jueves, 22 de agosto de 2013

¡ELOHIM ..., ADONAI!


Por Gregorio Torre

 
       
     Cercado por los enemigos de la luz, esos monstruos temibles de la imaginación, cabalga el sueño, caballero de valeroso corazón, inerme criatura dispuesta a batirse con la muerte.

 

     Mil derrotas ha sufrido, más gallardo y desafiante se levanta una y otra vez del polvoriento suelo, con los ojos encendidos de razón, con el alma sedienta de verdad y de justicia. Mandobles fieros reparte a diestra y a siniestra, contra invisibles enemigos que amenazan con destruirle tomando los últimos reductos de su fortaleza…

 

     ¡Elohim, Elohim! ¿Porque me has abandonado? Yo, tu obra más perfecta, me siento traicionado. Quise a ti igualarme, es verdad, pues de ti soy viva imagen y tanta semejanza en ti hallo. Mas tu respuesta fue humillarme, me condenaste –ciego de ira- a la muerte y a la esclavitud, a la oscuridad y al hambre; me retiraste tu saludo y de mi te ocultaste.

 

     Vagas promesas…, oscuras alianzas a través de los sueños de los videntes y de las palabras veladas de los profetas, e incumplidos compromisos. Poco a poco fuiste de mi alejándote; escasearon tus visitas, y luego, por siempre, me abandonaste a mi sino frágil, a la segura muerte, anticipo de una anunciada vida eterna, de donde nadie regresa,  en la gloria o en el infierno, a la ventura de tu postrer Juicio.

 

     Pasaron las eras acompañado siempre por el borroso recuerdo de tu luenga barba, de tu gigantesca estatura.., la luz que te envuelve y que de ti emana. Tropezaron mis pies con el pulgar de tu píe y caí de bruces al suelo; levanté mis ojos hacia los tuyos con signo interrogativo, nos dimos la espalda y seguimos cada cual por nuestro camino. Tu por el tuyo, sin pronunciar una sola palabra; yo, por el mío, henchido el pecho de soberbia y encogida el alma de aflicción.

 

     Juro que no hubo en mí acto de malicia alguno; por amor quise imitarte. Me expulsaste del verde Edén, me arrojaste a la negra oscuridad, azuzaste contra mí a las fieras del campo que antes me servían, en una tierra esquilmada y peligrosa, llena de abrojos y de espinas ¡Cuánto dolor, cuánta hambre! Hasta que aprendí, desvalido, a usar mi inteligencia y mi coraje.

 

     Caminé por mucho tiempo con pasos vacilantes, procree y te ofrecí mi fruto, el de mi descendencia, y las parcas primicias de mis pobres cosechas, mis abluciones y sacrificios.

 

     Levanté hacia ti la punta de mis pirámides, construí templos e imperios para mostrarte mi poder, y esclavicé a mis semejantes. Te ofrecí mis victorias en holocausto, para llamar tu atención, para despertar tu piedad, para, humillándome, ensalzarte.

 

     Mas hoy en esta noche horrenda del alma atormentada, he decidido desafiarte. Te he acechado en la sombra con los sentidos en trance; he escrutado en las estrellas el rumbo de tu creación; y he comprendido, por fin, cuan lejos de mi estás y cuan cerca de ti me hallo ¡Tiempo al tiempo y verás mi rostro frente a tu faz!

 

     Cuando ello ocurra, Elohim, oirás mi voz, descubrirás en el cielo un haz de fuegos artificiales, una gigantesca llamarada que revela la pira del último holocausto. Contemplarás el fruto de mi creación, un hombre nuevo y arrogante al que no pondré límite ni fecha de caducidad, para disputarte el Universo; libremente, desprovisto de tu memoria, amará a su creador, crecerá se multiplicará y poblará los cielos y con su semilla transformará los inhóspitos mundos. Después descansaré contemplando mi gloria.

 

     Quizá para entonces, Elohim, mi señor y creador, te halles viejo y cansado; quizá, Elohim, ni siquiera te acuerdes de mi; quizá, Adonai, ni haya llegado a ti, nunca, noticia alguna de mis gestas, ni de los sacrificios de millones de almas que mis manos generosas, en perpetua oblación, te han  ofrecido y que, en silencio, han ido en tu búsqueda musitando tu nombre, implorando tu perdón.

 

     Una voz como de trueno retumbo en mi corazón: — ¡Despierta, hijo, despierta, olvídate de ese sueño, no se convierta en pesadilla! Me recuerdas al hombre que tuvo una espléndida cosecha y derruyó sus viejos graneros para construir otros más grandes, descansando satisfecho en la creencia de tener su futuro resuelto. ¡Recapacita, aun estás a tiempo! No te diga yo como a aquél: “Necio, no pasarás de esta noche, antes del amanecer del nuevo día te pediré la vida”—.
  

martes, 20 de agosto de 2013

La Tierra ..., 200.000 años atrás.


Por Gregorio Torre 
  

     La Tierra…, doscientos mil años atrás, un planeta prácticamente dominado por las aguas de un océano grandioso, tachonado por una miríada de islas, lenguas de tierra casi imperceptibles, llanuras emergentes al nivel del mar, terrenos lacustres y selváticos de un único y gran continente, la mítica tierra de Mu, la Atlántida,  paraíso perdido en la ruta de las estrellas, colonia fundada por navegantes procedentes de la otra orilla del cosmos.

 

     La Luna, cercana y amenazante, presente día y noche en los sueños de aquellos seres, rotación circular en el plano ecuatorial; enormes mareas bajo el influjo de su fuerza gravitatoria; excavaciones mineras a lo largo y ancho de su superficie; transporte de enormes cantidades de selenio y diorita; extracción del oricalco.

 

Un verdadero ejercito de esclavos de diferentes categorías, creados como mano de obra más barata que las costosas y, con el tiempo, obsoletas máquinas y robots, traídos de los mundos acuáticos de Vega, difíciles de sustituir, al contrario que las auto reproductoras criaturas obtenidas por la simple y barata manipulación genética.

 

     Una colonia en el espacio compuesta por gigantes viajeros y descubridores, enviados por sus superiores al extremo remoto de la Vía Láctea, con un mandato único, poblar un universo, donde aparentemente nada ocurre, pero en el que, miles, millones de astros son creados cada día y donde otros tantos desaparecen engullidos, precipitándose sin cesar en el Gran Remolino, enorme maelström, obscuro vórtice atractor  de toda materia creada, que se halla justo en el centro de la galaxia, allá donde, obviamente, más alta concentración de estrellas se observa.

 

     Estos remotos creadores de la humanidad, cometieron el error de subestimar a los seres de cuya esclavitud se beneficiaron. Con el tiempo -tuvieron que pasar miles de años- llegaron a cohabitar con ellos, dando lugar a una nueva subraza, los gigantes hiperbóreos o atlantes, geniales constructores de templos y ciudades y de las pirámides de Gizeh – representación exacta y proporcional del triángulo celeste formado por Vega –cuando esta ocupa el lugar de la estrella polar (Ursa minoris)-, Altair y Deneb, su remoto lugar de procedencia; se sintieron, a medida que transcurrían las generaciones, más identificados con sus criaturas, pues les resultaba ya insufrible y gravoso someterse a las órdenes de sus superiores y a su rígida disciplina.

 

     Comenzaron a disfrutar de los, para ellos, desconocidos placeres del sexo, tuvieron con ellas hijos muy queridos y sintieron la enorme fuerza del amor que expiramos los mortales, y también el odio y los impulsos destructivos que nos lanzan a unos contra otros. Se sintieron vivos, y, sometidos por los sentimientos, abdicaron de su cultura, y de su condición, renegando de su pasado y origen, estableciéndose de forma definitiva en nuestro mundo.

 

     Ello, con el tiempo, originó una progresiva decadencia de su material genético, causante de monstruosas deformaciones, origen del castigo y de la destrucción ordenada por sus superiores.

 

     Episodios narrados en las mitologías y en las epopeyas con el balbuceante lenguaje de una raza, semejante a la nuestra, que empezaba a caminar en libertad, y donde, transcurridas las centurias, los más inteligentes o fuertes, esclavizaron a los más débiles; pues la esclavitud era signo de superioridad y de fuerza, recuerdo de épocas pasadas, en las que unos seres de sangre fría y sin alma, los habrían, de la nada, engendrado.

    

     De aquéllas guerras finales anteriores a la gran calamidad que habría de abatirse sobre el planeta en forma de inundación y de la heroica defensa que de sus vidas hicieron los atlantes, datarían las hermosas y antiguas leyendas.

 

     Mas, vayamos al lado oscuro de la luna, donde los hangares, las pistas de aterrizaje y los restos de las enormes astronaves y trenes espaciales, quedan como mudo vestigio, recubiertos por la espesa capa de polvo de mil explosiones, cicatrices de otras tantas batallas, libradas para extinguir a los rebeldes de la faz de un mundo, defendido con uñas y dientes, brazo con brazo, unidos en un solo gesto, los humanos y la subraza de los atlantes, herederos de los originarios viajeros de Vega, que habían traído la civilización, que crearon al hombre tal como es hoy, y que por amor a sus hijos habidos del comercio con los humanos, no dudaron en enfrentarse a sus superiores, pues descubrieron que, en su frío mundo de origen, no eran más que clones de clones, especializados en viajes interestelares, seres capaces de vivir mas de mil años, sin siquiera atreverse a levantar una ceja de desaprobación, sin conocer ni la risa, ni el llanto, ni el amor, ni el odio.

 
     Después, al alejarse la luna, y descender, poco a poco, el nivel de las aguas, fueron emergiendo nuevos territorios, vastos continentes, donde a los largo del tiempo se habrían escrito, como este, otros y parecidos capítulos, acumulándose unas historias a otras hasta conformar un corpus de leyendas, que, con parecidas palabras y signos, narran hechos similares: intrépidos navegantes celestiales, que de cuando en cuando nos visitan, seducidos por la sobrenatural belleza de Gaia.