domingo, 8 de diciembre de 2013

TIEMPO DE LUCES

Por Gregorio Torre Rivero
 

     Veía luces. Eso es verdad. Estoy intentando recordarlo con todas mis fuerzas. Fue allá por los días de mi niñez, entre los ocho y los doce años.

 

Caminos solitarios de una remota aldea de montaña. Las luces muy brillantes y de muchos colores; cada una de ellas con vida propia, girando y moviéndose con rapidez por encima de mi cabeza o frente a mí, acercándose y alejándose, como si se tratara de un juego.

 

Tuvieron que pasar muchos años para que yo descubriera en los libros de física la estructura de los átomos. La verdad, es que no había nada más parecido que eso a aquellas luces de mi infancia.

 

Aquellas luces salían a mi encuentro; de haberlas seguido me hubieran llevado a algún lugar recóndito, sabe Dios con qué propósito.  Tuve miedo. Crecí y dejé de verlas, por lo que colijo que debe tratarse de una visión asociada a cierto estado de inocencia o pureza original, de existir tal cosa. 

 

Podría decirse que yo, dada mi flexibilidad y potencia muscular concentrada en un cuerpo pequeño y enjuto, destacaba en gimnasia. Mi intuición y mi ausencia de miedo en los saltos me hacia volar por encima de los aparatos, describiendo por el aire volteretas y otras figuras. Entre ellas la del ángel, en la que me detenía en el aire como en un estado de suspensión, ante el asombro de mi profesor, que siempre me decía, “se me ha erizado el cabello, viéndote volar”.

 

Lo cierto es que volaba. Lo había constatado empíricamente. Todo comenzó tras las visiones de las primeras luces, con una carrera rapidísima por un prado cuesta abajo. No se lo que me indujo a correr por la pendiente. Si, una voz interior: el salto fue magnífico; libré un seto sin dificultad, pero también el camino y otro seto situado en un prado más abajo, para terminar cayendo sobre un mullido colchón de ortigas, de donde me levante sin una roncha y sin un mal dolor.

 

Impulsos ciegos como aquél, hubo muchos a lo largo de aquellos años y el resultado el mismo. Los saltos eran cada vez más espectaculares. Luego cuando, de noche, en lo oscuro de mi habitación, los reproducía en mi mente, mediante una retroproyección eidética, pude constatar como miríadas de aquellas luces me acompañaban por el cielo. Mi secreto, pues, debía vivir sólo conmigo.

 

El que, sin duda, hubiera sido el último salto no lo di. Sentí miedo porque aquéllas voces, entremezcladas con otras en confuso guirigay, que susurraban a mi oído incitándome, no las había escuchado nunca. El salto era imposible, se me ofrecía un abismo con la promesa de que al otro lado hallaría la inmortalidad.

 

En décimas de segundo aparecieron ante mis ojos las sombras espectrales de mis padres, mis hermanos y mis amigos muertos y no me resigne a perderlos. La oferta la rechace de plano.

 

Luego vinieron tiempos de espanto que atormentaron mi vida, visiones terroríficas que perturbaron mis sentidos y que, por poco, no consiguieron arrastrarme, a través de torbellinos de locura, al lugar de las almas escindidas, donde no existe la luz y tampoco el descanso. Fue la época de los sueños omniscientes, que trastornaron mi existencia para siempre.

 

De ese laberinto, también se sale. Vives sabiendo que nada conoces sobre ti, ni sobre el mundo; descubres que todo nuestro pobre saber nace de la desesperación. De las ansias, del deseo de Absoluto. Que la  verdadera sabiduría consiste en una purificación de ese deseo no como fin en sí, sino como paso previo al desprendimiento de todo cuanto eres y de todo cuanto posees. En eso consiste el Amor. Desde tu pequeñez y finitud intuyes que, quizá, esta vida que vivimos no es más que una mera apariencia de la realidad, un perfecto holograma y que la vida de verdad se desarrolla en tu interior, cuando traspasas los límites, has perdido tus temores y dejas que tu corazón y tu mente te transporten, dejando por unos instantes las fronteras de tu cuerpo material, el envoltorio de una vida aherrojada al sufrimiento y al fracaso, sujeta a la miseria de la decrepitud.

 

El único miedo es no saber qué pasará con este frágil soporte carnal que lo sustenta todo, cuando la muerte llegue. Porque llegará. Llegará como castigo, pero también  como liberación.  En ese momento la fe sustituye con ventaja cualquier explicación. Se trata de un acto de fe que encierra una promesa, un simple acto que te ayudara a reunir todas tus fuerzas para partir hacia la otra orilla. Conozco  a los seres que no han saltado, criaturas transfronterizas que habitan un difuso limbo y cuyos llantos  y gritos de terror traspasan la noche. Sólo hace falta un oído atento y unos ojos acostumbrados a escudriñar la noche.

 

Sé que habito, todos la habitamos, una estancia contigua al mundo de los muertos. Antes de este tiempo, ocupé otras más lejanas y sutiles. Lo supe el día que murió mi madre y vino a despedirse. Era muy joven, llevaba un vestido blanco y una maleta antigua. Un tren llegaba; una multitud silenciosa abarrotaba el andén, donde un panel luminiscente señalaba “Stazione Termini”. Me asió de la mano y la acompañé hasta el vagón. La vi partir. Sé que ella, ahora, habita un mundo luminoso, muy cerca de Dios.

 

Hago míos los versos de F. de Quevedo: “Ya formidable y espantoso suena, /dentro del corazón el postrer día; /y la última hora negra y fría, /se acerca, de temor y sombras llena. /Si agradable descanso, paz serena, / la muerte, en traje de dolor envía, /señas de su desdén de cortesía: / más tiene de caricia que de pena. / ¿Qué pretende el temor desacordado / de la que a rescatar, piadosa viene / espíritu en miserias anudado? / Llegue rogada, pues mi bien previene; / hálleme agradecido, no asustado; / mi vida acabe y mi vivir ordene.” /.

 

Sigo caminando porque no puedo dejar de hacerlo, impulsado por un viento impetuoso. Esa oscuridad la he de traspasar con mucho sufrimiento, por todos los crímenes y abominaciones de la humanidad que son los míos, por todos los pecados del mundo, que son también los míos, por todo el daño que causé  y por todo el que me causaron, hasta hallar la claridad pura y sin mácula, el verdor de los valles y los ríos, las grandes llanuras y los ricos manantiales donde mana eternamente la leche y la miel.

 

domingo, 1 de diciembre de 2013

ASTURIAS, 1934


      
    Los hechos narrados son históricos; los personajes, lugares y escenas,    pertenecen al imaginario del autor.                    


     Llegaban a todas partes. Tras la revuelta de Octubre de 1934, el gobierno radical-cedista, en defensa de la legalidad republicana, desató en Asturias -en la autoproclamada República Socialista Asturiana, de inspiración bolchevique- una feroz campaña de represión militar, no sólo en los núcleos urbanos y fabriles, sino que, en persecución de los insurrectos, la legión se adentró por los más inhóspitos lugares de aquélla vertiginosa geografía, asaltando aldeas y poblados  y los humildes hogares de pastores y labriegos, a sangre y fuego.


     Ajenos a cualquier causa que no fuera la de la propia subsistencia, aterrorizados, quizás por alguna clase de sentimiento atávico, ante la presencia de la morisma, ignorantes de cuanto sucedía más allá de aquéllas breñas, desconocedores de las reglas del bandidaje y de la guerra, se sometieron sin mayor honor ni gloria, confraternizando con los dos bandos, poniendo una vela a Dios y otra al diablo, mientras el odio se iba adueñando de sus vidas.

     En el Concejo de Ponga, en los indefinibles lindes geográficos de las tierras asturleonesas, separadas por las imponentes murallas del Cornión y de la Sierra de Beza, allá por donde el río Sella, tras nacer en la Fuente del Infierno, se desploma, formando los insondables abismos del desfiladero de los Beyos, en donde la naturaleza se recrea ante su propia belleza, llegó a finales de aquél aciago año una sección de infantería, compuesta por cincuenta legionarios, al mando del teniente Churruca.
    
     La soldadesca, estaba formada, en su mayor parte, por gente veterana del tercio y algunos moros renegados, a los que acompañaban, además,  una docena de mostrencos imberbes, sin duda de los contornos, desertores del arado y de la aguijada, que se habían unido a la tropa para dar batida en los montes y en los rocosos cuetos, a lo poco que quedaba de una resistencia embrutecida, que asomaba de vez en cuando sus narices tras el rastro del ganado y del humo de los caseríos, y que sobrevivían como animales acosados en cuevas y cabañas, allá, donde ni los rebecos osaban encaramarse.

     Mi difunto abuelo, le recuerdo bien,  espigado,  mandíbula prominente,  ojos de un azul grisáceo, pelo entrecano, piel curtida y rala barba blanca, supérstite de la guerra del Rif, de infausto recuerdo, aquejado de rara afección, que él asoció siempre al simún, el aire cálido del desierto, pero que quizás fuera debida a los residuos del gas mostaza, de salud quebradiza, se dedicaba, en los largos períodos invernales, a la artesanía. De sus manos, grandes y delicadas al mismo tiempo, salían los útiles necesarios para las faenas del campo: los yugos para uncir los bueyes, los mangos de las hachas y las guadañas, los rastrillos para apilar la hierba, las madreñas, primorosamente labradas, los cuévanos y cestas, etc.

     Cada verano, cargaba su mula con los pertrechos necesarios para pasar una temporada  en los altos pastos, acompañado de su inseparable y fiel mastín, cuidando de un rebaño de ovejas y una docena de vacas del país: amaba la montaña y la soledad de sus cumbres, el movimiento de los astros en el cielo nocturno, el amanecer y el ocaso, los mares de nubes bajo sus pies, la niebla precipitándose en avalancha sobre los verdes valles. Transmitía la paz y el sosiego de una vida plena, acompasada al ritmo  circadiano, simple e inexorable del paso del tiempo.
   
     Mi abuela, cansado ya de parir su enjuto y menudo cuerpo, duro y resistente, tallado en madera de boj, atendía la humilde casa para sacar adelante la numerosa prole. Desde el amanecer hasta el ocaso, bregaba hasta quedar extenuada,  trabajando el huerto y sometiendo su espalda a la dura servidumbre de la azada, en una tierra esquilmada, donde, de la noche a la mañana, lluvias de escarabajos inundaban las sementeras, invernando bajo la tierra a la espera de depositar sus huevos en los tiernos brotes de la patata, o donde emergentes puntas de profundas, afiladas y blanquecinas rocas, retorcían las rejas de los viejos arados romanos.


      Otras veces, arremangada hasta los codos, con las manos hundidas durante horas en las frías aguas del lavadero, peleándose a brazo partido con la colada, golpeando la ropa con denuedo, retorciéndola con fuerza, apilándola amorosamente en un gran balde de latón, para colgarla después, al oreo de la brisa, en el tendal de la galería; o trasteando en la cocina, encendiendo la lumbre, preparando para el mediodía, el pote montañés, a base de frijoles y patatas, berza y embutidos y unos tasajos de carne, principal y más copiosa comida de la larga mañana.

     Tampoco era raro ver a sus hijos mayores acarrear la tierra, no muy abundante allí, desde la orilla del riachuelo, cesto a cesto y jornada a jornada, remontando la pendiente y depositándola al pie de la huerta, que se hallaba protegida y circundada por un alto muro de piedras apiladas y festoneada por dos o tres árboles frutales de prunos y manzanas, algún nogal, la inevitable y caprichosa higuera y los avellanos, para, tras la faena de la siembra, esperar, en el mejor de los casos, la parca cosecha de unos cientos de patatas, unas pocas fanegas de frijoles, una carretada de mazorcas de maíz, unas cuantas docenas de berzas y lechugas, cuatro varas de tomate y otras tantas de arvejos, cada cual en su tiempo y sazón, base de una dieta en que la leche y la cuajada, el queso y la mantequilla, los embutidos y cecinas y algún que otro huevo, eran todo el complemento. El cordero, de Pascuas a Ramos y el capón o la gallina en pepitoria, para las demás solemnidades.

     Tras los primeros escarceos, a la vista de que no se le perdía nada por aquellos andurriales, comprendiendo que aquellas pobres gentes nada tenían que ver con los revoltosos mineros filo-soviéticos de las cuencas del Nalón y del Caudal, el teniente legionario y su tropa llegaron a confraternizar con los lugareños, quienes les mantenían informados de los movimientos y los pasos de las milicias en su desesperada huída hacia León, a través de las montañas, donde se hicieron fuertes durante algún tiempo, en un vano intento de conectar con grupos anarquistas de la F.A.I.

     Contribuía a ello la escasa predisposición del paisanaje a soportar las continuas, aunque comprensibles, batidas por los diversos pueblos a la requisa de víveres, siendo objeto de denuncias por hurto y rapiña, ya que, además, desaparecieron, dicen, la mayor parte de los objetos sagrados de oro y plata de las iglesias, formando parte de  un botín, que se hallaría escondido, a decir de los viejos del lugar, en algún rincón de la famosa cueva de "Les Encantaes", sima profundísima de muy difícil acceso y observación.
     Historia o leyenda, me consta una expedición, a finales de los sesenta, de un grupo francés, en la que falleció ahogado uno de los espeleólogos, en una de sus invisibles, cristalinas y heladas pozas, siendo noticia en el diario comarcal Auseva; y otra española, allá sobre mediados de los setenta, en la que pereció otro, debido a la inhalación de gases acumulados en el segundo nivel.

     Ignoro si conocían los presuntos hechos o, simplemente, les condujo allí un afán investigador o puramente deportivo, siguiendo los pasos de D. Paul Labrouche, el Conde de Saint-Saud, D. Pedro Pidal (Marqués de Villaviciosa), y otros grandes pioneros de los Picos de Europa y el pre-Cornión.

     Eran tiempos difíciles y duros en los que el instinto de supervivencia marcaba todas las acciones y pautas de comportamiento. Nadie se fiaba de su vecino, ni de sus familiares, y eran muy frecuentes las traiciones y las denuncias, sin mayor recompensa que la  propia salvaguarda.

     Aquél pequeño ejército bregado en mil batallas, a duras penas conseguía mantener la disciplina, siendo habituales y crueles los castigos con sacos terreros, bien por los excesos en la contienda o por mala conducta. Los moros se llevaban siempre la peor parte, hostigados frecuentemente por los soldados de su propio bando, a menudo desertaban, sucumbiendo en los montes y bosques, ateridos, paralizados por el frío y despedazados por los lobos.     

     Soldados durísimos, hechos y derechos, con oficio y temple, sin ningún tipo de escrúpulo a la hora del combate, que tras jornadas agotadoras de caminata, sin más beneficio que el mezquino rancho de lentejas en las que sobrenadaba algún  tasajo de magro o un pedazo de tocino entreverado, la más de las veces rancio y una raquítica paga de dos pesetas diarias para atender el vicio del tabaco y para alguna que otra botella, aún les quedaba cuerda para gallardear con las mozas y menos mozas, pelearse en la cantina o, tras una noche de francachela , sin dormir apenas, levantarse sin pestañear al primer toque de corneta. Auténticos novios de la muerte, que exhibían sin pudor toda su bestialidad y rudeza y frente a los cuales nada podía hacer, salvo rendirse, cualquier columna de dinamiteros sin experiencia en el  oficio de la guerra.

     Llegado el invierno y cuando las primeras nieves cubrían los caminos y las encabritadas crestas, la vida en las aldeas se reducía a las tareas más imprescindibles. A menudo, a dar de comer a los animales y a las labores de ordeño y acarreo de leña. El resto del tiempo, a partir de las cinco, junto al hogar encendido, se contaban viejas consejas o leyendas de brujas y endriagos, ante las miradas soñadoras y somnolientas de los más pequeños de la casa, mientras que los paisanos jugaban a la brisca en la cantina del molino viejo, matando el gusanillo a golpes de aguardiente y liando cigarrillo tras cigarrillo.

     A las siete, la cena, a menudo una sopa de ajo y las sobras del mediodía, un poco de queso o pan con mantequilla. A las nueve en la cama, para levantarse con el canto del gallo, sobre las seis de la madrugada.

     Los soldados habían desaparecido una mañana de improviso, tras encontrar el cadáver del teniente Churruca con la frente hundida, quebrados brazos y piernas, cubierto el cuerpo por la nieve y medio devorado por las alimañas. Quizás un resbalón inoportuno en el hielo tras una noche de cortejo y algunas copas..., quién sabe. Fuera lo que fuere, sin su mando natural, el brigada Fernández Cuadriello no supo hacer otra cosa sino, como procedía, dar parte a sus superiores, ordenándole estos su inmediata vuelta al cuartel de San Juan, para iniciar las pesquisas.

     Este suceso trajo muchos comentarios, dimes y diretes aquél día y los sucesivos, no faltando quien señalara como causante a “el Roxu”, hijo del alcalde de una aldea cercana, quien había mantenido días atrás, públicamente, en la cantina, una disputa con el militar, por asuntos de faldas.

     Lo que resultó patente, cuando, en una despedida borrascosa, que duró hasta el alba, con el billete en la mano para el barco que le llevaría desde Santander a la Habana, entre las brumas del aguardiente, confesó el valentón, ante algunos camaradas, haberle empujado desde un cantil, cuando bajaban borrachos ambos, uno a su barracón y el otro a seguir con su juerga, ya en un clima de abierta insurrección, donde nadie ocultaba sus fechorías y en el que media España reivindicaba el derecho a matar a la otra media.

     Tras él se fueron otros, a los que no les faltó el dinero ni la ocasión, por distintas causas. Y bien que hicieron, ya que, apenas año y medio después, estalló la contienda civil.

      Entre los que se quedaron, y pudieron vivir para contarlo sin asomo de rencor y que, con limpieza de corazón, ejercitó la caridad y conmigo, también, su santa paciencia, se hallaba la que en el futuro sería mi madre, que conoció, siendo niña, aquél horror. A ella, desde el amor perenne -centro vivo y llagado de mi espíritu- van dedicados estos recuerdos de la amnesia colectiva. In memoriam.