domingo, 12 de julio de 2015

A propósito de la casa de Dios


Por L.G. Torre Rivero
La fe del cristiano no depende, absolutamente, de que se hayan encontrado o no los restos de la casa de Jesús, como parece confirmarse, en Nazaret de Galilea; mañana podrían encontrarse sus huesos santos y nada cambiaría, ya que ella no se basa en los hallazgos arqueológicos o paleontológicos, ni siquiera en lo que los relatos o la propia historia cuenten de él.
Jesús ascendió a los cielos (es una imagen que, a mi juicio, no define un lugar, sino un estado trascendente del ser, desprovisto de toda limitación espacio-temporal) en cuerpo y espíritu; más en “cuerpo glorioso”, libre de todo vestigio o atadura física carnal y terrenal, por lo cual la fe de un cristiano deriva, únicamente, de la experiencia del Encuentro con el Resucitado o del deseo de Encuentro que aquella sustenta. La primera, consolida, y suele ser la experiencia de los santos, o la de los que  han podido meter el dedo en la llaga de su costado; a ellos se les dará, a cambio, en muchos casos, el dolor, el sufrimiento y la noche oscura del alma; la otra, que no te evita la duda, es la que experimentamos el resto de los elegidos, y es ,incluso, más interesante, por ser la preferida de Jesucristo: “Benditos los que sin ver habéis creído …”.
Tales hechos (la Resurrección y las Apariciones), nos fueron transmitidos por sus testigos, las santas mujeres, los discípulos, y los apóstoles, al igual que su palabra. A muy pocos más, a lo largo de la historia, se les ha revelado tal misterio; más, siendo pocos, son la inmensa legión de los santos (conocidos y anónimos) y de los místicos, muchos de los cuales pagaron su testimonio con el martirio, empezando por los propios amigos de Jesús, que, si bien, en vida de éste, habían demostrado ser unos cobardes, abandonando al Maestro a su suerte en la última hora, tras su Resurrección y posteriores “encuentros físicos” en Jerusalén y en Galilea, reanudaron la predicación con tanto entusiasmo como dedicación, pagando con su cabeza o con la crucifixión su adhesión al Resucitado.
Si alguien cree que se puede entregar la vida por una entelequia, es que no conoce los límites y miedos de la naturaleza humana. Uno puede llegar a entregarla por un ideal revolucionario o una causa tangible, pero no por una entelequia. Más, según nos demuestra la experiencia, las causas del hombre, siguiendo un famoso brocardo jurídico, siempre han sido y son la causa del mal causado. No así las de Dios.
El cristianismo no es una Religión en el sentido corriente del término, es decir, un sistema de creencias ( pues estas, no son otra cosa que una interpretación humana y, por lo tanto, falible, de la realidad de Dios y de su trascendencia, que tienen mucho ver con la cultura y la tradición de cada pueblo), sino en el original de “re- ligare” o sea, de vínculo – en este caso sagrado-, es decir, la historia de amor y vida que Dios va entretejiendo contigo y que provoca la conversión del alma y te impele o te invita al seguimiento, a la acción en el mundo, hasta las últimas consecuencias.
A lo largo de la historia, ha habido líderes políticos o religiosos, cuyo atractivo o carisma personal ha ejercido gran influencia sobre las masas. Nunca he podido creer en ninguno de ellos. Todos me han decepcionado; no eran más que hombre frágiles y débiles como yo mismo; algunos de ellos tan sólo criminales, enfermos o dementes que arrastraron al mundo a la destrucción; y todos murieron ¿Por qué iba a seguirles? No me pueden ofrecer nada definitivo, sus promesas se las lleva el viento y sus ideas perecen como todo lo que es humano y caduco ¿Por qué iba yo, entonces, a entregar mi vida por ellos? Si, en cambio, por Cristo, que me ha demostrado y me demuestra cada día que no todo está perdido y que no sólo somos polvo que arrebata el viento y lo esparce como si fuera la arena del desierto; y que la muerte no tiene la última palabra, ni la tendrá nunca, salvo para el que renuncia a Dios, siendo tan sólo un atajo hacia una vida perdurable y verdadera.  ¿Qué tiene de malo eso? ¿Por qué reaccionáis, pues, con ese rechazo visceral ante quien nos está ofreciendo un salvoconducto para la vida eterna? Yo os lo digo: porque en los oscuros recovecos de vuestra alma y de la mía, en esos páramos desiertos, vastas y heladas planicies donde sopla el viento gélido de nuestro egoísmo, de nuestra soberbia, vanidad y codicia, anida el Mal, la antigua serpiente. ¿O no creéis en el Demonio? Entonces, es que sois mucho más ingenuos de lo que había pensado ¿Por qué os comportáis como liebres asustadas, cuando se os muestra un ideal puro de vida, sin recurrir a la violencia, la fuerza, la imposición y a la tiranía, sino al amor de unos por otros?
Jesús , el Cristo, dijo:. ” Yo soy el camino, la verdad y la vida” … Así, pues, sigámosle por la dura senda (muchos la siguen sin haberle a Él conocido), pues, los caminos del mal son fáciles y atrayentes, pero no te llevan más que al infierno; el camino del Bien, sin embargo, sólo uno, angosto, abrupto y  difícil como la senda de una inalcanzable cumbre. En ese seguimiento radica el verdadero heroísmo ¿Quién que haya subido a una montaña no ha tenido esa experiencia de plenitud y bienestar? Pues así es en lo espiritual, cuando lo que eliges es la senda que te lleva a la casa del Padre, y que ha de pasar para todos, creyentes y no creyentes, de forma inevitable, por nuestro particular Gólgota.


sábado, 11 de julio de 2015

EL Horror y el Mal

EL HORROR Y EL MAL
Por L.G.Torre Rivero

He de decirte, amigo mío, que no he podido por menos que reírme un buen rato, por no llorar, con tu “speech psicodramático”, que no de otra forma cabe llamar a ese discurso, tan rancio como vacuo que, en tu foro, nos dedicas.
Leyéndolo, venían a mí imágenes de otro tiempo, de los años 70, en plena dictadura franquista, cuando, por vías desconocidas, llegaban a nuestras manos aquellos panfletos impresos en ciclostil o en alguna imprenta clandestina.
Ejercían en nosotros, muchachos de apenas veinte años educados en otros valores, una rara fascinación. No pocos jóvenes de mi generación nos abrazamos a la nueva religión propalada en aquellas páginas; y así pudimos conocer a Marx y a Friedrich Engels; hablar durante horas, sin sufrirlo, del sistema de planificación económica centralizado, o descubrir que demonios era aquello del “Anti-Dühring” (lo que bastó para darnos cuenta de que manera las corrientes heterodoxas, dentro del socialismo, iban a ser implacablemente perseguidas); tratar de engullir aquél indigesto “Materialismo y empireocriticismo” del camarada Lenin o los cuadernos de Gramsci y, como aperitivo, darnos un paseo por el socialismo utópico de Owen y Fourier o Saint Simón, y el anarquismo, con cuyas ideas comulgué –también tengo mis debilidades-, de P. J. Proudhon, de Piotr Kropotkin o de Errico Malatesta, que no hicieron otra cosa que copiar el sistema de comunicación de bienes de las primitivas comunidades cristianas, pero mal, pues no se enteraron, absolutamente, de nada; y, ya en clave española, conocer, por ejemplo, la experiencia de Ferrer i Guardia y la escuela libertaria; en fin, toda la amplia panoplia del denominado pensamiento “clásico” de izquierdas. Más todo lo que me queda de aquello y, a veces, me reconcilia con ese mundo son las formidables e impresionantes voces del Coro del Ejercito Ruso y el himno soviético, Gorki y algunos versos de Pasternak o Mayakovski, para regresar, nuevamente, a los grandes clásicos: Pushkin, Dostoyevski, Tolstoi, Gogol …
Había, por entonces, en activo, otros muchos “pensadores” del llamado “marxismo tardío”,  como T. Adorno, H. Marcuse, Erich Fromm o Habermas, es decir, lo más granado de la escuela de Frankfurt, u otros como Fredric Jameson o Louis Althusser, desplegando sus habilidades dialécticas en las universidades americanas o europeas y dedicados a construir, como telaraña, la estructura de un sueño que ya se había revelado como utopía en los primeros tiempos de El Manifiesto.
Así llegó a formarse dentro de lo que llamas “el abominable estado imperial”, una corriente antipatriótica, encargada de subvertir el orden y que ha sido tradicionalmente, y es todavía, el cauce a través del cual algunos os habéis ido pertrechando de las ideas “progresistas”, que pasadas por el tamiz de una mentalidad ecléctica, han dado lugar a un sucedáneo frío y desleído, intelectual y academicista, (preferible, en todo caso, a esa ingeniería social desarrollada por auténticos sociopatas, disfrazados de bienhechores del género humano, cuyos nombres están en la mente de todos), desprovisto de ese espíritu de comunión que ha alimentado, a falta de Dios, las grandes pasiones y deseos del alma humana, pues sin pasión, sin voluntad y sin deseos bien encauzados, sin grandes ideales a los que servir, los individuos y los pueblos envilecen, se enajenan y, al final, se autodestruyen o se inmolan ante fetiches.
Te preguntas sobre el porqué de la implosión del comunismo en la Unión Soviética, o las maniobras conspirativas que se fraguaron en el proceso y por la poca o mucha “culpa” que pudo tener en su caída la Iglesia, y, singularmente, el Papa Juan Pablo II. Eso es empezar por el final, así que pregúntate, más bien, porqué todas las grandes revoluciones han precisado del terror para implantarse y porqué en los tiempos de crisis, cuando el mal se extiende como una peste pudriéndolo todo, se hacen con el poder – a la vista está- los más viles, los más crueles, los más corruptos e inhumanos, los más fatuos y estúpidos de los hombres, es decir, cualquiera de nosotros al que el pueblo o las armas haya otorgado un desmesurado poder, y yo te responderé que esa es la forma de actuar del mal, pues precisa de ríos sangre para corporizarse e implantar su reino.
No, no es que el odio sea algo inherente a las ideologías revolucionarias, como pareces asumir con extraña complacencia, ya que estas entroncan, las más de las veces, con los más nobles ideales y aspiraciones del espíritu, sino a la propia condición humana, pues en sus oscuros fondos, pliegues y recovecos duerme esa semilla ponzoñosa que corroe nuestra existencia. Y es que, amigo mío,  voy a hacerte una revelación: el mal existe y es absoluto, se halla entrelazado con el bien, al igual que la cizaña y las espigas en un campo de trigo, en el centro mismo del ser que se disputan, donde reside y radica todo el misterio de la infelicidad y la desdicha, pero también toda la grandeza de espíritu y capacidad de hacer el bien y de entrega a los demás y de sacrificio hasta la muerte.

Por ello, como un Marlow cualquiera, después de haber remontado con mucha fatiga el río de la vida, de haberme perdido y naufragado muchas veces en su insondable y proceloso curso, tras ver esparcidos por el camino los deletéreos frutos de la iniquidad y de la locura humana, desde el corazón mismo de mis propias tinieblas, puedo entender perfectamente el mensaje de Kurtz, aquél viejo chiflado y enfermo: ¡El horror! ¡El horror! …