lunes, 11 de marzo de 2013

EL FINAL DE LOS TIEMPOS


I
 
EL ACCIDENTE

 
            La caída desde el puente le dejó aturdido durante unos segundos; se fue hundiendo lentamente en el río, atrapado en el interior de su vehículo. Dominado por el pánico intentaba liberarse del cinturón, observando desesperadamente como, tras deslizarse por una falso fondo, caía hacia un lecho más profundo, quedando recostado en el limo sobre el lateral opuesto a su asiento; se dio a sí mismo cinco minutos de vida; el agua comenzaba a filtrarse  e inexorablemente iba inundando el habitáculo; desenfundó su pequeña y vieja Browning nueve milímetros, efectuando un solo disparo sobre la luna trasera, al mismo tiempo que con el brazo izquierdo protegía cara, cuello y torso  de las esquirlas de cristal que, fragmentado en mil pedazos, volaban en derredor a velocidades supersónicas.

             Mientras Un torrente impetuoso anegaba el vehículo, aspiro profundamente,  guardó el arma en un bolsillo de su cazadora y cogiendo una pequeña mochila del asiento trasero, tomó impulso deslizándose afuera; el agua estaba helada; con los pulmones a punto de estallar por la presión alcanzó la superficie y en unas pocas brazadas  la  accesible orilla opuesta.

             Caía la noche y las lejanas  luces de la ciudad teñían de naranja y azul cobalto el horizonte. Recuperó el aliento, sus fuerzas se hallaban al límite. Sintió un reguero de sangre caliente, discurrir por su brazo izquierdo, un pequeño cristal puntiagudo se había incrustado en el brazo izquierdo a la altura del hombro. Abrió su mochila, sacó su pequeño botiquín de supervivencia y, tras extraerlo con unas pinzas con sumo cuidado y claras muestras de dolor, desinfecto y curó la pequeña herida,  cerrándola con cuatro puntos de sutura, adhiriéndole, por último, un apósito con una pomada antibiótica.

             Una fina lluvia comenzó a caer, se había levantado aire, un aire húmedo y pegajoso, tiritaba de frío; se hallaba en un camino que  discurría por un bosque de ribera. Busco refugió bajo las ramas de un viejo álamo.

             Rápidamente de su mochila extrajo una cajita estanca, con los útiles necesarios para improvisar una hoguera. Utilizó una pastilla de alcohol encendiéndola con una chispa de su pedernal. Los árboles más cercanos a la corriente suelen tener parte de sus raíces al descubierto, a menudo se forman oquedades en sus troncos y estas contienen restos de corteza, ramitas, hojas secas  y madera en descomposición. En rápidos movimientos hizo acopio de una buena provisión de materiales con los que alimentar el fuego. Acto seguido, tras proteger la hoguera con piedras apiladas, que recogió de la orilla,  extendió una cuerda, anudándola entre dos árboles con sendos nudos ballestrinque a unos ochenta centímetros de altura, y sobre la misma dispuso un tarp cuyos cabos sujetó al suelo mediante picas, a modo de canadiense, proporcionándole un cómodo refugio donde protegerse de de la lluvia y del aire.

             Instalado el provisional campamento, se despojó de su ropa mojada, depositándola al calor de la hoguera; extrajo de un sobre sellado una manta térmica y, envolviéndose en la misma, acurrucado, fue recuperando el calor necesario para desentumecer sus agotados músculos. Luego, hirvió en un pequeño recipiente de aluminio que depositó sobre unos rescoldos, la tercera parte del agua de su cantimplora, añadiendo a la misma el contenido de un sobre de sopa de fideos liofilizada con pollo al curry; tras tomarla bien caliente, volvió a hervir un poco más para prepararse un té con azúcar que consumió a pequeños sorbos, acompañándolo de unas galletas;  y notando ya en su cuerpo una reconfortante energía, se dispuso a dormir sobre el mullido suelo formado por una espesa capa de hojarasca otoñal, bajo la cubierta del tarp.

              Había estado a punto de morir en un estúpido accidente, consiguiendo salvarse de forma milagrosa, gracias a su buena estrella y su instinto de conservación y no podía por menos que dar, por ello, gracias a Dios.


            Era un tipo metódico, que no dejaba nada al azar; en los últimos tiempos se había obsesionado con los problemas derivados de la supervivencia en entornos hostiles: se preparaba para cualquier desenlace, ya que era de los que esperaban que algún desastre natural o provocado nos dejaría inermes e indefensos ante la furia de elementos o fuerzas descontroladas.
 
             Cuatro días antes del incidente, se hallaba realizando los últimos preparativos para mudarse de casa y del lugar habitual de residencia; había comprado a buen precio, tras vender su piso en la ciudad, una vieja casona en la montaña, en un paraje aislado y boscoso, trasladando allí la mayor parte de sus pertenencias con gran acopio de víveres. Éste era el último de los viajes; en el maletero llevaba tres bolsos repletos de ropa y otros enseres y pertenencias personales y una mochila grande con sus pertrechos para travesías.  Necesitaba dormir y reponer fuerzas. Más antes de caer rendido por el cansancio y el sueño, ideó la forma de rescatar dicho equipaje del fondo del río.

             Pensaba en su mujer y en sus hijos, el uno en New York, felizmente casado, con un buen trabajo en una empresa multinacional, que ya le había hecho abuelo por dos veces, pero sobre todo en su hija, la cual había regresado al hogar tras un corto paréntesis de vida independiente, frustrada la experiencia por su situación de desempleo y consiguiente imposibilidad de subsistir por sus propios medios.

            Ellas eran las únicas personas que se habían tomado en serio sus preocupaciones, pues el resto de la familia se reía de sus “neuras”; pensaban que era un tipo raro y paranoico con tendencia a la fabulación. Vivian despreocupados, sin tomarse nada en serio, apurando hasta las heces la vida disipada y decadente de una sociedad que no hallaba freno, sumida en el hedonismo y la inmundicia, incapaces de entender que el mundo había cambiado de forma drástica y que se encaminaba de forma inexorable a su autodestrucción y  ruina.

            Allá, en la vieja casona,  le estaban esperando en compañía de su pareja de mastines leoneses, entretenidas ambas en adecentar y limpiar las estancias, en desempaquetar, ordenar y almacenar útiles, herramientas, enseres y provisiones.

            A la mañana, con el amanecer, encendió una hoguera, extrajo de su mochila un rollo de diez metros de cordino  de unos ocho milímetros de grosor y su cuchillo de monte; ató un extremo a una raíz semihundida en la orilla, y  anudando el otro cabo  a su cintura se lanzó al agua.

            Afortunadamente el lugar era un remanso de aguas cristalinas, por lo que divisó su vehículo sin dificultad. Descendió los escasos cuatro metros que le separaban del fondo; el maletero estaba semiabierto como consecuencia del golpe; forcejeó hasta abrirlo por completo y extrajo los bolsos y la mochila; introdujo la cuerda por las asas y emergió rápido por donde hacia pie;  tiró de ella y los bultos fueron subiendo a la superficie, sin dificultad, arrastrándolos a continuación hasta la orilla.

             Se secó con una pequeña toalla y dispuso alrededor del fuego las bolsas de ropa y la mochila; se vistió; la ropa aún conservaba restos de humedad; se acercó al fuego y vertió en el cacillo agua de su cantimplora, añadiendo te una vez hervida, que consumió junto unas  barritas energéticas, a modo de desayuno.

             Sobre el horizonte, aun plagado de luminarias, el resplandor de las primeras luces crepusculares teñía de  rojo y amarillo el cielo; el sol, se levantaba tras las sierra. Era un paraje campestre de la provincia de Madrid, pintado de ocre siena tostado al sol, no distante más allá de cuarenta  kilómetros de la capital; aquélla noche se había cruzado en su camino una piara de jabalíes;  intentó esquivarla y se precipitó al vació. El resto  ya es historia.
 
(Continuará)