viernes, 29 de agosto de 2014

EL CUERPO QUE HABITÉ


 
Al cuerpo que habité, mi morada temporal,

le debo todo,

a su través, pude percibir tu luz

inundando el mundo,

tu voz y tu eco prolongándose en mí por la Palabra,

que fue tuya e hice mía,

para poner nombres concretos al amor,

a los seres que me otorgaste como don,

mi pequeña grey,

a la que nunca abandonaré.

 

El cuerpo que habité en el mundo terreno,

estaba lleno de energía y de vida,

que se fue consumiendo con los trabajos y los días,

pero la llama que lo alumbró,

sigue dando luz y calor en esta otra orilla,

donde plácidamente espero reencuentros,

abrazos y caricias.

 

Yo, ya estoy a salvo, nada puede herirme,

nada causarme dolor,

estoy con los míos,

espero a los que aún me faltan,

El tiempo no cuenta,

un eón es un soplo,

mil vidas,

una tarde de domingo.

 

             

                                         

domingo, 25 de mayo de 2014

LOS DIOSCUROS

                                                                                     
 LOS DIOSCUROS         

Por L. Gregorio Torre Rivero

 A Stanislaw Lem


MEMORANDUM:

     Es la hora séptima del vigésimo octavo día de nuestra partida de Alia. Nos aproximamos a un pequeño islote de poco más de diez kilómetros de diámetro, vestigio de lo que fuera una antigua luna o satélite del planeta Hungor, en la constelación de Géminis, sistema de Castor.

      Esparcidos cual restos fantasmales de un gran naufragio, aparecen a nuestra vista, dispersos, retorcidos y casi pulverizados, los esqueletos de varias naves, algunas de ellas, por sus características, pertenecientes a la flota interestelar de nuestro planeta madre Gea, a cuyo rescate nos dirigíamos, ante la total ausencia de noticias y su total e inquietante silencio.

     Fuera lo que hubiere sido, nos hallamos muy afectados, pues no aparece signo alguno de vida y todo parece indicar que nos encontramos ante algún acto criminal, sabotaje o enfrentamiento con enemigos desconocidos.

     No ha salido de Hungor embajada alguna a recibirnos, aunque detectamos actividad en su suelo y hemos mantenido un encuentro inamistoso con vecinos próximos, consiguiendo disuadirlos sin necesidad de entrar en combate. Nos hallamos en situación de alerta.

     Antes de proseguir con el relato de hechos en nuestro cuaderno de bitácora, procedemos a identificarnos: Flota Armada X, de la VIII Centuria, Legión IV, colonia de Alia, en Berenice.

     Nos hallamos en las proximidades de Géminis, en misión especial. Ante nuestros ojos se hallan los extraordinarios mundos de Castor y Pollux, complejo sistema estelar que alberga más de una docena de civilizaciones, repartidas entre sus más de doscientos planetas y planetoides, de diferente tamaño y estructura, aunque de similar composición y cuya sorprendente tecnología, más desarrollada que en ninguna otra parte del espacio conocido, y equiparable en algunos aspectos a la nuestra, había hecho posible esta arriesgada expedición, a la vista de la aparente inexistencia de actitudes hostiles por parte de sus pobladores. Más quizás hayamos pagado cara nuestra confianza.

     Los Dioscuros, se hallan integrados en una especie de confederación planetaria. Aunque existen, que sepamos, cuatro razas diferentes, una es la predominante, la albina: piel muy blanca, ligeramente sonrosada; ojos rasgados, verdes con un aura violeta dibujada alrededor del iris y de constitución semejante a la nuestra; sus pies y sus manos presentan, sin embargo, la peculiaridad de hallarse provistos de tan sólo cuatro dedos, un gran pulgar con tres dedos de oposición en las manos y tres dedos grandes y una ancha y almohadillada planta, en los pies.

     Carecen de vello corporal y su rostro es imberbe; sus facciones no son muy agraciadas para nuestro gusto, no poseen pabellón auditivo, presentando un rostro ovalado, boca pequeña, sin dientes, estrecha y hocicuda, dos diminutos orificios nasales y un órgano fonador, abierto a la altura de la tráquea, a través del cual emiten sonidos prácticamente inaudibles, que constituyen un complicado sistema de comunicación; su pecho es abombado y su altura, semejante a la nuestra, no es proporcional, ya que las extremidades inferiores son muy largas y extremadamente delgadas, en comparación con el tronco que es corto, en forma de pirámide invertida, de cuyos hombros, cuelgan unos brazos, también delgados y largos.

     De movimientos nerviosos y rápidos, parece como si no tuvieran necesidad de descanso, salvo en un pequeño período de tiempo similar a nuestro sueño, especie de narcolepsia inducida por una secreción hormonal, que les sume en un estado de rigidez, durante la cual sus funciones vitales se aletargan hasta lo imperceptible. El sistema reproductor es similar al de la mayoría de los mamíferos y las hembras de esta raza, tras siete meses de gestación, pueden dar luz a una cría de cada vez.

     Respecto a su forma de ser, se muestran temerosos y serviles, si bien sus reacciones son, a menudo, imprevisibles y con cierta tendencia a la autoinmolación, cuando se ven sometidos a presiones extremas o no pueden resolver sus conflictos psicológicos.

     Con gran resistencia frente al dolor, no obstante, y dotados de una gran longevidad, mantienen parecido ritmo vital desde los primeros años de su vida hasta su muerte y aunque dominan la ingeniería genética, no por ello, como es obvio, han logrado vencer las enfermedades. Son expertos cirujanos, aunque su instrumental es extraño, de apariencia rudimentaria, por lo que no desearíamos caer en sus manos, salvo en caso de extrema necesidad.

     Mortalmente aburridos, su existencia sólo se proyecta en el trabajo, no conocen el juego, ni practican forma alguna de ejercicio o deporte, ni desarrollan arte individual alguno, salvo una especie o remedo de música muy primaria que utilizan como terapia en sus escasos momentos de ocio.

     Su cerebro, en cambio, trabaja sin descanso. Poseen una inteligencia fría y calculadora, aplicada a la resolución de los problemas cotidianos y educada en el pragmatismo. Geniales constructores y arquitectos, poseen también indudables conocimientos de astronomía y navegación, sin desdeñar su competencia en las demás ramas de la ciencia.

     Carecen de organización militar, en el sentido de que todo ciudadano está entrenado desde pequeño para servir a su pueblo en el puesto que le es asignado, por lo que podría invertirse la afirmación manifestando que lo que no existe, propiamente, es una sociedad civil, sino una organización muy jerarquizada que, cual ejercito durmiente, se dedica a las tareas rutinarias y que, en caso de conflicto, actuaría como un sólo hombre siguiendo las instrucciones de la misma cadena de mando. Es decir, un sistema similar al del sistema inmunológico de cualquier organismo viviente conocido.

     Poseen armas poderosas de destrucción masiva que, nos tememos, no dudarían en utilizar en caso de grave amenaza, lo que les proporciona gran capacidad disuasoria dentro de la Confederación, pues conocida es su exaltación en determinados períodos o ciclos, que asociamos a la interacción del campo electromagnético de la cefeida trinaría V-Altor, que gravita en las proximidades de la constelación, de cuya influencia intentan protegerse utilizando un complicado, y, a nuestro juicio, útil casco.

     Su organización social es anticuada y está basada en un sistema muy rígido y piramidal que descansa en una autoridad máxima o gran heresiarca, jefe político y conductor espiritual, especie de cabeza invisible que dirige a sus súbditos desde la sombra y actúa delegando funciones en jefes u órganos de inferior rango.

     Educados en una férrea obediencia, los dioscuros, no conocen de conflictos sociales, ni poseen o manifiestan un estado de conciencia individual. Sus necesidades personales son ampliamente cubiertas y no mantienen reivindicación alguna, ni apetencia personal de lucro o afán de poder.

     Entrenados en colectividad, tutelados por sus mentores, jamás pueden ascender de plano social, ni conseguir estatus distinto a aquél para el que fueron programados genéticamente. Las distintas clases sociales o, más propiamente, estamentos, no se mezclan entre sí, aunque interactúan y se coordinan a través de las órdenes.

     Como no existe sistema alguno de protección legal, en un mundo donde los jueces han sido sustituidos por los cirujanos del alma y del cuerpo, los conflictos individuales se resuelven inocuizando totalmente al individuo, bien mediante un aséptico y prolongado aislamiento, en función de la gravedad de la falta o, en casos extremos, mediante un "tratamiento quirúrgico" irreversible, una terapia consistente en la extirpación de un órgano semejante a nuestra epífisis o glándula pineal. Dichas actuaciones ordenadas por la máxima autoridad, son de una crudeza e inhumanidad inconcebible en criaturas de tan alto grado evolutivo.

     Sin, apenas, entendimiento ni voluntad, a los individuos así tratados se les destina a los servicios más pesados o molestos, hasta que indefectiblemente, ponen fin a su vida mediante el suicidio, quizás la única manifestación individual de sus ser más característica, arraigada, incomprensible, profunda y arquetípica.

     Su estructura genética modificada es un puzzle que no acabamos de ensamblar y del cual desconocemos algunas respuestas. No cabe descartar que se hallen sumidos en un proceso degenerativo irreversible, al presentar su material genético graves alteraciones, en parte inducidas. Nos hallemos, sin duda, ante una especie o raza muy antigua de apariencia hominoide, sometida durante milenios a un campo electromagnético de alta frecuencia y a un continuo bombardeo cósmico.

     - Los procesos vitales de adaptación obedecen a estímulos desconocidos y muy poderosos. Es por ello que la vida surge y prospera en condiciones inimaginables. Luego degenera. Nosotros somos de ello un visible ejemplo: nada tienen que ver aquellos apolíneos y viriles cuerpos de nuestros antepasados, aquellas esculturales y femeninas formas, aquellos poderosos y ágiles músculos, con estas formas redondeadas y sebosas de auténticos contenedores de basura en que nos hemos convertido. Llegados a este estado, no valen cuidados, ni dietas, ni ingeniería genética que sirva para reparar todo el mal causado –.

     Sus rasgos psicológicos distintivos podrían clasificarse dentro del grado "bordeline", pues aunque eficientes en sus respectivas profesiones o trabajos (que realizan como meros autómatas), muestran una total ausencia de discernimiento entre su mundo interior y la realidad, y una completa o nula falta de empatía en el trato interpersonal, así como de otras habilidades sociales, con una mezcla confusa de todo género de patologías neuróticas. Ese vivir en el límite, posiblemente sea el factor desencadenante de sus ocasionales, extraños y, a menudo, sangrientos conflictos.

     Su religión es más simbólica que conceptual, sin rituales; adoran sobre todo a su heresiarca, encarnación del poder, dios viviente, hacedor y dueño sumo de cuanto vive y existe. Sin sentido de la trascendencia, creen no obstante, en un estado liberatorio de la conciencia o no ser mundano que transmigra y no está sujeto a las leyes físicas, el cual no identifican con el estado de beatitud o con la felicidad, conceptos que, dicho sea de paso, ni conocen, ni relacionan, tan siquiera, por oposición.

     Tras atravesar el complejo sistema de Pollux, nos hallamos ya en las cercanías del sistema binario de Castor. Sus mundos planetarios son de una belleza inigualable, teñidos de una intensa luz rosada y violácea, semejan piedras preciosas dispersas por el firmamento; oblongos más que esféricos, los más grandes alcanzan magnitudes extraordinarias para no ser planetas gaseosos.

     De entre ellos el principal, aunque no el mayor, es Hungor, bautizado así en honor de su descubridor, insigne navegante de la flota interestelar, fallecido en los lejanos tiempos de finales de la vigésimo primera centuria. De tamaño similar a Urano, a diferencia de esa compleja, gélida y hermosa aguamarina, éste es un fabuloso mundo acuático de suma perfección, majestad y pureza, circundado por dos impresionante anillos, uno rojo y otro azul violáceo y una docena de satélites.

     Sobre el panel de mando,  figura la siguiente leyenda: “Memento mori”, escrita así, en sus caracteres latinos originales, en honor a todos cuantos nos precedieron. Desaparecieron casi por completo: no se extinguieron gracias a su proverbial valor e inigualable capacidad de lucha y amor por la aventura. Esos eran nuestros antepasados, cuyas virtudes corrían parejas a sus grandes defectos. Poco o mucho nos une a ellos, más ya nada nos ata. Hace tiempo que caminamos sin compartir sus vidas. Y allá en la lejana Tierra nada hay que merezca la pena, convertida en roca inerte, que, en su trágico, y cruel destino, se ha cobrado el tributo de millones de vidas.

     Somos nosotros todo lo que quedó de esa gran humanidad doliente. Nosotros, que llevamos, al igual que ellos, en nuestras carnes, la semilla de la podredumbre, el estigma de la finitud, nuestra fecha de caducidad, grabada a fuego en nuestra alma. Como todo lo que existe.

     Y lo asumimos fría, calculadamente, sin temor y sin temblor, pasando de la vida a una dulce y deseable somnolencia, antesala de la liberación total de una existencia carente de sentido y de toda recompensa, donde sólo la voluntad ciega del instinto de conservación es único y último acicate. Una vida que nos pesa y que es una carga insufrible.

     Lo que queda de ellos es, por el contrario, un canto apasionado al ser, un enfrentamiento radical con la inexorabilidad del destino y una ausencia total de arrepentimiento. Se condenaron a sí mismos.

     ¿Cómo pudieron tan siquiera percibir, ¡qué poderosos eran sus sueños! en los lejanos albores de su oscuro nacimiento, la música de los mundos, la armonía del universo, la naturaleza del átomo, la geometría de los volúmenes imaginarios, la proporción áurea, la aritmética de los números trascendentes?.

     ¿Qué extraña conexión luminosa mantenían con la Fuente Eterna, con el Alma Primordial, con el Ser Omnisciente al que adoraban, a quien ofrecían sacrificios y hecatombes, amontonando cuerpos por doquier, de animales y de semejantes, como viva muestra de su poder y rebeldía, de su amor y de su odio? ¡Ansiaban tanto vivir que la vida misma se les desbordaba por las costuras de la piel!

     Les sobraba vida; sobreabundaba de pasión y deseo: parir y guerrear, acumular riquezas, erigir templos, alzarse en la cruz en expiación de todos los males que nos aquejan, prosternarse ante el Altísimo reclamando la eternidad y el derecho a compartir trono, mesa y mantel en el banquete del reino, descubriendo mundos, construyendo otros para destruirlos después, observando el cielo, conquistándolo con la mirada, para regalar estos u otros bellos nombres a lejanos soles y planetas de insólita factura, surcando con su mente el inmenso océano cósmico, oscuro y undoso Ponto, en la búsqueda eterna del vellocino de oro o del elixir de la vida. Y todo ello para agradar al Dios de su historia y de los secretos designios.
    
     Tras una jornada de incansables deliberaciones, la decisión
está tomada -alea jacta est- la conclusión inamovible, la certeza absoluta, el fallo o sentencia, inapelable: nadie salvo los Hungoritas tiene capacidad en la confederación para lanzar un ataque tan devastador; nuestra flota, posiblemente, cayera, inesperadamente, en una celada; tenemos la sensación de que mediante engaños y subterfugios intentan disuadirnos para que no hagamos demasiadas preguntas, cargando la culpa sobre "los visitantes", una antigua civilización, de origen desconocido, que viven en el extremo remoto de la Vía Láctea; aparecen y desaparecen como por ensalmo, siendo su única pasión la guerra, pues no ocupan territorios, ni los colonizan, ni se dedican a la rapiña, tan sólo a sembrar muerte y destrucción, al parecer, por puras motivaciones lúdicas.

     A juzgar por la descripción, estos viajeros serían gigantes de fuerza descomunal y de características físicas muy similares a las de otros homínidos y con un nivel de desarrollo equiparable al nuestro.

     El relato, nada creíble y, en sí, grotesco, no consiguió disuadirnos, si bien, dimos muestras de gran interés y credulidad, para, con suma astucia, tranquilizarles e impedir que sospecharan algo sobre nuestros verdaderos designios.

     Dejamos Hungor totalmente devastado, pues la Confederación no quiere enemigos a sus espaldas y, con la misión cumplida, dispusimos el viaje de retorno a nuestras colonias, para disfrutar de un placentero descanso, hasta una nueva expedición.

     Por el camino entramos en combate con una escuadra de la flota de Hungor que venía a nuestro encuentro, la cual fue reducida a cenizas, soportando nosotros escasas pérdidas

     ¡Los visitantes, humm, nunca habíamos oído nada tan estúpido, ..., más le hubiera valido confesar la verdad y asumir su culpa! .. (Fin del memorándum).

     El equipo de exo-biólogos encargado de la investigación, tras analizar los restos humanos desparramados por las naves alianas, observaron horrorizados la saña y la vesania con que aquéllos hombres, sus semejantes, habían sido tratados: los cráneos aplastados, las cabezas arrancadas de cuajo de los troncos, con los restos de sus médulas, los troncos abiertos de arriba abajo dejando al descubierto los costillares; los órganos extirpados de cuajo,..., colgados por los pies con sus propios intestinos, ..., en definitiva, un pandemónium, una ceremonia satánica de infinita crueldad, sin más motivo aparente que la exaltación de los más ruines instintos, o por decirlo así, la constatación empírica de que todo ser, por el hecho de serlo, lleva en sus genes la semilla de una innata maldad, de una naturaleza corrompida, que, en síntesis, es la consecuencia de una rebelión de lo creado contra su Creador.


domingo, 11 de mayo de 2014

EL BOSQUE DE LA LUNA


 
        

 

 

Aquel hombre vagaba por el bosque,  solo, desorientado y perdido; huía despavorido, sin saber adónde, hacia ninguna parte;  había conseguido milagrosamente zafarse de sus perseguidores, si bien, con una herida de bala, que le había penetrado por la espalda, a la altura de la escápula izquierda, causándole un gran dolor, acompañado de dificultad respiratoria, con pérdida de sangre: era invierno, el frío y la nieve se conjuraban para hacerle aún más fatigoso el andar. Anochecía.

 

         Se sentó extenuado sobre un vetusto tronco  abatido por el rayo y las tormentas, oteando  un paisaje invernal tupido de maleza y enmarañado donde el suelo cubierto por la nieve ocultaba caminos y sendas. Necesitaba imperiosamente hallar un refugio, una abrigo natural excavado en la roca,  una pequeña cueva o hendidura  donde al resguardo del viento  reponer fuerzas, descansar sin prisas e intentar mitigar con algún remedio  el dolor que le producía aquella herida.

 

         De  pronto,   un terrorífico aullido le despertó de su sopor; a sus espaldas, a unos cien metros por encima de su cabeza, apareció entre la densa cortina de niebla un lobo gris, luego otro, y otro, y dos más; en total cinco fantasmales criaturas surgidas del averno.  Deseó con todas sus fuerzas escuchar de nuevo las detonaciones de los rifles y la respiración agitada de hombres y cuadrúpedos cercándole y  apresándolo;  había tomado, al huir, la peor determinación de su vida y si no ocurría ese milagro, pensó para sí, nada podría salvarle.

 

         Aceleró el paso; notaba su garganta reseca, la lengua pastosa y una sensación de angustia, en aumento, inundándole el pecho; no cesaban de mirarle, estaban demasiado cerca; venían ya hacia él; aunque exhausto, reunió todas sus fuerzas y se lanzó a la carrera, pendiente abajo, hundiéndose a cada zancada en la nieve, en una carrera loca y frenética, con la sensación paralizante de que iba a sufrir una muerte atroz. Un cálido torrente de energía se liberó en sus venas.

 

         No sentía ya pesadez alguna en sus piernas, ni cansancio; corría ligero, pero no lo suficientemente veloz como para quitarse de encima aquella manada en persecución;  notaba el calor de su aliento en las orejas.

 

         Se encaramó de un salto sobre un árbol que le cerraba el paso, trepando en unos segundos a una de sus altas ramas suspendida sobre un precipicio; era tal la fuerza que sentía en sus miembros, que lejos de hallarse atenazados por el pavor, reaccionaron, para su sorpresa, como auténticos resortes bien engrasados. La rama era fuerte y segura así que se sentó sobre ella a horcajadas, al mismo tiempo que se abrazaba al tronco. Un tronco viejo y rugoso, sembrado de miríadas de pequeños hongos, cuyos colores y tonalidades ocres, blanquecinas y amarillentas resaltaban bajo la luz tornasolada de una luna omnipresente y cercana; tan cercana, tan brillante y nítida que podía distinguir sin dificultad, a ojo desnudo, todos sus accidentes: montes y cráteres, mares y extensas llanuras sembradas de polvo y rocas.

 

         El precipicio le producía un horror indescriptible y una sensación de vértigo como jamás había experimentado. Los lobos intentaron alcanzarle trepando tronco arriba, pero no lograban más que ascender un pequeño tramo, cayendo una y otra vez, estrellándose contra el suelo; saltaron y aullaron desesperadamente, manteniéndose largo tiempo bajo el árbol.

 

         Tiritaba de frío. La luna desapareció de repente, dando paso a una negra noche, sin luz y sin luceros, negra como las alas de un cuervo. Tanteó los bolsillos de su raído chaquetón de burda lana, comprobando que no había perdido sus escasos pertrechos: la vieja pipa, el saquito de tabaco con el encendedor de yesca, una navaja rústica, recia y bien afilada y un envoltorio de papel de estraza liado con un bramante con unas pocas provisiones: un trozo de cecina de buey, tocino salado y un chusco de pan de centeno.       

 

         Tenía que bajar, encontrar  un hueco donde refugiarse, al abrigo de aquél aire gélido que le traspasaba de parte a parte, hacer un fuego rápidamente. El miedo le había hecho olvidarse de su herida y contemplaba esperanzado como la manada se alejaba; sus ojos destellaban como faros bajo la tormenta, aunque de cuando volvían sobre sus pasos, con la esperanza de verle en el suelo caído y ya muerto, para ahorrarles trabajo.

 

         Al tiempo, pasado el peligro, tímida y cautelosamente fue descendiendo del árbol, lentamente, con sumo cuidado; más él, ya no era él, no se reconocía. Físicamente era una persona extraña para sí mismo; sus manos no eran sus manos, su piel irradiaba una luz ámbar, mortecina, su rostro no era su rostro; sus facciones, al tacto, le resultaban desconocidas; sin embargo tenía conciencia de que su ser entero le habitaba, bajo otra identidad y aspecto; tocó el suelo con los pies y, cuando ya se creía a salvo, notó con terror como le rodeaba una oscuridad tenebrosa. Llegó a pensar por un momento que se había quedado, repentinamente, ciego.

 

         Se hallaba en algún lugar del mundo, inmóvil, sin atreverse a dar un paso; sus manos tratando de encontrar un punto de referencia, un apoyo; era como si las paredes del universo entero se hubieran desplomado a su alrededor; miraba y miraba no hallando más suelo que el que le sustentaba; un ominoso abismo en medio de un silencio absoluto, que poblaba un espacio que presentía infinito.

 

         Era, sin duda, un lugar de condenación, el de las almas escindidas por el pecado y el crimen, y, por fin, supo lo que era el infierno: no era un crematorio como había supuesto, no, sino un territorio glacial de soledad y espanto, un universo paralelo de materia oscura, a eones de la luz y del corazón de Dios, donde irremediablemente y por toda la eternidad vagaría encarnado en un cuerpo inmortal.

 

         Al despertar, empapado en sudor, sintió incontenibles deseos de gritar, pero el sonido no salía de su garganta. Con esa sensación de asfixia, su mente ideó una última fantasía: había perecido en el ataque, eso explicaba que no reconociera su cuerpo; su alma estaba en tránsito, pero Dios, en su infinita misericordia, le había dado otra oportunidad. Se vistió, refresco su cara con agua fría en una prolongada ablución y se miró al espejo con temor; observó su rostro, sus manos, y sonrió, era él. Preparó unos huevos fritos con beicon y, mientras untaba el pan en su cremosa yema, se prometió a sí mismo que nunca más volvería a probar el alcohol.

 

         Tras el inacabado almuerzo, se dejó caer sobre la mecedora del zaguán con un gesto de abatimiento, desmadejado por aquél dolor profuso a la altura del hombro izquierdo que se estaba irradiando hacia el pecho y las vértebras. No sabía lo que lo producía, quizás aquella vieja cicatriz de guerra, quizás su corazón debilitado por los años y las borracheras. De su petaca extrajo la pipa y una porción de tabaco que temblorosamente logró depositar en la cazoleta; la encendió a la primera, sin malgastar fósforos, tal era su pericia; nada más aspirar la primera bocanada de humo sufrió incontenibles arcadas que achacó a los excesos de aquella noche y de tantas otras. El remedio infalible, para aplacar aquel creciente malestar, aquél desgarro intestino, aquél monstruo interior que roía sus entrañas, era anestesiarse con un largo trago de ron de caña, preludio de otros muchos a lo largo de la jornada. Más ya sus miembros se negaron a obedecerle, mientras una extraña somnolencia, un denso vacío iba poblando su mente.

 

         Poco tiempo después, cuatro hombres a caballo, cubiertos de nieve hasta las cejas y armados con sendos Winchester, descubrirían, abrazado a un viejo tronco de roble, el cadáver horriblemente mutilado y en descomposición, los irreconocibles despojos, un amasijo de piel, entrañas y huesos, de J. Alberty, un peligroso fugitivo de la cárcel de Abilene, condado de Dickinson, estado de Kansas  -afortunadamente, adujo uno de ellos recomponiendo la escena, la bala, entrando por el omóplato, le atravesó el pulmón de arriba abajo,  muriendo casi en el acto, se desplomó  por aquél terraplén y vino rodando hasta estrellarse contra el árbol; luego los lobos se encargaron del resto; es más que probable que no se enterara de nada - sentenció.

viernes, 2 de mayo de 2014

LAS REVELACIONES

El día 1 de Enero de 2014, sobre las dos de la madrugada, vino a mí, previa invocación, antes de quedar profundamente dormido, el Arcángel San Miguel; pensé que era la hora de mi muerte y que venía a rescatarme de los poderes del Abismo, pero, al final, no sucedió así; sentí un gran temor acompañado de una sensación paralizadora y de frío intenso en todo el cuerpo, mientras mi corazón ardía. Un destello de luz que se fue materializando ante mis ojos hasta adquirir la figura de un ser de alta estatura, extremadamente delgado, de facciones angulosas y apariencia intemporal, cabellos largos y blancos y ojos de un azul grisáceo, de mirada penetrante y abrasadora, envuelto en un halo de luz. Nada tenía que ver con las representaciones clásicas y populares como Príncipe de la milicia celestial.

     Confieso que mi primera reacción fue incomprensible y absurda, pues le saludé, poseído por una extraña fiebre, como si se tratara de una persona de este mundo con un temeroso ¡Hola! que salió expelido de mi boca con un sonido gutural extraño y desconcertante, pues la palabra dicha retumbó en la habitación a pesar del endeble hilo de voz emitido, apenas susurrado y audible. Dicho sonido no resonó en mis oídos como lo había pronunciado, sino como traducido a un idioma arcaico, tal vez arameo bíblico, la lengua preferida de Dios.

     Al preguntarme sobre la naturaleza de este epifenómeno (en cuanto realidad que emerge de otra más esencial), llegué a la conclusión de que de que nuestra percepción de los fenómenos obedece a una ley: lo que percibimos por los sentidos no es más que una proyección elaborada de un arquetipo, de otro modo, resultaría imposible discernir o separar la realidad física de la materia y la del espíritu, pues, como entes incorpóreos, sólo pueden manifestarse a través de nuestra propio proceso de recreación eidética.

    De ahí, pues, que, según las épocas, los estadios culturales, las singularidades, puedan aparecer de una forma o de otra, adaptados a nuestra propia y genuina forma de comprensión. Ello significa, ni más ni menos, que los fenómenos espirituales a través de los tiempos se caracterizan porque vienen acompañados de las formas y modelos de representación cultural de la fe de los pueblos y de los individuos, desde las más perfectas y sutiles transmitidas por el pensamiento, la tradición, la literatura y las artes iconográficas, hasta las más imaginativas o groseras, propias de la fantasía popular; con ello, contesto a la manida crítica respecto de los portentos o milagros, misterios o cosmogonías, que suelen ser la base de discusiones bizantinas interminables y absurdas: los antiguos se expresaban y representaban sus creencias a partir de su propia concepción del mundo y de las cosas, no de la nuestra.

     Tales fenómenos lumínicos o proyecciones protoplasmáticas que acompañan dichas apariciones y que parecen surgir de la nada, tan sólo son producto de la energía de transporte, pues la naturaleza exacta del ser, no nos puede ser revelada en manera alguna, ya que pertenecen al plano de la realidad imperceptible. Se les ha definido como seres o entes de luz, pues de esa forma se manifiestan ante nuestros ojos, más su cuerpo inmortal, su perfección inmanente no puede ser descubierta por nuestros pobres sentidos aprisionados en las propias barreras dimensionales, siendo la muerte y la posterior resurrección, no como nosotros la ideamos o concebimos, sino como renacimiento y regresión a un estado  incorporal o nébula, que tiene ante sí un largo camino de perfección, hasta ocupar el nuevo cuerpo inmortal o glorioso, la única forma de contactar con estas criaturas sutiles, antes de penetrar, definitivamente, en el haz de luz cegadora de Dios, el Absoluto, donde ellos, los ángeles, viven, pues han sido creados con el único fin de servirle.

     Primera revelación escatológica: sobre el último día que ha de venir, el final de los tiempos, por Jesús, el Cristo, sabemos que nadie, salvo el Padre, conoce el día ni la hora, ni siquiera ellos; en este sentido, el mensaje es ambiguo, podría decirse que el último día no es un día sino que se refiere a un tiempo indeterminado o sucesión de hechos que culminarán con la total consunción de la vida terrena. Nadie se salvará de las garras de la muerte, afectará a toda la humanidad dispersa por los mundos; el débil hilo de la vida se romperá y el ser humano se extinguirá, ya que lo que desencadenará el fin no será la destrucción, sino la interrupción del cauce por donde discurre la energía que nos mueve y de la que se nutre nuestra inteligencia y con ella nuestra forma de comprensión del Universo. En este sentido no cabe esperanza alguna de eludir el castigo. La humanidad entera perecerá y a ello sucederá la destrucción cósmica, no a la inversa, pues el Universo entero no tendrá sentido, ya que fue construido como hogar temporal de los hombres y como signo y manifestación o teofanía del poder de Dios. Más antes ocurrirán otras cosas.

    Segunda revelación: La Parusía es el interregno, el espacio de tiempo comprendido entre la venida del Señor y el Fin. La estampa fijada por la religiosidad y la fe popular es  de gran majestuosidad; unos lo verán como el Mesías y como tal lo recibirán y otros como el Enemigo, al cual combatirán, pues esas son las emociones que despierta en el corazón de los hombres, según su bondad o maldad, su humildad o soberbia. Será la era de la lucha contra el Mal cobijado en el corazón de los hombres, que ha tomado forma y corporeidad monstruosa, ostentando un poder omnímodo, como consecuencia de la extrema maldad de muchos y de su total ausencia de arrepentimiento.

     Él, el Único, el Preexistente, el Señor de la Vida, aparecerá con toda su Majestad; ante Él, todo Trono, Potestad y Dominación sucumbirá y todo hombre de Bien, será marcado física e indeleblemente, como oveja de un gran rebaño. Y tras haber humillado al gran ejercito del Maligno, tras haberlo depuesto y encadenado en las profundidades del Hades, Él establecerá su justicia como anticipo de las delicias del Reino.

     Naturalmente, esta visión de un Mesías guerrero, como un adalid de la guerra santa, tan querida del pueblo hebreo, no se corresponde a ninguna realidad temporal; la segunda venida se manifestará precedida de grandes señales en el cielo; tales fenómenos provocarán el despertar de la conciencia, sumida hasta ahora en la tiniebla, y precipitará el final de esta edad oscura , posibilitando una ascensión en el plano de la conciencia individual, que conllevará la conversión a Dios y cuyo fruto será el apaciguamiento y la apertura del corazón que se entregará a la causa del Reino entre martirios y persecuciones.

     Esa será la verdadera Parusía, la conversión por parte de las  multitudes que no han opuesto resistencia a la acción de Dios, y la criminal respuesta de las fuerzas del mal que convertirá nuestro mundo en una mar de sangre. La señal indeleble, será la palma del martirio, la muerte tras la tortura, la decapitación en masa, propiciada por los grandes poderes: el dinero, la política y el integrismo y fanatismo religiosos, que, una vez más, obcecado con sus propias elucubraciones doctrinales "à la lettre", no sabrá discernir entre el Bien y el Mal. Estos recibirán el peor castigo, por idólatras, pues opondrán la soberbia de la hermenéutica, que, al fin y al cabo  no es más que una pobre ciencia de interpretación de la Palabra Sagrada, a la voluntad de Dios, manifestada, en forma masiva, en este segundo advenimiento  intempestivo e irruptivo. Esta era ya ha empezado. El Mal ya ha tomado posiciones, su formidable e invisible ejército, sin estado, sin identificación ni bandera, el terror sin límites, está presto para el combate, para la batalla definitiva, para el  Armaggedon. El Mal sabe que el Advenimiento está muy cerca, huele el peligro, está al acecho de las señales y prodigios del cielo que anunciaran la Parusía. Dichas señales, que darán paso a un mundo nuevo y a un cielo nuevo, son las precursoras de la conversión en masa, la manifestación visible de Dios y de su  acción salvífica y santificadora.

    Tercera Revelación: El Reino. Tras la Parusía, las comunidades de conversos forjarán el Reino, definido como reino de paz, justicia y gozo en el Espíritu Santo. El Reino consistirá en la superación y abolición del estado, la desaparición de las formas de poder establecidas según modelos socioeconómicos, la desintegración de las naciones y la abolición de la propiedad, el dinero, la Banca y las transacciones, así como de toda frontera física y mental, es decir, se aprovechará de la destrucción y del caos propiciado por el Mal, para el establecimiento paulatino de un verdadero y carismático sistema de comunicación de bienes. Aparecerán muchos profetas que intentarán desviarnos, más, al final, El Reino se constituirá por la propia inercia del movimiento de las comunidades cristianas. Ello desencadenará nuevas, terribles persecuciones  y grandes catástrofes, pues los poderosos no renunciarán al poder, los fuertes querrán imponerse por razón de su fuerza, pero la resistencia pasiva  minará  la moral de las tropas, la muerte indiscriminada no doblegará la voluntad de los creyentes. Quedarán muy pocos para contarlo, más esos pocos, recluido el Mal en el inframundo, serán suficientes para poblar el Universo y hacer germinar la semilla de la vida en la nueva Tierra en el nuevo Mundo en la nueva Jerusalén celeste.

   Cuarta revelación:  El número de la bestia. Se refiere al Anticristo anunciado, rescatado por Lucifer de las garras del Abismo, el Hades eternal. Dicha venida precipitará el final de los tiempos entre ríos de sangre. Se le habrá dado la potestad de envenenar los corazones y el poder sobre la vida y la muerte hasta la destrucción final. Muchos sucumbirán a sus encantos a sus mil formas de manifestarse: es el gran seductor de las masas el Príncipe del Mundo, cuya palabra aduladora e hipnótica atraerá a las multitudes colmando sus deseos para atraerlos a su causa que no es otra que la destrucción de su alma, el apartamiento de Dios. Aparecerá como una figura bienhechora ante los ojos del mundo, como el salvador y redentor de la humanidad. Ocupará las más altas magistraturas y desde allí extenderá su tela de araña. Su ejército estará formado por cientos de miles de voluntarios dispuestos a inmolarse a una sola palabra suya. Es la encarnación del Mal, de la misma manera que Jesús, el Cristo, es la encarnación del Bien. Bien y Mal son los principios que rigen la Creación, las fuerzas contrapuestas que conforman el mundo y la naturaleza humana. Bien y Mal están profundamente entrelazados en nuestro corazón, sus raíces se hunden en la génesis y son fuerzas antagónicas que operan en la oscuridad, sin nosotros poder hacer nada por evitarlo.


     Estas son las Cuatro Revelaciones insufladas por el Arcángel San Miguel, la madrugada del día uno de enero de dos mil catorce, sobre las dos de la mañana, estando yo acostado sobre mi cama, profundamente relajado, en posición de decúbito supino, con las manos entrelazadas a la altura del plexo solar, invocándolo. Cada una de ellas en los sucesivos días, fueron objeto de meditación, poniéndome en manos de mi confesor y director espiritual, quien me impuso, a modo de penitencia,  un período de treinta días de discernimiento, en total silencio, ayuno y oración, al objeto de que repasara los hechos tratando de recordar cada detalle, de captar la "atmósfera" del momento, poniendo los mismos en relación con sucesos similares o de naturaleza contrapuesta ocurridos a lo largo de mi existencia, llegando yo a la conclusión de que ha habido más de los segundos que de los primeros, pues las fuerzas del Mal se han manifestado profusamente en mi vida dejando huellas y cicatrices profundas, especialmente, en los momentos de más extrema debilidad, de más absoluto abandono del Espíritu y de la total ausencia de Gracia, en la noche oscura, cuando con gemidos inefables, llamaba y llamaba a las puertas del Altísimo, sin obtener respuesta. Cuando el frío gélido de la noche del alma me hacia tiritar de miedo y de angustia, justamente, en ese momento en que Él, el Absolutamente Otro, a fuer de presente, obnubilaba todos mis sentidos y cerraba todas mis salidas, acorralándome en mi madriguera, es decir, cuando la única respuesta que cabía ante Él era el Abandono y el sometimiento total a los designios de su Voluntad.