miércoles, 27 de enero de 2016

Rincones de París

Quartier Montmartre

         Montmartre - Sacre Coeur                                                                                De Jeu de Ponme

    Place des Vosges (Pabellón del Rey)

                                                                       Musée d´Orsay

                      Notre Dame                                        Palace Garnier - Opera de París





LAS REVELACIONES


                                                                                     A  J. Garrido, maestro interior


      El día 1 de Enero de 2014, sobre las dos de la madrugada, vino a mí, previa invocación, antes de quedar profundamente dormido, el Arcángel San Miguel; pensé que era la hora de mi muerte y que venía a rescatarme de los poderes del Abismo, pero, al final, no sucedió así; sentí un gran temor acompañado de una sensación paralizadora y de frío intenso en todo el cuerpo, mientras mi corazón ardía. Un destello de luz que se fue materializando ante mis ojos hasta adquirir la figura de un ser de alta estatura, extremadamente delgado, de facciones angulosas y apariencia intemporal, cabellos largos y blancos y ojos de un azul grisáceo, de mirada penetrante y abrasadora, envuelto en un halo de luz. Nada tenía que ver con las representaciones clásicas y populares como Príncipe de la milicia celestial.

            Confieso que mi primera reacción fue incomprensible y absurda, pues le saludé, poseído por una extraña fiebre, como si se tratara de una persona de este mundo con un temeroso ¡Hola! que salió expelido de mi boca con un sonido gutural extraño y desconcertante, pues la palabra dicha retumbó en la habitación a pesar del endeble hilo de voz emitido, apenas susurrado y audible. Dicho sonido no resonó en mis oídos como lo había pronunciado, sino como traducido a un idioma arcaico, tal vez arameo bíblico, la lengua preferida de Dios.

         Al preguntarme sobre la naturaleza de este epifenómeno (en cuanto realidad que emerge de otra más esencial), llegué a la conclusión de que de que nuestra percepción de los fenómenos obedece a una ley: lo que percibimos por los sentidos no es más que una proyección elaborada de un arquetipo, de otro modo, resultaría imposible discernir o separar la realidad física de la materia y la del espíritu, pues, como entes incorpóreos, sólo pueden manifestarse a través de nuestra propio proceso de recreación eidética.

         De ahí, pues, que, según las épocas, los estadios culturales, las singularidades, puedan aparecer de una forma o de otra, adaptados a nuestra propia y genuina forma de comprensión. Ello significa, ni más ni menos, que los fenómenos espirituales a través de los tiempos se caracterizan porque vienen acompañados de las formas y modelos de representación cultural de la fe de los pueblos y de los individuos, desde las más perfectas y sutiles transmitidas por el pensamiento, la tradición, la literatura y las artes iconográficas, hasta las más imaginativas o groseras, propias de la fantasía popular; con ello, contesto a la manida crítica respecto de los portentos o milagros, misterios o cosmogonías, que suelen ser la base de discusiones bizantinas interminables y absurdas: los antiguos se expresaban y representaban sus creencias a partir de su propia concepción del mundo y de las cosas, no de la nuestra.

         Tales fenómenos lumínicos o proyecciones protoplasmáticas que acompañan dichas apariciones y que parecen surgir de la nada, tan sólo son producto de la energía de transporte, pues la naturaleza exacta del ser, no nos puede ser revelada en manera alguna, ya que pertenecen al plano de la realidad imperceptible. Se les ha definido como seres o entes de luz, pues de esa forma se manifiestan ante nuestros ojos, más su cuerpo inmortal, su perfección inmanente no puede ser descubierta por nuestros pobres sentidos aprisionados en las propias barreras dimensionales, siendo la muerte y la posterior resurrección, no como nosotros la ideamos o concebimos, sino como renacimiento y regresión a un estado  incorporal o nébula, que tiene ante sí un largo camino de perfección, hasta ocupar el nuevo cuerpo inmortal o glorioso, la única forma de contactar con estas criaturas sutiles, antes de penetrar, definitivamente, en el haz de luz cegadora de Dios, el Absoluto, donde ellos, los ángeles, viven, pues han sido creados con el único fin de servirle.

         Primera revelación escatológica: sobre el último día que ha de venir, el final de los tiempos, por Jesús, el Cristo, sabemos que nadie, salvo el Padre, conoce el día ni la hora, ni siquiera ellos; en este sentido, el mensaje es ambiguo, podría decirse que el último día no es un día sino que se refiere a un tiempo indeterminado o sucesión de hechos que culminarán con la total consunción de la vida terrena. Nadie se salvará de las garras de la muerte, afectará a toda la humanidad dispersa por los mundos; el débil hilo de la vida se romperá y el ser humano se extinguirá, ya que lo que desencadenará el fin no será la destrucción, sino la interrupción del cauce por donde discurre la energía que nos mueve y de la que se nutre nuestra inteligencia y con ella nuestra forma de comprensión del Universo. En este sentido no cabe esperanza alguna de eludir el castigo. La humanidad entera perecerá y a ello sucederá la destrucción cósmica, no a la inversa, pues el Universo entero no tendrá sentido, ya que fue construido como hogar temporal de los hombres y como signo y manifestación o teofanía del poder de Dios. Más antes ocurrirán otras cosas.

        Segunda revelación: La Parusía:  es el interregno, el espacio de tiempo comprendido entre la venida del Señor y el Fin. La estampa fijada por la religiosidad y la fe popular es  de gran majestuosidad; unos lo verán como el Mesías y como tal lo recibirán y otros como el Enemigo, al cual combatirán, pues esas son las emociones que despierta en el corazón de los hombres, según su bondad o maldad, su humildad o soberbia. Será la era de la lucha contra el Mal cobijado en el corazón de los hombres, que ha tomado forma y corporeidad monstruosa, ostentando un poder omnímodo, como consecuencia de la extrema maldad de muchos y de su total ausencia de arrepentimiento.

         Él, el Único, el Preexistente, el Señor de la Vida, aparecerá con toda su Majestad; ante Él, todo Trono, Potestad y Dominación sucumbirá y todo hombre de Bien, será marcado física e indeleblemente, como oveja de un gran rebaño. Y tras haber humillado al gran ejercito del Maligno, tras haberlo depuesto y encadenado en las profundidades del Hades, Él establecerá su justicia como anticipo de las delicias del Reino.

         Naturalmente, esta visión de un Mesías guerrero, como un adalid de la guerra santa, tan querida del pueblo hebreo, no se corresponde a ninguna realidad temporal; la segunda venida se manifestará precedida de grandes señales en el cielo; tales fenómenos provocarán el despertar de la conciencia, sumida hasta ahora en la tiniebla, y precipitará el final de esta edad oscura , posibilitando una ascensión en el plano de la conciencia individual, que conllevará la conversión a Dios y cuyo fruto será el apaciguamiento y la apertura del corazón que se entregará a la causa del Reino entre martirios y persecuciones.

         Esa será la verdadera Parusía, la conversión por parte de las  multitudes que no han opuesto resistencia a la acción de Dios, y la criminal respuesta de las fuerzas del mal que convertirá nuestro mundo en una mar de sangre. La señal indeleble, será la palma del martirio, la muerte tras la tortura, la decapitación en masa, propiciada por los grandes poderes: el dinero, la política y el integrismo y fanatismo religiosos, que, una vez más, obcecado con sus propias elucubraciones doctrinales "à la lettre", no sabrá discernir entre el Bien y el Mal. Estos recibirán el peor castigo, por idólatras, pues opondrán la soberbia de la hermenéutica, que, al fin y al cabo  no es más que una pobre ciencia de interpretación de la Palabra Sagrada, a la voluntad de Dios, manifestada, en forma masiva, en este segundo advenimiento  intempestivo e irruptivo. Esta era ya ha empezado. El Mal ya ha tomado posiciones, su formidable e invisible ejército, sin estado, sin identificación ni bandera, el terror sin límites, está presto para el combate, para la batalla definitiva, para el  Armaggedon. El Mal sabe que el Advenimiento está muy cerca, huele el peligro, está al acecho de las señales y prodigios del cielo que anunciaran la Parusía. Dichas señales, que darán paso a un mundo nuevo y a un cielo nuevo, son las precursoras de la conversión en masa, la manifestación visible de Dios y de su  acción salvífica y santificadora.

         Tercera Revelación: El Reino:  Tras la Parusía, las comunidades de conversos forjarán el Reino, definido como reino de paz, justicia y gozo en el Espíritu Santo. El Reino consistirá en la superación y abolición del estado, la desaparición de las formas de poder establecidas según modelos socioeconómicos, la desintegración de las naciones y la abolición de la propiedad, el dinero, la Banca y las transacciones, así como de toda frontera física y mental, es decir, se aprovechará de la destrucción y del caos propiciado por el Mal, para el establecimiento paulatino de un verdadero y carismático sistema de comunicación de bienes. Aparecerán muchos profetas que intentarán desviarnos, más, al final, El Reino se constituirá por la propia inercia del movimiento de las comunidades cristianas. Ello desencadenará nuevas, terribles persecuciones  y grandes catástrofes, pues los poderosos no renunciarán al poder, los fuertes querrán imponerse por razón de su fuerza, pero la resistencia pasiva  minará  la moral de las tropas, la muerte indiscriminada no doblegará la voluntad de los creyentes. Quedarán muy pocos para contarlo, más esos pocos, recluido el Mal en el inframundo, serán suficientes para poblar el Universo y hacer germinar la semilla de la vida en la nueva Tierra en el nuevo Mundo en la nueva Jerusalén celeste.

        Cuarta revelación:  El número de la bestia: Se refiere al Anticristo anunciado, rescatado por Lucifer de las garras del Abismo, el Hades eternal. Dicha venida precipitará el final de los tiempos entre ríos de sangre. Se le habrá dado la potestad de envenenar los corazones y el poder sobre la vida y la muerte hasta la destrucción final. Muchos sucumbirán a sus encantos a sus mil formas de manifestarse: es el gran seductor de las masas el Príncipe del Mundo, cuya palabra aduladora e hipnótica atraerá a las multitudes colmando sus deseos para atraerlos a su causa que no es otra que la destrucción de su alma, el apartamiento de Dios. Aparecerá como una figura bienhechora ante los ojos del mundo, como el salvador y redentor de la humanidad. Ocupará las más altas magistraturas y desde allí extenderá su tela de araña. Su ejército estará formado por cientos de miles de voluntarios dispuestos a inmolarse a una sola palabra suya. Es la encarnación del Mal, de la misma manera que Jesús, el Cristo, es la encarnación del Bien. Bien y Mal son los principios que rigen la Creación, las fuerzas contrapuestas que conforman el mundo y la naturaleza humana. Bien y Mal están profundamente entrelazados en nuestro corazón, sus raíces se hunden en la génesis y son fuerzas antagónicas que operan en la oscuridad, sin nosotros poder hacer nada por evitarlo.

         Estas son las Cuatro Revelaciones insufladas por el Arcángel San Miguel, la madrugada del día uno de enero de dos mil catorce, sobre las dos de la mañana, estando yo acostado sobre mi cama, profundamente relajado, en posición de decúbito supino, con las manos entrelazadas a la altura del plexo solar, invocándolo. Cada una de ellas en los sucesivos días, fueron objeto de meditación, poniéndome en manos de mi confesor y director espiritual, quien me impuso, a modo de penitencia,  un período de treinta días de discernimiento, en total silencio, ayuno y oración, al objeto de que repasara los hechos tratando de recordar cada detalle, de captar la "atmósfera" del momento, poniendo los mismos en relación con sucesos similares o de naturaleza contrapuesta ocurridos a lo largo de mi existencia, llegando yo a la conclusión de que ha habido más de los segundos que de los primeros, pues las fuerzas del Mal se han manifestado profusamente en mi vida dejando huellas y cicatrices profundas, especialmente, en los momentos de más extrema debilidad, de más absoluto abandono del Espíritu y de la total ausencia de Gracia, en la noche oscura, cuando con gemidos inefables, llamaba y llamaba a las puertas del Altísimo, sin obtener respuesta. Cuando el frío gélido de la noche del alma me hacia tiritar de miedo y de angustia, justamente, en ese momento en que Él, el Absolutamente Otro, a fuer de presente, obnubilaba todos mis sentidos y cerraba todas mis salidas, acorralándome en mi madriguera, es decir, cuando la única respuesta que cabía ante Él era el Abandono y el sometimiento total a los designios de su Voluntad.