miércoles, 25 de julio de 2012

Curso del 68, el número "e"

 

Aquel día, como tantos otros, tras un rápido refrigerio, siempre con el último bocado en la puerta, salí corriendo con mi bolsa de gimnasia al hombro y mis libros: la sirena había sonado, lo que indicaba que, en cinco minutos, tenía que recorrer un kilómetro escaso, que era el espacio que separaba mi casa del instituto.

Había pasado la noche estudiando, y, por lo tanto, me encontraba de muy mal humor y somnoliento, pero tenía, seguramente, que pasar una prueba y necesitaba concentrar toda mi memoria y mi atención tan sólo en ese reto.

Traspasado el umbral del Instituto “P.  Rex”, subí de cuatro zancadas las escaleras, penetrando en el aula casi sin aliento. Allí me esperaba D. Fadrique, en actitud inquisitorial. El día anterior había tenido un examen de su asignatura, y no se me ocurrió mejor cosa (y lo confieso con gran sentimiento de culpa, a pesar de haber transcurrido más de cuarenta años) que, por el cobarde procedimiento del cambiazo, entregar las hojas con las contestaciones previamente escritas, objeto previsible del citado examen. 

Siempre recordaré la infamia, como recordaré también el buen estado de mis reflejos, pues nada más cometer la fechoría, supe que era reo de muerte, y que si no aprovechaba el tiempo, sería además el hazmerreír de la clase, cosa que a determinada edad en la que no hemos perdido aún ni el orgullo ni la autoestima es, sencillamente, insoportable.

Me senté en el pupitre con todos los músculos en tensión, sin atreverme a levantar la vista de la mesa, pronto a lanzarme, con la mayor desenvoltura posible, y también con la mayor desvergüenza, en defensa de mi persona.

- Hay un listo –comentó- que se cree muy listo, pero que hoy, seguramente, va a demostrarnos lo contrario, porque se necesita ser rematadamente tonto para copiar un examen, de la manera que él lo ha hecho, con puntos y comas, y pretender que nadie se entere.

Minusvalora a sus profesores y, lo que es más, perjudica a sus propios compañeros, a quienes haría un flaco favor (a los, de verdad, inteligentes y estudiosos – matizó), si yo me dejara engañar  y pasar por alto su astucia y su fraude.

Lo confieso, me temblaban las rodillas, se me aflojaban los esfínteres, luchaba por dominar mi estado de auténtico pavor, pero logré sobreponerme.

- Sr. Torre, adelántese a la tarima, ordenó, que quiero comprobar el estado de sus conocimientos-, señalándome, como a un condenado, con el dedo índice. 

De nada valieron mis argumentos, ni la afectada y cínica defensa que de mi probidad hiciera. Salí al encerado como res al degolladero. Risitas burlonas a mis espaldas y alguna que otra alusión cómplice y por señas al tamaño de mis gónadas… ¡Con D. Fadrique nadie se la jugaba,… era de locos!  Sorteando lentamente la barrera de mesas y de sillas, subí al cadalso, rezando y pidiéndole a Santa María bendita que, por favor, surgiera de aquellos labios una sola pregunta: el maldito numero “e”, causa de mi pesar y de los nocturnos desvelos. 

- A ver, Sr. Torre, explique para que yo me entere y se enteren muy bien todos sus compañeros, todo lo que sepa sobre el número “e”. Me faltó solamente un pinchazo para  saltar de alegría hasta el techo, en tanto repetía para mis adentros, “lo tengo,…lo tengo”. Con puntos y comas, con explicaciones y argumentos, fui desgranando en aquella pizarra desde la primera a la última cosa que sobre el particular explicaban J. Rey Pastor y P. Puig Adam en su magnifico y memorable texto de Matemáticas del séptimo curso, ante la expresión atónita del profesor y el silencio expectante de toda la clase, mirándole insistentemente para atraer su atención, cual consumado intérprete, notando como se iba transformando su irónica sonrisa en una mal disimilada y contrariada mueca de disgusto.

Finalizada la exposición, volví a darle nuevas explicaciones, haciéndole participe de mi dolor ante la desconfianza y la falta de razón que le asistían por sus dudas, pues, aunque inconstante en el esfuerzo, le hice saber que, yo, cuando estudiaba, estudiaba; de lo que era viva muestra el cuaderno de notas, extraña mezcolanza de suspensos y sobresalientes, de tres y  de nueves.

Ya me dirigía yo, ante los murmullos y risitas que creí adivinar de admiración de mis compañeros, a mi sitio, cuando nuevamente oí su voz queda: - Sr. Torre, apuesto cualquier cosa que, en lugar de estudiar, estuvo usted anoche de parranda hasta altas horas de la madrugada ¿No? -¿Y eso? -contesté- …,-ande y cámbiese los zapatos, que lleva uno de cada color; después, a última hora, venga a mi despacho. ¡Y que conste que no le voy a poner sobresaliente!

No sabía donde meterme, contemplaba mis castellanos, el uno marrón, el otro granate mientras me decía ¡Tierra, trágame! ¡Qué vergüenza, menos mal que en mi bolsa llevaba las playeras de gimnasia! ¿Qué habría pensado ella, la verdadera causa de mis cuitas, cuando la saludé en el parque, dos minutos antes de sonar la última sirena?

D. Fadrique me propuso quedarme, tras la finalización de las clases, desde aquél día y hasta la finalización del curso, dos horitas más en el Estudio del  Sr. López, junto al resto de los botarates: era una oferta irrechazable. Aquél año aprendí, de verdad, “cálculo infinitesimal”, y prometí nunca más copiar un examen,  y, sobre todo,  no tocar, por todos los restos, un libro de matemáticas, cosa que cumplí sin esfuerzo, más que nada porque era el último curso de Bachillerato.

lunes, 23 de julio de 2012

EL ARCHIVO SECRETO

Primera parte

 

La verdad es que ni él mismo llegó nunca a comprender, cómo había podido malgastar toda su vida en aquel elegante, aunque ya vetusto, despacho, agotando su energía en la rutinaria labor del picapleitos, en una diaria sucesión de casos, reclamaciones, demandas, etc., de no importa qué jurisdicción, repetición, las más de las veces, de actos mecánicos que le abocaban a la pérdida de contacto con la realidad y a la degeneración de su propia autoestima, así como a una profunda y prolongada depresión, antesala de la mayoría de las enfermedades letales.

Eran muchas las noches de insomnio que sobrellevaba a sus espaldas, agravado por su desmedida afición al café y a la radio, a la cual se asía desesperadamente para mitigar su angustia, con la vana esperanza de hallar, a través de las ondas, un mensaje o consejo útil, que le ayudara a descifrar las claves de su mal.

Hasta que creyó llegar a la conclusión acertada: se hallaba dormido, la conciencia aprisionada entre las cuatro paredes de un sueño que le impedía establecer comunicación con una parte importante de su ser, así como  percatarse de la realidad circundante y, en consecuencia, en ese estado cuasi hipnótico, deambulaba por la vida, sin ser verdaderamente consciente de que su yo más profundo, ignorado, a fuer de cadenas amordazado, clamaba por hacerse un hueco en su vida, en la búsqueda de una mayor armonía.

Como quiera que no se hallaba sólo en el mundo y que, en silencio, otros seres infelices compartían su techo y preocupaciones, sin comprender porqué se autodestruía de aquella manera lenta y atroz, en un mutismo absoluto, ello le proporcionaba más argumentos en favor de su tesis, pues no podía explicar, más que por esa circunstancia señalada, cómo amándolos como los amaba, no ponía remedio a esa situación intolerable, mediante el único acto verdaderamente heroico y lúcido que un hombre, que ya no puede soportar su carga, puede realizar para poner fin a una situación que amenaza con destruir a aquéllos que verdaderamente ama. Se daría un pequeño plazo para poner en orden las ideas e intentar recomponer los fragmentos de una existencia larvada, acostumbrada a soportar la penumbra.

Instintivamente, pidió ayuda al cielo con el rostro vuelto hacia lo alto, sin ser realmente consciente de a qué fuerzas invocaba, pero deseando, con todos sus sentidos puestos en juego, un cambio radical en su vida.

Trataría, en fin, de encontrar el camino que el tiempo había borrado de su memoria, retroceder, en lo posible, hacía el pasado y guiar sus pasos en búsqueda de aquélla bifurcación causante de su extravió y hallar la verdadera senda que habría de mostrarle nuevos horizontes, distintas perspectivas, antiguos parajes que le recordaban algún momento de la infancia y que se extraviaron de su vista en el sopor de una amarga y dolorosa pesadilla que nubló sus sentidos y que ya no pudo superar, a pesar de haber puesto en ello los más loables esfuerzos.

Había soñado desde muy pequeño con ser un gran hombre, tanto que el mundo entero iba a necesitarle por su sabiduría y por sus grandes descubrimientos. Enamorado como estaba de las grandes obras del ingenio humano, no quería resignarse a pasar por esta vida sin aportar a la humanidad algunas briznas de gloria.

Ahora, genial científico, después, insigne arqueólogo, viajero intrépido a la búsqueda y rescate del pasado o destinado a contemplar de muy cerca el brillo de otros astros, en la búsqueda y conquista de nuevos mundos, colonizando el espacio, entablando relaciones y estableciendo tratados comerciales con otras civilizaciones, al otro lado del inmenso océano cósmico; sueños, en fin, de una pueril irrealidad que las circunstancias y, sobre todo, la implacable genética, se iban a encargar de desmoronar para siempre, por más que el tiempo los haya seguido manteniendo vivos bajo una espesa capa de manto, que esperaba, inútilmente, la semilla que hiciese brotar los ansiados frutos.

Odiaba lo que hacía: aquél trabajo rutinario, base del sustento familiar, no era con lo que había soñado. Estudió Derecho como por castigo divino. En su juventud había amado la Historia, el Arte y la Literatura, ¿Más cómo vivir de eso? Tenía sus aspiraciones : una familia, hijos que criar, una bonita casa, un buen sueldo, treinta días de vacaciones al año en alguna escondida playa, viajes a destinos exóticos,  y unos pocos caprichos relacionados con sus aficiones: la fotografía, los libros, el coleccionismo y poco más. Así que ingresó en el bufete de abogados que le ofreció la primera oportunidad, trabajando diez horas cada día, sin dejar de acudir uno tan sólo, durante ya treinta insoportables años.

Ellos, los titulares y dueños de aquél gran negocio familiar, contentos con su trabajo. Él, rondando los sesenta, consumido prematuramente, desilusionado de la vida y con sus aspiraciones frustradas. Contribuía a ello su escaso y débil carácter y su radical y patológico miedo a la libertad y a la independencia.

Del oficio lo sabía casi todo, dominaba los procedimientos, pero ello nada aportaba a su vida que fuera digno de ser recordado. Para sus jefes siempre había sido y sería "el pleitero”, o sea, el experto en pleitos. Tenía a su cargo, además de una secretaria eficiente, a un recién licenciado que ejercía de pasante y que le recordaba mucho a él mismo cuando empezó y con el cual hacía muy buenas migas, dada su simpatía y su carácter extrovertido y jovial. Espabilado como pocos, aprendía a marchas forzadas y era un gran trabajador. J. Arenas, se llamaba.

Por ello, cuando aquella mañana comprobó que en su ordenador había un correo electrónico, de un antiguo cliente del bufete, dirigido a su "exclusiva atención", no pudo por menos que dar un respingo en el sillón, mientras su corazón, aceleradamente, enviaba suficiente riego a su cerebro y oxígeno a sus pulmones. Aquél mensaje, cambiaría, sin él saber hasta que punto, por completo, su vida:

A: Mr. L…  Rebolledo Gracia, Esq.
. Bufete Dalmau i Flors.&   ….. Barcelona (Spain)
De: W. Global Trust Agency Investment.
Orlando (Florida)-U.S

03/17/09
Dear Mr. L. Rebolledo:
( A su exclusiva atención)
El presente, será el primero de una serie de comunicados de máximo interés. Así, pues, existiendo en nuestro poder informes que avalan su profesionalidad, rigor, honradez y suma discreción, rogamos que, sobre el asunto objeto de los mismos, mantenga estricta confidencialidad, no poniendo en conocimiento de terceras personas, salvo  instrucciones en contrario, las cuestiones planteadas, ya que, de su divulgación, podrían irrogarse graves e irreparables  perjuicios y consecuencias.

Lea atentamente el informe del archivo adjunto (en él, por comprensibles motivos, se han omitido los datos de filiación de las personas presuntamente implicadas, así como domicilios o cualquier otra pista que coadyuve a su identificación)  y, si acepta, como creemos que aceptará, el trabajo propuesto, póngase en contacto con nosotros a la mayor urgencia, a vuelta de correo. Está a tiempo de renunciar y entenderemos perfectamente sus razones, pero, una vez aceptado, el asunto deberá seguir su curso con todas las consecuencias.

Caso de expresa aceptación, le otorgaríamos los poderes necesarios, tanto generales como especiales, a cuyo efecto, le sugeriríamos que, dado lo extraordinario del mismo, ponga en orden sus asuntos cuanto antes y solicite, si lo estima necesario, un permiso o excedencia en su trabajo. Otorgados que fueren dichos apoderamientos, le adelantaríamos un primer pago de 50.000 € en compensación por las molestias ocasionadas, ello sin perjuicio de las provisiones de fondos que necesite, en razón de los trabajos a realizar y gastos requeridos derivados de la investigación previa.
Sabrémos compensar generosamente sus esfuerzos, máxime en caso de favorable resolución. El primer pago se realizaría en dos entregas sucesivas y en efectivo metálico, para lo cual deberá habilitar un apartado en la estafeta de correos de su elección, copia de cuya llave deberá facilitar a uno de nuestros contactos en el país. Se le comunicaran detalles. Insistimos: absoluta discreción. Haga copias del archivo adjunto en unidad extraíble y elimínelo sin dejar rastro.
I look forward to hearing from you soon.
Yours sincerely,  Mr. Pablo Baigorri Begeristain- Deputy General Manager.

En un primer arrebato, le dieron ganas de ponerse a dar saltos de alegría, llamar a Mary Paz, su esposa, contarle la buena nueva y despedirse de sus jefes, no sin antes reprocharles su conducta durante años, recalcando el justo reconocimiento que otros hacían de sus méritos. 

Releyó una vez más aquél correo; su inicial alegría se fue disipando, dando paso, sin solución de continuidad a su habitual, seria y sombría expresión, conforme iba leyendo el informe. Estaba, por lo que había apenas entrevisto, ante el asunto más espinoso de su vida, pero, si lograba resolverlo, sería una auténtica bomba. ¿Y porque este encargo –se preguntaba- a un abogado a sueldo, de segunda fila, de escaso renombre e ínfima categoría? No obtuvo respuesta.

El oxigeno no llegaba a su sangre, el corazón le latía con gran fuerza. No podía aguantar la tensión. Tumbándose  en el suelo, en un lugar que tenía habilitado a ese fin, tras cerrar la puerta, en posición de decúbito supino, alternando con prono, realizó una pequeña tabla de ejercicios de estiramiento y relax.

No sólo necesitaría disponer de todo su tiempo, pensaba para sí, sino que requeriría de alguien para ayudarle en la difícil tarea de investigación, así como en las demás rutinarias gestiones. Una persona de confianza, inteligente y discreta, joven y atrevida, con ganas de triunfar y buena disposición, capacidad de trabajo y al que, no obstante, no le importara mantenerse en un segundo plano: estaba retratando a su pasante.

Reflexionó durante unos instantes, disponiéndose a pergeñar un plan que justificara su desvinculación temporal del bufete, sin despertar recelos o sospechas, evitando, en lo posible, broncas y malos modos y que al mismo tiempo le permitiera una reincorporación que tarde o temprano habría de producirse.

No pensaba, si Dios le daba salud y fuerzas, jubilarse antes de los sesenta y cinco y aún le quedaban cinco años por cotizar a la Seguridad Social y otros tantos a su plan de jubilación, para tener todos sus derechos al completo; sería de locos, se decía, tirar por la borda el fruto multiplicado de tantos años de ahorros y esfuerzos.

Su esposa le había regalado, escasamente haría dos meses, con ocasión de su cumpleaños, aquella maravilla de la tecnología. Conocedora de sus caprichos, se gastó un dineral en una agenda electrónica de última generación, donde, anotaba minuciosamente citas, señalamientos, providencias, actuaciones,  etc. de los distintos procedimientos  que abarrotaban su escritorio.

Ya se disponía a introducir nuevos  datos en la misma, relacionados con el asunto, cuando un sexto sentido le advirtió de la posibilidad de que alguien pudiera tener acceso a ella por sustracción o, pérdida,  de manera que utilizó para ello un simple pendrive que, a modo de llavero, llevaba en el cinturón, para su uso en el portátil, en su casa, y que era donde guardaba los “casos vivos “, y su contabilidad personal. Más tarde buscaría la fórmula para guardar la información mediante alguna clave de imposible acceso. Acto seguido elimino de su ordenador el mensaje y el archivo adjunto.

Abrió sigilósamente la puerta  de su despacho, eran las nueve de la noche, ni un alma en las oficinas, el tiempo, otras veces eterno, había transcurrido a la velocidad de la luz. Descendió al estacionamiento y montando en su viejo BMW, condujo, todo lo rápido que le permitía el tráfico, hasta su casa de la calle Aribau.

Preso de una extraña agitación, subió los dos tramos de escalera que le separaban de su hogar en cuatro saltos. Su reloj (pulsímetro), el último objeto que viera antes de perder toda conciencia,  se desbocaba a más de ciento ochenta pulsaciones por segundo. Con gran estrépito, cayó fulminado al pie de la puerta. Notó una, dos y hasta tres descargas sobre su pecho, el mundo  desaparecía y aparecía de su mente con cada latigazo. Sintió un doloroso pinchazo a la altura de su esternón y un etéreo y helado torrente que se abría paso a través de sus venas. La  oscuridad, gradualmente, pacíficamente, dulcemente, sin resistencia, fue adueñándose de su vida. Una débil luz titilaba, aún en sus dilatadas y abiertas pupilas, mientras que  una ambulancia del servicio de urgencias volaba por la gran avenida. 

domingo, 8 de julio de 2012

SE OCULTO LA LUNA




Se agotó en vana carrera por la cresta de la loma, hasta que una raíz desenterrada, el azar o la providencia,  le voltearon por encima de una roca, fugaz parapeto que dejó parte de su anatomía al descubierto, al alcance de las balas, una de las cuales terminaría por alojarse a la altura de su rodilla izquierda con un vibrante chasquido, estremeciendo de dolor todo su cuerpo.

Reptó sobre su espalda, avanzando lentamente entre los helechos, para dejarse caer,  ya sin aliento, por un mullido terraplén hasta topar su cabeza con los duros cantos rodados del seco arroyo. Apenas pudo incorporarse sujetando entre sus manos aquel amasijo sanguinolento. Tambaleándose, dando traspiés como un borracho, caminó semiconsciente, hasta que la febril luna de los helados picachos se ocultó tras un denso nimbo. Circunstancia que aprovecharía para arrastrarse con gran sufrimiento hasta los lindes del sotobosque, donde, sepultado por la maleza, desapareció  de la vista de sus perseguidores.

Nadie supo nunca si consiguió salir vivo de allí, o si, convertido en  arbusto, vegeta en los montes, agitando sus delgados brazos leñosos al arrullo del viento y de las torcaces, que anidan y crían sus polluelos en las oquedades de sus ojos, sobre la amarga cuenca de su boca.




lunes, 28 de mayo de 2012

El horror y el Mal



He de decirte que no he podido por menos que reírme un buen rato, por no llorar, con tu "speech psicodramático", que no de otra forma cabe llamar a ese discurso, tan rancio como vacuo que, en este foro, nos  dedicas.  



 Leyéndolo, venían a mí imágenes de otro tiempo, de los años 70,  en plena dictadura franquista, cuando, por vías desconocidas, llegaban a nuestras manos aquellos panfletos  impresos en ciclostil o en alguna imprenta clandestina. Ejercían en nosotros, muchachos de apenas veinte años educados en otros valores, una rara fascinación.



No pocos jóvenes de mi generación  nos abrazamos a la nueva religión propalada en aquellas páginas; y así pudimos conocer a Marx y a  Friedrich  Engels; hablar durante horas, sin sufrirlo, del sistema de planificación económica centralizado, o descubrir que demonios era aquello del “Anti-Dühring” (lo que bastó para darnos cuenta de que manera las corrientes heterodoxas, dentro del socialismo, iban a ser implacablemente perseguidas); tratar de engullir aquél indigesto "Materialismo y empireocriticismo" del camarada Lenin o los cuadernos de Gramsci y, como aperitivo, darnos un paseo por el  socialismo utópico de Owen y Fourier o Saint Simón, y el anarquismo, con cuyas ideas comulgué  –también tengo mis debilidades-, de P. J. Proudhon, de Piotr Kropotkin  o de Errico Malatesta, y, ya en clave española, conocer, por ejemplo,  la  experiencia de Ferrer i Guardia y la escuela libertaria;  en fin, toda la amplia panoplia del denominado pensamiento “clásico” de izquierdas.



Había,  por entonces, en activo, otros muchos “pensadores”  del llamado “marxismo tardío”  como T. Adorno, H. Marcuse, Erich Fromm o Habermas, es decir,  lo más granado de la escuela de Frankfurt, o como  Fredric Jameson o Louis Althusser, desplegando sus habilidades dialécticas en las universidades americanas o europeas y dedicados a construir, como telaraña, la estructura de un sueño que ya se había revelado como utopia en los primeros tiempos del Manifiesto.



Así llegó a formarse dentro de lo que llamas "el abominable estado imperial",  una corriente antipatriótica, encargada de subvertir el orden y que ha sido tradicionalmente, y es todavía, el cauce a través del cual algunos os habéis ido pertrechando de las ideas "progresistas", que pasadas por el tamiz de una  mentalidad ecléctica, han dado lugar a  un  sucedáneo frío y desleído,  intelectual y academicista, (preferible, en todo caso, a esa ingeniería social desarrollada por auténticos  sociopatas, disfrazados de bienhechores del género humano, cuyos nombres están en la mente de todos), desprovisto de ese espíritu de comunión que ha alimentado, a falta de Dios,  las grandes pasiones y deseos del alma humana, pues sin pasión, sin voluntad y sin deseos bien encauzados, sin grandes ideales a los que servir, los individuos y los pueblos envilecen, se enajenan y, al final, se autodestruyen o se inmolan ante fetiches.



 Te preguntas o afirmas sobre el porqué de la implosión del comunismo en la unión soviética, sobre las maniobras conspirativas que se fraguaron en el proceso y sobre la poca o mucha “culpa” que pudo tener en su caída la Iglesia, y, singularmente, el Papa Juan Pablo II. Eso es empezar por el final, así que pregúntate, más  bien, porqué todas las grandes revoluciones han precisado del terror para implantarse y porqué en los tiempos de crisis, cuando el mal se extiende como una peste pudriéndolo todo, se hacen con el poder los más viles, los más crueles, los más corruptos e inhumanos, los más fatuos y estúpidos de los hombres, es decir, cualquiera de nosotros al que el pueblo o las armas haya otorgado un desmesurado poder, y yo te responderé que esa es la forma de actuar del mal,  pues precisa de ríos sangre para corporizarse e implantar su reino.



No, no es que el terror sea algo inherente a las ideologías revolucionarias, como pareces asumir con extraña  complacencia, ya que estas entroncan, las más de las veces, con los más nobles ideales y aspiraciones del espíritu, sino a la propia condición humana, pues en sus oscuros fondos, pliegues y recovecos duerme esa semilla ponzoñosa que corroe nuestra existencia.



            Y es que, amigo mío, te voy a hacer una última revelación: el mal existe y es absoluto,   se halla entrelazado con el bien, al igual que la cizaña y las espigas en un campo de trigo, en el centro mismo del ser que se disputan, donde reside y radica todo el misterio de la infelicidad y la desdicha humana, pero también toda la grandeza de espíritu y capacidad de hacer el bien y de entrega a los demás y de sacrificio hasta la muerte.



Por ello, como un Marlow cualquiera, después de haber remontado con mucha fatiga el río de la vida, de haberme perdido y naufragado muchas veces en su insondable y proceloso curso, tras ver esparcidos por el camino los deletéreos frutos de la iniquidad  y de la locura humana, desde el corazón mismo de mis propias tinieblas, puedo entender perfectamente el mensaje de Kurtz, aquél viejo chiflado y enfermo: ¡El horror! ¡El horror! … El que tu escrito me provoca.


jueves, 12 de abril de 2012

Las pirámides, ese enigma.



Doscientos años de egiptología es tiempo más que suficiente para sacar a la luz alguna verdad, si hubiera interés en hacerlo. Provoca pereza, cuando no cansancio, asistir a esa monocorde explicación de la arqueología academicista, que sigue  sustentando hoy, igual que ayer, las mismas o parecidas hipótesis.



Los egiptólogos, parecen haberse convertido en una especie de funcionariado, que depende de los presupuestos de las universidades o de las subvenciones públicas,  pero sobre todo de los permisos otorgados por las autoridades egipcias que, dicho sea de paso, se muestran más que remisas a corregir la versión oficial, empíricamente insostenible.



Es, además de políticamente incorrecto, académicamente expuesto, dudar que esos gigantescos, antiguos y enigmáticos poliedros, fueran obra de los egipcios. Sin embargo, a la época en que, según la historiografía, se retrotrae el levantamiento de tan colosales estructuras, los pobladores de las riberas del Nilo vivían de igual manera que los demás pueblos del llamado Creciente Fértil (por su forma imaginaria similar a  esa fase de la luna), en las orillas de los ríos primordiales, cuna de las más grandes civilizaciones, desarrollando una agricultura, una ganadería y una pesca de subsistencia,  en viviendas construidas de adobe y cañas,  al lado de  ciclópeas construcciones que, a tenor del estado tecnológico existente en la época,  habrían sido levantadas sin otros instrumentos más que la palanca y  el cabestrante y construidas utilizando rudimentarias mazas y martillos,  cinceles y cuerdas, y, acaso, el nivel y la plomada. Nada encaja.



Cuando  el filósofo Platón viajó a Egipto, y de esto ya hace 2400 años,  contaba como, según los más viejos y sabios del lugar,  esas estructuras eran de una enorme antigüedad, unos 10.000 años, dato que no concuerda con la cronología oficial, que atribuye su construcción a los faraones de la cuarta dinastía (2500 años, aprox. a de c.).



Herodoto, el famoso cronista griego, que  decía de sí mismo, con gran sensatez y humildad: «Si yo me veo en el deber de referir lo que se cuenta, no me veo obligado a creérmelo todo a rajatabla; y que esta afirmación se aplique a la totalidad de mi obra», cien años antes que Platón, describe en Euterpe (Los nueve libros de la historia, dedicados cada uno a una musa) como, según los sacerdotes de Memphis, la gran pirámide, por ejemplo, habría sido levantada por un ejército de trabajadores compuesto por cien mil hombres en veinte años. Su antigüedad sería de alrededor de 4500 años. Sin embargo, los israelitas cuya estancia en Egipto se sitúa sobre el año 1800 años a. de C, nada dicen en la Biblia sobre tan portentosas edificaciones. Y es de suponer que alguno, vivos como son, las habría visto.



Veinte años son 7300 días, según mis propios cálculos. Sólo para construir la citada pirámide de Keops,  se han contabilizado hasta dos millones y medio de enormes bloques de piedra, lo que nos da un total de 340 por día tallados y colocados, extraídos de la propia meseta, de las canteras de Asuán, Nilo abajo, o de las de caliza cercanas a Tura.



Necesariamente, tendrían que haber existido en esos lugares, así como en otras canteras diseminadas por el valle del Nilo, grandes campamento compuestos por miles de trabajadores, vigilados por cientos de soldados, dedicados todo el día, primero a desgajar, por el procedimiento, dicen,  de introducir cuñas de madera en las grietas de la roca madre, gigantescos bloques de piedra en bruto, para luego, mediante mazas, martillos y cinceles, desbastarlos hasta darles la forma y la proporción precisas, y luego tallarlos y pulirlos para que encajaran unos sobre otros, con precisión milimétrica.



Tarea de titanes, teniendo en cuenta que el peso promedio de cada bloque era de dos toneladas y media, (la llamada cámara del rey, por ejemplo, está sellada con impresionantes bloques de granito de hasta cincuenta tonelada cada uno de ellos, -ningún refugio de la era nuclear estaría mejor blindado- y que había que transportarlos, trabajosamente, hasta el río, quizás sobre  plataformas de troncos o sobre trineos, e izarlos mediante cabestrantes, hasta unas barcazas de madera, movidas a golpe de remo,  que, tras varias horas de navegación, remontando el río, llegarían a su destino.



 Bosques enteros debieron de haber sido talados, al efecto,  en el Líbano o quién sabe dónde,  ya que Egipto no era, en la época, precisamente un vergel ¿era el desierto un vergel? parece ser que sí, quizá una parte del Jardín de Edén, pero tendríamos que remontarnos a doce mil años atrás ¿qué catástrofe ecológica tuvo lugar para que ese auténtico paraíso se convirtiera en un arenal desolado y sin vida?



Es un misterio. Lo que ahora vemos no es más que el esqueleto de prodigiosas construcciones que con la tecnología actual requerirían de grandes medios y maquinaria ultramoderna. Cualquier ingeniero lo sabe.



Falta por decir que, exteriormente, estaban recubiertas por miles de planchas de piedra caliza, blanca y pulimentada, cubierta de inscripciones, como para llenar la biblioteca de Alejandría por completo, y rematadas por una estructura dorada llamada piramidón.



 Sólo el  impacto visual debía ser como para caer de rodillas. Fueran quienes fueran los que las construyeron, si no fueron los propios egipcios, desaparecieron de la noche a la mañana, tragados por el tiempo y dejando una huella indeleble de su presencia en el mundo.



 Para dar una explicación plausible, Los más antiguos anales egipcios se remontan a pretéritos reyes de lejanas dinastías, Keops, Kefren, Micerino …, que, poseedores de grandes conocimientos, habrían construido esos monumentos con unas técnicas cuyos vestigios no han aparecido.



Las utilizadas después dan como resultado la construcción de cientos de pirámides, diseminadas por todo Egipto, a imitación de aquellas, que no son más que pobres y rudimentarios montones de piedra y ladrillo toscamente trabajados. Tuvieron que venir los griegos para dotar de esplendor, bajo otros estilos perfectamente definidos, los nuevos templos y las nuevas construcciones de los tiempos históricos.


 Los egipcios de ahora y de siempre sostienen que los antiguos faraones las construyeron como mausoleos. El Libro de los Muertos recoge con precisión los preparativos para el último viaje, más no se ha hallado al día de hoy, en las pirámides, prueba alguna de la existencia de restos humanos que lo advere.



En la Biblia, el Antiguo Testamento, nos habla de unas criaturas llamadas los nefilim, raza de gigantes “nacidos del comercio entre los ángeles y las hijas de los hombres”. En clave extraterrestre, los Elohim, habrían llegado con sus naves desde el cielo, creando el hombre a su imagen y semejanza depositando en sus manos un inmenso legado. Luego, desaparecieron.



 Interpretación, esta, sin duda, que cualquier científico tildaría de extravagante, sin pararse  a pensar que, de desearlo,  el hombre actual estaría en condiciones de reproducir eso mismo en pocos años. Un viaje a Marte, una terraformación de su suelo y la creación de una criatura “ad hoc”, genéticamente similar a nosotros, en cuyas manos se depositaria como legado, una muestra de nuestra civilización.



No lo digo yo, que no tengo criterio, sino el admirable, por muchos motivos, Carl Sagan. Construiríamos allí, por ejemplo, grandes edificaciones con los mejores y más imperecederos materiales existentes,  para dejarlos como herencia a sus descendientes; testimonio que pasado el tiempo y desaparecidas las primeras generaciones, nadie sabría interpretar. Luego nos dedicaríamos, desde lejos, a observar su evolución, sin intervenir nada más que esporádicamente, con grandes señales sobre el cielo y con nuestra presencia “in situ”. Ellos recibiéndonos como divinidades y nosotros dando muestras de gran poder. Lo mismo que se relata en la Biblia.   



La Atlántida y otras leyendas de civilizaciones poderosas y antiguos continentes cubiertos por el agua, serian un testimonio de cómo en la muda noche de los tiempos fuimos visitados por seres procedentes de otros mundos. O, por el contrario, de la existencia de una edad de oro en nuestra propia tierra, de la que sólo quedarían esas impresionantes huellas pétreas, y las ruinas de ciudades sumergidas. Luego la decadencia y el lento avance en un proceso de siglos hasta alcanzar de nuevo aquél estatus.



Recordemos que antiguas leyendas acadias, sumerias o babilónicas nos hablan de reyes que vivieron diez mil años, como la leyenda de Gilgamesh, el semidios de Uruk, que acompañado del héroe Enkidu, sale en busca del sabio Upnapisthin, poseedor del secreto de la inmortalidad, una epopeya sumeria que nos traslada en clave poética la eterna búsqueda del hombre por desvelar los enigmas del pasado, consciente de que este tiempo es un ciclo de tantos y que a lo largo de la creación otros muchos se sucedieron.



 Por no hablar de la literatura india, donde, en sus grandes epopeyas, se relatan, por ejemplo, batallas apocalípticas entre seres de venidos de otros mundos y los habitantes de la tierra, dueños, a su vez, por lo que parece, de una tecnología inexplicable.



Leyendas y mitos sobre dioses y ángeles que nos trajeron la civilización, enseñándonos todo cuanto sabemos y quizá programándonos genéticamente con fecha de caducidad. Los muy … protervos.