domingo, 8 de diciembre de 2013

TIEMPO DE LUCES

Por Gregorio Torre Rivero
 

     Veía luces. Eso es verdad. Estoy intentando recordarlo con todas mis fuerzas. Fue allá por los días de mi niñez, entre los ocho y los doce años.

 

Caminos solitarios de una remota aldea de montaña. Las luces muy brillantes y de muchos colores; cada una de ellas con vida propia, girando y moviéndose con rapidez por encima de mi cabeza o frente a mí, acercándose y alejándose, como si se tratara de un juego.

 

Tuvieron que pasar muchos años para que yo descubriera en los libros de física la estructura de los átomos. La verdad, es que no había nada más parecido que eso a aquellas luces de mi infancia.

 

Aquellas luces salían a mi encuentro; de haberlas seguido me hubieran llevado a algún lugar recóndito, sabe Dios con qué propósito.  Tuve miedo. Crecí y dejé de verlas, por lo que colijo que debe tratarse de una visión asociada a cierto estado de inocencia o pureza original, de existir tal cosa. 

 

Podría decirse que yo, dada mi flexibilidad y potencia muscular concentrada en un cuerpo pequeño y enjuto, destacaba en gimnasia. Mi intuición y mi ausencia de miedo en los saltos me hacia volar por encima de los aparatos, describiendo por el aire volteretas y otras figuras. Entre ellas la del ángel, en la que me detenía en el aire como en un estado de suspensión, ante el asombro de mi profesor, que siempre me decía, “se me ha erizado el cabello, viéndote volar”.

 

Lo cierto es que volaba. Lo había constatado empíricamente. Todo comenzó tras las visiones de las primeras luces, con una carrera rapidísima por un prado cuesta abajo. No se lo que me indujo a correr por la pendiente. Si, una voz interior: el salto fue magnífico; libré un seto sin dificultad, pero también el camino y otro seto situado en un prado más abajo, para terminar cayendo sobre un mullido colchón de ortigas, de donde me levante sin una roncha y sin un mal dolor.

 

Impulsos ciegos como aquél, hubo muchos a lo largo de aquellos años y el resultado el mismo. Los saltos eran cada vez más espectaculares. Luego cuando, de noche, en lo oscuro de mi habitación, los reproducía en mi mente, mediante una retroproyección eidética, pude constatar como miríadas de aquellas luces me acompañaban por el cielo. Mi secreto, pues, debía vivir sólo conmigo.

 

El que, sin duda, hubiera sido el último salto no lo di. Sentí miedo porque aquéllas voces, entremezcladas con otras en confuso guirigay, que susurraban a mi oído incitándome, no las había escuchado nunca. El salto era imposible, se me ofrecía un abismo con la promesa de que al otro lado hallaría la inmortalidad.

 

En décimas de segundo aparecieron ante mis ojos las sombras espectrales de mis padres, mis hermanos y mis amigos muertos y no me resigne a perderlos. La oferta la rechace de plano.

 

Luego vinieron tiempos de espanto que atormentaron mi vida, visiones terroríficas que perturbaron mis sentidos y que, por poco, no consiguieron arrastrarme, a través de torbellinos de locura, al lugar de las almas escindidas, donde no existe la luz y tampoco el descanso. Fue la época de los sueños omniscientes, que trastornaron mi existencia para siempre.

 

De ese laberinto, también se sale. Vives sabiendo que nada conoces sobre ti, ni sobre el mundo; descubres que todo nuestro pobre saber nace de la desesperación. De las ansias, del deseo de Absoluto. Que la  verdadera sabiduría consiste en una purificación de ese deseo no como fin en sí, sino como paso previo al desprendimiento de todo cuanto eres y de todo cuanto posees. En eso consiste el Amor. Desde tu pequeñez y finitud intuyes que, quizá, esta vida que vivimos no es más que una mera apariencia de la realidad, un perfecto holograma y que la vida de verdad se desarrolla en tu interior, cuando traspasas los límites, has perdido tus temores y dejas que tu corazón y tu mente te transporten, dejando por unos instantes las fronteras de tu cuerpo material, el envoltorio de una vida aherrojada al sufrimiento y al fracaso, sujeta a la miseria de la decrepitud.

 

El único miedo es no saber qué pasará con este frágil soporte carnal que lo sustenta todo, cuando la muerte llegue. Porque llegará. Llegará como castigo, pero también  como liberación.  En ese momento la fe sustituye con ventaja cualquier explicación. Se trata de un acto de fe que encierra una promesa, un simple acto que te ayudara a reunir todas tus fuerzas para partir hacia la otra orilla. Conozco  a los seres que no han saltado, criaturas transfronterizas que habitan un difuso limbo y cuyos llantos  y gritos de terror traspasan la noche. Sólo hace falta un oído atento y unos ojos acostumbrados a escudriñar la noche.

 

Sé que habito, todos la habitamos, una estancia contigua al mundo de los muertos. Antes de este tiempo, ocupé otras más lejanas y sutiles. Lo supe el día que murió mi madre y vino a despedirse. Era muy joven, llevaba un vestido blanco y una maleta antigua. Un tren llegaba; una multitud silenciosa abarrotaba el andén, donde un panel luminiscente señalaba “Stazione Termini”. Me asió de la mano y la acompañé hasta el vagón. La vi partir. Sé que ella, ahora, habita un mundo luminoso, muy cerca de Dios.

 

Hago míos los versos de F. de Quevedo: “Ya formidable y espantoso suena, /dentro del corazón el postrer día; /y la última hora negra y fría, /se acerca, de temor y sombras llena. /Si agradable descanso, paz serena, / la muerte, en traje de dolor envía, /señas de su desdén de cortesía: / más tiene de caricia que de pena. / ¿Qué pretende el temor desacordado / de la que a rescatar, piadosa viene / espíritu en miserias anudado? / Llegue rogada, pues mi bien previene; / hálleme agradecido, no asustado; / mi vida acabe y mi vivir ordene.” /.

 

Sigo caminando porque no puedo dejar de hacerlo, impulsado por un viento impetuoso. Esa oscuridad la he de traspasar con mucho sufrimiento, por todos los crímenes y abominaciones de la humanidad que son los míos, por todos los pecados del mundo, que son también los míos, por todo el daño que causé  y por todo el que me causaron, hasta hallar la claridad pura y sin mácula, el verdor de los valles y los ríos, las grandes llanuras y los ricos manantiales donde mana eternamente la leche y la miel.

 

domingo, 1 de diciembre de 2013

ASTURIAS, 1934


      
    Los hechos narrados son históricos; los personajes, lugares y escenas,    pertenecen al imaginario del autor.                    


     Llegaban a todas partes. Tras la revuelta de Octubre de 1934, el gobierno radical-cedista, en defensa de la legalidad republicana, desató en Asturias -en la autoproclamada República Socialista Asturiana, de inspiración bolchevique- una feroz campaña de represión militar, no sólo en los núcleos urbanos y fabriles, sino que, en persecución de los insurrectos, la legión se adentró por los más inhóspitos lugares de aquélla vertiginosa geografía, asaltando aldeas y poblados  y los humildes hogares de pastores y labriegos, a sangre y fuego.


     Ajenos a cualquier causa que no fuera la de la propia subsistencia, aterrorizados, quizás por alguna clase de sentimiento atávico, ante la presencia de la morisma, ignorantes de cuanto sucedía más allá de aquéllas breñas, desconocedores de las reglas del bandidaje y de la guerra, se sometieron sin mayor honor ni gloria, confraternizando con los dos bandos, poniendo una vela a Dios y otra al diablo, mientras el odio se iba adueñando de sus vidas.

     En el Concejo de Ponga, en los indefinibles lindes geográficos de las tierras asturleonesas, separadas por las imponentes murallas del Cornión y de la Sierra de Beza, allá por donde el río Sella, tras nacer en la Fuente del Infierno, se desploma, formando los insondables abismos del desfiladero de los Beyos, en donde la naturaleza se recrea ante su propia belleza, llegó a finales de aquél aciago año una sección de infantería, compuesta por cincuenta legionarios, al mando del teniente Churruca.
    
     La soldadesca, estaba formada, en su mayor parte, por gente veterana del tercio y algunos moros renegados, a los que acompañaban, además,  una docena de mostrencos imberbes, sin duda de los contornos, desertores del arado y de la aguijada, que se habían unido a la tropa para dar batida en los montes y en los rocosos cuetos, a lo poco que quedaba de una resistencia embrutecida, que asomaba de vez en cuando sus narices tras el rastro del ganado y del humo de los caseríos, y que sobrevivían como animales acosados en cuevas y cabañas, allá, donde ni los rebecos osaban encaramarse.

     Mi difunto abuelo, le recuerdo bien,  espigado,  mandíbula prominente,  ojos de un azul grisáceo, pelo entrecano, piel curtida y rala barba blanca, supérstite de la guerra del Rif, de infausto recuerdo, aquejado de rara afección, que él asoció siempre al simún, el aire cálido del desierto, pero que quizás fuera debida a los residuos del gas mostaza, de salud quebradiza, se dedicaba, en los largos períodos invernales, a la artesanía. De sus manos, grandes y delicadas al mismo tiempo, salían los útiles necesarios para las faenas del campo: los yugos para uncir los bueyes, los mangos de las hachas y las guadañas, los rastrillos para apilar la hierba, las madreñas, primorosamente labradas, los cuévanos y cestas, etc.

     Cada verano, cargaba su mula con los pertrechos necesarios para pasar una temporada  en los altos pastos, acompañado de su inseparable y fiel mastín, cuidando de un rebaño de ovejas y una docena de vacas del país: amaba la montaña y la soledad de sus cumbres, el movimiento de los astros en el cielo nocturno, el amanecer y el ocaso, los mares de nubes bajo sus pies, la niebla precipitándose en avalancha sobre los verdes valles. Transmitía la paz y el sosiego de una vida plena, acompasada al ritmo  circadiano, simple e inexorable del paso del tiempo.
   
     Mi abuela, cansado ya de parir su enjuto y menudo cuerpo, duro y resistente, tallado en madera de boj, atendía la humilde casa para sacar adelante la numerosa prole. Desde el amanecer hasta el ocaso, bregaba hasta quedar extenuada,  trabajando el huerto y sometiendo su espalda a la dura servidumbre de la azada, en una tierra esquilmada, donde, de la noche a la mañana, lluvias de escarabajos inundaban las sementeras, invernando bajo la tierra a la espera de depositar sus huevos en los tiernos brotes de la patata, o donde emergentes puntas de profundas, afiladas y blanquecinas rocas, retorcían las rejas de los viejos arados romanos.


      Otras veces, arremangada hasta los codos, con las manos hundidas durante horas en las frías aguas del lavadero, peleándose a brazo partido con la colada, golpeando la ropa con denuedo, retorciéndola con fuerza, apilándola amorosamente en un gran balde de latón, para colgarla después, al oreo de la brisa, en el tendal de la galería; o trasteando en la cocina, encendiendo la lumbre, preparando para el mediodía, el pote montañés, a base de frijoles y patatas, berza y embutidos y unos tasajos de carne, principal y más copiosa comida de la larga mañana.

     Tampoco era raro ver a sus hijos mayores acarrear la tierra, no muy abundante allí, desde la orilla del riachuelo, cesto a cesto y jornada a jornada, remontando la pendiente y depositándola al pie de la huerta, que se hallaba protegida y circundada por un alto muro de piedras apiladas y festoneada por dos o tres árboles frutales de prunos y manzanas, algún nogal, la inevitable y caprichosa higuera y los avellanos, para, tras la faena de la siembra, esperar, en el mejor de los casos, la parca cosecha de unos cientos de patatas, unas pocas fanegas de frijoles, una carretada de mazorcas de maíz, unas cuantas docenas de berzas y lechugas, cuatro varas de tomate y otras tantas de arvejos, cada cual en su tiempo y sazón, base de una dieta en que la leche y la cuajada, el queso y la mantequilla, los embutidos y cecinas y algún que otro huevo, eran todo el complemento. El cordero, de Pascuas a Ramos y el capón o la gallina en pepitoria, para las demás solemnidades.

     Tras los primeros escarceos, a la vista de que no se le perdía nada por aquellos andurriales, comprendiendo que aquellas pobres gentes nada tenían que ver con los revoltosos mineros filo-soviéticos de las cuencas del Nalón y del Caudal, el teniente legionario y su tropa llegaron a confraternizar con los lugareños, quienes les mantenían informados de los movimientos y los pasos de las milicias en su desesperada huída hacia León, a través de las montañas, donde se hicieron fuertes durante algún tiempo, en un vano intento de conectar con grupos anarquistas de la F.A.I.

     Contribuía a ello la escasa predisposición del paisanaje a soportar las continuas, aunque comprensibles, batidas por los diversos pueblos a la requisa de víveres, siendo objeto de denuncias por hurto y rapiña, ya que, además, desaparecieron, dicen, la mayor parte de los objetos sagrados de oro y plata de las iglesias, formando parte de  un botín, que se hallaría escondido, a decir de los viejos del lugar, en algún rincón de la famosa cueva de "Les Encantaes", sima profundísima de muy difícil acceso y observación.
     Historia o leyenda, me consta una expedición, a finales de los sesenta, de un grupo francés, en la que falleció ahogado uno de los espeleólogos, en una de sus invisibles, cristalinas y heladas pozas, siendo noticia en el diario comarcal Auseva; y otra española, allá sobre mediados de los setenta, en la que pereció otro, debido a la inhalación de gases acumulados en el segundo nivel.

     Ignoro si conocían los presuntos hechos o, simplemente, les condujo allí un afán investigador o puramente deportivo, siguiendo los pasos de D. Paul Labrouche, el Conde de Saint-Saud, D. Pedro Pidal (Marqués de Villaviciosa), y otros grandes pioneros de los Picos de Europa y el pre-Cornión.

     Eran tiempos difíciles y duros en los que el instinto de supervivencia marcaba todas las acciones y pautas de comportamiento. Nadie se fiaba de su vecino, ni de sus familiares, y eran muy frecuentes las traiciones y las denuncias, sin mayor recompensa que la  propia salvaguarda.

     Aquél pequeño ejército bregado en mil batallas, a duras penas conseguía mantener la disciplina, siendo habituales y crueles los castigos con sacos terreros, bien por los excesos en la contienda o por mala conducta. Los moros se llevaban siempre la peor parte, hostigados frecuentemente por los soldados de su propio bando, a menudo desertaban, sucumbiendo en los montes y bosques, ateridos, paralizados por el frío y despedazados por los lobos.     

     Soldados durísimos, hechos y derechos, con oficio y temple, sin ningún tipo de escrúpulo a la hora del combate, que tras jornadas agotadoras de caminata, sin más beneficio que el mezquino rancho de lentejas en las que sobrenadaba algún  tasajo de magro o un pedazo de tocino entreverado, la más de las veces rancio y una raquítica paga de dos pesetas diarias para atender el vicio del tabaco y para alguna que otra botella, aún les quedaba cuerda para gallardear con las mozas y menos mozas, pelearse en la cantina o, tras una noche de francachela , sin dormir apenas, levantarse sin pestañear al primer toque de corneta. Auténticos novios de la muerte, que exhibían sin pudor toda su bestialidad y rudeza y frente a los cuales nada podía hacer, salvo rendirse, cualquier columna de dinamiteros sin experiencia en el  oficio de la guerra.

     Llegado el invierno y cuando las primeras nieves cubrían los caminos y las encabritadas crestas, la vida en las aldeas se reducía a las tareas más imprescindibles. A menudo, a dar de comer a los animales y a las labores de ordeño y acarreo de leña. El resto del tiempo, a partir de las cinco, junto al hogar encendido, se contaban viejas consejas o leyendas de brujas y endriagos, ante las miradas soñadoras y somnolientas de los más pequeños de la casa, mientras que los paisanos jugaban a la brisca en la cantina del molino viejo, matando el gusanillo a golpes de aguardiente y liando cigarrillo tras cigarrillo.

     A las siete, la cena, a menudo una sopa de ajo y las sobras del mediodía, un poco de queso o pan con mantequilla. A las nueve en la cama, para levantarse con el canto del gallo, sobre las seis de la madrugada.

     Los soldados habían desaparecido una mañana de improviso, tras encontrar el cadáver del teniente Churruca con la frente hundida, quebrados brazos y piernas, cubierto el cuerpo por la nieve y medio devorado por las alimañas. Quizás un resbalón inoportuno en el hielo tras una noche de cortejo y algunas copas..., quién sabe. Fuera lo que fuere, sin su mando natural, el brigada Fernández Cuadriello no supo hacer otra cosa sino, como procedía, dar parte a sus superiores, ordenándole estos su inmediata vuelta al cuartel de San Juan, para iniciar las pesquisas.

     Este suceso trajo muchos comentarios, dimes y diretes aquél día y los sucesivos, no faltando quien señalara como causante a “el Roxu”, hijo del alcalde de una aldea cercana, quien había mantenido días atrás, públicamente, en la cantina, una disputa con el militar, por asuntos de faldas.

     Lo que resultó patente, cuando, en una despedida borrascosa, que duró hasta el alba, con el billete en la mano para el barco que le llevaría desde Santander a la Habana, entre las brumas del aguardiente, confesó el valentón, ante algunos camaradas, haberle empujado desde un cantil, cuando bajaban borrachos ambos, uno a su barracón y el otro a seguir con su juerga, ya en un clima de abierta insurrección, donde nadie ocultaba sus fechorías y en el que media España reivindicaba el derecho a matar a la otra media.

     Tras él se fueron otros, a los que no les faltó el dinero ni la ocasión, por distintas causas. Y bien que hicieron, ya que, apenas año y medio después, estalló la contienda civil.

      Entre los que se quedaron, y pudieron vivir para contarlo sin asomo de rencor y que, con limpieza de corazón, ejercitó la caridad y conmigo, también, su santa paciencia, se hallaba la que en el futuro sería mi madre, que conoció, siendo niña, aquél horror. A ella, desde el amor perenne -centro vivo y llagado de mi espíritu- van dedicados estos recuerdos de la amnesia colectiva. In memoriam.

 

 

jueves, 22 de agosto de 2013

¡ELOHIM ..., ADONAI!


Por Gregorio Torre

 
       
     Cercado por los enemigos de la luz, esos monstruos temibles de la imaginación, cabalga el sueño, caballero de valeroso corazón, inerme criatura dispuesta a batirse con la muerte.

 

     Mil derrotas ha sufrido, más gallardo y desafiante se levanta una y otra vez del polvoriento suelo, con los ojos encendidos de razón, con el alma sedienta de verdad y de justicia. Mandobles fieros reparte a diestra y a siniestra, contra invisibles enemigos que amenazan con destruirle tomando los últimos reductos de su fortaleza…

 

     ¡Elohim, Elohim! ¿Porque me has abandonado? Yo, tu obra más perfecta, me siento traicionado. Quise a ti igualarme, es verdad, pues de ti soy viva imagen y tanta semejanza en ti hallo. Mas tu respuesta fue humillarme, me condenaste –ciego de ira- a la muerte y a la esclavitud, a la oscuridad y al hambre; me retiraste tu saludo y de mi te ocultaste.

 

     Vagas promesas…, oscuras alianzas a través de los sueños de los videntes y de las palabras veladas de los profetas, e incumplidos compromisos. Poco a poco fuiste de mi alejándote; escasearon tus visitas, y luego, por siempre, me abandonaste a mi sino frágil, a la segura muerte, anticipo de una anunciada vida eterna, de donde nadie regresa,  en la gloria o en el infierno, a la ventura de tu postrer Juicio.

 

     Pasaron las eras acompañado siempre por el borroso recuerdo de tu luenga barba, de tu gigantesca estatura.., la luz que te envuelve y que de ti emana. Tropezaron mis pies con el pulgar de tu píe y caí de bruces al suelo; levanté mis ojos hacia los tuyos con signo interrogativo, nos dimos la espalda y seguimos cada cual por nuestro camino. Tu por el tuyo, sin pronunciar una sola palabra; yo, por el mío, henchido el pecho de soberbia y encogida el alma de aflicción.

 

     Juro que no hubo en mí acto de malicia alguno; por amor quise imitarte. Me expulsaste del verde Edén, me arrojaste a la negra oscuridad, azuzaste contra mí a las fieras del campo que antes me servían, en una tierra esquilmada y peligrosa, llena de abrojos y de espinas ¡Cuánto dolor, cuánta hambre! Hasta que aprendí, desvalido, a usar mi inteligencia y mi coraje.

 

     Caminé por mucho tiempo con pasos vacilantes, procree y te ofrecí mi fruto, el de mi descendencia, y las parcas primicias de mis pobres cosechas, mis abluciones y sacrificios.

 

     Levanté hacia ti la punta de mis pirámides, construí templos e imperios para mostrarte mi poder, y esclavicé a mis semejantes. Te ofrecí mis victorias en holocausto, para llamar tu atención, para despertar tu piedad, para, humillándome, ensalzarte.

 

     Mas hoy en esta noche horrenda del alma atormentada, he decidido desafiarte. Te he acechado en la sombra con los sentidos en trance; he escrutado en las estrellas el rumbo de tu creación; y he comprendido, por fin, cuan lejos de mi estás y cuan cerca de ti me hallo ¡Tiempo al tiempo y verás mi rostro frente a tu faz!

 

     Cuando ello ocurra, Elohim, oirás mi voz, descubrirás en el cielo un haz de fuegos artificiales, una gigantesca llamarada que revela la pira del último holocausto. Contemplarás el fruto de mi creación, un hombre nuevo y arrogante al que no pondré límite ni fecha de caducidad, para disputarte el Universo; libremente, desprovisto de tu memoria, amará a su creador, crecerá se multiplicará y poblará los cielos y con su semilla transformará los inhóspitos mundos. Después descansaré contemplando mi gloria.

 

     Quizá para entonces, Elohim, mi señor y creador, te halles viejo y cansado; quizá, Elohim, ni siquiera te acuerdes de mi; quizá, Adonai, ni haya llegado a ti, nunca, noticia alguna de mis gestas, ni de los sacrificios de millones de almas que mis manos generosas, en perpetua oblación, te han  ofrecido y que, en silencio, han ido en tu búsqueda musitando tu nombre, implorando tu perdón.

 

     Una voz como de trueno retumbo en mi corazón: — ¡Despierta, hijo, despierta, olvídate de ese sueño, no se convierta en pesadilla! Me recuerdas al hombre que tuvo una espléndida cosecha y derruyó sus viejos graneros para construir otros más grandes, descansando satisfecho en la creencia de tener su futuro resuelto. ¡Recapacita, aun estás a tiempo! No te diga yo como a aquél: “Necio, no pasarás de esta noche, antes del amanecer del nuevo día te pediré la vida”—.
  

martes, 20 de agosto de 2013

La Tierra ..., 200.000 años atrás.


LA TIERRA, 2OO.OOO AÑOS ATRÁS ...

Por L. Gregorio Torre 
  

     La Tierra…, doscientos mil años atrás, un planeta prácticamente dominado por las aguas de un océano grandioso, tachonado por una miríada de islas, lenguas de tierra casi imperceptibles, llanuras emergentes al nivel del mar, terrenos lacustres y selváticos de un único y gran continente, la mítica tierra de Mu, la Atlántida,  paraíso perdido en la ruta de las estrellas, colonia fundada por navegantes procedentes de la otra orilla del cosmos.


     La Luna, cercana y amenazante, presente día y noche en los sueños de aquellos seres, rotación circular en el plano ecuatorial; enormes mareas bajo el influjo de su fuerza gravitatoria; excavaciones mineras a lo largo y ancho de su superficie; transporte de enormes cantidades de selenio y diorita; extracción del oricalco.


Un verdadero ejercito de esclavos de diferentes categorías, creados como mano de obra más barata que las costosas y, con el tiempo, obsoletas máquinas y robots, traídos de los mundos acuáticos de Vega, difíciles de sustituir, al contrario que las auto reproductoras criaturas obtenidas por la simple y barata manipulación genética.


     Una colonia en el espacio compuesta por gigantes viajeros y descubridores, enviados por sus superiores al extremo remoto de la Vía Láctea, con un mandato único, poblar un universo, donde aparentemente nada ocurre, pero en el que, miles, millones de astros son creados cada día y donde otros tantos desaparecen engullidos, precipitándose sin cesar en el Gran Remolino, enorme maelström, obscuro vórtice atractor  de toda materia creada, que se halla justo en el centro de la galaxia, allá donde, obviamente, más alta concentración de estrellas se observa.


     Estos remotos creadores de la humanidad, cometieron el error de subestimar a los seres de cuya esclavitud se beneficiaron. Con el tiempo -tuvieron que pasar miles de años- llegaron a cohabitar con ellos, dando lugar a una nueva subraza, los gigantes hiperbóreos o atlantes, geniales constructores de templos y ciudades y de las pirámides de Gizeh – representación exacta y proporcional del triángulo celeste formado por Vega –cuando esta ocupa el lugar de la estrella polar (Ursa minoris)-, Altair y Deneb, su remoto lugar de procedencia; se sintieron, a medida que transcurrían las generaciones, más identificados con sus criaturas, pues les resultaba ya insufrible y gravoso someterse a las órdenes de sus superiores y a su rígida disciplina.


     Comenzaron a disfrutar de los, para ellos, desconocidos placeres del sexo, tuvieron con ellas hijos muy queridos y sintieron la enorme fuerza del amor que expiramos los mortales, y también el odio y los impulsos destructivos que nos lanzan a unos contra otros. Se sintieron vivos, y, sometidos por los sentimientos, abdicaron de su cultura, y de su condición, renegando de su pasado y origen, estableciéndose de forma definitiva en nuestro mundo.


     Ello, con el tiempo, originó una progresiva decadencia de su material genético, causante de monstruosas deformaciones, origen del castigo y de la destrucción ordenada por sus superiores.


     Episodios narrados en las mitologías y en las epopeyas con el balbuceante lenguaje de una raza, semejante a la nuestra, que empezaba a caminar en libertad, y donde, transcurridas las centurias, los más inteligentes o fuertes, esclavizaron a los más débiles; pues la esclavitud era signo de superioridad y de fuerza, recuerdo de épocas pasadas, en las que unos seres de sangre fría y sin alma, los habrían, de la nada, engendrado.

    

     De aquéllas guerras finales anteriores a la gran calamidad que habría de abatirse sobre el planeta en forma de inundación y de la heroica defensa que de sus vidas hicieron los atlantes, datarían las hermosas y antiguas leyendas.


     Mas, vayamos al lado oscuro de la luna, donde los hangares, las pistas de aterrizaje y los restos de las enormes astronaves y trenes espaciales, quedan como mudo vestigio, recubiertos por la espesa capa de polvo de mil explosiones, cicatrices de otras tantas batallas, libradas para extinguir a los rebeldes de la faz de un mundo, defendido con uñas y dientes, brazo con brazo, unidos en un solo gesto, los humanos y la subraza de los atlantes, herederos de los originarios viajeros de Vega, que habían traído la civilización, que crearon al hombre tal como es hoy, y que por amor a sus hijos habidos del comercio con los humanos, no dudaron en enfrentarse a sus superiores, pues descubrieron que, en su frío mundo de origen, no eran más que clones de clones, especializados en viajes interestelares, seres capaces de vivir mas de mil años, sin siquiera atreverse a levantar una ceja de desaprobación, sin conocer ni la risa, ni el llanto, ni el amor, ni el odio.

     Después, al alejarse la luna, y descender, poco a poco, el nivel de las aguas, fueron emergiendo nuevos territorios, vastos continentes, donde a los largo del tiempo se habrían escrito, como este, otros y parecidos capítulos, acumulándose unas historias a otras hasta conformar un corpus de leyendas, que, con parecidas palabras y signos, narran hechos similares: intrépidos navegantes celestiales, que de cuando en cuando nos visitan, seducidos por la sobrenatural belleza de Gaia.

miércoles, 24 de abril de 2013

EL ANTICRISTO: un relato gótico


 
Por Gregorio Torre Rivero



                Todos, incluso Él, el Justo, el Unigénito, conocieron y temieron el brillo de aquellos ojos ardientes, cual ígneos betilos.

 

            Nadie, salvo Él, el Primogénito de toda criatura, el Preexistente y yo, el Testigo Oculto del Mundo y las Tinieblas, reconoció la luz de la mirada del Creador, incendiando los corazones, a través de los ojos velados del Profeta: "Soy la voz del que clama en el desierto. Allanad sus caminos ..."

 

            Les maldije a los dos. Tú, Juan, pagaras cara la afrenta, te prometí el trono del Reino y despreciaste mi oro, aquél por el cual los pueblos se inmolan, amontonando cadáveres de hombres y animales en cruenta hecatombe que sólo a mi Amo alimenta. En cuanto a ti, Hijo del Altísimo, ni un solo día de tu vida dejaré de emponzoñar tu corazón.

 

            Luego, Él, el Único, el Inocente, el Puro, se fue acercando lentamente hacia el Bautista, quien, al reconocerle por una señal, se postró de hinojos, sumergiendo su cuerpo en las sagradas aguas, hasta la altura de su cabeza; una cabeza grande, desproporcionada, digna de Og, rey de Basán, el refaita; entonces, clara, diáfana (fue un momento asombroso, lo reconozco), surgió la visión: "será lo último que verán tus ojos, Juan, ..., esa cabeza, dibujada ahora sobre el agua, será mía; la contemplarás, por última vez, reflejada sobre la superficie de plata de mi bandeja favorita.

 

            Él, el Mesías, el Ungido, le miró fijamente. Luego, levantándole en vilo, se arrodilló, a su vez, hasta hundir su cuerpo por completo en las cristalinas, en las frías aguas que brotan de las fuentes del Hermón, emergiendo lentamente, con la cara semioculta tras la cortina de su larga cabellera, cubierta de diminutas perlas su poblada barba, caprichoso juego que la luz del sol iba creando al fundirse con las gotas: "Haz lo que tengas que hacer, ..., le dijo, con voz profunda surgida de las entrañas mismas de su Ser Intemporal.


            Y yo, el Testigo Oculto del Eterno Mal, el profeta y mis huestes, mensajeros del Terror, que habita por toda la Tierra, fuimos los únicos en contemplar, sobre Él, en las alturas, la esplendente Teofanía; allí justo donde, el símbolo del Pez, se dibuja en las noches oscuras. Era, sin duda, la señal que esperaba, el signo evidente de Su presencia en la tierra, engendrando una nueva Humanidad, a través del vientre sin mancha y el alma pura de una Virgen del Templo.

 

            Así fue como aquella Voz de trueno quejumbroso, que hablaba por boca del Altísimo, dio vida a la Palabra; una Palabra Nueva, un Nuevo Mensaje, la Buena Nueva, cuyo Código oculto está reservado sólo a los Conversos.

 

            Después le vi vagar, cual alma en pena, por los desiertos de Judá, camino de Galilea, en el Genesaret, sobre aquella barca, en compañía de un puñado de pescadores; asediado por las multitudes en campos y ciudades; o atravesar en solitario la llanura de Esdrelón o camino del Tabor, curando a leprosos y a paralíticos, sanando a los enfermos crónicos y a los ya moribundos, resucitando muertos y obrando grandes prodigios, signos inequívocos de su gran poder.

 

            Más ningún milagro semejante al Misterio mágico de su Palabra, causa primera de las antipatías de sus enemigos, ante la cual no sólo los males y enfermedades retrocedían, sino que, como Energía transformadora del mundo y sus vivientes incendiaba de amor y odio, por igual, todo cuanto hallaba a su paso.

 

            Poco, lo juro, ínfimo precio para tan gran recompensa, me costó influir sobre aquellas abominables heteras, secretas seguidoras de los ritos de Baal, y convencer, a su vez, a aquél puerco borracho y libertino  de Herodes Antipas, para que ejecutase al Bautista, depositando, como presente, su cabeza ante mis píes.


            Gratis lo hubieran hecho: la una, por venganza, Herodias, la otra por causa de una pasión enfermiza no correspondida, su núbil hija Salomé. Tan sólo ricos y antiguos presentes, que pronto a mi retornarían: collares de oro y gemas engastadas y sendos cofres de plata delicadamente labrados por las manos de un anónimo artista. ¿A quien pertenecieron aquellas reliquias: tal vez a la triunfante Semiramis, gloriosa reina de Asiria, o a la bella camita Makeda, reina de Saba, causante de los extravíos de Salomón? Naderias, simples y bellas anímulas de roca, rubia arena mojada de las playa. Nada y menos que nada, para quien posee todas las riquezas del Mundo, Yo, el Hijo del Mal, Príncipe de las Tinieblas.

 

            Mucho, sin embargo, dos años enteros de susurrar como viento febril en sus orejas, envenenando sus oídos cual víbora cornuda, me costó convencer a aquél codicioso zapatero remendón de Iscariote, para que traicionara al Santo entre los Santos (tan secretamente lo amaba). Pero al final, no hay roca más firme que el oro, ni instinto más primario que la venganza. Así, Judas, se dejó vencer en su corazón atormentado, vendiendo al Maestro por tres decenas de siclos.

 

            Después de entregarlo, corrió asustado como un corderillo hasta el límite del campo que yo le prometiera en justiprecio por su traición. Le arranqué la bolsa de las manos. Se me quedó mirando sin comprender nada, desde un vacío sin sentido. Luego, le hundí mis puños en el vientre. Así, reventado como breva madura caída de lo alto de una higuera, le colgué, todavía vivo, de una robusta encina, con las tripas al aire, sobre un inmenso charco de sangre, con los pies rozando casi el suelo.

 

            Transcurrió una noche entera, y el mediodía siguiente; sobre la ora nona, le vi subir -su cuerpo lacerado por mil heridas, la túnica empapada de sangre- calleja arriba, con el madero cruzado sobre sus débiles hombros, ayudado por aquél fortachón de Cirene, entre una multitud de energúmenos, que le insultaban, zarandeaban y escupían.


            No le acompañaba ninguno de sus amigos, aunque allá por el fondo del barranco del Cedrón, vagas siluetas ocultas bajo sus mantos, seguían la procesión a distancia, a pesar del calor bochornoso de aquella última tarde.

 

            Cayó ante mis pies y, en un postrer esfuerzo, intento levantarse; semiarrodillado ante mí, pidió agua. Yo le mostré mi odre repleto, que desparramé por el suelo ante sus atónitos y enfebrecidos ojos. Me reconoció y recordándome entre dientes la maldición que me persigue, se fue, paso a paso, traspiés a traspiés, acercando al Golgota.

 

            Yo, el Hijo del Mal, el Anticristo, oculto bajo el aspecto de aquél conocido y rico orfebre de Monte Sión, presencié, con incontenible alborozo, su ejecución y su agonía, pues, también, tengo sentimientos.

 

            No otra cosa hago que cumplir con sumo placer la Misión encomendada; hasta que Él retorne, en su Parusía, en el final de los tiempos, tras acabar con Tronos, Potestades y Dominaciones.

 

            Y, por último, conmigo, el Hijo del Mal, heraldo de la Muerte. A través de Adán, El Hombre, hecho a semejanza de Dios, y por su Pecado, vine al mundo; por Cristo, su Hijo Unigénito, Dios y Hombre Verdadero (portador de la Verdad), retornaré, por fin, al Hades eternal, al fondo de la Gehena, volveré junto a mi padre, consuelo de todo mi ser. Trabajaré sin descanso para merecer mi recompensa.

jueves, 18 de abril de 2013

EL VIEJO LUTHIER

EL VIEJO LUTHIER
Gregorio Torre Rivero

 

      En el rústico letrero de madera, que había visto desde lejos, pude leer al acercarme la palabra “Artesanos”. Y señalaba una dirección. Agotado por la caminata, llegué a aquél lugar sin salida: una especie de fondo de saco, ocupado por una vieja casona de dos plantas, un cobertizo de tejavana y un pequeño corral, donde dos enormes marranas dormitaban a la sombra de una robusta higuera. En una caseta de troncos, un viejo pastor alemán amarrado a una larga cadena, se sacudía las pulgas. Me recibió un anciano, alto y enjuto, de tez ferruginosa, con una punta de cigarro puro encendida en la comisura de los labios, Sus ojos eran expresivos y su mirada huidiza y febril se escondía tras unos destartalados anteojos.

 
 
      Me ofreció un refresco y lo acepté de buen grado, pues entre el aplastante calor de la canícula y la escasa provisión de mi cantimplora, me venía de perlas para hidratarme un poco y reponer fuerzas. Me había acercado con el propósito de rellenarla de agua y para ver si alguien me podía indicar el camino al pueblo más cercano, sin necesidad de cruzar el bosque. Me senté a descansar un rato sobre una cómoda pero mugrienta mecedora en el zaguán, mientras deglutía aquella bebida con sabor a naranja. No era lo mejor, pensaba yo, pero, al menos, estaba helada y muy dulce y eso me iba a proporcionar un poco de energía para seguir mi camino.

 

      Hacía ya el ademán de levantarme, cuando le vi llegar con un humeante plato, que depositó sobre una desvencijda mesa, al lado de un cenicero rebosante de colillas. El contenido parecía apetitoso, huevos revueltos y chorizo casero frito en grasa de cerdo y un buen pedazo de pan de hogaza. Acepté la invitación pues sentía hambre y tenía una pinta buenísima; así que me dispuse a arremeter con voracidad sobre aquellas delicias. El empinó el codo; su nuez o bocado de Adán, encajada en aquel flaco y nervudo cuello, subía y bajaba a intervalos, mientras bebía vino de un porrón a la usanza campesina. Me lo acercó e hice lo propio. Era un vino peleón, rojo y recio como la sangre, pasado de graduación.

 

      Le agradecí al viejo su amabilidad; los huevos y el chorizo estaban de muerte. Volvió a beber; me invito a pasar a su taller y entré. Era una nave sucia y polvorienta, de paredes desconchadas, iluminada por tubos fluorescentes. Albergaba una buena colección de instrumentos musicales: violines, violas, laúdes y guitarras, ello junto a dos antiguas escopetas y otra más moderna de caza, colgadas de herrumbrosos clavos y un enorme televisor de pantalla plana, quizá su único entretenimiento.

 

      Llamó mi atención una larga hilera de bombos y tambores de distintos tamaños, dispuestos sobre viejos estantes. Sobre el banco de trabajo, se hallaba uno de ellos, al que el viejo artesano, seguramente, estaba dando los últimos retoques. Pasé mi mano por el parche y me sorprendió la suavidad de la piel y su tersura.

 

      Miré por una ventana que daba a la parte trasera del cobertizo y pude ver que el anciano no vivía solo, sino que compartía la casa al menos con otra persona, un hombre más joven, de unos cincuenta años, grueso y de mediana estatura que, extrañamente, se parecía al tendero del ultramarinos de mi barrio, sólo que con el rostro y el aspecto propio de los campesinos curtidos bajo el sol y la intemperie. No podía enterarme de qué discutían, pues en aquél lugar había una máquina, probablemente un alternador, funcionando a toda potencia, junto a un viejo arado de vertedera y un pequeño tractor aún en funciones, según colegí con solo mirar sus grandes ruedas cubiertas de tierra reseca en sus acanaladuras.

 

      El otro hombre, estaba enfrascado en abrillantar y pulir la superficie de una delicada flauta de color céreo y pátina de vela vieja. Sobre los anaqueles, al igual que en el interior, se amontonaban centenares de ellas de diversos tamaños y distinta factura, teñidas en negro brillante o caoba.

 

      La discusión terminó con un tirón de orejas. El viejo, casi le arranca una junto con parte del cuero cabelludo. Después entró en el taller y excusándose por la tardanza, me dijo que, si quería, podía quedarme, pues tenían habitación, pero que, si no, había convencido a su hermano para acompañarme hasta un camino al final del cual, teniendo cuidado de no tomar desvíos o bifurcaciones, podía llegar al pie de una carretera comarcal y virando a la derecha, cuatro kilómetros más abajo, a un pequeño hostal, con toda clase de “lujos”, añadió, subrayando la palabra y guiñando un ojo picarón.

 

      El hermano entró a su vez y se ofreció insistentemente, a pesar de mi reiterada negativa, a guiarme hasta la carretera. Al final accedí; me habían agasajado con su hospitalidad y no quería agraviarles; así que, tras llenar mi cantimplora en el grifo y guardar en mis bolsillos dos puñados de almendras y avellanas que el viejo me regaló, me ajuste la pesada mochila a la espalda. Estaba deseando llegar a aquél lugar para tomar un buen baño y descansar en una mullida cama. Él se echó la escopeta al hombro y guardó cuatro cartuchos en un morral —a ver si se me cruza algo para hacer el pote—, exclamó, por toda explicación.

 

      Llevábamos ya un largo trecho caminando y le pregunté si aquella era tierra de conejos y si cazaba sin perros. El me respondió: —de conejos no, de liebres, que tienen mejor sabor; y para qué alimentar una boca más; odio a los perros; tengo todavía dolores en las cicatrices que los colmillos de Zatlan, ese bastardo de pastor alemán y gos d´ atura, dibujaron en mi pantorrilla izquierda. Poseo buena vista, buena puntería, buen olfato y no se me escapa ni una—. Una bandada de torcaces levantó el vuelo de entre las encinas y carrizos cercanos a un pequeño humedal, pero el hombre ni se inmutó, supongo que no le gustaban las aves tanto como aquellos lepóridos.



      Un rojo sol se ocultaba tras los altos roquedos del carrascal; las cigarras con su canto adormecían la tarde en brazos del ocaso. El paisano iba detrás; su largo silencio comenzó a inquietarme, así que aceleré el paso. —Pare, pare, que el tabaco me está matando—, me gritó. Y me detuve. El echó de improvisó la escopeta al rostro y apuntándome a los genitales efectuó un solo disparo. Algo iba mal, debió pensar, y temblando como una hoja, sacó dos cartuchos del morral, cayéndosele uno al suelo; no le di tiempo a más, me abalancé sobre él y le hundí mi cuchillo de monte en el pecho a la altura del esternón, que crujió con el sonido de dos nueces que se aplastan la una contra la otra, quedando tendido en el suelo entre estertores y convulsiones, con los ojos abiertos y una mirada de sorpresa infinita, mientras su vida se vertía por la comisura de los labios.

 

      Luego, recogí del suelo la escopeta y los cartuchos y la cargué. Había tenido yo la feliz ocurrencia, mientras ellos discutían, de examinar las escopetas: dos no tenían munición pero ésta si -posta gruesa- así que me la guardé en el bolsillo, por pura precaución, pues soy algo temeroso, aunque, a veces, también temerario. Me sorprendió que el paisano dijera que iba a cazar liebres ¡Cazarlas o pulverizarlas, con un disparo hubiera podido abatir un jabalí a veinte metros de distancia! Introduje las manos en los bolsillos de su raída chaqueta de pana y hallé una navaja bandolera de carraca. Una pieza de museo. Me había quedado pensativo y absorto preguntándome sobre porqué me había apuntado a mis partes pudendas, pero ahora, tras el hallazgo, supe, de no haber estado listo, la muerte que me hubiera esperado.

 

      Desanduve el camino; el viejo artesano esperaba cualquier cosa menos mi visita, ¡Tan confiado estaba!. Entré por el cobertizo y sigilosamente abrí una puerta que, tras bajar unos pocos escalones, daba a un sótano. Allí estaba al mando de una máquina de coser. No me vió llegar y, cuando lo hizo, dio un respingo y se revolvió en su asiento como si se le hubiese aparecido el diablo; intentó alcanzar una larga y puntiaguda lezna; le disparé a corta distancia y salió impelido hacia tras en su silla de ruedas unos cuatro metros. Y le vino a visitar la negra muerte.

 

      El sótano olía a cadaverina. Hallé restos humanos por todas partes: calaveras, omóplatos, clavículas, caderas, tibias y peronés, fémures, húmeros y piel, montañas de piel humana colgada con pinzas de madera sobre improvisados tendales de alambre y depositadas también en enormes baldes de latón, cubiertos de una sustancia serosa de penetrante olor. No quise ni pensar a quien de aquellos infelices pertenecía el embutido que había comido esa tarde. Delicioso, por cierto. Aparte de las comprensibles náuseas, me invadió una imperiosa necesidad de orinar y lo hice contra un muro durante un largo y calido rato.


 
      Llamé a la policía, pero, inexplicablemente, era yo quien escuchaba el zumbido insistente del teléfono ¡Estaba sonando el despertador!. Y me dije para mis adentros, tras tomar conciencia: ¡No tengo remedio, una más de mis estúpidas pesadillas, y el pijama otra vez mojado! Y no pude por menos que pedirle perdón a Dios por los pecados que se me ocultan y por los crímenes cometidos en mis sueños.


lunes, 11 de marzo de 2013

EL FINAL DE LOS TIEMPOS


I
 
EL ACCIDENTE

 
            La caída desde el puente le dejó aturdido durante unos segundos; se fue hundiendo lentamente en el río, atrapado en el interior de su vehículo. Dominado por el pánico intentaba liberarse del cinturón, observando desesperadamente como, tras deslizarse por una falso fondo, caía hacia un lecho más profundo, quedando recostado en el limo sobre el lateral opuesto a su asiento; se dio a sí mismo cinco minutos de vida; el agua comenzaba a filtrarse  e inexorablemente iba inundando el habitáculo; desenfundó su pequeña y vieja Browning nueve milímetros, efectuando un solo disparo sobre la luna trasera, al mismo tiempo que con el brazo izquierdo protegía cara, cuello y torso  de las esquirlas de cristal que, fragmentado en mil pedazos, volaban en derredor a velocidades supersónicas.

             Mientras Un torrente impetuoso anegaba el vehículo, aspiro profundamente,  guardó el arma en un bolsillo de su cazadora y cogiendo una pequeña mochila del asiento trasero, tomó impulso deslizándose afuera; el agua estaba helada; con los pulmones a punto de estallar por la presión alcanzó la superficie y en unas pocas brazadas  la  accesible orilla opuesta.

             Caía la noche y las lejanas  luces de la ciudad teñían de naranja y azul cobalto el horizonte. Recuperó el aliento, sus fuerzas se hallaban al límite. Sintió un reguero de sangre caliente, discurrir por su brazo izquierdo, un pequeño cristal puntiagudo se había incrustado en el brazo izquierdo a la altura del hombro. Abrió su mochila, sacó su pequeño botiquín de supervivencia y, tras extraerlo con unas pinzas con sumo cuidado y claras muestras de dolor, desinfecto y curó la pequeña herida,  cerrándola con cuatro puntos de sutura, adhiriéndole, por último, un apósito con una pomada antibiótica.

             Una fina lluvia comenzó a caer, se había levantado aire, un aire húmedo y pegajoso, tiritaba de frío; se hallaba en un camino que  discurría por un bosque de ribera. Busco refugió bajo las ramas de un viejo álamo.

             Rápidamente de su mochila extrajo una cajita estanca, con los útiles necesarios para improvisar una hoguera. Utilizó una pastilla de alcohol encendiéndola con una chispa de su pedernal. Los árboles más cercanos a la corriente suelen tener parte de sus raíces al descubierto, a menudo se forman oquedades en sus troncos y estas contienen restos de corteza, ramitas, hojas secas  y madera en descomposición. En rápidos movimientos hizo acopio de una buena provisión de materiales con los que alimentar el fuego. Acto seguido, tras proteger la hoguera con piedras apiladas, que recogió de la orilla,  extendió una cuerda, anudándola entre dos árboles con sendos nudos ballestrinque a unos ochenta centímetros de altura, y sobre la misma dispuso un tarp cuyos cabos sujetó al suelo mediante picas, a modo de canadiense, proporcionándole un cómodo refugio donde protegerse de de la lluvia y del aire.

             Instalado el provisional campamento, se despojó de su ropa mojada, depositándola al calor de la hoguera; extrajo de un sobre sellado una manta térmica y, envolviéndose en la misma, acurrucado, fue recuperando el calor necesario para desentumecer sus agotados músculos. Luego, hirvió en un pequeño recipiente de aluminio que depositó sobre unos rescoldos, la tercera parte del agua de su cantimplora, añadiendo a la misma el contenido de un sobre de sopa de fideos liofilizada con pollo al curry; tras tomarla bien caliente, volvió a hervir un poco más para prepararse un té con azúcar que consumió a pequeños sorbos, acompañándolo de unas galletas;  y notando ya en su cuerpo una reconfortante energía, se dispuso a dormir sobre el mullido suelo formado por una espesa capa de hojarasca otoñal, bajo la cubierta del tarp.

              Había estado a punto de morir en un estúpido accidente, consiguiendo salvarse de forma milagrosa, gracias a su buena estrella y su instinto de conservación y no podía por menos que dar, por ello, gracias a Dios.


            Era un tipo metódico, que no dejaba nada al azar; en los últimos tiempos se había obsesionado con los problemas derivados de la supervivencia en entornos hostiles: se preparaba para cualquier desenlace, ya que era de los que esperaban que algún desastre natural o provocado nos dejaría inermes e indefensos ante la furia de elementos o fuerzas descontroladas.
 
             Cuatro días antes del incidente, se hallaba realizando los últimos preparativos para mudarse de casa y del lugar habitual de residencia; había comprado a buen precio, tras vender su piso en la ciudad, una vieja casona en la montaña, en un paraje aislado y boscoso, trasladando allí la mayor parte de sus pertenencias con gran acopio de víveres. Éste era el último de los viajes; en el maletero llevaba tres bolsos repletos de ropa y otros enseres y pertenencias personales y una mochila grande con sus pertrechos para travesías.  Necesitaba dormir y reponer fuerzas. Más antes de caer rendido por el cansancio y el sueño, ideó la forma de rescatar dicho equipaje del fondo del río.

             Pensaba en su mujer y en sus hijos, el uno en New York, felizmente casado, con un buen trabajo en una empresa multinacional, que ya le había hecho abuelo por dos veces, pero sobre todo en su hija, la cual había regresado al hogar tras un corto paréntesis de vida independiente, frustrada la experiencia por su situación de desempleo y consiguiente imposibilidad de subsistir por sus propios medios.

            Ellas eran las únicas personas que se habían tomado en serio sus preocupaciones, pues el resto de la familia se reía de sus “neuras”; pensaban que era un tipo raro y paranoico con tendencia a la fabulación. Vivian despreocupados, sin tomarse nada en serio, apurando hasta las heces la vida disipada y decadente de una sociedad que no hallaba freno, sumida en el hedonismo y la inmundicia, incapaces de entender que el mundo había cambiado de forma drástica y que se encaminaba de forma inexorable a su autodestrucción y  ruina.

            Allá, en la vieja casona,  le estaban esperando en compañía de su pareja de mastines leoneses, entretenidas ambas en adecentar y limpiar las estancias, en desempaquetar, ordenar y almacenar útiles, herramientas, enseres y provisiones.

            A la mañana, con el amanecer, encendió una hoguera, extrajo de su mochila un rollo de diez metros de cordino  de unos ocho milímetros de grosor y su cuchillo de monte; ató un extremo a una raíz semihundida en la orilla, y  anudando el otro cabo  a su cintura se lanzó al agua.

            Afortunadamente el lugar era un remanso de aguas cristalinas, por lo que divisó su vehículo sin dificultad. Descendió los escasos cuatro metros que le separaban del fondo; el maletero estaba semiabierto como consecuencia del golpe; forcejeó hasta abrirlo por completo y extrajo los bolsos y la mochila; introdujo la cuerda por las asas y emergió rápido por donde hacia pie;  tiró de ella y los bultos fueron subiendo a la superficie, sin dificultad, arrastrándolos a continuación hasta la orilla.

             Se secó con una pequeña toalla y dispuso alrededor del fuego las bolsas de ropa y la mochila; se vistió; la ropa aún conservaba restos de humedad; se acercó al fuego y vertió en el cacillo agua de su cantimplora, añadiendo te una vez hervida, que consumió junto unas  barritas energéticas, a modo de desayuno.

             Sobre el horizonte, aun plagado de luminarias, el resplandor de las primeras luces crepusculares teñía de  rojo y amarillo el cielo; el sol, se levantaba tras las sierra. Era un paraje campestre de la provincia de Madrid, pintado de ocre siena tostado al sol, no distante más allá de cuarenta  kilómetros de la capital; aquélla noche se había cruzado en su camino una piara de jabalíes;  intentó esquivarla y se precipitó al vació. El resto  ya es historia.
 
(Continuará)