domingo, 12 de julio de 2015

A propósito de la casa de Dios


Por L.G. Torre Rivero
La fe del cristiano no depende, absolutamente, de que se hayan encontrado o no los restos de la casa de Jesús, como parece confirmarse, en Nazaret de Galilea; mañana podrían encontrarse sus huesos santos y nada cambiaría, ya que ella no se basa en los hallazgos arqueológicos o paleontológicos, ni siquiera en lo que los relatos o la propia historia cuenten de él.
Jesús ascendió a los cielos (es una imagen que, a mi juicio, no define un lugar, sino un estado trascendente del ser, desprovisto de toda limitación espacio-temporal) en cuerpo y espíritu; más en “cuerpo glorioso”, libre de todo vestigio o atadura física carnal y terrenal, por lo cual la fe de un cristiano deriva, únicamente, de la experiencia del Encuentro con el Resucitado o del deseo de Encuentro que aquella sustenta. La primera, consolida, y suele ser la experiencia de los santos, o la de los que  han podido meter el dedo en la llaga de su costado; a ellos se les dará, a cambio, en muchos casos, el dolor, el sufrimiento y la noche oscura del alma; la otra, que no te evita la duda, es la que experimentamos el resto de los elegidos, y es ,incluso, más interesante, por ser la preferida de Jesucristo: “Benditos los que sin ver habéis creído …”.
Tales hechos (la Resurrección y las Apariciones), nos fueron transmitidos por sus testigos, las santas mujeres, los discípulos, y los apóstoles, al igual que su palabra. A muy pocos más, a lo largo de la historia, se les ha revelado tal misterio; más, siendo pocos, son la inmensa legión de los santos (conocidos y anónimos) y de los místicos, muchos de los cuales pagaron su testimonio con el martirio, empezando por los propios amigos de Jesús, que, si bien, en vida de éste, habían demostrado ser unos cobardes, abandonando al Maestro a su suerte en la última hora, tras su Resurrección y posteriores “encuentros físicos” en Jerusalén y en Galilea, reanudaron la predicación con tanto entusiasmo como dedicación, pagando con su cabeza o con la crucifixión su adhesión al Resucitado.
Si alguien cree que se puede entregar la vida por una entelequia, es que no conoce los límites y miedos de la naturaleza humana. Uno puede llegar a entregarla por un ideal revolucionario o una causa tangible, pero no por una entelequia. Más, según nos demuestra la experiencia, las causas del hombre, siguiendo un famoso brocardo jurídico, siempre han sido y son la causa del mal causado. No así las de Dios.
El cristianismo no es una Religión en el sentido corriente del término, es decir, un sistema de creencias ( pues estas, no son otra cosa que una interpretación humana y, por lo tanto, falible, de la realidad de Dios y de su trascendencia, que tienen mucho ver con la cultura y la tradición de cada pueblo), sino en el original de “re- ligare” o sea, de vínculo – en este caso sagrado-, es decir, la historia de amor y vida que Dios va entretejiendo contigo y que provoca la conversión del alma y te impele o te invita al seguimiento, a la acción en el mundo, hasta las últimas consecuencias.
A lo largo de la historia, ha habido líderes políticos o religiosos, cuyo atractivo o carisma personal ha ejercido gran influencia sobre las masas. Nunca he podido creer en ninguno de ellos. Todos me han decepcionado; no eran más que hombre frágiles y débiles como yo mismo; algunos de ellos tan sólo criminales, enfermos o dementes que arrastraron al mundo a la destrucción; y todos murieron ¿Por qué iba a seguirles? No me pueden ofrecer nada definitivo, sus promesas se las lleva el viento y sus ideas perecen como todo lo que es humano y caduco ¿Por qué iba yo, entonces, a entregar mi vida por ellos? Si, en cambio, por Cristo, que me ha demostrado y me demuestra cada día que no todo está perdido y que no sólo somos polvo que arrebata el viento y lo esparce como si fuera la arena del desierto; y que la muerte no tiene la última palabra, ni la tendrá nunca, salvo para el que renuncia a Dios, siendo tan sólo un atajo hacia una vida perdurable y verdadera.  ¿Qué tiene de malo eso? ¿Por qué reaccionáis, pues, con ese rechazo visceral ante quien nos está ofreciendo un salvoconducto para la vida eterna? Yo os lo digo: porque en los oscuros recovecos de vuestra alma y de la mía, en esos páramos desiertos, vastas y heladas planicies donde sopla el viento gélido de nuestro egoísmo, de nuestra soberbia, vanidad y codicia, anida el Mal, la antigua serpiente. ¿O no creéis en el Demonio? Entonces, es que sois mucho más ingenuos de lo que había pensado ¿Por qué os comportáis como liebres asustadas, cuando se os muestra un ideal puro de vida, sin recurrir a la violencia, la fuerza, la imposición y a la tiranía, sino al amor de unos por otros?
Jesús , el Cristo, dijo:. ” Yo soy el camino, la verdad y la vida” … Así, pues, sigámosle por la dura senda (muchos la siguen sin haberle a Él conocido), pues, los caminos del mal son fáciles y atrayentes, pero no te llevan más que al infierno; el camino del Bien, sin embargo, sólo uno, angosto, abrupto y  difícil como la senda de una inalcanzable cumbre. En ese seguimiento radica el verdadero heroísmo ¿Quién que haya subido a una montaña no ha tenido esa experiencia de plenitud y bienestar? Pues así es en lo espiritual, cuando lo que eliges es la senda que te lleva a la casa del Padre, y que ha de pasar para todos, creyentes y no creyentes, de forma inevitable, por nuestro particular Gólgota.


Sobre el origen del hombre (Diatriba)

INTRODUCCION:

         El evolucionismo, en su actual formulación post-darwinista, además de paradigma científico, se ha convertido en una ideología  y, como tal, en una forma de control mental. A tal propósito, suelo contar como anécdota lo que un familiar me refirió sobre su hijo de apenas nueve años, que estudia en un colegio religioso: el niño tenía que desarrollar un trabajo que consistía en preguntarle a su padre sobre la creación del mundo y ponerlo por escrito. El padre, ignorando algo tan elemental como es que las mentes infantiles están sometidas a un proceso de adoctrinamiento brutal desde el propio sistema educativo, comenzó a relatarle "su visión" del origen del mundo y del hombre a partir del relato bíblico del Génesis, en consonancia con el supuesto "ideario" del centro, y no hubo apenas empezado cuando su hijo le dice: "para, para, papá ..., eso es un cuento, el mundo empezó con una gran explosión (el  big bang),  y nosotros descendemos del mono ..." .  El pequeño nada sabe sobre lo que ahora llamamos "géneros literarios" de la Biblia, y que ésta fue compuesta hace tres mil años, basándose en los "conocimientos científicos"  de la época.  No pasará mucho tiempo antes de que los actuales "modelos" pasen a ser, igualmente, géneros literarios, pues ese es el triste papel del saber humano en todas sus facetas, en su vano intento por desvelar los enigmas: sustituir las verdades del pasado por otras más acordes con la realidad de los nuevos tiempos. Y así, ad aeternum.

         Y es que los que elaboran los programas desde los ministerios, ni son docentes ni sabios, son sencillamente funcionarios al servicio del "orden establecido", sea éste cual fuere, y dan por sentado que eso es lo que hay que enseñar a los niños, no ya como una teoría más de las muchas que coexisten, sino como una verdad incontrovertible cuya finalidad última, a mi juicio, es erradicar de la mente del niño toda idea de Dios, pues sabido es que el evolucionismo no sólo niega la intervención divina en el proceso de la creación, sino la de cualquier forma  de inteligencia. Lo que no parece muy inteligente.

         La diatriba es un género cultivado en la filosofía griega que, originariamente, se usaba en las controversias surgidas en torno a la moral, con una finalidad didáctica y que  podían terminar en disputas muy enconadas.

         Naturalmente, estas reflexiones van encaminadas a combatir, en la pobre medida de mis posibilidades, la imposición ideológica de un modelo y denunciar con ello la persecución a que es sometido, por parte de las instituciones educativas y de los poderes mediáticos, cualquier docente que, saliéndose del camino trazado, intente poner objeciones al "programa".

         Yo, ni soy docente, ni pretendo  ser depositario de la verdad, soy un simple e ignaro escriba, un hombre de fe, permanentemente agredido en sus convicciones y creencias religiosas, que se limita a defenderse desesperadamente. Y, a veces, no existe mejor defensa que el ataque.
                                                                          
                                                                   Gregorio Torre Rivero



Del origen del hombre ((diatriba)


Evolucionismo: mito o ideología

         Nada hay  que perturbe más nuestra razón o nuestra conciencia de ser, que el desconocimiento de nuestra identidad: el origen del hombre, nuestro origen, es un misterio insondable; por ello recurrimos, frecuentemente, a teorías, hipótesis y especulaciones, a la cual más inverosímil  y extravagante, para tratar de encontrar sentido a nuestra vida, nuestra existencia,  a nuestro destino, y a nuestra misión en el mundo. 

         De entre ellas, la más  absurda, puesto que no da respuesta alguna a nuestros interrogantes esenciales y nos aboca al nihilismo y al sufrimiento causado por la esterilidad de la existencia,  es la de el evolucionismo, ya que nos define como un mero producto del azar y , consecuentemente, niega la intervención de la inteligencia en nuestra génesis.

         Sin embargo, a tenor del éxito obtenido en su propagación popular y su aceptación dentro de la comunidad científica, ha llegado a convertirse en una especie de nuevo credo universal, en un "mantra" repetido hasta la náusea, más propio de una  religión que de una  ciencia. Su antítesis, situada en el extremo opuesto, sería el creacionismo, y entre aquélla y ésta existirían  más, algunas inusitadas, dada su rareza o endeblez, como la de la panspermia, y otras que van ganando credibilidad, como es la teoría del llamado designio o diseño inteligente.

         La humanidad, desde el principio de los tiempos históricos, explica su origen a través de los mitos, que son sistemas de representación del mundo o cosmogonías construidas con el lenguaje y los instrumentos de conocimiento de cada época ¿Es la teoría sobre el origen del hombre, de Darwin, otro mito o es una simple ideología?      Desde mi punto de vista, ambas cosas. Ninguno de los antiguos mitos nos representa como descendientes de los simios, más bien, al contrario, como el producto decadente de una edad de oro y de grandeza, donde el hombre disputaba su lugar en el universo a los dioses.

         Por ello, por relegar al hombre a un simple espécimen de la clasificación zoológica, creo que el darwinismo   es, no sólo un mito, una ficción, sino una burda mentira, con connotaciones ideológicas, que trata de arrebatar  al ser humano una característica indisoluble que va unida a su existencia, a su centralidad en el universo,  y es la realidad de su naturaleza dual, donde alma y cuerpo forman una unidad indisoluble ¿Cree en el alma el evolucionismo, en la doble naturaleza humana y divina del hombre? ¿Cree el evolucionismo en Dios o combate esa creencia? ¿Se puede creer en Dios y ser evolucionista?

          Los intentos fallidos, a mi juicio,  por conciliar  o cohonestar evolucionismo y creacionismo, han tenido un efecto perturbador en las religiones y, en especial, en la Iglesia católica, donde tímidamente se han acogido, bajo el "síndrome Galileo", en su afán por atraer  a su seno a las ovejas descarriadas del rebaño; loable intención si no fuera porque ello ha dado lugar a una especie de sincretismo que raya con el absurdo.    No olvidemos que fue un jesuita, Theilard de Chardin, el que más se acercó, dentro de la Iglesia, al pensamiento darwiniano, pudiendo ser, dada su especialidad como paleontólogo, quien más objeciones planteara a dicha teoría, puesto que no había ni hay prueba alguna, antes al contrario, dentro de ese campo de investigación, que advere tales hipótesis, motivo por el cual, ante la total inexistencia de pruebas, la Iglesia no debió nunca aceptar la evolución, manteniendo, con todos los matices que se quiera, su original planteamiento creacionista, en la medida en que el evolucionismo niega la existencia de Dios y, por ende, toda posibilidad de una creación extra-natura y la condición dual, humana y divina, del hombre.

          Sabido es que Ch. Darwin, ante su fracasado propósito de hallar una sinecura, de por vida, como pastor de la Iglesia anglicana, fue, con el transcurso del tiempo, variando sus creencias en cuanto a la Religión, desde el cristianismo, si hemos de creer en su buena fe, pasando por el agnosticismo, hasta desembocar en un ateísmo virulento, momento que coincide con la publicación de su obra fundamental, que, en realidad son tres, publicadas en dos volúmenes:" El origen del hombre", "La selección en relación al sexo" y "La expresión de las emociones en el hombre y en los animales". El conjunto de la obra es una síntesis del pensamiento darwiniano, no sólo en el plano de sus investigaciones como zoólogo y genetista, sino desde la perspectiva de su concepción del mundo y sus creencias, por ejemplo, respecto a la superioridad de unas razas sobre las otras, la del hombre sobre la mujer y, por último, su defensa de la eugenesia, como medio para lograr la mejora de las razas, que conllevaría la inocuización de los individuos cuyas taras hereditarias, según el juicio de la ciencia, declarasen incapaces o inaptos para la procreación.

         Ello es la antesala de un cientificismo radical y estulto, que tendría su momento álgido en los estudios para la selección de la raza, elaborados por su primo Francis Galton, que culminan o son la antesala del racismo en su manifestación sociológica, con los resultados de sobra conocidos y cuya expresión más aterradora fueron y son los campos de exterminio. 

         El evolucionismo es, en esencia, una doctrina materialista y totalitaria, que ha sido utilizada por el nazismo  -neopaganismo- y por el ateísmo desde todos sus frentes, como arma arrojadiza contra la visión y el sentimiento religioso de la vida para destruir los últimos reductos de la resistencia humana, e imponer su visión del mundo y su modelo de sociedad científicamente diseñada, orientada hacia la  eugenesia en todas sus vertientes (el aborto provocado o contracepción química o mecánica, el aborto legal o interrupción "voluntaria" del embarazo, la fecundación artificial con transferencia embrionaria -que separa procreación y sexualidad-,  la esterilización forzosa y masiva mediante los programas estatales de anticoncepción, la selección genética derivada del proyecto del genoma humano, que nos  llevará, en poco tiempo e irremediablemente, a un futuro sin futuro, someramente descrito en su novela de anticipación "Un mundo feliz", por Adolf Huxley,  y por fin la eutanasia, tanto activa como pasiva, para eliminar los excedentes; todo ello como medio de control de las masas, modelando los valores de las nuevas generaciones y las relaciones humanas, destruyendo los principios de la ética y de la moral y la familia como célula fundamental de la solidaridad y de la convivencia y último reducto del amor humano, pues es una evidencia que si se desprovee al hombre de toda idea de Dios o de dichos principios, así como de las nociones del bien y del mal, el resultado será un ser sin conciencia ni escrúpulos, carente de valores, incapaz de responsabilizarse de su propia vida y sometido a malas  influencias, vicios y depravaciones. En definitiva, un ser manipulable y extremadamente inestable, como lo demuestran los hechos.

         Frente a todo eso, hay que decir que el hombre ha sido y es, sobre todo, un ser religioso, que, a fuerza de indagar y escudriñar en su misterio, y en los hechos del pasado y de la historia, busca su lugar en el universo, en la creación , es decir,  la explicación de su nacimiento y de su finalidad.

         Más, si el hombre fuera sólo un simio, pariente de otros simios como el orangután, el chimpancé, etc., su dignidad, su vida y su muerte, su destino, su individualidad y su conciencia,  podrían serle arrebatadas y utilizadas por los poderes o los sistemas  visionarios  para justificar cualquier  atrocidad, pues al no existir diferencias significativas o esenciales entre nosotros y el resto de los animales, seríamos un número más de la  escala taxonómica. Es decir, podría estar justificada su utilización para cualquier fin infrahumano, como de hecho ocurre. A este respecto, huelga decir que los experimentos que se han llevado a cabo con el hombre a lo largo de la historia, han sido mucho más escandalosos, criminales y obscenos, que los efectuados con cualquier otro ser, incluidas las ratas de laboratorio.

         Así concebido, el hombre, sería  una mera especie producto de la evolución natural, fruto del azar, o incluso un accidente, a decir de algunos extremistas; la más desarrollada de las criaturas, en lo que respecta a sus capacidades cognitivas, pero, a la vez, según estos, el ser más dañino y peligroso, pues degrada y agrede, corrompe y malea el "perfecto ordenamiento natural", lo que justificaría cualquier exceso por parte de los poderes, para constreñir su libertad y su individualidad.

         Si el  Siglo de las Luces, descubrió para al hombre un nuevo camino promoviendo su autonomía y libertad individual, extendiendo los derechos civiles y los derechos humanos al orbe, y haciendo de ello no sólo un declaración de principios sino un corpus jurídico explicitado en las codificaciones y en el derecho positivo, estos regímenes que representan el lado oscuro de dicha revolución, hicieron todo lo posible por erradicarlos, a fin de devolver al hombre a la esclavitud y a la miseria moral, destruyendo en él toda idea de Dios y su estatus de individuo, ya que ello atenta contra su visión monstruosa del progreso revolucionario.

         Si los primeros eran los hijos de la luz, comprometidos con la liberación del hombre, los otros, sus opuestos, son los hijos de Lucifer, comprometidos con su degradación y en la generación de una raza de criaturas serviles y temerosas.

         Sin embargo, el hombre no es una especie perteneciente a un género, como cualquier otra de las muchas que existen en el estado de naturaleza; no comparte nada, en absoluto, con ellas. Todas tienen inteligencia, si, una inteligencia que les posibilita tener una representación o percepción adecuada del mundo, cada cual la suya, adaptada a sus necesidades, aunque limitada. Más ninguna, salvo el hombre, tiene experiencias de trascendencia, ninguna sueños de inmortalidad, ninguna distingue el bien del mal, que son conceptos espirituales y ninguna tiene conciencia, salvo el hombre, de su finitud y también del milagro que supone la  existencia, ninguna se hace preguntas acerca de la vida o sobre la muerte o acerca del sentido del ser (ontología). El hombre es el único ser trascendente, la única especie en guerra permanente e irracional contra la inexorabilidad de su destino de criatura mortal.

         No obstante, según el darwinismo y la ideología evolucionista surgida de su seno, sería tan sólo el producto de una evolución de millones de años, pero la historia humana conocida no se remonta a millones de años, por lo cual es muy fácil decirlo sin demostrarlo. El evolucionismo se asienta sobre la perversión de lo indemostrable, porque para demostrar esa mentira sobre la que se sustenta, tendríamos que hacer un ejercicio fabuloso de la imaginación y  remontarnos  a tiempos pretéritos, donde unos simios cuadrumanos, que habrían abandonado su cómodo habitat natural, su vida arborícola, el bosque, ¿Por qué, obedeciendo a qué llamada? vagarían por las extensas sabanas ,  disputándose entre sí y a las hienas los restos de un banquete de carroña.

         De entre todas las especies y subespecies de simios, unos habrían evolucionado más rápido;  mediante la fuerza o la astucia, se habrían impuesto a sus congéneres menos dotados,  sutil forma de argüir, que dentro de la humanidad naciente, habría, por siempre, criaturas más o menos evolucionadas, y que daría pie a la creencia, como se ha dicho,  de la superioridad de unas razas sobre otras y los estudios eugenésicos para mejora de las mismas y su puesta en práctica por los sistemas totalitarios criminales: comunismo y nazismo. El primero, interpretándolo a su modo, al modo de discurrir ateo, es decir, al modo de los que no creen en Dios y desprecian al individuo,  y el segundo, tomándola al pie de la letra, en sus ensoñaciones lascivas de superhombres y Walhallas. Detestan los evolucionistas la fe que sostiene a las religiones y, sin embargo, para nada se necesita un mayor índice de credulidad bobalicona, que para dar pábulo a semejantes majaderías.

         Mi propósito es refutarlo con las pobres armas de la lógica y de la razón en su aspecto fundamental, aquel que atañe a su formulación sobre el origen del hombre, pues debió quedarse en un simple y llano estudio sobre la selección natural y nada más, pues nadie a estas alturas discutiría que si se cruzan dos gallinas con características excepcionales el resultado será un individuo aún más excepcional, capaz de poner huevos a un ritmo frenético, pero si discutiría   el aserto de que, por ello, el resultado fuera a ser una gallina, un cerdo, una vaca o un conejo más inteligentes, por lo que no cabe aplicar, por extensión, extrapolando la misma metodología a un ser que no es, en manera alguna, una especie nacida del entramado del azar, tratando de hacer de la tesis una verdad universal que rige el mundo,  pues ninguna creencia ha sido tan perturbadora y ponzoñosa para la humanidad y ningún discurso tan irracional y demente; poner en evidencia a estos gurús  de la seudociencia, manipuladores de las conciencias, a estos santones del evolucionismo militante, que no tienen mayor interés que en equiparar el hombre a cualquier otra criatura, pero no por una creencia filantrópica, antes al contrario, por la pura y despiadada necesidad que les dicta su mente de orates de destruir el alma humana,  como si se tratara de auténticos servidores de Satán.

        ¿Mas para qué refutarlo yo, cuando se refutan a sí mismos? El evolucionismo darwiniano, esa teoría tan sólida y en apariencia inobjetable, lleva casi 150 años tratando de hallar una quimera: el eslabón perdido, aquél ser que representaría el tránsito desde la animalidad a la humanidad a través de linajes diferentes y luego, desde estos, al hombre actual.

         Derrotado en esa búsqueda, el evolucionismo, que toma de Darwin lo que le interesa pero que camina con pasos propios suplantando las ideas originales de la teoría de la evolución a las que el propio Darwin puso un límite " ... si pudiera demostrarse que ha existido un órgano complejo que no pueda haberse formado por numerosas y ligeras modificaciones sucesivas, mi teoría fracasaría por completo ...(ese órgano Charles, lo tenías en tu cabeza, no necesitabas viajar un año en el Beagle, para nada, si te hubieras percatado de ello) ", nos ha hecho retroceder millones de años e incluso eones en el tiempo, para copiar de las religiones, aunque su obsesión única es el cristianismo, la idea del "ancestro común",  su Adán y su Eva, surgido del caldo o sopa primordial, del que, Alexander Oparin, hace nacer la vida orgánica, es decir aquél representante de la vida celular que, con el transcurso de los siglos, en virtud de procesos desconocidos, pero azarosos siempre,  pues les resulta insoportable y deletérea la idea del concurso de una inteligencia superior en el proceso, habría dado lugar a la pluralidad de especies que derivarían de él, desde la cucaracha al homo sapiens sapiens.

         El evolucionismo darwinista, en sus últimos estertores a la luz de los nuevos descubrimientos de la ciencia, no sólo tiene graves dificultades para explicar los procesos de la selección natural, en base a pequeños pasos que conducen a variaciones insignificantes, sino que cuando lo confrontamos con la realidad del universo microscópico, allá donde se debaten, entre el estupor y la incredulidad, no sólo por su enorme complejidad, sino por el perfecto equilibrio entre funcionalidad y belleza, los últimos descubrimientos de las ciencias biológicas, no explica absolutamente nada.

         Al fin y al cabo, Darwin, sólo descubrió, hace casi dos siglos (una eternidad para los continuos avances y retrocesos de la ciencia), que en un archipiélago del Pacífico, las Islas Galápagos, dejado de la mano de Dios, había varias especies de pinzones y que estos habían ido adaptado sus picos al habitat,  en su afán por la sobrevivencia ¿Y, qué? ¿Había que ir tan lejos para eso? ¿Qué interés en seguir sustentando una teoría tan obsoleta a día de hoy? Muy sencillo, los detractores del creacionismo, que tratan de presentar el Génesis  como una estúpida y pueril leyenda, no son nada partidarios de la creencia en Dios; se han abrazado a la Ciencia, que, en definitiva, es un conocimiento relativo y cambiante, sujeto a continuas revisiones, y la han erigido en la única fuente de sabiduría del hombre, despreciando las demás y relegando la Filosofía y la Historia, la Teología y la Religión, la Lengua y Literatura, etc.., a simples e inútiles enseñanzas. Ello es patente en los sistemas educativos implantados donde ésta, en todas sus vertientes,  toma un papel preponderante, mientras que las demás disciplinas se relegan, si no al olvido, a un plano  secundario, de manera que ha llegado a calar entre los discentes, la idea muy extendida en la sociedad actual de que dichas enseñanzas son para tontos y no merecen dedicarles la más mínima atención, ni tiempo, ni dinero.
        
        Sin embargo ¡Oh sorpresa! la información genética es un lenguaje, como lo son las matemáticas, y está escrita y nos habla a través de códigos cifrados e ínsitos en el ADN ¿Querría decir eso la Biblia, al asegurar que Dios creó el mundo mediante la Palabra? Si fuese así ¡qué desilusión!, aquellos ignorantes escribas, que tenían la humilde pretensión de hallarse inspirados por Dios ¿Y quién que, alguna vez, haya escrito no la ha tenido?, se habrían adelantado casi cuatro mil años a las investigaciones científicas actuales.

        Allí se encuentran las instrucciones para que la cadena de montaje compuesta por miles de poderosas máquinas moleculares, construyan lo que en ellas viene ordenado, pero a la vez estas máquinas moleculares, estructuras muy complejas que se alimentan de la energía protónica, pueden tener ideas propias. Pasa como en las grandes superestructuras creadas por el ingenio humano, las obras siguen, generalmente, un plan establecido, pero puede ocurrir que una variante en la ejecución produzca sorprendentes resultados y termine por imponerse. Estoy pensando, por ejemplo, en cómo los romanos, de forma genial, pero nada azarosa, descubrieron el hormigón, y cómo, tal descubrimiento, termino siendo fundamental para el desarrollo de las construcciones y de la ingeniería civil durante más de dos mil años y hasta la fecha.
Pues así operan, también,  estas máquinas: tienen capacidad para producir cambios. No es nada extraño, por lo tanto, que los procesos de "selección natural", por hablar en términos brutos, obedezcan a complicadas operaciones de ingeniería genética a nivel molecular llevadas a cabo por las mismas y que esos "planes originales" sean modificados por estas estructuras inteligentes.

         Si hoy hablamos de la inteligencia artificial, para referirnos a las complicadas operaciones efectuadas por superordenadores, que facilitan tanto las tareas humanas, cómo no reconocerles a estas máquinas biológicas que, vistas por el microscopio, poco difieren de las nuestras en su complejidad, salvo por el hecho de estar ellas mismas construidas con el material del que estamos compuestos, una inteligencia dirigida a un propósito, pues actúan no sólo de acuerdo con planes preestablecidos en la cadena de montaje, sino que son muy capaces de generar procesos y comportamientos adecuados a los cambios y circunstancias en las que se desenvuelve el ser humano, de manera que, parafraseando a Carville, podríamos gritar ¡Es la inteligencia, estúpidos ...! ¿Es que los cambios en la forma del pico del pinzón, explican al pinzón? ¿No fue primero éste y después los procesos de adaptación al habitat o fue a la inversa? ¿Dicen algo esos procesos como para que pueda entenderse que sin ellos no se hubiera desarrollado la vida, ninguna forma de vida? No. A lo sumo, lo que dicen es que, de no haber concurrido los mismos, es probable, aunque remotamente, que la especie se hubiera extinguido, más no el género, pero nada de eso autoriza a mantener que esos mecanismos de selección natural sean los propulsores de la vida y del origen de las especies. Natura non facit saltum, decía Leibniz, así como que todo lo que existe, existe por algo y para algo (principio de razón suficiente) y está orientado a un fin; en el caso del hombre es, necesariamente, un fin trascendente, puesto que somos capaces de pensar trascendentalmente; creer lo contrario es un atentado contra las reglas de la razón y de la lógica.

         Hay, por lo demás, una prueba científica irrefutable en contra del evolucionismo y que tras 150 años nadie ha conseguido arrumbar: los registros fósiles. Estos acumulan a través de sus estratos toda la riqueza de la biodiversidad desde el surgimiento de las primeras criaturas, desde el trilobites, pongamos por caso, hasta el homo sapiens sapiens; y no hay en ellos nada que explique la existencia de la evolución, según la cual una forma simple evolucionaría con el transcurso del tiempo hacia otra forma más compleja, pasando por diversos estados intermedios; antes al contrario, millones de fósiles rescatados adveran que todos los seres vivos surgen en forma abrupta y en toda su complejidad y perfección, permaneciendo invariables con el transcurso del tiempo, sin que se hayan producido en ellos modificaciones sustanciales.

        Y es que, por último, dos simios que se cruzan sólo pueden procrear otro simio que, como aquellos, contará con los mismos 24 cromosomas en sus células reproductoras, nunca 23 como nosotros ¿Ignoraba esto Darwin? Y, suponiendo que, por azar, se hubiera producido una mutación que diera lugar a un homínido con tan sólo 23 cromosomas, estaríamos hablando de una regresión, porque toda pérdida o ganancia de cromosomas, en genética, representa una tara. Más si aquél nuevo ser hibrido hubiese sentido la imperiosa necesidad de reproducirse, sólo podría hacerlo con otro simio y la consecuencia de la reproducción de ese hibrido  con dicho simio, ya que  no podría darse otro supuesto, sólo puede dar lugar a otro híbrido, con lo cual esa generación estaría condenada a extinguirse en el transcurso de una vida, ya que las uniones o cruzamientos entre híbridos son estériles. Ergo si se produjo esa mutación tuvo que ser "dirigida" con un propósito por alguna clase de inteligencia extrahumana. ¿No es eso lo que nosotros estamos empeñados en recrear en los laboratorios, crear vida, no cualquier clase de vida, vida inteligente, en nuestro deseo inconfesable y peligroso de querer emular a Dios?

La hipótesis extraterrestre:

         mucho se ha especulado y se especula, sobre todo en los círculos "exotéricos", sobre la posibilidad de que algún tipo de inteligencia de otro planeta hubiese visitado la Tierra en tiempo inmemorial o incluso en los tiempos históricos.

         Una civilización alienígena viajera y colonizadora, que, a la vista de esta maravillosa y fecunda tierra, decidiese establecer aquí una colonia, una estación de tránsito en su camino hacia las  estrellas. Seres de idéntica o parecida constitución o quizás de apariencia muy extraña, que hubieran decidido explorar y poblar la tierra.

         Nosotros, o mejor dicho nuestros antepasados, posiblemente fueran, entonces, el fruto de su experimentación: necesitarían abundante y barata mano de obra, y nada hay más barato que la procreación en base a la ingeniería genética si se sabe cómo hacerlo. Esta hipótesis, es extraordinariamente sugerente, al contrario que la hipótesis evolucionista, y parece estar avalada por todos los mitos y leyendas de las que el hombre tiene memoria. Desde las grandes epopeyas indias Ramayana y Majabharata, pasando por las sumerias Enuma Elis y Gilgamesh y por los mitos y leyendas mayas, recogidos en el Popol Vuh, se llega a una irrebatible e inobjetable conclusión: seres procedentes de otros mundos (anunnakis, como les llamaban los sumerios) habrían llegado a este planeta en vehículos o naves portentosas (vimanas, como las llamaban los indios) y habrían creado al hombre. Después de haber convivido con él durante mucho tiempo y tras depositar en sus manos un legado incalculable de sabiduría y perfección, por alguna razón poderosa, decidieron castigarle desposeyéndole y postergándole a un estado inferior, es decir, a éste, al nuestro, al actual.

         Nosotros seríamos el producto decadente de una civilización de gigantes, pues como gigantes inmortales o semidioses son retratados en dichas cosmogonías, que constituirían la antigua civilización antediluviana de los atlantes, engendrada del "comercio" entre los hijos de Dios (aquéllos navegantes de los lejanos mundos de Orión o de Vega) y las hijas de los hombres (Gn 6 4; Nm 13 33; Dt 1 28; 2 10-11; 2Sm 21 15-22); estos habrían sido los genios constructores de las maravillas de Gizet o Guiza, cuyo secreto legado -los denominados por E. Cayce, registros akásicos-  dormiría bajo el regazo de la esfinge ¿El porqué de aquel castigo? Yo me observo en mi interior y enseguida encuentro mil motivos para ser castigado y llego a la conclusión inevitable, que, de hallarme en la piel de aquellos visitantes, también hubiese relegado a aquella criatura tan sumamente desagradecida y arrogante.

          La habría sometido, desposeído de su rango, poniéndole una fecha de caducidad, pues tan sólo mirándome a mí mismo, soy capaz de descubrir algo horrible en mi naturaleza y en mi interior: me posee el deseo, ardo en él las veinticuatro horas de cada día, es una fuerza que me consume, superior a mí voluntad, una llama inextinguible, como ponzoñoso es su fruto: la insatisfacción. Y ese deseo es el motivo de mi castigo de mi postración, el pecado original del que nada puede liberarme, pues ese deseo es impuro, me enfrenta inevitablemente a mi creador, siendo el origen de mi perpetua rebelión.

        ¿Te ríes querido lector, juzgas inverosímil tal posibilidad? Pues te digo con total rotundidad que nosotros, en cincuentas años, estaremos en condiciones de reproducir este ensayo en Marte.


La hipótesis creacionista: creación extra-natura.

         En cambio, en los otros círculos que no son exotéricos, sino esotéricos, es decir, en los depositarios de la verdad revelada, se conoce y sabe desde un tiempo inmemorial, que los hombres somos los hijos de Dios, del único Dios que merece tal nombre según las religiones del Libro, del Gran Arquitecto, según los teósofos y cabalistas  o del Supremo Hacedor, según los gnósticos.

         La Biblia, en su Antiguo Testamento, que nos ha llegado fundamentalmente a partir de los textos en hebreo y arameo, a través de la llamada Biblia Hebraica,  es un compendio asombroso de la sabiduría y el genio de Israel, que recoge gran parte del legado y del patrimonio cultural del Oriente, desde Mesopotamia hasta Egipto, adaptados a sus propias concepciones religiosas y su visión del mundo, pero no solamente eso,  sino el Libro sagrado por antonomasia para judíos y cristianos y, en gran parte,  para el mundo árabe, que recoge esa rica tradición en Al Corán, todos ellos  hermanos en la fe, pues se remontan en ella a un patriarca común, Abraham o Ibrahim,  de Ur de los caldeos, de Canaán, de Eretz Yisrael, comienza su relato por un capítulo que, en su traducción al griego, llamada la septuaginta, se conoce con el nombre de "Génesis", palabra griega que significa Creación, y, en hebreo, por la palabra "beresit", que se puede traducir por "En el principio ...", donde se narra paso a paso la historia del origen del mundo y del hombre y del pueblo de Israel. Según dicho relato, Dios habría creado el mundo de la nada: "Al principio creó Dios el cielo y la tierra. La tierra era una soledad caótica y las tinieblas cubrían el abismo, mientras el Espíritu de Dios se cernía sobre las aguas ...".

         Es un relato portentoso, en realidad, un canto, un himno asombroso (Gn 1 1-2,4a), donde, con una economía conceptual propia de los escasos conocimientos científicos de la época, sin detallar complejos sistemas o mecanismos, ni construir inasequibles, en cuanto vedadas para el común de los mortales, y alambicadas teorías sobre el origen del Cosmos, que han construido a lo largo del tiempo teólogos, filósofos y hombres de ciencia, para tratar de explicar este misterio, nos introduce en la sencilla verdad, que es tal en cuanto revelada y, en consecuencia, se opone a toda verdad humana sin consistencia ni sustancia en cuanto elaborada por seres finitos, mortales y limitados, de que Dios,  Yavhe, creó este mundo, como si de un gran escenario se tratara, y después nos creó a nosotros, a partir del barro, que es como decir de la materia primigenia, infundiéndole "su" aliento de vida.

         El hecho de que el relato de la creación se conceptúe, incluso por la Iglesia católica, como género literario, es decir, como una manera de expresar mediante la escritura, no un suceso,  sino un pensamiento especulativo, ya que se trata de una cosmogonía donde se desarrolla el proceso de creación del universo y el origen de la vida,  no le quita credibilidad; la moderna teoría evolucionista utiliza el mismo argumento para referirse al origen del cosmos (hipótesis del Big Bang) y para el origen de la vida (hipótesis del ancestro común), o ente primordial de donde habría surgido, en este caso por generación espontánea, la vida que luego devendría en vida racional o inteligente), no se diferencian en nada la una de la otra, sólo que la primera es teísta y la segunda es atea, en la primera el protagonista es Dios a través de una intervención personal o de sus agentes "los Eloim" y en la segunda el azar azaroso.

         Algunos podrían argüir que le faltan datos para ser plausible o creíble y pruebas para ser  verificable, y, en cambio, reaccionan como auténticos y fervientes hombres de fe ante las verdades de la ciencia, sin pararse a pensar cuántas de estas nacen y fenecen a lo largo del tiempo para ser sustituidas por otras, con la débil excusa de que la ciencia avanza y, en consecuencia, lo que fuera verdad universal ayer, ha de ceder su paso, a la  verdad universal de hoy.

         Dios, Yavhe, habría depositado a sus criaturas en el lugar de Eden (la llanura), en un jardín regado por varios ríos. Adán y Eva, se corresponderían con Shu y Tefnut de los egipcios, creados por Atum o Atón, el dios primordial, que a su vez concibieron a Geb y Nut, de quienes nacieron Osiris e Isis, que crearon a los hombres transmitiéndoles su saber. Tantos siglos de relaciones y de vida en común explican muchos de estas coincidencias sobrevenidas en los procesos de inculturación e interculturalidad de los pueblos.

         Ese lugar, según la descripción, correspondería geográficamente al actual Irak, aunque me atrevo a decir que tal jardín ocupaba un territorio mucho mayor, todo lo que hoy denominamos el Creciente Fértil, una tierra que en épocas pasadas, quizás debiéramos remontarnos a diez mil o doce mil años atrás, lejos de ser el inmenso secarral, tachonado de vergeles  que surgieron en las orillas del Tigris, el Eufrates, el Orontes, el Leontes o Litani, el Jordán y el Nilo,  era, sin duda un auténtico paraíso de abundante agua y vegetación, flora y fauna, un lugar templado y cálido a cuyo sombra se habrían desarrollado portentosas civilizaciones, a lo largo del tiempo: Sumeria, Acad, Asiria, Babilonia, Egipto, etc.

         Dios, Yavhe, no necesitó nunca de nave alguna para surcar el Cosmos, su propio Universo, Dios, Yavhe, aparecía y desaparecía de la nada como entidad surgida de una desconocida dimensión y se manifestaba como le apetecía, bajo el aspecto que deseara, un rayo de luz, o una hoguera inextinguible, nube o columna de fuego en el desierto,  tormenta y estruendo, rayo y lluvia fina que empapa, vendaval o suave brisa,  pues en todas las cosas y en todos los seres está su Espíritu patente, en su infinitud, en su inmortalidad, en su potestad absoluta, en su ser libérrimo, en su omnipresencia, en su omnisciencia,  en su absoluta alteridad, en su inacabable paciencia, en su eterna bondad  e infinita misericordia.

         Un Dios así, tan inconcebible para la mente humana, es sin embargo, accesible, providente, magnánimo, si tú te acercas a Él a través de la oración, con limpieza de intención, se te rebelará pronto en las profundidades del corazón, donde radica el misterio del ser, como también creían los egipcios, la verdadera tienda del encuentro de la tradición hebrea. Y ya no querrás otra cosa.

         Por Él dejarás todo, lo darás todo; te exigirá la máxima entrega, tú vida incluso, serás su apóstol y mártir, su enviado y su testigo. Él es el secreto de la inmortalidad y a Él retornarás, aun contra tú voluntad, cuando todo esto se acabe, incluso el espacio y el tiempo, pues es tu dueño y todo le pertenece, nada escapará de sus manos. Le conozco y me habla, por eso sé con absoluta certeza que, a pesar de nuestras miserias, nos ama apasionadamente, mientras prepara su Reino, aquél en que:        

" ..., habitará el lobo junto al cordero,
la pantera se tumbará con el cabrito,
el ternero y el leoncillo pacerán juntos;
un muchacho pequeño cuidará de ellos.
La vaca vivirá con el oso,
sus crías se acostarán juntas;
el león comerá paja, como el buey;
el niño de pecho jugará
junto al escondrijo de la serpiente,
y el recién destetado meterá la mano
en la hura del áspid." (Is 11 6-9)

          Por eso sé con total convicción, que mienten los que a él se oponen, que ni son hombres, ni pertenecen a este mundo, pues desde el principio los creo como criaturas inmortales a su servicio y, por su rebelión, fueron arrojados al abismo, desde donde, contra nosotros y contra Él conspiran, atrayendo a muchos de los nuestros a las filas de sus legiones, mientras se preparan para llevarnos a la lucha final que anticipa la Parusía.

La hipótesis del designio o diseño inteligente:

         Completa y aúna el creacionismo, pues introduce elementos científicos que respaldan los argumentos teológicos, meramente religiosos o filosóficos de éste,  en aras de una explicación racional, es decir, más comprensible para la mente humana. 
    
         Arguye que es imposible que de forma espontánea, con la sola intervención del azar, se hayan llegado a producir fenómenos tan complejos y sistemas tan sofisticados como los que han intervenido en la creación del universo, de la vida, en general, y de la vida humana, en especial, por lo que, la creación "ex nihilo" estaría ordenada por una inteligencia superior. De entre sus argumentos  destacan:

         a) El universo finamente ajustado (principio antrópico): los mecanismos que rigen el cosmos están tan perfectamente ajustados, que cualquier pequeña desviación desencadenaría procesos catastróficos. La Tierra, está situada en el lugar exacto donde tiene que estar, para que se haya producido en ella no sólo el milagro de la vida microscópica, sino toda la cadena de circunstancias que han originado la presencia en ella de formas de vida superior. Eso exige la presencia de una inteligencia dirigida a ese propósito, sin la cual nuestro sistema solar, sería un lugar en el espacio sometido a las leyes del caos.

         Hagamos la prueba, lancemos una serie de bolas de distinta densidad y masa, a través de un superficie curvada por su propio peso (como de hecho ocurre en el espacio cósmico) y esperemos que éstas, eludiendo la fuerza gravitatoria que las precipitaría a unas contra otras, comiencen a girar describiendo órbitas distintas , ajustadas entre sí para no estorbarse ni chocar, con una precisión de mecanismo de relojería. El resultado no se produciría nunca por puro azar, sino que tendríamos que ejecutar complejos cálculos, a escala humana, para reproducir tal fenómeno en un laboratorio. Ahora traslademos esto a la escala de un universo que se nos revela, a todos los efectos, como una realidad tan compleja como inconmensurable. Es imposible de toda imposibilidad.
        
       b) La complejidad irreducible: una maquina cualquiera es el producto de la imbricación de varias partes o sistemas que dan como resultado la función para la que fue diseñada. Si retiramos una pieza del sistema, podrían seguir funcionando algunos de sus mecanismos por separado, pero no servirá, absolutamente, para obtener el resultado para el que fue diseñada.  Ya puedo yo aporrear todo el tiempo de mi vida  sobre las teclas de mi vieja Olimpia, que como no encuentre en el mercado de antigüedades un rollo de tinta en condiciones,  no conseguiré jamás escribir con ella palabra alguna.

         c) La complejidad específica: si cogemos todas las letras del alfabeto y las lanzamos al aire, las posibilidades de que al caer en el suelo, al azar,  se forme una sola frase comprensible, como "hola, papa"  es  plausible; la de una oración -sujeto, verbo y predicado-, Roger Penrose la cuantifico en 10123, es decir de uno 1 partido por 1 seguido de 23 ceros, la de formar un solo soneto es imposible, así que imagínense ustedes el milagro que tendría que darse para que se formara, de ese modo, la Divina Comedia de Dante o el Paraíso Perdido de Milton, por poner algún ejemplo.
         
         En una sola cadena de ADN existen tres mil millones de caracteres, con los que podríamos rellenar cientos y cientos de páginas que contienen la información necesaria con las instrucciones de montaje que permiten la construcción de los organismos, desde una célula hasta las más complejas estructuras, de lo cual se encargan perfectas máquinas moleculares que, a escala nanométrica, ejecutan esos trabajos con perfecto rigor, utilizando una fuente inagotable, la energía motriz protónica.

          Hoy trabajan potentísimos ordenadores para descifrar esos mensajes, pero el mayor problema de estas supercomputadoras es descubrir la secuencia de montaje, (un poco lo que sucede con los armarios de Ikea). Y no estamos hablando de la forma en qué se apila una estantería sobre otra, sino de complicadas estructuras, que operan bajo el principio de la complejidad irreducible, que determinan que nuestros ojos vean, nuestros oídos oigan, nuestras manos se abran y se cierren, nuestra sangre se coagule o nuestro sistema inmunitario nos alerte y rechace y combata a cualquier potencial enemigo, en forma de virus, bacteria, etc.

         Uno de los grandes y, por ahora inalcanzables, sueños del hombre,  para vencer sus propias limitaciones: la enfermedad, la decrepitud y la muerte, es, precisamente, la posibilidad que contemplamos de llegar a construir un día estas formidables máquinas moleculares a escala infinitesimal,  pero, una vez más, alguien se nos ha adelantado. El problema, es que muchos creen, todavía, que todas estas increíbles operaciones que ocurren cada día, cada minuto, cada hora y cada segundo, en nuestro organismo y en todos lo que existe, puedan desarrollarse sin presencia de inteligencia alguna, por mero azar.
         Muchas cosas que nos resultan incomprensibles las atribuimos al azar, pero las condiciones en que el azar actúa no son reproducibles en el laboratorio: el dado sigue el impulso de la mano, y ésta del brazo, pero la orden viene de más arriba. Ninguna fuerza obra sin presencia de agente alguno, todas actúan de forma conjunta, encadenada y sucesiva, siguiendo un orden, de tal manera que si el azar interviniese en algo y no  estuviera sometido a la cadena de sucesos, sólo podría ser una manifestación de las potencias de una inteligencia superior.

         En definitiva, por lo que respecta a la vida conocida, la selección natural  no podría crear nunca procesos complejos irreducibles, debido a que dicha función sólo podría actuar en el supuesto de que dicho sistema complejo ya estuviese montado o armado.

         El pensamiento humano no es un producto de la evolución, sino que su complejidad creciente es consecuencia de que en la mente del hombre se hallan ínsitas todas las facultades que le permiten, desde la construcción de la gran pirámide de Guiza, hasta el envío de un robot a cualquier parte del sistema solar, pero, ni una cosa ni la otra, se podrían haber hecho sin vencer la ley de la gravedad.

         A dicha inteligencia suma, desde los tiempos inmemoriales, todos los hombres la han llamado Dios en su propia lengua; y, para todos significó siempre lo mismo, el principio creador, rector y unificador al cual todas las leyes  están sometidas; algunos llegaron a más y vieron en él no sólo la fuerza y la energía creadora de todo cuanto existe, sino que lo acogieron como Señor de la vida y, por ende, de la historia. Su Señor. Mi señor, la única autoridad que reconozco y  ante la cual me someto.      
        
Pamplona, 31 de Diciembre de 2014

  
Invitación a la conversión:  (Is 55, 6-11)

Buscad al Señor mientras se deja encontrar,
Invocadlo mientras está cerca.
Que el malvado abandone su camino,
y el criminal sus planes;
el Señor se apiadará de él,
si se convierte,
si se vuelve a nuestro Dios,
que es rico en perdón.

Porque mis planes no son como vuestros planes,  ni vuestros caminos como los míos,
oráculo del Señor.
Cuanto dista el cielo de la tierra,
así mis caminos de los vuestros,
mis planes de vuestros planes.

Como la lluvia y la nieve
caen del cielo,
y sólo vuelven allí
después de haber empapado la tierra,
de haberla fecundado
y hecho germinar,
para que dé simiente al que siembra
y pan al que come,
así será la palabra
que sale de mi boca:
no volverá a mí de vacío,
sino que cumplirá mi voluntad
y llevará a cabo mi encargo.               

sábado, 11 de julio de 2015

EL Horror y el Mal

Por L.G.Torre Rivero

He de decirte, amigo mío, que no he podido por menos que reírme un buen rato, por no llorar, con tu “speech psicodramático”, que no de otra forma cabe llamar a ese discurso, tan rancio como vacuo que, en tu foro, nos dedicas.
Leyéndolo, venían a mí imágenes de otro tiempo, de los años 70, en plena dictadura franquista, cuando, por vías desconocidas, llegaban a nuestras manos aquellos panfletos impresos en ciclostil o en alguna imprenta clandestina.
Ejercían en nosotros, muchachos de apenas veinte años educados en otros valores, una rara fascinación. No pocos jóvenes de mi generación nos abrazamos a la nueva religión propalada en aquellas páginas; y así pudimos conocer a Marx y a Friedrich Engels; hablar durante horas, sin sufrirlo, del sistema de planificación económica centralizado, o descubrir que demonios era aquello del “Anti-Dühring” (lo que bastó para darnos cuenta de que manera las corrientes heterodoxas, dentro del socialismo, iban a ser implacablemente perseguidas); tratar de engullir aquél indigesto “Materialismo y empireocriticismo” del camarada Lenin o los cuadernos de Gramsci y, como aperitivo, darnos un paseo por el socialismo utópico de Owen y Fourier o Saint Simón, y el anarquismo, con cuyas ideas comulgué –también tengo mis debilidades-, de P. J. Proudhon, de Piotr Kropotkin o de Errico Malatesta, que no hicieron otra cosa que copiar el sistema de comunicación de bienes de las primitivas comunidades cristianas, pero mal, pues no se enteraron, absolutamente, de nada; y, ya en clave española, conocer, por ejemplo, la experiencia de Ferrer i Guardia y la escuela libertaria; en fin, toda la amplia panoplia del denominado pensamiento “clásico” de izquierdas. Más todo lo que me queda de aquello y, a veces, me reconcilia con ese mundo son las formidables e impresionantes voces del Coro del Ejercito Ruso y el himno soviético, Gorki y algunos versos de Pasternak o Mayakovski, para regresar, nuevamente, a los grandes clásicos: Pushkin, Dostoyevski, Tolstoi, Gogol …
Había, por entonces, en activo, otros muchos “pensadores” del llamado “marxismo tardío”,  como T. Adorno, H. Marcuse, Erich Fromm o Habermas, es decir, lo más granado de la escuela de Frankfurt, u otros como Fredric Jameson o Louis Althusser, desplegando sus habilidades dialécticas en las universidades americanas o europeas y dedicados a construir, como telaraña, la estructura de un sueño que ya se había revelado como utopía en los primeros tiempos de El Manifiesto.
Así llegó a formarse dentro de lo que llamas “el abominable estado imperial”, una corriente antipatriótica, encargada de subvertir el orden y que ha sido tradicionalmente, y es todavía, el cauce a través del cual algunos os habéis ido pertrechando de las ideas “progresistas”, que pasadas por el tamiz de una mentalidad ecléctica, han dado lugar a un sucedáneo frío y desleído, intelectual y academicista, (preferible, en todo caso, a esa ingeniería social desarrollada por auténticos sociopatas, disfrazados de bienhechores del género humano, cuyos nombres están en la mente de todos), desprovisto de ese espíritu de comunión que ha alimentado, a falta de Dios, las grandes pasiones y deseos del alma humana, pues sin pasión, sin voluntad y sin deseos bien encauzados, sin grandes ideales a los que servir, los individuos y los pueblos envilecen, se enajenan y, al final, se autodestruyen o se inmolan ante fetiches.
Te preguntas sobre el porqué de la implosión del comunismo en la Unión Soviética, o las maniobras conspirativas que se fraguaron en el proceso y por la poca o mucha “culpa” que pudo tener en su caída la Iglesia, y, singularmente, el Papa Juan Pablo II. Eso es empezar por el final, así que pregúntate, más bien, porqué todas las grandes revoluciones han precisado del terror para implantarse y porqué en los tiempos de crisis, cuando el mal se extiende como una peste pudriéndolo todo, se hacen con el poder – a la vista está- los más viles, los más crueles, los más corruptos e inhumanos, los más fatuos y estúpidos de los hombres, es decir, cualquiera de nosotros al que el pueblo o las armas haya otorgado un desmesurado poder, y yo te responderé que esa es la forma de actuar del mal, pues precisa de ríos sangre para corporizarse e implantar su reino.
No, no es que el odio sea algo inherente a las ideologías revolucionarias, como pareces asumir con extraña complacencia, ya que estas entroncan, las más de las veces, con los más nobles ideales y aspiraciones del espíritu, sino a la propia condición humana, pues en sus oscuros fondos, pliegues y recovecos duerme esa semilla ponzoñosa que corroe nuestra existencia. Y es que, amigo mío, te voy a hacer una revelación: el mal existe y es absoluto, se halla entrelazado con el bien, al igual que la cizaña y las espigas en un campo de trigo, en el centro mismo del ser que se disputan, donde reside y radica todo el misterio de la infelicidad y la desdicha, pero también toda la grandeza de espíritu y capacidad de hacer el bien y de entrega a los demás y de sacrificio hasta la muerte.

Por ello, como un Marlow cualquiera, después de haber remontado con mucha fatiga el río de la vida, de haberme perdido y naufragado muchas veces en su insondable y proceloso curso, tras ver esparcidos por el camino los deletéreos frutos de la iniquidad y de la locura humana, desde el corazón mismo de mis propias tinieblas, puedo entender perfectamente el mensaje de Kurtz, aquél viejo chiflado y enfermo: ¡El horror! ¡El horror! …