miércoles, 25 de julio de 2012

Curso del 68, el número "e"

 

Aquel día, como tantos otros, tras un rápido refrigerio, siempre con el último bocado en la puerta, salí corriendo con mi bolsa de gimnasia al hombro y mis libros: la sirena había sonado, lo que indicaba que, en cinco minutos, tenía que recorrer un kilómetro escaso, que era el espacio que separaba mi casa del instituto.

Había pasado la noche estudiando, y, por lo tanto, me encontraba de muy mal humor y somnoliento, pero tenía, seguramente, que pasar una prueba y necesitaba concentrar toda mi memoria y mi atención tan sólo en ese reto.

Traspasado el umbral del Instituto “P.  Rex”, subí de cuatro zancadas las escaleras, penetrando en el aula casi sin aliento. Allí me esperaba D. Fadrique, en actitud inquisitorial. El día anterior había tenido un examen de su asignatura, y no se me ocurrió mejor cosa (y lo confieso con gran sentimiento de culpa, a pesar de haber transcurrido más de cuarenta años) que, por el cobarde procedimiento del cambiazo, entregar las hojas con las contestaciones previamente escritas, objeto previsible del citado examen. 

Siempre recordaré la infamia, como recordaré también el buen estado de mis reflejos, pues nada más cometer la fechoría, supe que era reo de muerte, y que si no aprovechaba el tiempo, sería además el hazmerreír de la clase, cosa que a determinada edad en la que no hemos perdido aún ni el orgullo ni la autoestima es, sencillamente, insoportable.

Me senté en el pupitre con todos los músculos en tensión, sin atreverme a levantar la vista de la mesa, pronto a lanzarme, con la mayor desenvoltura posible, y también con la mayor desvergüenza, en defensa de mi persona.

- Hay un listo –comentó- que se cree muy listo, pero que hoy, seguramente, va a demostrarnos lo contrario, porque se necesita ser rematadamente tonto para copiar un examen, de la manera que él lo ha hecho, con puntos y comas, y pretender que nadie se entere.

Minusvalora a sus profesores y, lo que es más, perjudica a sus propios compañeros, a quienes haría un flaco favor (a los, de verdad, inteligentes y estudiosos – matizó), si yo me dejara engañar  y pasar por alto su astucia y su fraude.

Lo confieso, me temblaban las rodillas, se me aflojaban los esfínteres, luchaba por dominar mi estado de auténtico pavor, pero logré sobreponerme.

- Sr. Torre, adelántese a la tarima, ordenó, que quiero comprobar el estado de sus conocimientos-, señalándome, como a un condenado, con el dedo índice. 

De nada valieron mis argumentos, ni la afectada y cínica defensa que de mi probidad hiciera. Salí al encerado como res al degolladero. Risitas burlonas a mis espaldas y alguna que otra alusión cómplice y por señas al tamaño de mis gónadas… ¡Con D. Fadrique nadie se la jugaba,… era de locos!  Sorteando lentamente la barrera de mesas y de sillas, subí al cadalso, rezando y pidiéndole a Santa María bendita que, por favor, surgiera de aquellos labios una sola pregunta: el maldito numero “e”, causa de mi pesar y de los nocturnos desvelos. 

- A ver, Sr. Torre, explique para que yo me entere y se enteren muy bien todos sus compañeros, todo lo que sepa sobre el número “e”. Me faltó solamente un pinchazo para  saltar de alegría hasta el techo, en tanto repetía para mis adentros, “lo tengo,…lo tengo”. Con puntos y comas, con explicaciones y argumentos, fui desgranando en aquella pizarra desde la primera a la última cosa que sobre el particular explicaban J. Rey Pastor y P. Puig Adam en su magnifico y memorable texto de Matemáticas del séptimo curso, ante la expresión atónita del profesor y el silencio expectante de toda la clase, mirándole insistentemente para atraer su atención, cual consumado intérprete, notando como se iba transformando su irónica sonrisa en una mal disimilada y contrariada mueca de disgusto.

Finalizada la exposición, volví a darle nuevas explicaciones, haciéndole participe de mi dolor ante la desconfianza y la falta de razón que le asistían por sus dudas, pues, aunque inconstante en el esfuerzo, le hice saber que, yo, cuando estudiaba, estudiaba; de lo que era viva muestra el cuaderno de notas, extraña mezcolanza de suspensos y sobresalientes, de tres y  de nueves.

Ya me dirigía yo, ante los murmullos y risitas que creí adivinar de admiración de mis compañeros, a mi sitio, cuando nuevamente oí su voz queda: - Sr. Torre, apuesto cualquier cosa que, en lugar de estudiar, estuvo usted anoche de parranda hasta altas horas de la madrugada ¿No? -¿Y eso? -contesté- …,-ande y cámbiese los zapatos, que lleva uno de cada color; después, a última hora, venga a mi despacho. ¡Y que conste que no le voy a poner sobresaliente!

No sabía donde meterme, contemplaba mis castellanos, el uno marrón, el otro granate mientras me decía ¡Tierra, trágame! ¡Qué vergüenza, menos mal que en mi bolsa llevaba las playeras de gimnasia! ¿Qué habría pensado ella, la verdadera causa de mis cuitas, cuando la saludé en el parque, dos minutos antes de sonar la última sirena?

D. Fadrique me propuso quedarme, tras la finalización de las clases, desde aquél día y hasta la finalización del curso, dos horitas más en el Estudio del  Sr. López, junto al resto de los botarates: era una oferta irrechazable. Aquél año aprendí, de verdad, “cálculo infinitesimal”, y prometí nunca más copiar un examen,  y, sobre todo,  no tocar, por todos los restos, un libro de matemáticas, cosa que cumplí sin esfuerzo, más que nada porque era el último curso de Bachillerato.

lunes, 23 de julio de 2012

EL ARCHIVO SECRETO

Primera parte

 

La verdad es que ni él mismo llegó nunca a comprender, cómo había podido malgastar toda su vida en aquel elegante, aunque ya vetusto, despacho, agotando su energía en la rutinaria labor del picapleitos, en una diaria sucesión de casos, reclamaciones, demandas, etc., de no importa qué jurisdicción, repetición, las más de las veces, de actos mecánicos que le abocaban a la pérdida de contacto con la realidad y a la degeneración de su propia autoestima, así como a una profunda y prolongada depresión, antesala de la mayoría de las enfermedades letales.

Eran muchas las noches de insomnio que sobrellevaba a sus espaldas, agravado por su desmedida afición al café y a la radio, a la cual se asía desesperadamente para mitigar su angustia, con la vana esperanza de hallar, a través de las ondas, un mensaje o consejo útil, que le ayudara a descifrar las claves de su mal.

Hasta que creyó llegar a la conclusión acertada: se hallaba dormido, la conciencia aprisionada entre las cuatro paredes de un sueño que le impedía establecer comunicación con una parte importante de su ser, así como  percatarse de la realidad circundante y, en consecuencia, en ese estado cuasi hipnótico, deambulaba por la vida, sin ser verdaderamente consciente de que su yo más profundo, ignorado, a fuer de cadenas amordazado, clamaba por hacerse un hueco en su vida, en la búsqueda de una mayor armonía.

Como quiera que no se hallaba sólo en el mundo y que, en silencio, otros seres infelices compartían su techo y preocupaciones, sin comprender porqué se autodestruía de aquella manera lenta y atroz, en un mutismo absoluto, ello le proporcionaba más argumentos en favor de su tesis, pues no podía explicar, más que por esa circunstancia señalada, cómo amándolos como los amaba, no ponía remedio a esa situación intolerable, mediante el único acto verdaderamente heroico y lúcido que un hombre, que ya no puede soportar su carga, puede realizar para poner fin a una situación que amenaza con destruir a aquéllos que verdaderamente ama. Se daría un pequeño plazo para poner en orden las ideas e intentar recomponer los fragmentos de una existencia larvada, acostumbrada a soportar la penumbra.

Instintivamente, pidió ayuda al cielo con el rostro vuelto hacia lo alto, sin ser realmente consciente de a qué fuerzas invocaba, pero deseando, con todos sus sentidos puestos en juego, un cambio radical en su vida.

Trataría, en fin, de encontrar el camino que el tiempo había borrado de su memoria, retroceder, en lo posible, hacía el pasado y guiar sus pasos en búsqueda de aquélla bifurcación causante de su extravió y hallar la verdadera senda que habría de mostrarle nuevos horizontes, distintas perspectivas, antiguos parajes que le recordaban algún momento de la infancia y que se extraviaron de su vista en el sopor de una amarga y dolorosa pesadilla que nubló sus sentidos y que ya no pudo superar, a pesar de haber puesto en ello los más loables esfuerzos.

Había soñado desde muy pequeño con ser un gran hombre, tanto que el mundo entero iba a necesitarle por su sabiduría y por sus grandes descubrimientos. Enamorado como estaba de las grandes obras del ingenio humano, no quería resignarse a pasar por esta vida sin aportar a la humanidad algunas briznas de gloria.

Ahora, genial científico, después, insigne arqueólogo, viajero intrépido a la búsqueda y rescate del pasado o destinado a contemplar de muy cerca el brillo de otros astros, en la búsqueda y conquista de nuevos mundos, colonizando el espacio, entablando relaciones y estableciendo tratados comerciales con otras civilizaciones, al otro lado del inmenso océano cósmico; sueños, en fin, de una pueril irrealidad que las circunstancias y, sobre todo, la implacable genética, se iban a encargar de desmoronar para siempre, por más que el tiempo los haya seguido manteniendo vivos bajo una espesa capa de manto, que esperaba, inútilmente, la semilla que hiciese brotar los ansiados frutos.

Odiaba lo que hacía: aquél trabajo rutinario, base del sustento familiar, no era con lo que había soñado. Estudió Derecho como por castigo divino. En su juventud había amado la Historia, el Arte y la Literatura, ¿Más cómo vivir de eso? Tenía sus aspiraciones : una familia, hijos que criar, una bonita casa, un buen sueldo, treinta días de vacaciones al año en alguna escondida playa, viajes a destinos exóticos,  y unos pocos caprichos relacionados con sus aficiones: la fotografía, los libros, el coleccionismo y poco más. Así que ingresó en el bufete de abogados que le ofreció la primera oportunidad, trabajando diez horas cada día, sin dejar de acudir uno tan sólo, durante ya treinta insoportables años.

Ellos, los titulares y dueños de aquél gran negocio familiar, contentos con su trabajo. Él, rondando los sesenta, consumido prematuramente, desilusionado de la vida y con sus aspiraciones frustradas. Contribuía a ello su escaso y débil carácter y su radical y patológico miedo a la libertad y a la independencia.

Del oficio lo sabía casi todo, dominaba los procedimientos, pero ello nada aportaba a su vida que fuera digno de ser recordado. Para sus jefes siempre había sido y sería "el pleitero”, o sea, el experto en pleitos. Tenía a su cargo, además de una secretaria eficiente, a un recién licenciado que ejercía de pasante y que le recordaba mucho a él mismo cuando empezó y con el cual hacía muy buenas migas, dada su simpatía y su carácter extrovertido y jovial. Espabilado como pocos, aprendía a marchas forzadas y era un gran trabajador. J. Arenas, se llamaba.

Por ello, cuando aquella mañana comprobó que en su ordenador había un correo electrónico, de un antiguo cliente del bufete, dirigido a su "exclusiva atención", no pudo por menos que dar un respingo en el sillón, mientras su corazón, aceleradamente, enviaba suficiente riego a su cerebro y oxígeno a sus pulmones. Aquél mensaje, cambiaría, sin él saber hasta que punto, por completo, su vida:

A: Mr. L…  Rebolledo Gracia, Esq.
. Bufete Dalmau i Flors.&   ….. Barcelona (Spain)
De: W. Global Trust Agency Investment.
Orlando (Florida)-U.S

03/17/09
Dear Mr. L. Rebolledo:
( A su exclusiva atención)
El presente, será el primero de una serie de comunicados de máximo interés. Así, pues, existiendo en nuestro poder informes que avalan su profesionalidad, rigor, honradez y suma discreción, rogamos que, sobre el asunto objeto de los mismos, mantenga estricta confidencialidad, no poniendo en conocimiento de terceras personas, salvo  instrucciones en contrario, las cuestiones planteadas, ya que, de su divulgación, podrían irrogarse graves e irreparables  perjuicios y consecuencias.

Lea atentamente el informe del archivo adjunto (en él, por comprensibles motivos, se han omitido los datos de filiación de las personas presuntamente implicadas, así como domicilios o cualquier otra pista que coadyuve a su identificación)  y, si acepta, como creemos que aceptará, el trabajo propuesto, póngase en contacto con nosotros a la mayor urgencia, a vuelta de correo. Está a tiempo de renunciar y entenderemos perfectamente sus razones, pero, una vez aceptado, el asunto deberá seguir su curso con todas las consecuencias.

Caso de expresa aceptación, le otorgaríamos los poderes necesarios, tanto generales como especiales, a cuyo efecto, le sugeriríamos que, dado lo extraordinario del mismo, ponga en orden sus asuntos cuanto antes y solicite, si lo estima necesario, un permiso o excedencia en su trabajo. Otorgados que fueren dichos apoderamientos, le adelantaríamos un primer pago de 50.000 € en compensación por las molestias ocasionadas, ello sin perjuicio de las provisiones de fondos que necesite, en razón de los trabajos a realizar y gastos requeridos derivados de la investigación previa.
Sabrémos compensar generosamente sus esfuerzos, máxime en caso de favorable resolución. El primer pago se realizaría en dos entregas sucesivas y en efectivo metálico, para lo cual deberá habilitar un apartado en la estafeta de correos de su elección, copia de cuya llave deberá facilitar a uno de nuestros contactos en el país. Se le comunicaran detalles. Insistimos: absoluta discreción. Haga copias del archivo adjunto en unidad extraíble y elimínelo sin dejar rastro.
I look forward to hearing from you soon.
Yours sincerely,  Mr. Pablo Baigorri Begeristain- Deputy General Manager.

En un primer arrebato, le dieron ganas de ponerse a dar saltos de alegría, llamar a Mary Paz, su esposa, contarle la buena nueva y despedirse de sus jefes, no sin antes reprocharles su conducta durante años, recalcando el justo reconocimiento que otros hacían de sus méritos. 

Releyó una vez más aquél correo; su inicial alegría se fue disipando, dando paso, sin solución de continuidad a su habitual, seria y sombría expresión, conforme iba leyendo el informe. Estaba, por lo que había apenas entrevisto, ante el asunto más espinoso de su vida, pero, si lograba resolverlo, sería una auténtica bomba. ¿Y porque este encargo –se preguntaba- a un abogado a sueldo, de segunda fila, de escaso renombre e ínfima categoría? No obtuvo respuesta.

El oxigeno no llegaba a su sangre, el corazón le latía con gran fuerza. No podía aguantar la tensión. Tumbándose  en el suelo, en un lugar que tenía habilitado a ese fin, tras cerrar la puerta, en posición de decúbito supino, alternando con prono, realizó una pequeña tabla de ejercicios de estiramiento y relax.

No sólo necesitaría disponer de todo su tiempo, pensaba para sí, sino que requeriría de alguien para ayudarle en la difícil tarea de investigación, así como en las demás rutinarias gestiones. Una persona de confianza, inteligente y discreta, joven y atrevida, con ganas de triunfar y buena disposición, capacidad de trabajo y al que, no obstante, no le importara mantenerse en un segundo plano: estaba retratando a su pasante.

Reflexionó durante unos instantes, disponiéndose a pergeñar un plan que justificara su desvinculación temporal del bufete, sin despertar recelos o sospechas, evitando, en lo posible, broncas y malos modos y que al mismo tiempo le permitiera una reincorporación que tarde o temprano habría de producirse.

No pensaba, si Dios le daba salud y fuerzas, jubilarse antes de los sesenta y cinco y aún le quedaban cinco años por cotizar a la Seguridad Social y otros tantos a su plan de jubilación, para tener todos sus derechos al completo; sería de locos, se decía, tirar por la borda el fruto multiplicado de tantos años de ahorros y esfuerzos.

Su esposa le había regalado, escasamente haría dos meses, con ocasión de su cumpleaños, aquella maravilla de la tecnología. Conocedora de sus caprichos, se gastó un dineral en una agenda electrónica de última generación, donde, anotaba minuciosamente citas, señalamientos, providencias, actuaciones,  etc. de los distintos procedimientos  que abarrotaban su escritorio.

Ya se disponía a introducir nuevos  datos en la misma, relacionados con el asunto, cuando un sexto sentido le advirtió de la posibilidad de que alguien pudiera tener acceso a ella por sustracción o, pérdida,  de manera que utilizó para ello un simple pendrive que, a modo de llavero, llevaba en el cinturón, para su uso en el portátil, en su casa, y que era donde guardaba los “casos vivos “, y su contabilidad personal. Más tarde buscaría la fórmula para guardar la información mediante alguna clave de imposible acceso. Acto seguido elimino de su ordenador el mensaje y el archivo adjunto.

Abrió sigilósamente la puerta  de su despacho, eran las nueve de la noche, ni un alma en las oficinas, el tiempo, otras veces eterno, había transcurrido a la velocidad de la luz. Descendió al estacionamiento y montando en su viejo BMW, condujo, todo lo rápido que le permitía el tráfico, hasta su casa de la calle Aribau.

Preso de una extraña agitación, subió los dos tramos de escalera que le separaban de su hogar en cuatro saltos. Su reloj (pulsímetro), el último objeto que viera antes de perder toda conciencia,  se desbocaba a más de ciento ochenta pulsaciones por segundo. Con gran estrépito, cayó fulminado al pie de la puerta. Notó una, dos y hasta tres descargas sobre su pecho, el mundo  desaparecía y aparecía de su mente con cada latigazo. Sintió un doloroso pinchazo a la altura de su esternón y un etéreo y helado torrente que se abría paso a través de sus venas. La  oscuridad, gradualmente, pacíficamente, dulcemente, sin resistencia, fue adueñándose de su vida. Una débil luz titilaba, aún en sus dilatadas y abiertas pupilas, mientras que  una ambulancia del servicio de urgencias volaba por la gran avenida. 

domingo, 8 de julio de 2012

SE OCULTO LA LUNA




Se agotó en vana carrera por la cresta de la loma, hasta que una raíz desenterrada, el azar o la providencia,  le voltearon por encima de una roca, fugaz parapeto que dejó parte de su anatomía al descubierto, al alcance de las balas, una de las cuales terminaría por alojarse a la altura de su rodilla izquierda con un vibrante chasquido, estremeciendo de dolor todo su cuerpo.

Reptó sobre su espalda, avanzando lentamente entre los helechos, para dejarse caer,  ya sin aliento, por un mullido terraplén hasta topar su cabeza con los duros cantos rodados del seco arroyo. Apenas pudo incorporarse sujetando entre sus manos aquel amasijo sanguinolento. Tambaleándose, dando traspiés como un borracho, caminó semiconsciente, hasta que la febril luna de los helados picachos se ocultó tras un denso nimbo. Circunstancia que aprovecharía para arrastrarse con gran sufrimiento hasta los lindes del sotobosque, donde, sepultado por la maleza, desapareció  de la vista de sus perseguidores.

Nadie supo nunca si consiguió salir vivo de allí, o si, convertido en  arbusto, vegeta en los montes, agitando sus delgados brazos leñosos al arrullo del viento y de las torcaces, que anidan y crían sus polluelos en las oquedades de sus ojos, sobre la amarga cuenca de su boca.