lunes, 23 de julio de 2012

EL ARCHIVO SECRETO

Primera parte

 

La verdad es que ni él mismo llegó nunca a comprender, cómo había podido malgastar toda su vida en aquel elegante, aunque ya vetusto, despacho, agotando su energía en la rutinaria labor del picapleitos, en una diaria sucesión de casos, reclamaciones, demandas, etc., de no importa qué jurisdicción, repetición, las más de las veces, de actos mecánicos que le abocaban a la pérdida de contacto con la realidad y a la degeneración de su propia autoestima, así como a una profunda y prolongada depresión, antesala de la mayoría de las enfermedades letales.

Eran muchas las noches de insomnio que sobrellevaba a sus espaldas, agravado por su desmedida afición al café y a la radio, a la cual se asía desesperadamente para mitigar su angustia, con la vana esperanza de hallar, a través de las ondas, un mensaje o consejo útil, que le ayudara a descifrar las claves de su mal.

Hasta que creyó llegar a la conclusión acertada: se hallaba dormido, la conciencia aprisionada entre las cuatro paredes de un sueño que le impedía establecer comunicación con una parte importante de su ser, así como  percatarse de la realidad circundante y, en consecuencia, en ese estado cuasi hipnótico, deambulaba por la vida, sin ser verdaderamente consciente de que su yo más profundo, ignorado, a fuer de cadenas amordazado, clamaba por hacerse un hueco en su vida, en la búsqueda de una mayor armonía.

Como quiera que no se hallaba sólo en el mundo y que, en silencio, otros seres infelices compartían su techo y preocupaciones, sin comprender porqué se autodestruía de aquella manera lenta y atroz, en un mutismo absoluto, ello le proporcionaba más argumentos en favor de su tesis, pues no podía explicar, más que por esa circunstancia señalada, cómo amándolos como los amaba, no ponía remedio a esa situación intolerable, mediante el único acto verdaderamente heroico y lúcido que un hombre, que ya no puede soportar su carga, puede realizar para poner fin a una situación que amenaza con destruir a aquéllos que verdaderamente ama. Se daría un pequeño plazo para poner en orden las ideas e intentar recomponer los fragmentos de una existencia larvada, acostumbrada a soportar la penumbra.

Instintivamente, pidió ayuda al cielo con el rostro vuelto hacia lo alto, sin ser realmente consciente de a qué fuerzas invocaba, pero deseando, con todos sus sentidos puestos en juego, un cambio radical en su vida.

Trataría, en fin, de encontrar el camino que el tiempo había borrado de su memoria, retroceder, en lo posible, hacía el pasado y guiar sus pasos en búsqueda de aquélla bifurcación causante de su extravió y hallar la verdadera senda que habría de mostrarle nuevos horizontes, distintas perspectivas, antiguos parajes que le recordaban algún momento de la infancia y que se extraviaron de su vista en el sopor de una amarga y dolorosa pesadilla que nubló sus sentidos y que ya no pudo superar, a pesar de haber puesto en ello los más loables esfuerzos.

Había soñado desde muy pequeño con ser un gran hombre, tanto que el mundo entero iba a necesitarle por su sabiduría y por sus grandes descubrimientos. Enamorado como estaba de las grandes obras del ingenio humano, no quería resignarse a pasar por esta vida sin aportar a la humanidad algunas briznas de gloria.

Ahora, genial científico, después, insigne arqueólogo, viajero intrépido a la búsqueda y rescate del pasado o destinado a contemplar de muy cerca el brillo de otros astros, en la búsqueda y conquista de nuevos mundos, colonizando el espacio, entablando relaciones y estableciendo tratados comerciales con otras civilizaciones, al otro lado del inmenso océano cósmico; sueños, en fin, de una pueril irrealidad que las circunstancias y, sobre todo, la implacable genética, se iban a encargar de desmoronar para siempre, por más que el tiempo los haya seguido manteniendo vivos bajo una espesa capa de manto, que esperaba, inútilmente, la semilla que hiciese brotar los ansiados frutos.

Odiaba lo que hacía: aquél trabajo rutinario, base del sustento familiar, no era con lo que había soñado. Estudió Derecho como por castigo divino. En su juventud había amado la Historia, el Arte y la Literatura, ¿Más cómo vivir de eso? Tenía sus aspiraciones : una familia, hijos que criar, una bonita casa, un buen sueldo, treinta días de vacaciones al año en alguna escondida playa, viajes a destinos exóticos,  y unos pocos caprichos relacionados con sus aficiones: la fotografía, los libros, el coleccionismo y poco más. Así que ingresó en el bufete de abogados que le ofreció la primera oportunidad, trabajando diez horas cada día, sin dejar de acudir uno tan sólo, durante ya treinta insoportables años.

Ellos, los titulares y dueños de aquél gran negocio familiar, contentos con su trabajo. Él, rondando los sesenta, consumido prematuramente, desilusionado de la vida y con sus aspiraciones frustradas. Contribuía a ello su escaso y débil carácter y su radical y patológico miedo a la libertad y a la independencia.

Del oficio lo sabía casi todo, dominaba los procedimientos, pero ello nada aportaba a su vida que fuera digno de ser recordado. Para sus jefes siempre había sido y sería "el pleitero”, o sea, el experto en pleitos. Tenía a su cargo, además de una secretaria eficiente, a un recién licenciado que ejercía de pasante y que le recordaba mucho a él mismo cuando empezó y con el cual hacía muy buenas migas, dada su simpatía y su carácter extrovertido y jovial. Espabilado como pocos, aprendía a marchas forzadas y era un gran trabajador. J. Arenas, se llamaba.

Por ello, cuando aquella mañana comprobó que en su ordenador había un correo electrónico, de un antiguo cliente del bufete, dirigido a su "exclusiva atención", no pudo por menos que dar un respingo en el sillón, mientras su corazón, aceleradamente, enviaba suficiente riego a su cerebro y oxígeno a sus pulmones. Aquél mensaje, cambiaría, sin él saber hasta que punto, por completo, su vida:

A: Mr. L…  Rebolledo Gracia, Esq.
. Bufete Dalmau i Flors.&   ….. Barcelona (Spain)
De: W. Global Trust Agency Investment.
Orlando (Florida)-U.S

03/17/09
Dear Mr. L. Rebolledo:
( A su exclusiva atención)
El presente, será el primero de una serie de comunicados de máximo interés. Así, pues, existiendo en nuestro poder informes que avalan su profesionalidad, rigor, honradez y suma discreción, rogamos que, sobre el asunto objeto de los mismos, mantenga estricta confidencialidad, no poniendo en conocimiento de terceras personas, salvo  instrucciones en contrario, las cuestiones planteadas, ya que, de su divulgación, podrían irrogarse graves e irreparables  perjuicios y consecuencias.

Lea atentamente el informe del archivo adjunto (en él, por comprensibles motivos, se han omitido los datos de filiación de las personas presuntamente implicadas, así como domicilios o cualquier otra pista que coadyuve a su identificación)  y, si acepta, como creemos que aceptará, el trabajo propuesto, póngase en contacto con nosotros a la mayor urgencia, a vuelta de correo. Está a tiempo de renunciar y entenderemos perfectamente sus razones, pero, una vez aceptado, el asunto deberá seguir su curso con todas las consecuencias.

Caso de expresa aceptación, le otorgaríamos los poderes necesarios, tanto generales como especiales, a cuyo efecto, le sugeriríamos que, dado lo extraordinario del mismo, ponga en orden sus asuntos cuanto antes y solicite, si lo estima necesario, un permiso o excedencia en su trabajo. Otorgados que fueren dichos apoderamientos, le adelantaríamos un primer pago de 50.000 € en compensación por las molestias ocasionadas, ello sin perjuicio de las provisiones de fondos que necesite, en razón de los trabajos a realizar y gastos requeridos derivados de la investigación previa.
Sabrémos compensar generosamente sus esfuerzos, máxime en caso de favorable resolución. El primer pago se realizaría en dos entregas sucesivas y en efectivo metálico, para lo cual deberá habilitar un apartado en la estafeta de correos de su elección, copia de cuya llave deberá facilitar a uno de nuestros contactos en el país. Se le comunicaran detalles. Insistimos: absoluta discreción. Haga copias del archivo adjunto en unidad extraíble y elimínelo sin dejar rastro.
I look forward to hearing from you soon.
Yours sincerely,  Mr. Pablo Baigorri Begeristain- Deputy General Manager.

En un primer arrebato, le dieron ganas de ponerse a dar saltos de alegría, llamar a Mary Paz, su esposa, contarle la buena nueva y despedirse de sus jefes, no sin antes reprocharles su conducta durante años, recalcando el justo reconocimiento que otros hacían de sus méritos. 

Releyó una vez más aquél correo; su inicial alegría se fue disipando, dando paso, sin solución de continuidad a su habitual, seria y sombría expresión, conforme iba leyendo el informe. Estaba, por lo que había apenas entrevisto, ante el asunto más espinoso de su vida, pero, si lograba resolverlo, sería una auténtica bomba. ¿Y porque este encargo –se preguntaba- a un abogado a sueldo, de segunda fila, de escaso renombre e ínfima categoría? No obtuvo respuesta.

El oxigeno no llegaba a su sangre, el corazón le latía con gran fuerza. No podía aguantar la tensión. Tumbándose  en el suelo, en un lugar que tenía habilitado a ese fin, tras cerrar la puerta, en posición de decúbito supino, alternando con prono, realizó una pequeña tabla de ejercicios de estiramiento y relax.

No sólo necesitaría disponer de todo su tiempo, pensaba para sí, sino que requeriría de alguien para ayudarle en la difícil tarea de investigación, así como en las demás rutinarias gestiones. Una persona de confianza, inteligente y discreta, joven y atrevida, con ganas de triunfar y buena disposición, capacidad de trabajo y al que, no obstante, no le importara mantenerse en un segundo plano: estaba retratando a su pasante.

Reflexionó durante unos instantes, disponiéndose a pergeñar un plan que justificara su desvinculación temporal del bufete, sin despertar recelos o sospechas, evitando, en lo posible, broncas y malos modos y que al mismo tiempo le permitiera una reincorporación que tarde o temprano habría de producirse.

No pensaba, si Dios le daba salud y fuerzas, jubilarse antes de los sesenta y cinco y aún le quedaban cinco años por cotizar a la Seguridad Social y otros tantos a su plan de jubilación, para tener todos sus derechos al completo; sería de locos, se decía, tirar por la borda el fruto multiplicado de tantos años de ahorros y esfuerzos.

Su esposa le había regalado, escasamente haría dos meses, con ocasión de su cumpleaños, aquella maravilla de la tecnología. Conocedora de sus caprichos, se gastó un dineral en una agenda electrónica de última generación, donde, anotaba minuciosamente citas, señalamientos, providencias, actuaciones,  etc. de los distintos procedimientos  que abarrotaban su escritorio.

Ya se disponía a introducir nuevos  datos en la misma, relacionados con el asunto, cuando un sexto sentido le advirtió de la posibilidad de que alguien pudiera tener acceso a ella por sustracción o, pérdida,  de manera que utilizó para ello un simple pendrive que, a modo de llavero, llevaba en el cinturón, para su uso en el portátil, en su casa, y que era donde guardaba los “casos vivos “, y su contabilidad personal. Más tarde buscaría la fórmula para guardar la información mediante alguna clave de imposible acceso. Acto seguido elimino de su ordenador el mensaje y el archivo adjunto.

Abrió sigilósamente la puerta  de su despacho, eran las nueve de la noche, ni un alma en las oficinas, el tiempo, otras veces eterno, había transcurrido a la velocidad de la luz. Descendió al estacionamiento y montando en su viejo BMW, condujo, todo lo rápido que le permitía el tráfico, hasta su casa de la calle Aribau.

Preso de una extraña agitación, subió los dos tramos de escalera que le separaban de su hogar en cuatro saltos. Su reloj (pulsímetro), el último objeto que viera antes de perder toda conciencia,  se desbocaba a más de ciento ochenta pulsaciones por segundo. Con gran estrépito, cayó fulminado al pie de la puerta. Notó una, dos y hasta tres descargas sobre su pecho, el mundo  desaparecía y aparecía de su mente con cada latigazo. Sintió un doloroso pinchazo a la altura de su esternón y un etéreo y helado torrente que se abría paso a través de sus venas. La  oscuridad, gradualmente, pacíficamente, dulcemente, sin resistencia, fue adueñándose de su vida. Una débil luz titilaba, aún en sus dilatadas y abiertas pupilas, mientras que  una ambulancia del servicio de urgencias volaba por la gran avenida.