lunes, 28 de mayo de 2012

El horror y el Mal



He de decirte que no he podido por menos que reírme un buen rato, por no llorar, con tu "speech psicodramático", que no de otra forma cabe llamar a ese discurso, tan rancio como vacuo que, en este foro, nos  dedicas.  



 Leyéndolo, venían a mí imágenes de otro tiempo, de los años 70,  en plena dictadura franquista, cuando, por vías desconocidas, llegaban a nuestras manos aquellos panfletos  impresos en ciclostil o en alguna imprenta clandestina. Ejercían en nosotros, muchachos de apenas veinte años educados en otros valores, una rara fascinación.



No pocos jóvenes de mi generación  nos abrazamos a la nueva religión propalada en aquellas páginas; y así pudimos conocer a Marx y a  Friedrich  Engels; hablar durante horas, sin sufrirlo, del sistema de planificación económica centralizado, o descubrir que demonios era aquello del “Anti-Dühring” (lo que bastó para darnos cuenta de que manera las corrientes heterodoxas, dentro del socialismo, iban a ser implacablemente perseguidas); tratar de engullir aquél indigesto "Materialismo y empireocriticismo" del camarada Lenin o los cuadernos de Gramsci y, como aperitivo, darnos un paseo por el  socialismo utópico de Owen y Fourier o Saint Simón, y el anarquismo, con cuyas ideas comulgué  –también tengo mis debilidades-, de P. J. Proudhon, de Piotr Kropotkin  o de Errico Malatesta, y, ya en clave española, conocer, por ejemplo,  la  experiencia de Ferrer i Guardia y la escuela libertaria;  en fin, toda la amplia panoplia del denominado pensamiento “clásico” de izquierdas.



Había,  por entonces, en activo, otros muchos “pensadores”  del llamado “marxismo tardío”  como T. Adorno, H. Marcuse, Erich Fromm o Habermas, es decir,  lo más granado de la escuela de Frankfurt, o como  Fredric Jameson o Louis Althusser, desplegando sus habilidades dialécticas en las universidades americanas o europeas y dedicados a construir, como telaraña, la estructura de un sueño que ya se había revelado como utopia en los primeros tiempos del Manifiesto.



Así llegó a formarse dentro de lo que llamas "el abominable estado imperial",  una corriente antipatriótica, encargada de subvertir el orden y que ha sido tradicionalmente, y es todavía, el cauce a través del cual algunos os habéis ido pertrechando de las ideas "progresistas", que pasadas por el tamiz de una  mentalidad ecléctica, han dado lugar a  un  sucedáneo frío y desleído,  intelectual y academicista, (preferible, en todo caso, a esa ingeniería social desarrollada por auténticos  sociopatas, disfrazados de bienhechores del género humano, cuyos nombres están en la mente de todos), desprovisto de ese espíritu de comunión que ha alimentado, a falta de Dios,  las grandes pasiones y deseos del alma humana, pues sin pasión, sin voluntad y sin deseos bien encauzados, sin grandes ideales a los que servir, los individuos y los pueblos envilecen, se enajenan y, al final, se autodestruyen o se inmolan ante fetiches.



 Te preguntas o afirmas sobre el porqué de la implosión del comunismo en la unión soviética, sobre las maniobras conspirativas que se fraguaron en el proceso y sobre la poca o mucha “culpa” que pudo tener en su caída la Iglesia, y, singularmente, el Papa Juan Pablo II. Eso es empezar por el final, así que pregúntate, más  bien, porqué todas las grandes revoluciones han precisado del terror para implantarse y porqué en los tiempos de crisis, cuando el mal se extiende como una peste pudriéndolo todo, se hacen con el poder los más viles, los más crueles, los más corruptos e inhumanos, los más fatuos y estúpidos de los hombres, es decir, cualquiera de nosotros al que el pueblo o las armas haya otorgado un desmesurado poder, y yo te responderé que esa es la forma de actuar del mal,  pues precisa de ríos sangre para corporizarse e implantar su reino.



No, no es que el terror sea algo inherente a las ideologías revolucionarias, como pareces asumir con extraña  complacencia, ya que estas entroncan, las más de las veces, con los más nobles ideales y aspiraciones del espíritu, sino a la propia condición humana, pues en sus oscuros fondos, pliegues y recovecos duerme esa semilla ponzoñosa que corroe nuestra existencia.



            Y es que, amigo mío, te voy a hacer una última revelación: el mal existe y es absoluto,   se halla entrelazado con el bien, al igual que la cizaña y las espigas en un campo de trigo, en el centro mismo del ser que se disputan, donde reside y radica todo el misterio de la infelicidad y la desdicha humana, pero también toda la grandeza de espíritu y capacidad de hacer el bien y de entrega a los demás y de sacrificio hasta la muerte.



Por ello, como un Marlow cualquiera, después de haber remontado con mucha fatiga el río de la vida, de haberme perdido y naufragado muchas veces en su insondable y proceloso curso, tras ver esparcidos por el camino los deletéreos frutos de la iniquidad  y de la locura humana, desde el corazón mismo de mis propias tinieblas, puedo entender perfectamente el mensaje de Kurtz, aquél viejo chiflado y enfermo: ¡El horror! ¡El horror! … El que tu escrito me provoca.