jueves, 12 de abril de 2012

Las pirámides, ese enigma.



Doscientos años de egiptología es tiempo más que suficiente para sacar a la luz alguna verdad, si hubiera interés en hacerlo. Provoca pereza, cuando no cansancio, asistir a esa monocorde explicación de la arqueología academicista, que sigue  sustentando hoy, igual que ayer, las mismas o parecidas hipótesis.



Los egiptólogos, parecen haberse convertido en una especie de funcionariado, que depende de los presupuestos de las universidades o de las subvenciones públicas,  pero sobre todo de los permisos otorgados por las autoridades egipcias que, dicho sea de paso, se muestran más que remisas a corregir la versión oficial, empíricamente insostenible.



Es, además de políticamente incorrecto, académicamente expuesto, dudar que esos gigantescos, antiguos y enigmáticos poliedros, fueran obra de los egipcios. Sin embargo, a la época en que, según la historiografía, se retrotrae el levantamiento de tan colosales estructuras, los pobladores de las riberas del Nilo vivían de igual manera que los demás pueblos del llamado Creciente Fértil (por su forma imaginaria similar a  esa fase de la luna), en las orillas de los ríos primordiales, cuna de las más grandes civilizaciones, desarrollando una agricultura, una ganadería y una pesca de subsistencia,  en viviendas construidas de adobe y cañas,  al lado de  ciclópeas construcciones que, a tenor del estado tecnológico existente en la época,  habrían sido levantadas sin otros instrumentos más que la palanca y  el cabestrante y construidas utilizando rudimentarias mazas y martillos,  cinceles y cuerdas, y, acaso, el nivel y la plomada. Nada encaja.



Cuando  el filósofo Platón viajó a Egipto, y de esto ya hace 2400 años,  contaba como, según los más viejos y sabios del lugar,  esas estructuras eran de una enorme antigüedad, unos 10.000 años, dato que no concuerda con la cronología oficial, que atribuye su construcción a los faraones de la cuarta dinastía (2500 años, aprox. a de c.).



Herodoto, el famoso cronista griego, que  decía de sí mismo, con gran sensatez y humildad: «Si yo me veo en el deber de referir lo que se cuenta, no me veo obligado a creérmelo todo a rajatabla; y que esta afirmación se aplique a la totalidad de mi obra», cien años antes que Platón, describe en Euterpe (Los nueve libros de la historia, dedicados cada uno a una musa) como, según los sacerdotes de Memphis, la gran pirámide, por ejemplo, habría sido levantada por un ejército de trabajadores compuesto por cien mil hombres en veinte años. Su antigüedad sería de alrededor de 4500 años. Sin embargo, los israelitas cuya estancia en Egipto se sitúa sobre el año 1800 años a. de C, nada dicen en la Biblia sobre tan portentosas edificaciones. Y es de suponer que alguno, vivos como son, las habría visto.



Veinte años son 7300 días, según mis propios cálculos. Sólo para construir la citada pirámide de Keops,  se han contabilizado hasta dos millones y medio de enormes bloques de piedra, lo que nos da un total de 340 por día tallados y colocados, extraídos de la propia meseta, de las canteras de Asuán, Nilo abajo, o de las de caliza cercanas a Tura.



Necesariamente, tendrían que haber existido en esos lugares, así como en otras canteras diseminadas por el valle del Nilo, grandes campamento compuestos por miles de trabajadores, vigilados por cientos de soldados, dedicados todo el día, primero a desgajar, por el procedimiento, dicen,  de introducir cuñas de madera en las grietas de la roca madre, gigantescos bloques de piedra en bruto, para luego, mediante mazas, martillos y cinceles, desbastarlos hasta darles la forma y la proporción precisas, y luego tallarlos y pulirlos para que encajaran unos sobre otros, con precisión milimétrica.



Tarea de titanes, teniendo en cuenta que el peso promedio de cada bloque era de dos toneladas y media, (la llamada cámara del rey, por ejemplo, está sellada con impresionantes bloques de granito de hasta cincuenta tonelada cada uno de ellos, -ningún refugio de la era nuclear estaría mejor blindado- y que había que transportarlos, trabajosamente, hasta el río, quizás sobre  plataformas de troncos o sobre trineos, e izarlos mediante cabestrantes, hasta unas barcazas de madera, movidas a golpe de remo,  que, tras varias horas de navegación, remontando el río, llegarían a su destino.



 Bosques enteros debieron de haber sido talados, al efecto,  en el Líbano o quién sabe dónde,  ya que Egipto no era, en la época, precisamente un vergel ¿era el desierto un vergel? parece ser que sí, quizá una parte del Jardín de Edén, pero tendríamos que remontarnos a doce mil años atrás ¿qué catástrofe ecológica tuvo lugar para que ese auténtico paraíso se convirtiera en un arenal desolado y sin vida?



Es un misterio. Lo que ahora vemos no es más que el esqueleto de prodigiosas construcciones que con la tecnología actual requerirían de grandes medios y maquinaria ultramoderna. Cualquier ingeniero lo sabe.



Falta por decir que, exteriormente, estaban recubiertas por miles de planchas de piedra caliza, blanca y pulimentada, cubierta de inscripciones, como para llenar la biblioteca de Alejandría por completo, y rematadas por una estructura dorada llamada piramidón.



 Sólo el  impacto visual debía ser como para caer de rodillas. Fueran quienes fueran los que las construyeron, si no fueron los propios egipcios, desaparecieron de la noche a la mañana, tragados por el tiempo y dejando una huella indeleble de su presencia en el mundo.



 Para dar una explicación plausible, Los más antiguos anales egipcios se remontan a pretéritos reyes de lejanas dinastías, Keops, Kefren, Micerino …, que, poseedores de grandes conocimientos, habrían construido esos monumentos con unas técnicas cuyos vestigios no han aparecido.



Las utilizadas después dan como resultado la construcción de cientos de pirámides, diseminadas por todo Egipto, a imitación de aquellas, que no son más que pobres y rudimentarios montones de piedra y ladrillo toscamente trabajados. Tuvieron que venir los griegos para dotar de esplendor, bajo otros estilos perfectamente definidos, los nuevos templos y las nuevas construcciones de los tiempos históricos.


 Los egipcios de ahora y de siempre sostienen que los antiguos faraones las construyeron como mausoleos. El Libro de los Muertos recoge con precisión los preparativos para el último viaje, más no se ha hallado al día de hoy, en las pirámides, prueba alguna de la existencia de restos humanos que lo advere.



En la Biblia, el Antiguo Testamento, nos habla de unas criaturas llamadas los nefilim, raza de gigantes “nacidos del comercio entre los ángeles y las hijas de los hombres”. En clave extraterrestre, los Elohim, habrían llegado con sus naves desde el cielo, creando el hombre a su imagen y semejanza depositando en sus manos un inmenso legado. Luego, desaparecieron.



 Interpretación, esta, sin duda, que cualquier científico tildaría de extravagante, sin pararse  a pensar que, de desearlo,  el hombre actual estaría en condiciones de reproducir eso mismo en pocos años. Un viaje a Marte, una terraformación de su suelo y la creación de una criatura “ad hoc”, genéticamente similar a nosotros, en cuyas manos se depositaria como legado, una muestra de nuestra civilización.



No lo digo yo, que no tengo criterio, sino el admirable, por muchos motivos, Carl Sagan. Construiríamos allí, por ejemplo, grandes edificaciones con los mejores y más imperecederos materiales existentes,  para dejarlos como herencia a sus descendientes; testimonio que pasado el tiempo y desaparecidas las primeras generaciones, nadie sabría interpretar. Luego nos dedicaríamos, desde lejos, a observar su evolución, sin intervenir nada más que esporádicamente, con grandes señales sobre el cielo y con nuestra presencia “in situ”. Ellos recibiéndonos como divinidades y nosotros dando muestras de gran poder. Lo mismo que se relata en la Biblia.   



La Atlántida y otras leyendas de civilizaciones poderosas y antiguos continentes cubiertos por el agua, serian un testimonio de cómo en la muda noche de los tiempos fuimos visitados por seres procedentes de otros mundos. O, por el contrario, de la existencia de una edad de oro en nuestra propia tierra, de la que sólo quedarían esas impresionantes huellas pétreas, y las ruinas de ciudades sumergidas. Luego la decadencia y el lento avance en un proceso de siglos hasta alcanzar de nuevo aquél estatus.



Recordemos que antiguas leyendas acadias, sumerias o babilónicas nos hablan de reyes que vivieron diez mil años, como la leyenda de Gilgamesh, el semidios de Uruk, que acompañado del héroe Enkidu, sale en busca del sabio Upnapisthin, poseedor del secreto de la inmortalidad, una epopeya sumeria que nos traslada en clave poética la eterna búsqueda del hombre por desvelar los enigmas del pasado, consciente de que este tiempo es un ciclo de tantos y que a lo largo de la creación otros muchos se sucedieron.



 Por no hablar de la literatura india, donde, en sus grandes epopeyas, se relatan, por ejemplo, batallas apocalípticas entre seres de venidos de otros mundos y los habitantes de la tierra, dueños, a su vez, por lo que parece, de una tecnología inexplicable.



Leyendas y mitos sobre dioses y ángeles que nos trajeron la civilización, enseñándonos todo cuanto sabemos y quizá programándonos genéticamente con fecha de caducidad. Los muy … protervos.