sábado, 13 de junio de 2015

El súcubo

Por Gregorio Torre Rivero

A E. Allan Poe


Edgar Allan Poe, el genial narrador y poeta estadounidense, escribió grandes relatos sobre seres misteriosos y criaturas de la noche, algunos de ellos obras cumbre de la literatura llamada gótica o del romanticismo oscuro, heredero de la gran corriente trascendentalista y subgénero en boga durante la primera mitad del siglo XIX, y aún más, en dicho país. Cuentos o relatos como Morella, Berenice o Ligeia, donde la figura femenina adquiere una dimensión sobrenatural, nos informan sobre la enajenada psique de su autor, sus pasiones, y miedos, el convencimiento o la intuición de que en todo acto amoroso hay una entrega definitiva una consunción del ser, un éxtasis y un descenso a los infiernos, eros y tánatos enfrentados en un mortal abrazo, la pulsión de la existencia enfrentada a la atracción de un misterio que nos ofrece dos alternativas: Dios o la nada; la libido frente a la destrudo, o lo que es lo mismo el amor carnal exangüe y exánime, como mensajero de la muerte física que abre las fronteras a nuevas dimensiones de la realidad. El autor.


Contaba, apenas, quince años. Era una lluviosa y fría primavera del año 1965; rezumaba el roció en los pastizales y en los caminos enlodados e intransitables renacían las primeras manchas de verdín, tachonadas de hermosas y amarillentas prímulas; las márgenes del río se hallaban aún recubiertas de una delgada capa de nieve oscura y porosa, que aprisionaba las últimas huellas de las alimañas sedientas; despertaba la mañana; la húmeda atmósfera surcada por los trinos de innumerables pájaros, apostados en las ramas y en las oquedades de los árboles, destilaba su aliento malsano; revivía la maleza animada por enjambres, por miríadas de diminutas, casi invisibles, criaturas.

Junto al portillo que daba acceso a la pequeña hacienda, se había formado un inmenso charco que me impedía el paso; del borde del camino recogí unas largas y gruesas ramas de castaño para tender un frágil puente que me llevaría a la otra orilla.

Había salido a pasear, como tantos otros días, sin ninguna idea preconcebida, mas, sintiendo un extraño impulso, me encaminé hacía la montaña, atravesando el bosque. Cientos de pequeños regueros brotaban de sus profundidades; sudoroso, remontaba con facilidad las primeras dificultades, en dirección al viejo hayedo, lugar mágico de inolvidables, aunque también inquietantes, encuentros.

Allí la había conocido dos años atrás, mientras se dirigía a algún lugar de la sierra. Deslumbrado por el fuego de sus cobrizos cabellos, atrapado en la inmensidad de sus verdes pupilas, no pude sustraerme a su encanto; dirigimos nuestros pasos, mientras balbuceábamos alguna frase inconexa, hacia un pajar para refugiarnos de una fugaz tormenta de granizo.

Sin prolegómenos, sin preguntas, mientras acariciaba, ayudado de su mano, sus intimidades, bajo su hirsuto y rojizo pubis, y sus pequeños y ovalados senos con mis candorosos labios, experimentó, entre espasmos, un primer y escandaloso orgasmo, acompañado de otros no menos estentóreos, en tanto yo, muerto de miedo ante aquellas desconocidas exultaciones, asistía al trance,  con una mueca de incredulidad y sorpresa dibujada en mi boca; luego, ella, acarició depravadamente mi sexo, hasta que una lluvia de soles y cometas me transportó a un extraño éxtasis. Después trató de introducirme en sus entrañas...

Fracasados sus propósitos, recibí, por todo pago, un empellón que me hizo caer por el ventanuco del pajar, estrellando mi cabeza contra el duro suelo; luego se arrojó sobre mí como una fiera.

Tras la pasajera conmoción, pude ver como se transfiguraba: sus ojos se tornaron de un fulgor rojizo; su cabellera se tiño de un verde vegetal, de aspecto mucilaginoso; su rostro afilado y amarillento lucia una profusa y enmarañada perilla, mientras en su frente abombada despuntaban dos tímidos cuernecillos. Me susurro una frase ininteligible al oído, a la vez que introducía sus afiladas uñas en mi pecho, como queriendo arrancarme el corazón, causándome un intenso dolor, del que son vívido recuerdo tres pequeñas cicatrices que conservo.

Se fue entre risas e insultos, dejándome maltrecho y confuso en aquel lugar; luego, aún desde el suelo, pude ver sus negras pezuñas y sus poderosas patas de macho cabrío, sosteniendo un velludo cuerpo, que lucía un portentoso príapo. Afortunadamente para mí, aquél día adoptó la forma de una precoz adolescente. Más, me consta, no todos los pobladores del contorno tuvieron idéntica suerte.

Reviviendo los recuerdos, presa de agitados pensamientos, sentado sobre el tronco de una vetusta haya, pasaron las horas, mientras en mi mente retumbaba de nuevo aquella enigmática frase: “nev…, oviv ne le ojepse”.


No era arameo como había supuesto. Lo supe al tiempo, tras estudiar la extraña facultad del habla inversa, que poseen algunas mujeres y cuyo mensaje oculto va destinado a los elementales; no me refiero a las simples imitadoras parlanchinas, pues tal habilidad también está al alcance de algunas aves prensoras, sino a aquéllas que, bajo la sutil capa del artificio femenino, son, sin saberlo, encarnación de súcubos, criaturas de la noche desencarnadas, que pueblan nuestras pesadillas, demonios en celo, espectrales apariciones, Liliths redivivas, las más bellas y deseadas de cuantas habitan nuestra fantasía, que nos absorben la sangre y roban la energía las noches de luna fría.

viernes, 12 de junio de 2015

Señor capitán


         Mi padre, en los años severos de la postguerra, escuchaba en onda corta, con su receptor superheterodino, en un cuarto u oficina anejo a su negocio de vinos y licorería, con suma discreción y cuidado, Radio España Independiente, es decir, Radio Pirenaica,  la voz de España en el exilio, que, por entonces, emitía desde Bucarest, la capital de la Rumania.
         Yo, siempre atraído y fascinado por los misterios, le  observaba desde un rincón  y con cualquier pretexto me acercaba a él, intentando  adivinar  qué extraño mensaje escondían aquellos sonidos entrecortados de voces,  que parecían provenir de ultratumba como si se tratase de espantosas psicofonías.
         Al principio, con gestos ostensibles, me prohibía acercarme, más luego, cuando ya  tuve  edad y  "uso de razón", o sea, un poco de discernimiento,  allá por los doce años, él, que quizás estaba deseándolo más que yo, me reveló su secreto. A partir de entonces,  estuvimos unidos por un pacto irrevocable, un vínculo más estrecho que los lazos de sangre: yo podría escuchar, de vez en cuando, aquellas emisiones, más nunca, nunca jamás, por nada del mundo, hablar de ello con nadie, ni siquiera con mis hermanos.
         Él era  un republicano convencido,  admirador de  D. Julián Besteiro, "la única cabeza pensante del socialismo español"  y, según su palabras, de toda la España  republicana que había quedado, al cual le cupo el triste papel de entregar a Franco las llaves de la Segunda República. Mereció mejor suerte, y mayor reconocimiento de propios y ajenos, pues fue, de los pocos dirigentes socialistas que lucho de verdad para evitar la guerra.
         Leía por aquel tiempo el ABC,  y rara vez la prensa del Movimiento (que era toda la demás), ya que, entonces, a pesar de su ideología conservadora,  dicha publicación estaba  bastante mal vista  por La Falange, partido único médula del franquismo sociológico.
         Había algunos periodistas y escritores que a mi padre le interesaban, variando su gusto según las épocas; entre ellos, a pesar de su adhesión al régimen,  Don  J. Luís Sampedro y  Don José Mª Pemán;  Don L. Aranguren y Alfonso Paso (este sin Don),  del cual, aseguraba, que,  en tono de  humor, informaba mucho más sobre la verdadera situación del país, que otros afamados columnistas, con sus, a menudo, ininteligibles y sesudos  análisis.
         También  el  inimitable y nunca  ponderado,  Don Ramón Pérez de Ayala, alma mater, junto con Ortega y Gasset y Gregorio. Marañón de la Agrupación para Defensa de la República, cuyo Manifiesto puede considerarse la carta fundacional de la Segunda República, régimen, no obstante, del que después renegaría, cuando vio  como se deslizaba, sin remisión, hacia el precipicio, según él,  por culpa de Azaña, del que llegó a escribir:
" Me figuré un tiempo que Azaña era de diferente textura y tejido más noble. En octubre del 34 (Revolución de Asturias) tuve la primera premonición de lo que verdaderamente era Azaña. Leyendo luego sus memorias del barco de guerra (hace alusión a su relato autobiográfico, "Mi rebelión de Barcelona"), tan ruines y afeminadas, me confirmé. Cuando le vi y hablé siendo ya presidente de la República, me entró un escalofrío de terror al observar su espantosa degeneración mental, en el breve espacio de dos años, y adiviné que todo estaba perdido para España".
                  Yo, muchos fines de semana,  siempre en las horas tardías, pues tenía el privilegio de  quedarme con mi padre hasta mediada la noche, oía, en cambio,  con delectación, la más interesante, por genuina, "Radio Moscú", (sí, sí,  yo, a esa edad, ya era un peligroso bolchevique) donde voces engoladas de desconocidos locutores, tras el grandioso himno soviético, en un correcto español, sin acento alguno, loaban los grandes gestas de la URSS y del comunismo en general; sus éxitos en la agricultura, en la industria, en la educación de los niños y de las masas, en el deporte   y en la ciencia, lo que era cierto sólo en parte, más si creíble, pues derrochaban entusiasmo y transmitían confianza y fe en el futuro, mientras las grandes voces del Coro del Ejército Ruso entonaban bellas canciones o hermosas, melancólicas y dulces baladas, expresión genuina de la noble alma  de los pueblos eslavos.
         Al contrario que en aquélla, al principio aludida,  espantosa emisora, en la que, conocidos y resabiados dirigentes que no habían logrado sus propósitos o apetencias de poder, desde su cómodo exilio, dirigían a los pocos españoles que tuvimos la desgracia de escucharlos,  incendiarias  soflamas que rebelaban un odio cainita.  Así, pues, en tanto unos te inflamaban el pecho y el alma con grandes promesas y esperanzas, los otros te envenenaban el corazón con su ruindad y miseria moral. Hecho que motivó en mi la primera crisis de ideales.
          Sería, con aquélla, la enésima "huelga general revolucionaria" convocada desde su cómodo retiro rumano, la cual, como todas las demás, había acabado en espantoso  fracaso, cuando dejé de interesarme de forma definitiva por aquellos mentecatos. Sólo conseguían que unos pobres estudiantes  y una escuálida representación del movimiento obrero, diera con sus huesos en el calabozo a espera de juicio, y nuevas medidas represivas y recortes sobre los incipientes derechos y libertades, consagrados por el Fuero de los Españoles, especie de constitución no pactada  y el Fuero del Trabajo, las  piedras angulares del régimen, junto con otras Leyes Fundamentales. Dura lex sed lex.
         Todos los años allá por el mes de junio, el "caudillo" pasaba una agotadora  jornada en mi ciudad, entretenido en el noble deporte de la pesca del salmón, por lo cual, durante la semana precedente, una enorme maquinaría militar, que incluía, por motivos obvios, a los cuerpos de seguridad e inteligencia, además de la Guardia Civil,  inundaba cuarteles y otros establecimientos hosteleros,  e incluso casas de particulares si faltaba alguna plaza, para preparar el evento.
         Más lo que los chicos del lugar, como yo,  estábamos esperando como agua de Mayo, no era ver  a Franco, ni a su ostentosa escolta, sino asistir embobados a la llegada del Frente de Juventudes de  la Falange Española y de las JONS y el cuerpo de Requetés,  pues eran un espectáculo digno de ser visto con sus desfiles, sus uniformes y  banderas, mientras entonaban viriles y  hermosos himnos: "Montañas nevadas", el "Oriamendi" el "Cara al sol", "Prietas las filas",  ..., los cual unido a los fuegos de campamento, el toque de queda y el de oración, nos hacían soñar con una patria gloriosa, un destino único y una muerte heroica, pues esos eran nuestros elevados ideales por aquellos tiempos, cuando aún no había televisión.          

         Estábamos en los principios de los sesenta, tendría yo  catorce años y era, sin duda, un muchacho no muy despierto, cuando  le pregunté a mi padre, de sopetón, directamente, sin complejos, con esa especie de morbosa curiosidad de la niñez tardía,  si  había matado a alguien en la guerra;  su semblante demudó; sus ojos se enturbiaron mientras su  mente retrocedía rápidamente en el tiempo, experimentando una carga emocional intensa y vívida, como si los hechos estuvieran ocurriendo en aquél instante:  - No, hijo, no; al contrario, pues salvé a muchos, ... , tuve la inmensa suerte y el privilegio de "luchar" en el cuerpo de sanidad de la República, en la "zona roja"; una actividad muy peligrosa, pues, cuando empecé como simple camillero,  tenía que ir, con otros camaradas, a recoger a los heridos en combate y trasladarlos al puesto de socorro,  saltando de un agujero a otro, o corriendo en zigzag, atento , no sólo a las balas, sino al sordo sonido del disparo del mortero, que daba inicio a la frenética carrera para  saltar de inmediato a un cráter recién abierto, pues,  cuando lo que escuchabas, hallándote erguido, era el silbido del proyectil, ya no había tiempo para nada. Eras hombre muerto-.
         - Luego, ya, como practicante, me  tocó curarles o  ayudarlos en el cruel tránsito; chicos de dieciocho años e incluso menos (como yo cuando me llamaron al frente) , que no querían morir y que se iban al otro mundo implorando  ayuda a Dios y  a sus infelices madres -.
         Otra vez, le pregunté con esa inocencia y candidez  mía, tan propia, quiénes eran los buenos y quiénes los malos ... El me dijo, con total rotundidad y lucidez : - Hijo, todos éramos buenos muchachos; incluso los del otro bando; yo nunca tuve ocasión de disparar un fusil; los malos de verdad sólo fueron los que, desde el Parlamento y el Gobierno, con  su palabra vil y asesina, su soberbia, su egoísmo y su codicia, nos inocularon el odio y nos envenenaron la sangre, aprovechándose de nuestra ingenuidad e ignorancia, cuando apenas sabíamos nada y creíamos saberlo todo sobre la vida; una vida incipiente que  deseábamos arrancarnos los unos a los otros, por unos ideales vacíos que, créeme, no merecían  la pena, pues nada que nazca del odio, como de la mala tierra,  dará nunca buen fruto; a unos y otros les maldigo ¡Ojalá pasen una buena temporada en el infierno. ¡ aplícate la enseñanza - !
         Le entendí perfectamente y nunca más necesité ninguna otra explicación sobre la guerra, ni sobre la política. Era lúcido y sobrio en sus respuestas, con esa lucidez y sabiduría espontáneas que te da la experiencia cuando has vivido profundamente el  sufrimiento propio y el ajeno en tu misma carne.
         El día que cayó su división de montaña en los altos de Palencia, fue llevado a un campo de prisioneros, en espera de juicio. Faltaban, para poder juzgarle, los dictámenes del alcalde de su pueblo y el del jefe local del Movimiento, que tardaron casi un año en llegar (yo siempre sospeché que se habían, misteriosamente, traspapelado).
         Mientras tanto, le tocó trabajar en las caballerizas, concentrado todo su pensamiento, para no caer en desesperación, en la diaria rutina de la limpieza y en el cuidado y  aseo de mulas y caballos.  Cuando decidieron informarle, pues no podían mantener la sentencia en suspenso indefinidamente, un capitán fue a su encuentro y, con gesto sombrío, le dijo: - Malas noticias Sr. Torre,..., sus informes son favorables, tengo aquí la resolución; usted quedará libre y yo me quedaré sin sirviente. A mis caballos les pesará, pues le han cogido querencia, y a usted también;  piense que, en parte, les debe  la vida -. Y continuó: - Como la guerra prácticamente  se ha acabado, le ofrecemos la posibilidad de seguir en el ejercito,  como un soldado más a mi mando, sepa que está todo perdido para ustedes.  - Me voy a casa, señor capitán (no le dijo "mi capitán", que era lo correcto),  quede con Dios -. Esa fue su respuesta.
         Se ducho durante largo tiempo, como para dejar allí, para siempre, el rancio olor del cautiverio, se aseó y afeitó sin prisas, sacó todas sus pertenencias de la "taquilla" y tras ponerse una camisa blanca, el traje que llevaba puesto cuando fue llamado a filas y sus, a fuerza de sacarles brillo cada día, relucientes y resistentes botas, se cubrió con su gorrilla  para disimular los desconchones que le había  provocado su incipiente calvicie y, se fue andando hasta la lejana estación con su cartilla sellada, su "liquidación de haberes" , y su destartalada maleta, Era verano y lucía un sol esplendido.  No tuvo tiempo de llegar a ningún parte, cuando, por el camino, le anunciaron que se había terminado la guerra..
         Durante unos pocos  años más, lo pasamos muy bien contando historias; me sentía orgulloso e importante por tener un padre así y él sabía que yo era su leal confidente ... Hasta hoy, pues también tiene derecho a saberse la vida de los héroes anónimos, de los perdedores y de los vencedores que no ganaron nada con el cambio.
         Tuvo mucho valor y mucha suerte, siempre. Menos, tal vez, con lo que más le importaba. Son las paradojas del destino.

         Va por ti,  padre, que seguramente caminas ya, tras la necesaria purificación del fuego y del agua, por los floridos campos de esa otra Arcadia feliz ,.., para decirte que mi niñez - nunca diré infancia, porque me la tomé muy en serio desde que llegué al mundo - siempre irá unida a tu memoria y a tu nombre.

jueves, 11 de junio de 2015

ALMA DE VIENTO Y LLUVIA

(verba volant ...)









ALMA DE VIENTO Y LLUVIA Y OTROS ESCRITOS



    






         L. Gregorio Torre Rivero






              


DEDICADO

         
A Laura, con amor filial ...






DE PIEDRA Y VIENTO

Dormidas sendas,
antiguos caminos labrados
por los desnudos pies de los ancestros,
viejos hayedos desvencijados,
a cuya sombra se cobija el destello del segur,
el fulgor del hacha y el rayo.

Montes habitados por perenne niebla
que ascienden vertiginosos,
ocultando a la vista
impávidos murallones de caliza,
el vuelo del águila real,
la zarpa del oso,
la fósil pezuña del íbice,
aéreos enjambres recolectores,
el áspid y la salamandra,
hongos, insolentes ortigas, helechos,
rampantes madreselvas ...
Camino arriba, sediento,
aspergido de trecho en trecho
por el incesante goteo
de las aguas innúmeras;
zaherido, desarbolado
 por la fuerza del vendaval,
tormenta inacabable,
a duras penas avanzo.

Más que subir, reptar,
atento el oído
al latir de una presencia
que tiernamente me amamanta.

Me acoge a la sombra de sus alas,
guarda celosamente
el secreto de mis númenes,
la fecha exacta de mi óbito,
para el día del Juicio Santo,
de su Santo Juicio.
Musito a cada instante,
el dulce nombre de su nombre,
me embriago completamente
de la serena paz de su hermosura.

Con más voluntad
que fuerza en el pecho,
por encima de la espesura,
al pie del abismo,
me alzo extenuado, exultante,
ante un horizonte ancho
de nacientes luminarias.

Estridentes, metálicos sonidos
pueblan el bosque,
como oración, himno, lamento,
mientras yo, el hombre,
portentosa criatura,
firmemente erguido,
cual piedra miliar
que indica el limen imperceptible,
umbral del misterio
que un día traspasaré,
menhir hundido en la hierba,
que rezuma aún el olor de la mañana,
de tantas mañanas,
petroglifo esculpido por el viento
y la artesanal lluvia,
contemplo con extraña somnolencia,
mezcla de cansancio y estupor,
el relumbrar de los últimos rayos del sol,
por entre las altas praderas,
tiñendo de rojo
las fulmíneas aristas,
las recias cumbres,
inexpugnables torres de mi serranía.

Lentamente aspiro
las fragancias del crepúsculo,
noche que lentamente
envuelve mis ojos,
liberando mi mente adormecida.

Más, ¡alerta!, el tiempo insaciable
no renunciará a tus despojos,
¡ora, purifica tu alma!
trascendiéndote,
humillándote,
unificándote,
ante quien en sueños te instruye
y en lo más profundo se revela;
pues, está escrito, suyo eres
y nada en ti descansará
hasta que a Él retornes.







TIEMPO DEL SUEÑO

Tiempo del sueño,
etéreo como el sinuoso humo,
trepa por mi leñoso cuerpo
cual lábil enredadera.

Siluetas de árboles, ya fósiles,
recortan pálidos horizontes
ceñidos por densa niebla.

Hombres que caminan a tientas,
adivinando sendas.
Tenue luz de un hogar
que refulge lejanamente,
como vaga certeza de calor y descanso.

El estómago de los rumiantes varados
regurgita una verde pasta mucilaginosa: ubres repletas de promesas.

El oscuro hogar se anima
con los colores del fuego
que aprisiona pupilas,
que calienta pies inertes,
y manos inanimadas,
sombras espectrales danzan.

Desde un camastro de mullido jergón,
ojos inquietos brillan;
diminutas mariposas nictémeras
anuncian cartas de seres queridos,
llegadas desde las orillas de otro océano,
obscuras y temidas saturnias
golpean muros y puertas,
celebrando el despertar de los muertos.
Mi niñez transcurre lentamente,
entre hayas y riscos,
habita una casa erigida
en un palmo de tierra,
piedra sobre piedra y argamasa,
labrada por pétreos hombres,
alma de viento y lluvia,
con un balcón suspendido
del tiempo y las estrellas.
No deseo conocer otro paisaje,
ni otra compañía
sino el nocturnal viento
que arrastra quimeras
y torrentes de blancas
y pulidas piedras,
y mi negra perra lanuda,
que me enseño a observar
los secretos mundos imperceptibles.

Tiempo de humo y esencia,
que mi memoria rescata
para sosiego del alma,
cuando escucho la voz que susurra:
hijo mío amado,
qué perdido te hallas;
retrocede hasta la encrucijada,
verás mis señales;
busca la senda abrupta
que te llevará a mi casa,
la que ahora recorres
no lleva a ninguna parte;
ahí sólo encontrarás miedo y dolor,
soledad y espanto,
y, al final,
el negro abismo de la desesperanza.






SWEET MARIA JO

Te amo, te amaré,
Aunque el tiempo
haya transformado nuestras vidas,
y no nos reconozcamos
en el espejo de nuestros sueños:
en la superficie, ni en su fondo.

¿Qué, de aquellos ideales,
qué de los proyectos,
de los anhelos,
las esperanzas de una vida mejor;
qué de la quimera
de un mundo justo y en paz?
Vanidad de vanidades…,
y caza de viento.

¿Qué, del deseo,
los placeres,
el gozo de todo lo efímero…?
La vida se resiste a abandonarlo,
no damos por perdido su encanto,
más tampoco lo añoramos,
señal de que crecemos.

Porque todo tiene su momento,
y cada cosa
su tiempo bajo el cielo”.

Te amo, pues, y te amaré,
en la esclavitud del cuerpo,
con un amor duro y frágil
como roca diamantina,
fraguado en el crisol del desvelo,
en el atanor de una dulce soledad,
no por rehuida, menos encontrada.

Te amo, te amaré
con la ternura
del corazón unificado,
viva sustancia del dolor,
tu dolor reposado
y mi dolor aún dolido,
pasajera emoción,
humillada tentación
de los sentidos.

Te amo y amaré, en silencio,
por la vida que engendramos,
el pan que compartimos,
y el lecho que habitamos,
los paisajes que anduvimos,
los miedos que pasamos,
las hogueras que encendimos,
y el daño que nos causamos.

Te amo, te amaré,
porque tu corazón es limpio,
sin adornos ni oropeles,
puro, como el agua lustral pura,
y, en su balcón,
tiendes cada día sábanas blancas
con tus manos pequeñas,
a fuerza de dar, vacías,
(maldigo las mías y su furia posesiva)
y porque tu alma
es reidora y habladora,
creada a la medida de mis silencios.

Te amo y te amaré
en tu inocencia obstinada,
que aún conjuga corazón con amor…,
que si el primero cansado,
el segundo, acaso,
para siempre, entregado.

Te amo, te amaré,
aunque no sepan ya verte mis ojos
con la mirada resuelta del ayer,
sino persiguiendo
el brillo de los tuyos,
sintiéndote ajena y presente,
con tanta persistencia que me abruma.
Te amo y te amaré,
en el rincón vedado
donde silente vagas,
el reclinatorio
donde tu frente se humilla;
sé que ese claro destello
de tus pupilas
no me pertenece,
pues navego, todavía,
por un mar de tinieblas.

Y si creo percibir
una luz entre las olas,
confiando mi fortuna
a la estela de tu proa,
es porque anuncias bonanza,
tras la noche inacabable
de mi tormenta.

Te amo, te amaré,
porque lo mejor está por llegar,
el presente se ha ido,
fugaz como un soplo,
el futuro empieza en el umbral
de cada nuevo día,
y el pasado,
nuestro único patrimonio,
nadie, nunca, podrá arrebatárnoslo,
porque ya es de Dios,
(pertenece a su Misericordia).

Te amo, te amaré,
hasta la extenuación,
sin demostraciones ni promesas,
sin proyectos ni mentiras,
dejándolo todo
para entregarte todo.

Con las cuentas claras,
en el momento que tú me lo pidas.
Mientras me quede aliento. Siempre.




TARDES DEL CALIDO VERANO

Tardes del cálido verano,
recostado sobre la dorada hierba,
soñando el amor
de aquéllos ojos verdes.

Caminaba por la sierra,
cuando a mí se acercó;
sólo un tímido saludo,
unas palabras balbuceantes,
un postrero adiós.

Y el estremecimiento de los sentidos
y la inquietud del espíritu.

Desapareció de mi vista;
era tan sólo una silueta
recortada sobre el cielo crepuscular,
un pequeño punto oscuro en la lejanía.

Y el aire, dormido,
aquietó el canto de las cigarras.

Y una luz ambarina
tiñó, como aureola,
las afiladas crestas.

Entonces, supe
que aquella confusa visión,
mezcla de sueño y materia,
no abandonaría mis noches,
ni daría descanso a mis días.

La perseguí en los delirios
de mi trastornada adolescencia;
la llame a voces,
por entre los hayedos,
en las cimas de las montañas.

Y sólo un eco estentóreo
me devolvía la palabra
entre risas de ondinas.

Ángel alado,
demonio o hada maléfica,
que torturó mi alma
en el tiempo del sueño,
cuando la soledad y el deseo
dan vida a las quimeras.




BREVE ILAPSO

La pradera, como mar sinuoso,
en la última hora de la tarde,
acariciada por el apacible céfiro,
el sol oculto
tras un horizonte purpúreo,
cuasi violáceo,
las montañas teñidas
de un azul plomizo.

La quietud se adueña de la tierra
y del espacio
y el vuelo del gavilán
en el aire se detiene,
y cesa el trino de los pájaros
y los rumiantes se tienden.

Mi fiel perro pastor,
cual estatua de negro azabache,
el hocico inquisitivo,
las orejas extendidas,
escuchando la sinfonía de los mundos.

Diríase que todas las criaturas,
los montes, los arroyos y las selvas,
se recogen, dando gracias al Creador.
Todas, menos el hombre,
guadaña al hombro,
con la muerte a cuestas,
ajeno y enajenado,
librando batalla
contra el mundo y contra sí.

Sucesión interminable
de actos irreflexivos,
sin sentido,
inconsciente de su finitud
y grandeza,
ciego y sordo,
tensando la soga
que lleva ceñida a su cuello,
y caminando a traspié
hacia la cruenta fosa.




¡VERDAD LUCHE CON ILUSION…!

Quien madrugue para buscarla no se fatigará,
                 pues la encontrará sentada a sus puertas…(Sab 6, 14)


¡Verdad,… luché con ilusión
por alcanzarte!
puse el tiempo,
el deseo, la voluntad.
Te tendí toda clase de añagazas,
fingí amarte,…,
vano pretexto de mi codicia.

Te busqué en lo excelso,
lo virtuoso, lo sublime del hombre,
descendí, para poseerte,
a los abismos del Impuro,
bebiendo de la amarga copa
de la desesperación y el miedo,
para al fin encontrarte desnuda,
una mañana sentada ante tus puertas,
al amanecer.

Viniste a mí de la mano de un galileo:
“Soy el Resucitado, dijo.

Le escuché por curiosidad,
en un momento de debilidad y extravío,
justo cuando pensaba dejarte,
(tonteaba con el Conocimiento)
despechado por tu silencio,
amargado por tu ausencia.

De sus sencillas palabras,
brotabas como fuente inagotable:
vida, esencia, autenticidad,
saber único que cura toda sed
y calma toda herida.
Me ganó para sí,
perdiéndome para el mundo,
sin embargo que real,
que densa, se volvió la vida
en mi entraña,
al sentir su latido en mi latido,
lo de dentro afuera
y lo de fuera adentro.





HIJOS DE CAIN


Hijos de Caín, razas oscuras,
indómitos habitantes
de las  tinieblas.

Pueblos desterrados,
innúmeras estirpes,
hijos del viento y de la lluvia,
del sol y de la estepa.

El hogar tan ansiado,
la dulce hora de la siesta,
sólo sueño será que alumbra la noche,
que el despertar
convierte en quimera.

Tras los rebaños
en las cañadas,
en los caminos enlodados,
sucios y harapientos
sin descanso caminan,
huyendo del exterminio;
engendrando al abrigo de la roca
y del hontanar,
hijos del bronce y de la furia,
que heredaran la tierra,
cuando airadas
hachas silentes,
caigan sobre las dormidas cabezas.

Hijos de Caín,
perenne estigma
grabado en la frente,
y en la mano la promesa:
siete veces, siete,
castigo recibirá,
quien muerte os diera.





EL CUERPO QUE HABITÉ

Al cuerpo que habité,
mi morada temporal,
le debo todo.

A su través, pude percibir tu luz
inundando el mundo;
tu voz y tu eco
prolongándose en mí,
por la Palabra,
que fue tuya e hice mía,
para poner nombres concretos al
amor, a los seres que me otorgaste
como don, mi pequeña grey,
a la que nunca abandonaré.

El cuerpo que habité
en el mundo terreno,
estaba lleno de energía y de vida,
que se fue consumiendo
con los trabajos y los días,
pero la llama que lo alumbró,
sigue dando luz y calor
en esta otra orilla,
donde, plácidamente,
espero reencuentros,
abrazos y caricias.
Yo, ya estoy a salvo,
nada puede herirme,
nada causarme dolor,
estoy con los míos,
espero a los que aún me faltan,
El tiempo no cuenta,
un eón es un soplo,
mil vidas,  una tarde de domingo.







BLACKIE, EN LA MEMORIA

Dormía un sueño profundo y reparador. Al despertar, me hallé en mitad de un prado inmenso, cubierto de asfódelos, de rojas amapolas, y  rebaños de blancas ovejas.
Pero ellos, a quienes tanto amo, han desaparecido de mi vida. Los busco sin descanso, sin perder la esperanza.
Mi Dueño me llama, oigo su voz a lo lejos, pero siempre me adelanto a los deseos de su corazón.
Me acaricia tiernamente, me embriago de su paz y consuelo.
Me obsequia con una escudilla de deliciosa leche con sabor a miel, y con una rebanada de sabroso pan, recién horneado.
Gozo de una existencia plena, he encontrado a mis cachorros soñados, que, exultantes, se refugian en mi regazo; dulcemente los alimento, van y vienen, corren y saltan, jugando con las mariposas, y siguiendo el rastro de los grillos cantores.

Más, cada día eterno, con gran nostalgia, me rondan los recuerdos de la vida pasada, y de los seres queridos; en especial, de mi dulce, adorada Laura.
¡Ojala mi Buen Pastor, que conoce todos los caminos, los encuentre y los traiga pronto a mi lado!
No nos faltaría de nada, y nuestra felicidad, entonces, sería completa.




EL PERDÓN

¿Creéis acaso en la bondad?
¿Que alguien puedo librarse,
por sí, de la tiranía del pecado?

¿Que no soy injusto o malvado?
¿Que no hiero con mi lengua,
o traiciono con mi desdén?

 ¿Que no infrinjo dolor a quien me quiere,
 y que no tengo compasión ni de mi mismo?

¿Que no engaño o juro en vano,
o que no mancillo la verdad
y la inocencia?

Y, por contra …
¿Que no soy generoso o desprendido,
que no amo o cultivo la piedad,
que no soy solidario y servicial,
que no doy mi sangre,
 o ayudo al que lo necesita,
sin pedir nada a cambio,
que no tengo el corazón limpio?

Ni ángel ni demonio,
tan sólo un hombre,
con su doble naturaleza.

Mucho peco y pequé
pero también mucho amo y amé.


Y, ya sabéis: “ a quien mucho ama,
mucho le será perdonado”.

Ahí radica la fuente de mi confianza,
de mi fe y alegría ...,
en que he sido
y seré perdonado,
por el único que tiene poder para perdonar.
Mi señor.
Único Juez al que me someto.