jueves, 18 de abril de 2013

EL VIEJO LUTHIER

EL VIEJO LUTHIER
Gregorio Torre Rivero

 

      En el rústico letrero de madera, que había visto desde lejos, pude leer al acercarme la palabra “Artesanos”. Y señalaba una dirección. Agotado por la caminata, llegué a aquél lugar sin salida: una especie de fondo de saco, ocupado por una vieja casona de dos plantas, un cobertizo de tejavana y un pequeño corral, donde dos enormes marranas dormitaban a la sombra de una robusta higuera. En una caseta de troncos, un viejo pastor alemán amarrado a una larga cadena, se sacudía las pulgas. Me recibió un anciano, alto y enjuto, de tez ferruginosa, con una punta de cigarro puro encendida en la comisura de los labios, Sus ojos eran expresivos y su mirada huidiza y febril se escondía tras unos destartalados anteojos.

 
 
      Me ofreció un refresco y lo acepté de buen grado, pues entre el aplastante calor de la canícula y la escasa provisión de mi cantimplora, me venía de perlas para hidratarme un poco y reponer fuerzas. Me había acercado con el propósito de rellenarla de agua y para ver si alguien me podía indicar el camino al pueblo más cercano, sin necesidad de cruzar el bosque. Me senté a descansar un rato sobre una cómoda pero mugrienta mecedora en el zaguán, mientras deglutía aquella bebida con sabor a naranja. No era lo mejor, pensaba yo, pero, al menos, estaba helada y muy dulce y eso me iba a proporcionar un poco de energía para seguir mi camino.

 

      Hacía ya el ademán de levantarme, cuando le vi llegar con un humeante plato, que depositó sobre una desvencijda mesa, al lado de un cenicero rebosante de colillas. El contenido parecía apetitoso, huevos revueltos y chorizo casero frito en grasa de cerdo y un buen pedazo de pan de hogaza. Acepté la invitación pues sentía hambre y tenía una pinta buenísima; así que me dispuse a arremeter con voracidad sobre aquellas delicias. El empinó el codo; su nuez o bocado de Adán, encajada en aquel flaco y nervudo cuello, subía y bajaba a intervalos, mientras bebía vino de un porrón a la usanza campesina. Me lo acercó e hice lo propio. Era un vino peleón, rojo y recio como la sangre, pasado de graduación.

 

      Le agradecí al viejo su amabilidad; los huevos y el chorizo estaban de muerte. Volvió a beber; me invito a pasar a su taller y entré. Era una nave sucia y polvorienta, de paredes desconchadas, iluminada por tubos fluorescentes. Albergaba una buena colección de instrumentos musicales: violines, violas, laúdes y guitarras, ello junto a dos antiguas escopetas y otra más moderna de caza, colgadas de herrumbrosos clavos y un enorme televisor de pantalla plana, quizá su único entretenimiento.

 

      Llamó mi atención una larga hilera de bombos y tambores de distintos tamaños, dispuestos sobre viejos estantes. Sobre el banco de trabajo, se hallaba uno de ellos, al que el viejo artesano, seguramente, estaba dando los últimos retoques. Pasé mi mano por el parche y me sorprendió la suavidad de la piel y su tersura.

 

      Miré por una ventana que daba a la parte trasera del cobertizo y pude ver que el anciano no vivía solo, sino que compartía la casa al menos con otra persona, un hombre más joven, de unos cincuenta años, grueso y de mediana estatura que, extrañamente, se parecía al tendero del ultramarinos de mi barrio, sólo que con el rostro y el aspecto propio de los campesinos curtidos bajo el sol y la intemperie. No podía enterarme de qué discutían, pues en aquél lugar había una máquina, probablemente un alternador, funcionando a toda potencia, junto a un viejo arado de vertedera y un pequeño tractor aún en funciones, según colegí con solo mirar sus grandes ruedas cubiertas de tierra reseca en sus acanaladuras.

 

      El otro hombre, estaba enfrascado en abrillantar y pulir la superficie de una delicada flauta de color céreo y pátina de vela vieja. Sobre los anaqueles, al igual que en el interior, se amontonaban centenares de ellas de diversos tamaños y distinta factura, teñidas en negro brillante o caoba.

 

      La discusión terminó con un tirón de orejas. El viejo, casi le arranca una junto con parte del cuero cabelludo. Después entró en el taller y excusándose por la tardanza, me dijo que, si quería, podía quedarme, pues tenían habitación, pero que, si no, había convencido a su hermano para acompañarme hasta un camino al final del cual, teniendo cuidado de no tomar desvíos o bifurcaciones, podía llegar al pie de una carretera comarcal y virando a la derecha, cuatro kilómetros más abajo, a un pequeño hostal, con toda clase de “lujos”, añadió, subrayando la palabra y guiñando un ojo picarón.

 

      El hermano entró a su vez y se ofreció insistentemente, a pesar de mi reiterada negativa, a guiarme hasta la carretera. Al final accedí; me habían agasajado con su hospitalidad y no quería agraviarles; así que, tras llenar mi cantimplora en el grifo y guardar en mis bolsillos dos puñados de almendras y avellanas que el viejo me regaló, me ajuste la pesada mochila a la espalda. Estaba deseando llegar a aquél lugar para tomar un buen baño y descansar en una mullida cama. Él se echó la escopeta al hombro y guardó cuatro cartuchos en un morral —a ver si se me cruza algo para hacer el pote—, exclamó, por toda explicación.

 

      Llevábamos ya un largo trecho caminando y le pregunté si aquella era tierra de conejos y si cazaba sin perros. El me respondió: —de conejos no, de liebres, que tienen mejor sabor; y para qué alimentar una boca más; odio a los perros; tengo todavía dolores en las cicatrices que los colmillos de Zatlan, ese bastardo de pastor alemán y gos d´ atura, dibujaron en mi pantorrilla izquierda. Poseo buena vista, buena puntería, buen olfato y no se me escapa ni una—. Una bandada de torcaces levantó el vuelo de entre las encinas y carrizos cercanos a un pequeño humedal, pero el hombre ni se inmutó, supongo que no le gustaban las aves tanto como aquellos lepóridos.



      Un rojo sol se ocultaba tras los altos roquedos del carrascal; las cigarras con su canto adormecían la tarde en brazos del ocaso. El paisano iba detrás; su largo silencio comenzó a inquietarme, así que aceleré el paso. —Pare, pare, que el tabaco me está matando—, me gritó. Y me detuve. El echó de improvisó la escopeta al rostro y apuntándome a los genitales efectuó un solo disparo. Algo iba mal, debió pensar, y temblando como una hoja, sacó dos cartuchos del morral, cayéndosele uno al suelo; no le di tiempo a más, me abalancé sobre él y le hundí mi cuchillo de monte en el pecho a la altura del esternón, que crujió con el sonido de dos nueces que se aplastan la una contra la otra, quedando tendido en el suelo entre estertores y convulsiones, con los ojos abiertos y una mirada de sorpresa infinita, mientras su vida se vertía por la comisura de los labios.

 

      Luego, recogí del suelo la escopeta y los cartuchos y la cargué. Había tenido yo la feliz ocurrencia, mientras ellos discutían, de examinar las escopetas: dos no tenían munición pero ésta si -posta gruesa- así que me la guardé en el bolsillo, por pura precaución, pues soy algo temeroso, aunque, a veces, también temerario. Me sorprendió que el paisano dijera que iba a cazar liebres ¡Cazarlas o pulverizarlas, con un disparo hubiera podido abatir un jabalí a veinte metros de distancia! Introduje las manos en los bolsillos de su raída chaqueta de pana y hallé una navaja bandolera de carraca. Una pieza de museo. Me había quedado pensativo y absorto preguntándome sobre porqué me había apuntado a mis partes pudendas, pero ahora, tras el hallazgo, supe, de no haber estado listo, la muerte que me hubiera esperado.

 

      Desanduve el camino; el viejo artesano esperaba cualquier cosa menos mi visita, ¡Tan confiado estaba!. Entré por el cobertizo y sigilosamente abrí una puerta que, tras bajar unos pocos escalones, daba a un sótano. Allí estaba al mando de una máquina de coser. No me vió llegar y, cuando lo hizo, dio un respingo y se revolvió en su asiento como si se le hubiese aparecido el diablo; intentó alcanzar una larga y puntiaguda lezna; le disparé a corta distancia y salió impelido hacia tras en su silla de ruedas unos cuatro metros. Y le vino a visitar la negra muerte.

 

      El sótano olía a cadaverina. Hallé restos humanos por todas partes: calaveras, omóplatos, clavículas, caderas, tibias y peronés, fémures, húmeros y piel, montañas de piel humana colgada con pinzas de madera sobre improvisados tendales de alambre y depositadas también en enormes baldes de latón, cubiertos de una sustancia serosa de penetrante olor. No quise ni pensar a quien de aquellos infelices pertenecía el embutido que había comido esa tarde. Delicioso, por cierto. Aparte de las comprensibles náuseas, me invadió una imperiosa necesidad de orinar y lo hice contra un muro durante un largo y calido rato.


 
      Llamé a la policía, pero, inexplicablemente, era yo quien escuchaba el zumbido insistente del teléfono ¡Estaba sonando el despertador!. Y me dije para mis adentros, tras tomar conciencia: ¡No tengo remedio, una más de mis estúpidas pesadillas, y el pijama otra vez mojado! Y no pude por menos que pedirle perdón a Dios por los pecados que se me ocultan y por los crímenes cometidos en mis sueños.


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