, también, Fred Hoyle, el universo no tiene génesis ni final, la materia siempre ha existido, existe y existirá, siendo el aspecto del universo idéntico tanto en el tiempo como en el espacio.
Lo curioso de estas cosmogonías es que, a pesar de la parafernalia matemática, desde el punto de vista conceptual, no superan a las de los filósofos presocráticos (no socráticos), incluido Democrito. Nada añaden, pues, a lo que ya sabemos o creemos saber, o intuimos, y, por lo tanto, nada desvelan.
Yo he señalado en algún lugar, y no habré sido el único, que todo lo que existe es sólo una manifestación o teofanía del sueño de Dios. Se argüirá que es pura metafísica teológica, pero, como experiencia, no tenemos más que adentrarnos en nuestros propio mundo onírico, para darnos cuenta del poder de la mente, de la maravilla que supone tener esa ventana abierta a un plano de de la existencia distinto, donde se funden el espacio y el tiempo,  donde se unifican todos los campos o fuerzas y que se comporta, en realidad, como una quinta dimensión -la cuarta sería el tiempo- a través de la cual sobrepasamos las barreras físicas incluida la de la muerte, y por donde se nos cuelan -a mí, al menos- criaturas extrañas y terroríficas que parecen emerger de esos mundos arcanos, imaginados por la lúcida mente del gran maestro H.P. Lovecraft.

jueves, 9 de noviembre de 2017

EL SÚCUBO

                                           EL SÚCUBO

                                            Por L. Gregorio Torre Rivero

A E. Allan Poe

Edgar Allan Poe, el genial narrador y poeta estadounidense, escribió grandes relatos sobre seres misteriosos y criaturas de la noche, algunos de ellos obras cumbre de la literatura llamada gótica o del romanticismo oscuro, heredero de la gran corriente trascendentalista y subgénero en boga durante la primera mitad del siglo XIX, y aún más, en dicho país. Cuentos o relatos como Morella, Berenice o Ligeia, donde la figura femenina adquiere una dimensión sobrenatural, nos informan sobre la enajenada psique de su autor, sus pasiones, y miedos, el convencimiento o la intuición de que en todo acto amoroso hay una entrega definitiva una consunción del ser, un éxtasis y un descenso a los infiernos, eros y tánatos enfrentados en un mortal abrazo, la pulsión de la existencia enfrentada a la atracción de un misterio que nos ofrece dos alternativas: Dios o la nada; la libido frente a la destrudo, o lo que es lo mismo el amor carnal exangüe y exánime, como mensajero de la muerte física que abre las fronteras a nuevas dimensiones de la realidad. El autor.




Contaba, apenas, quince años. Era una lluviosa y fría primavera del año 1965; rezumaba el roció en los pastizales y en los caminos enlodados e intransitables renacían las primeras manchas de verdín, tachonadas de hermosas y amarillentas prímulas; las márgenes del río se hallaban aún recubiertas de una delgada capa de nieve oscura y porosa, que aprisionaba las últimas huellas de las alimañas sedientas. 

Despertaba la mañana; la húmeda atmósfera surcada por los trinos de innumerables pájaros, apostados en las ramas y en las oquedades de los árboles, destilaba su aliento malsano; revivía la maleza animada por enjambres, por miríadas de diminutas, casi invisibles, criaturas.

Había salido a pasear, como tantos días, sin ninguna idea preconcebida, mas, sintiendo un extraño impulso, me encaminé hacía la montaña, atravesando el bosque. Cientos de pequeños regueros brotaban de sus profundidades; sudoroso, remontaba con facilidad las primeras dificultades, en dirección al viejo hayedo, lugar mágico de inolvidables, aunque también inquietantes, encuentros. 

Allí la había conocido dos años atrás, mientras se dirigía a algún lugar de la sierra. Deslumbrado por el fuego de sus cobrizos cabellos, atrapado en la inmensidad de sus verdes pupilas, no pude sustraerme a su encanto; dirigimos nuestros pasos, mientras balbuceábamos alguna frase inconexa, hacia un pajar para refugiarnos de una fugaz tormenta de granizo.

Sin prolegómenos, sin preguntas, mientras acariciaba, con trémulos dedos, guiados hacia desconocidas intimidades, escabrosas y ocultas profundidades, bajo su hirsuto y rojizo pubis, y sus túrgidos y ovalados senos con mis candorosos labios, experimentó, entre espasmos, un primer y escandaloso orgasmo, acompañado de otros no menos estentóreos, en tanto yo, muerto de miedo ante aquellas desconocidas exultaciones, asistía al trance, con una mueca de incredulidad y sorpresa dibujada en mi boca.

Luego, ella, acarició depravadamente mi sexo, hasta que una lluvia de soles y cometas me transportó a un extraño éxtasis. Después, trató de introducirme en sus entrañas. Fracasados sus propósitos, recibí por todo pago, un empellón que me hizo caer por el ventanuco del pajar, estrellando mi cabeza contra el duro suelo y arrojándose sobre mí como una fiera. Tras la pasajera conmoción, pude ver como se transfiguraba: sus ojos se tornaron de un fulgor rojizo; su cabellera se tiño de un verde vegetal, de aspecto mucilaginoso; su rostro afilado y amarillento lucia una profusa y enmarañada perilla, mientras en su frente abombada despuntaban dos tímidos cuernecillos.

 Me susurro una frase ininteligible al oído, a la vez que introducía sus afiladas uñas en mi pecho, como queriendo arrancarme el corazón, causándome un intenso dolor, del que son vívido recuerdo tres pequeñas cicatrices que conservo.Se fue entre risas e insultos, dejándome maltrecho y confuso en aquel lugar; luego, aún desde el suelo, pude ver sus negras pezuñas y sus poderosas patas de macho cabrío, sosteniendo un velludo cuerpo, que lucía un portentoso príapo.

Afortunadamente, aquél día adoptó la forma de una precoz adolescente. Más, me consta, no todos los pobladores del contorno tuvieron idéntica suerte.

Reviviendo los recuerdos, presa de agitados pensamientos, sentado sobre el tronco de una vetusta haya, pasaron las horas, mientras en mi mente retumbaba de nuevo aquella enigmática frase: “nev…, oviv ne le ojepse”. 

No era arameo como había supuesto. Lo supe al tiempo, tras estudiar la extraña facultad del habla inversa, que poseen algunas mujeres y cuyo mensaje oculto va destinado a los elementales; no me refiero a las simples imitadoras parlanchinas, pues tal habilidad también está al alcance de algunas aves prensoras, sino a aquéllas que, bajo la sutil capa del artificio femenino, son, sin saberlo, encarnación de súcubos, criaturas de la noche desencarnadas, que pueblan nuestras pesadillas, demonios en celo, espectrales apariciones, Liliths redivivas, las más bellas y deseadas de cuantas habitan nuestra fantasía, que nos absorben la sangre y roban la energía las noches de luna fría.

martes, 7 de noviembre de 2017

DIVINAL Y PROFANO






















DIVINAL Y PROFANA



Blanca rosa, dorada espiga,

fruta del paraíso,

Virgen de Melun, divinal y profana,

sobre retablo de tronos consagrados,

y ángeles cerúleos y escarlatas,

que en la frente luminosa y en el níveo pecho

luciste un día la mística corona,

el esplendor de las joyas de Palmira

y el oro de Ofir.


Amante del desierto , el sol, la luna

y las ciudades sacras

erigidas sobre  túmulos e hipogeos

de pueblos ignotos

 y fondos de añil;

suspendida sobre el tiempo ingrávido,

 con la hipnótica danza

de los derviches giróvagos,

aspirando la  cálida brisa

de un mar ribeteado de sal escarchada

 y fútil espuma,


Amaneciste, por fin, bajo otro cielo y otra tierra nueva,

creada para ti,

y contemplan  ya tus ojos,

más allá de las puertas de Ketama,

 la serena placidez de los cuerpos etéreos,

 salvo en el dolor, eternamente ausentes,

y la vida en Cristo,

 fuente oculta de amor inagotable, único,

en  cuyos pies, postrada, derramaste todas tus  penas

y el último suspiro, asida a la cruz.


                                               L. Gregorio Torre Rivero


martes, 17 de octubre de 2017

EN EL VALLE DE JOSAFAT















EN EL VALLE DE JOSAFAT


Descendieron hacia el valle,
silenciosos,  con el gesto crispado,
por la estrecha senda,
sombría la faz, angustioso  el rictus,
 fija en el suelo la mirada,

En la llanura,
 yacían multitudes
 exhaustas y exánimes,
postradas sobre la  tierra ennegrecida,
y  la roca vítrea,
iluminados sus despojos
por la corrompida luz
del último amanecer.

Eran cientos,
eran miles,
eran cientos de miles los gentiles;
sombras espectrales,
alargadas hacia el horizonte,
bajo el rojo sol de Satán.

harapientos, desnudos
mostrando  sus llagas 
y el descarnado sexo,
esperando la muerte segura
y nadie levantó la voz.

Aceptaron su destino,
de criaturas indómitas,
sin remedio, sin esperanza,
 sin pedir perdón.

Voló el Ángel y arrojó el fuego,
las fuentes se secaron
el mar hirvió,
se abrieron las puertas del Averno,
liberando a los demonios
que atormentan las almas
 y a las fieras necrófagas
que los acompañan.

Subió a Dios el humo de la pira
con el último hálito
henchido de blasfemias,
 ira, soberbia y furor.


L.G. Torre Rivero



lunes, 18 de septiembre de 2017

¡RETORNAD AL POLVO!














Desapareced  fantasmas del pasado,
retornad al polvo
encarnaduras del  camino,
luctuosos, fúnebres ecos,
 despojos de mi  tormento.

Abominables presencias,
enviados  del  sheol,
retornad al polvo,
al fondo de la Gehena,
expiad  vuestras culpas,
vuestros crímenes ocultos
contra el amor.

Os aparté de mi vida,
me desprendí de vuestras garras
como reptil de su piel;
mis llagas se cerraron,
 edifiqué mis muros,
una torre erizada de púas,
mi defensa y mi prisión.

Me recluí en mis silencios,
no me sojuzgasteis;
sólo me sometí al ángel,
al Juez de mi destino,
que  sellará mi boca,
y enjugará  las lagrimas,
del amargo adiós.

Mi alma entregada,
remecida y llena,
franquea ya el umbral,
tierra y cielo apacibles,
 y una vida etérea  sin dolor.

L. Gregorio Torre Rivero
 


lunes, 29 de mayo de 2017

MI DAIMON PRIVADO



“Los dáimones tienen una naturaleza animal, una mente racional, un alma supeditada a pasiones, un cuerpo etéreo y son inmortales”. (Apuleyo)

Sabido es, desde tiempo inmemorial, que el Maligno acecha y persigue con saña la virtud de la inocencia, especialmente la de aquellos seres destinados a sentir profundamente, desde la más tierna infancia, la llamada de Dios. Yo me sentía llamado, Él me acompañaba, poniéndome, parafraseando a Baudelaire, bajo la tutela invisible de un ángel; una infancia transparente de niño solitario dotado de una conciencia lúcida, de capacidad innata para la exploración de los mundos arcanos y con preocupantes carencias y nulas habilidades sociales.

Cuando descubres en ti ese mundo interior, habitado de presencias y reminiscencias o recuerdos de otras vidas, de voces discordantes, de influencias contrapuestas, de criaturas fantasmales que surgen de la oscuridad, nada en tu vida vuelve a ser igual, sencillamente, has descendido al territorio ignoto donde habitan las fuerzas telúricas, las vastas planicies azotadas por un viento gélido, donde vagan los espíritus de los condenados, la soledad y el espanto de los fondos abisales, morada eterna del mal y refugio de la Bestia.

A diferencia de A. Guridi, santa desde los quince años, siendo hasta entonces, según confiesa, una ovejilla descarriada trotando por los recónditos invernales de Urbia, yo lo fui hasta esa edad, acompañándome desde tan lejanos días, para mortificación y tormento, mi daimon privado, un ser abominable que no ha hallado mayor placer en su vida que burlarse y reírse a mi costa, bien por el procedimiento de usurpar mi lábil personalidad, campando así a sus anchas y creándome toda clase de problemas, u ocupando mi frágil y voluble mente y perturbando mis pensamientos. Así que con esa pesada carga he tenido que crecer, inclinado hacia el bien, pero obrando el mal, por mor de esa perniciosa, aviesa e indeseable compañía.

En el pasado, dada mi naturaleza introspectiva, había llegado a sospechar como causa justificativa de mi conducta, un trastorno nada liviano de la personalidad, que rayaba, a veces, con la esquizofrenia y otras con una neurosis con graves episodios obsesivo-compulsivos, puesto que todas y cada una de esas complejas alteraciones parecían incidir en mi conducta. Lamentablemente, esa visión infantil y reduccionista me llevó, mal aconsejado, presumiblemente, por psicólogos y especialistas varios, a iniciar un camino de tratamientos paliativos que nada mejoraron mis dolencias y que, por el contrario, sólo sirvieron para enmascarar la raíz del padecimiento.

El caso es que, estando ya muy harto de los caprichos y manifestaciones de ese engendro, rozando ya mi salud mental con la puerta del frenopatico, no tuve mayor fortuna que descubrirlo agazapado en mi interior; era la prueba definitiva: se materializó ante mis ojos, en el silencio intempestivo de una noche infame en que, tras haberme obligado a engullir media botella de coñac, después de emborronar varias de mis cuartillas con frases obscenas, juramentos e imprecaciones imposibles de reproducir ya que perturbarían al más impasible de los mortales, se asomó tenuemente a mi espejo mientras yo le gritaba – ¡Manifiéstate, no te tengo miedo, eres un patán…!

Cerré los ojos hasta formar una leve rendija, fijé mi atención en el fondo y allí estaba. Confieso que se me erizaron los cabellos y el vello entero; que un frío espantoso, procedente de algún lugar del inframundo, congeló mis pensamientos. Le miré fijamente, advertí su expresión simiesca, su naturaleza intemporal, su corporeidad huidiza, ocupando mi ser por completo.

No, aquello que yo vi no era un espíritu, sino un estado desconocido de la materia, una estructura molecular compleja y cuasi invisible, una especie de proyección plasmática encogida en la rotundidad de un cuerpo.

A raíz del suceso se tornó más molesto si cabe, inundó mis noches de pesadillas, de presencia y sueños inenarrables, provocando con ello en mí no pocos estados de terror nocturno. Naturalmente, todo, para él, se reducía a un simple juego; no hallaba mayor placer que descorrer mis sábanas, o convertir mi cuarto en una sala de proyecciones, donde se daban cita todo clase de fenómenos y sucesos paranormales, cuyo detalle ahorro al casual y sufrido lector, para no sobrecargar en demasía su morbosa curiosidad. Se introdujo en mis sueños, se adueño de mi inconsciente, esa parte más vulnerable del ser trascendental cuya protección está encomendada a nuestro ángel de la guarda, sin cuya presencia nos encaminaríamos todos a los abismos de la locura y del crimen.

Más el estado de sopor permanente, esa especie de narcolepsia inducida por los fármacos y el alcohol a partes iguales, hizo que yo bajara la guardia, suscitando en mi un estado de terror en la fase anterior al sueño, ese instante, que puede durar una eternidad, en que te invade esa dulce somnolencia, preludio de un sueño reparador y gratificante: tres presencias ominosas cubiertas por negros sudarios, rostros arrugados y cetrinos, atormentados por el castigo de un mal eterno, se desplazaban por mi estancia, a ras del suelo, se detenían al costado de mi cama y murmuraban frases inaudibles, mirándome con insolencia, mientras devanaban el ovillo, rueca y huso en mano y tejían mi mortaja, esperando un momento de descuido para arrebatarme el alma.

Transcurrió el tiempo, fui creciendo, y a fuerza de voluntad y disciplina conseguí, casi por completo, calmar a mi bestia, sin que faltaran ocasionales e incontrolados momentos de hostigamiento y algunas recaídas. Me casé, Dios me dio la inmensa fortuna de la descendencia, y durante mucho tiempo he podido llevar una vida “normal”, sin graves injerencias, sabiendo yo que esa naturaleza salvaje e indómita, necesitaría del control más férreo. Y en esas se me pasó la vida, luchando a brazo partido y dejando lo mejor de mis esfuerzos en una lucha encarnizada y sin cuartel.

Comprendí tardíamente que todo formaba parte de su estratagema: consiguió arruinar mis proyectos; mientras yo le vigilaba, los mejores años pasaron y, cercado por las limitaciones físicas y las propias de la edad, por esa agobiante sensación de finitud en cada una de mis células, he podido comprobar su victoria.

En ese estado llegué, hace ya algún tiempo, al Padre X. G.; jamás había imaginado que tan sencillas recetas podrían lograr resultados tan sorprendentes: oración y ayuno. Hoy puedo decir que ese dañino genio burlón, aburrido, desesperado por el fracaso de sus intentos, se ha retirado del campo de batalla y mi vida entera ha encontrado la paz, el sosiego y el descanso.

En tan serena placidez, paseando por la muy noble, vetusta y docta ciudad de Alcalá de Henares, tratando de descubrir los ecos y las huellas del imperecedero talento de cuantos genios la habitaron, se acercó a mí una vieja gitana; con gesto mecánico deposité una moneda en su mano; ella atrapó la mía con fuerza y la miré: si era una de aquellas criaturas de mis sueños, los negros faldones, el rostro mortecino, surcado de arrugas como desfiladeros, desembocando en las comisuras de una boca horrible, negra, plena de ponzoña, aquellos ojos profundos como ibones a la luz de la luna, la mirada demoniaca …
Con un gesto enérgico retiré mi mano de la suya y corrí sin rumbo; a lo lejos escuche su voz cascada y su risa siniestra: ¡Yo te conozco; sé quién eres, ah, ja, ja, ja; tienes mal de ojo desde que naciste, ah, ja, ja, ja; por unas pocas monedas puedo quitártelo, ah, ja, ja, ja …!

En mi loca y precipitada huida me di de bruces con la Magistral y, penetrando en su interior, no tuve mejor ocurrencia que hundir mis manos en agua bendita. Al instante, comenzó a hervir y en sus reflejos argénteos, entre vapores deletéreos, creí nuevamente percibir la figura de mi daimon privado riéndose a mandíbula batiente. Él, o quizá ese monstruo acéfalo de mi imaginación, jugándome, otra vez, una mala pasada.


viernes, 7 de abril de 2017

Gizeh, o la inmortalidad

Zoser, Snofru, Keops, Kefren, Micerino …, a todos nos resuenan estos enigmáticos nombres desde nuestra época de estudiantes, y vienen asociados a la historia de Egipto, y más concretamente del Imperio Antiguo, y a unas dinastías de reyes o faraones constructores, esencialmente la III y la IV, que habrían levantado gigantescas, ciclópeas estructuras piramidales, en mitad del desierto, al parecer, como tumbas o mausoleos, como última morada, en la creencia de que sus almas volverían a renacer y con ellas sus cuerpos; en la creencia de que la muerte no tiene la última palabra, que después de ella habrá una vida nueva y plena, en armonía con el cosmos y la naturaleza, sin sometimiento al dolor y a la decrepitud, una vida eterna en la gloria.

La muerte, pues, tan sólo sería el tránsito necesario para despojarnos de esta vestidura carnal y abandonar el inframundo o mundo de los muertos, antes de experimentar la transformación en seres inmortales, dotados de cuerpo y alma, un cuerpo más sutil o etéreo, equiparables a dioses, habitantes de otra tierra y otro cielo imperecederos. Ese era el modo de pensar de los antiguos egipcios; ese era y es el modo de pensar con algunas variantes, que no son fundamentales, de toda civilización espiritual.

Los más reputados anales sitúan la época de la construcción de estos gigantescos poliedros entre el 2700 y el 2300, antes de nuestra era, por lo que tendrían una antigüedad máxima de 4700, casi cinco mil años. Hoy es posible remontarse a esa época histórica, pues, afortunadamente, nos han llegado noticias de esos antiguos tiempos a través de diversas fuentes y descubrimientos, que demuestran, en efecto, que, en esa época Egipto, era, geográficamente, un país desértico, tal como hoy lo conocemos, recorrido de sur a norte por un gran río, el Nilo, en cuyos márgenes y principalmente en su delta, se asentaban diversas comunidades, dedicadas a la agricultura, al cultivo de los cereales y el algodón, a la pesca y al pastoreo de rebaños de cabras, y a alguna pequeña industria de tejidos y alfarería, fabricación de cerveza, extracción de minerales, etc. base todo ello de un incipiente comercio.

Dichas gentes, aunque libres, estarían bajo la protección o tutela de un príncipe y de una casta sacerdotal, a cuyo sostenimiento contribuían, mediante algún tipo de impuesto o exacción. Gentes de raza camita, de rasgos negroides, como los abisinios o etíopes, pero también afroasiáticos de piel cetrina (moros, bereberes, etc), que vivían en casas de adobe rematadas en terraza o chozas con tejados de paja o carrizo; casas que disfrutaban de pequeñas comodidades: el hogar donde refulgía el fuego día y noche, la habitación donde dormir sobre una bancada o un suelo cubierto de esterillas o pieles, los útiles o vajillas de barro para el agua y la comida, cuchillos de cobre o de hueso u otros instrumentos de corte para el sacrificio de los animales, es decir, el pequeño ajuar doméstico, propio de ese tiempo y su tecnología, según se ha podido constatar a través de su legado arqueológico.

Estas colectividades serian tributarias del “nomo” del Bajo Egipto, con capital en Menfis el centro político y religioso del Imperio Antiguo, cuya población en su época de mayor esplendor rondaría aproximadamente las quinientas mil almas: situada, aproximadamente, a unos veinte kilómetros del actual El Cairo, era una ciudad muy importante de la antigüedad, reconocida por todos los reinos y naciones o pueblos de ese tiempo que ambicionaban sus riquezas.

Cuando menos, produce un escalofrío pensar que hace cinco mil años, una civilización surgida de las brumas del Neolítico, fuese tan profundamente religiosa, tan lúcida y espiritualmente avanzada en sus concepciones sobre la vida y sobre la muerte: adoraban estos egipcios a una deidad llamada Path, que habría creado el Universo con la fuerza de la palabra, deidad de la vida ultra-terrena y garante de la resurrección. Los antiguos egipcios representaban este concepto de la resurrección mediante el símbolo del escarabajo. Este símbolo sagrado era la representación conceptual de una creencia muy extendida y es que, tras la muerte, existe una vida más plena y gozosa donde el hombre, liberado de sus ataduras terrenas (la enfermedad, la decrepitud, la muerte), resucitaría a una vida plena en comunión con los dioses, en cuerpo y alma, (el “ka” de los egipcios, sería la conjunción del cuerpo místico o glorioso de la tradición cristiana y el espíritu o alma, inmortal por definición).

Es realmente una concepción muy elaborada, si tenemos en cuenta, por ejemplo que, en el mundo judío veterotestamentario, cuesta mucho encontrar un texto claro sobre la vida ultraterrena. Los judíos viejos creían en cosas tales como el descanso eterno, o en nociones más difusas o confusas como “el seno de Abraham”, existiendo, por lo tanto, entre la clase sacerdotal, muchos recelos sobre el particular, siendo los saduceos totalmente beligerantes contra la idea de la resurrección. Se supone que este concepto habría ido tomando cuerpo a lo largo de mil años, en el proceso de elaboración del Antiguo Testamento. Y habría sido reelaborado, partiendo o teniendo en cuenta la tradición egipcia, con todos los matices nacidos de las peculiaridades e idiosincrasia del pueblo judío, vehemente y apasionado en la defensa de sus identidad y de sus creencias.

Las creencias sustentan la civilización, una civilización sin creencias, sin grandes ideales, como por ejemplo la nuestra, está condenada a la extinción. Y los egipcios creían, soñaban, procreaban, nacían y morían con la esperanza puesta en la vida ultra-terrena, cultivaban la piedad y la oración y eran gente solidaria, trabajadora y buena.
Es más que probable que, entre cosecha y cosecha, se dedicaran a la construcción de ingentes obras públicas: canales de irrigación, depósitos o silos, pozos y cisternas, murallas y caminos, palacios, estatuas y plazas. Y lo habrían hecho con paciencia e ingenio utilizando unos útiles y herramientas muy primitivos: el martillo o la maza de piedra, el pico y la pala; y habrían utilizado el cobre para el punzón y el buril, el escoplo y la sierra, pero no conocían la rueda, ni la necesitaban en un arenal donde un pequeño trineo les podría reportar más ventaja y utilidad para desplazarse o para transportar cargas. Las ruedas se hunden en la arena, hay que construir muchos kilómetros de calzadas y caminos para poder aprovecharlas. Y en las primeras dinastías no había ruedas. Hasta ahí llegaba toda su tecnología, según los restos hallados y según sus propias descripciones.

Eran muy hábiles artesanos, tallaban, pintaban y esculpían con gran destreza; sus pictogramas y glifos son de una rara perfección y belleza; contenidos en la expresión y la forma, conseguían representar, primero su lenguaje, su forma de comunicarse, y, luego, con gran realismo y naturalidad con una extraordinaria capacidad esquemática, prueba de su gran inteligencia y grandes dotes de observación, todo tipo de cosas, desde los objetos de uso más cotidiano, hasta los animales, desde las flores hasta las plantas.

Más los egipcios, estos egipcios, jamás pudieron construir las pirámides, o. de haberlas construido en esa época, tuvo necesariamente que ser con otra tecnología desaparecida de origen desconocido, de lo contrario, las pirámides ya estarían allí, portando un mensaje de otro tiempo en que los dioses gobernaron el mundo, como ellos mismos reconocen cuando se remontan a las antiguas cronologías. Como creía el historiador, gran sacerdote del santuario de Heliópolis y cronista egipcio Manetón del siglo III antes de Cristo, autor de una Historia de Egipto, contemporáneo de Beroso, historiador y gran sacerdote de Marduk, en tiempos de Antioco I, cuyos anales, los de ambos, se hunden y se remontan a través de dinastías y reinados que alcanzarían los treinta mil años de antigüedad, y cuya obra está recogida en Flavio Josefo, Julio Africano, Plutarco y en la Patrística (Eusebio); y como creían, ya en tiempos del Islam, los sabios, eruditos y hombres de ciencia de esa gran civilización, que tuvieron acceso a esas y otras dataciones y cronologías.

Estarían allí, semienterradas en las arenas del desierto, aprisionadas bajo millones de toneladas de arena, que los egipcios de esas dinastías y otras anteriores se habrían limitado a remover hasta encontrar su base. Keops, Kefren, Micerino, no otra cosa habrían hecho que atribuirse el honor de su descubrimiento, más nunca el de su construcción, pues tal tarea les hubiera resultado imposible por completo con sus instrumentos de cálculo y medida, así como útiles y herramientas rudimentarias, es decir, con, la tecnología y el estado de los conocimientos matemáticos o científicos de la época.

Es obvio que habrían hallado algún tipo de pasadizo o puerta, probablemente subterráneo, que les condujera a la cámara del caos y desde allí a su interior, a fuerza de excavar galerías; luego tales pasadizos permanecerían durante siglos ocultos; habría que esperar hasta la época del califa Al Mamun, el bagdadí, allá por el año 820 de nuestra era y, aproximadamente, el 200 de la Hégira, quien dirigió las obras que permitirían hallar una entrada, oculta originariamente por grandes bloques de piedra caliza pulimentada, que permite acceder a las galerías y túneles que nos llevan a su interior.

Concedo, únicamente, que, Inmhotep, el gran arquitecto de los tiempos de Zoser, quien habría tenido acceso a algunos secretos de su construcción, lo intentara en Saqqara, y que dicha pirámide escalonada, compuesta, en realidad, por seis mastabas superpuestas, fuera el intento fallido de emular esas portentosas edificaciones; que Snofru, lo intentara, asimismo, y tras dos intentos fallidos llegara a conseguir la clave en su pirámide roja de Dasshur. Si, ya sé que se argüirá que aquellas son anteriores, según las dataciones, pero es que parto de la hipótesis de la imposible demostración de que las pirámides de Guiza fueran construidas en la IV dinastía, sino en un tiempo desprovisto de memoria, al cual sólo se puede remontar uno a través de la imaginación. Las construidas en las dinastías posteriores, hasta cien, no fueron, a su lado, más que más que rudimentarios montículos de piedra o ladrillo de una factura tosca y que revelan, efectivamente, el estado tecnológico de la época. Hasta las dinastías XVIII a XX, del Imperio Nuevo, comparables en su poderío a aquellas de los primeros tiempos, bajo el influjo de los Amenofis y los Tutmosis y luego bajo la égida de los generales ramésidas y posterior Egipto Ptolomaico, no volvería a construirse obra alguna de relieve en todo Egipto (Luxor, Karnak, Abu Simbel, el Valle de los Reyes, etc.). Mas, incluso en esos tiempos de gloria y esplendor, no hubo obra humana alguna semejante en perfección y grandeza.

Ciñéndonos a la pirámide de Zoser y por aportar unos pocos datos perfectamente contrastados, en comparación con la gran pirámide atribuida a Keops, con independencia de los materiales empleados en su construcción, bloques regulares de piedra caliza unida mediante argamasa de aquella, frente a bloques perfectamente tallados, cada uno de diferente tamaño, como si se tratara de un puzzle gigantesco, sin aparente unión entre ellos, en esta; sesenta metros de altura de aquélla, frente a los ciento cuarenta y seis metros de ésta; cuadrangular la una, octogonal la otra (cada cara está compuesta, en realidad por un diedro, dos superficies triangulares cóncavas que forman en su apotema un pequeño ángulo, tan sólo perceptible durante los equinoccios); sin orientación definida la primera y orientadas cada par de caras a un punto cardinal la segunda; de medidas distintas e irregulares cada uno de sus lados en la de Zoser y de una total precisión milimétrica (véanse los estudios de Petrie sobre el particular) la de Gizeh, someramente embastada la una y recubierta por veintisiete mil bloques de piedra caliza blanca y perfectamente pulimentada como la superficie de un espejo, rematada, además, en su cúspide por un artilugio dorado llamado piramidón, la otra. Construcciones que, dicho sea de paso, a fecha de hoy, y ya han pasado casi cinco mil años, según las dataciones arqueológicas, nadie sabe cómo se han realizado, es decir, que se ignora de ellas lo más esencial desde el punto de vista arquitectónico: el procedimiento utilizado para su construcción.

Solamente una facción de la ciencia, la representada por la arqueología oficial, mantiene hoy, igual que ayer, con gran obstinación, que esos portentosos edificios fueron construidos en tiempos de la IV dinastía con las técnicas de la época, basándose en una inscripción o cartucho, que contiene, aparentemente el nombre de Keops (Jufu o Kufu), situado en un lugar invisible e inaccesible de los muros de descarga situados encima de la cámara del rey ¡A eso si que llamo yo agarrarse a un clavo ardiendo; bonito lugar para proclamar a los cuatro vientos y al orbe la gloria del faraón!

Ni ingenieros, ni arquitectos, ni geólogos, creen hoy que, con la tecnología tan rudimentaria hallada de aquella época, pudieran levantarse. Lo único que pueden decir, es que, de haberlas levantado en ese tiempo, habría sido con una tecnología diferente y desaparecida, de características similares, como mínimo, a la actual, en cuanto a su potencialidad, aunque podría ser incluso mucho más avanzada (anti-gravedad). Por ello expresan sin rubor, que, ante la imposibilidad de conocer a fecha de hoy en qué forma fueron construidas, habría que recurrir a la ingeniería inversa, es decir a desmontar pieza a pieza la pirámide, lo que nos llevaría tantos o más años de trabajo que los utilizados en su construcción, según las mentiras que le contaron, cuatrocientos años antes de nuestra era, los sabios de Heliopolis a Herodoto, que era cualquier cosa menos un ingenuo: “… si yo me veo en el deber de referir lo que se cuenta, no me veo obligado a creérmelo todo a rajatabla; y que esta afirmación se aplique a la totalidad de mi obra …”, dejo dicho. En consecuencia, hoy por hoy, sólo podemos desgranar sobre el particular pobres hipótesis más o menos ingeniosas totalmente indemostrables.

Posiblemente, la profanación de aquellos templos y monumentos, por los gobernantes de esas épocas, la apropiación y el uso indebido que hicieran de los mismos, provocaran la primera rebelión y revolución social conocida de los tiempos históricos, como la producida en el reinado del Faraón Pepy II. Era un regalo de los dioses, el testimonio indeleble de su presencia en el mundo creando una nueva humanidad que les hablaba a través de miles de signos enigmáticos e intraducibles, grabados sobre sus espesos muros, donde dormía el gran secreto de la mayor y única maravilla de la antigüedad que ha resistido al paso del tiempo y de los hombres.

Otro de los grandes enigmas de las pirámides es el motivo de su construcción y su utilidad. Alegan los antiguos que se construyeron como mausoleos para los propios faraones, es decir como tumbas. De haberlos enterrado realmente en ellas, habrían aparecido, en alguna, restos biológicos y podrían datarse más o menos rigurosamente a través de la prueba del carbono 14, e incluso descubrir su ADN. Si, hemos visto grandes sarcófagos entre sus paredes, tallados en una sola pieza de granito rojo o en diorita, como el hallado en la cámara del rey de la gran pirámide, espacio rectangular ciclópeo, sellado con bloques, algunos de ellos con pesos superiores a los cuatrocientos mil kilos, como los que cubren su techo, inexpugnable refugio o habitación del pánico, más propio de la era nuclear, pero en ninguno de ellos se ha encontrado nunca ningún féretro o ataúd, conteniendo el cuerpo momificado, adornado con los símbolos de la realeza: el collar, el cayado y el mayal, y los vasos canopos conteniendo el producto momificado de la evisceración.

Es probable, si, que dichos faraones pasasen algún tiempo en su interior, por algún motivo ceremonial o religioso de carácter trascendental, atinente a los cultos de transformación y renovación osiriana, propios de las religiones mistéricas, para renacer y aparecer a los ojos del pueblo envueltos en la aureola de la divinidad, pero nunca, jamás, utilizadas como cenotafios, pues nadie, en su sano juicio, espera resucitar en cuerpo y alma, como esperaban los egipcios y esperamos nosotros, tras ser enterrado en una cámara de esas características, bajo el peso de una inmensa mole pétrea de siete millones de toneladas. ¿Por quienes y cuándo fueron construidas? Pensemos la respuesta.



jueves, 6 de abril de 2017

Haciendo amigos



Poesía no son versos apilados
de palabras huecas y exánimes,
sembradas al voleo,
sobre desiertos de arena.

Ni grito de guerra o soflama,
voz altísona y engolada,
impostura,  artificio o proclama.

Poesía no es reunión de cigarras,
al sol que mas calienta,
 pugnando por hacerse oír,
sedientas de aplauso y fama,

 Ni tertulia de casino,
o aldeanas covachuelas,
donde se reparten  laureolas,
dádivas y honores varios
entre pingües francachelas,

Poesía no es un acto social,
 burdo, ramplón y maniqueo,
hoguera para el hereje,
y pasto para la grey.

Ni  homenaje de bandera,
a la  causa del mal causado,
discordia, odio y ceguera. 

Poesía,  no  es una moda,
 un quehacer pasajero,
un  pasatiempo barato,
de gente ociosa y atrevida,
que a los poetas remedan,
con faltas de ortografía.

Ni narcisismo onanista,
 autocomplacencia insana,
 vanagloria diletante ,
estéril reafirmación,
de niños que peinan canas.

Poesía no sólo es verso libre,
 famélico renglón equilibrista,
de puro prosaico aleve,
que daña tanto a   la vista.


Poesía, en fin, no es arte fácil
de  arribistas sin oficio,
eximios y egregios  vates,
de la hermandad de los orates.

Parnaso en horas muy bajas,
de saldos y de rebajas,
en liquidación por derribo.