domingo, 8 de julio de 2012

SE OCULTO LA LUNA




Se agotó en vana carrera por la cresta de la loma, hasta que una raíz desenterrada, el azar o la providencia,  le voltearon por encima de una roca, fugaz parapeto que dejó parte de su anatomía al descubierto, al alcance de las balas, una de las cuales terminaría por alojarse a la altura de su rodilla izquierda con un vibrante chasquido, estremeciendo de dolor todo su cuerpo.

Reptó sobre su espalda, avanzando lentamente entre los helechos, para dejarse caer,  ya sin aliento, por un mullido terraplén hasta topar su cabeza con los duros cantos rodados del seco arroyo. Apenas pudo incorporarse sujetando entre sus manos aquel amasijo sanguinolento. Tambaleándose, dando traspiés como un borracho, caminó semiconsciente, hasta que la febril luna de los helados picachos se ocultó tras un denso nimbo. Circunstancia que aprovecharía para arrastrarse con gran sufrimiento hasta los lindes del sotobosque, donde, sepultado por la maleza, desapareció  de la vista de sus perseguidores.

Nadie supo nunca si consiguió salir vivo de allí, o si, convertido en  arbusto, vegeta en los montes, agitando sus delgados brazos leñosos al arrullo del viento y de las torcaces, que anidan y crían sus polluelos en las oquedades de sus ojos, sobre la amarga cuenca de su boca.




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