lunes, 22 de agosto de 2011

VIDAS PARALELAS

En muchos pueblos de Asturias y supongo que en muchas otras tradiciones, existía antiguamente la figura del “corador”, o persona encargada de organizar y ejecutar la matanza de los animales domésticos, en especial la del cerdo, para consumo de la casa. Tal actividad podría decirse que constituía un rito, y como tal venía precedida de un ceremonial complejo.  Dicha persona, como en el caso del relato, podría ser un allegado o un familiar  cuya autoridad indiscutible en esa materia, le proporcionaba, además de alguna ganancia, pingües privilegios, como el derecho a participar en el banquete subsiguiente a la matanza y a las primicias  en forma de dádiva consistente en algunas porciones de carne, embutidos y/o vísceras del animal sacrificado.
El relato siguiente, es una visión nebulosa, elaborada en mis años juveniles con materiales de la imaginación exclusivamente, que tienen como sustrato recuerdos de niñez. Lo intitulé “vidas paralelas”, no se si apropiadamente, pero me daba pereza, salvo alguna ocasional corrección, cambiar nada.  El autor.


VIDAS PARALELAS 

Se levantaban con el canto del gallo. El intenso frío de aquél mes de Diciembre invitaba, no obstante, a arrebujarse un rato más bajo la pesada manta, por lo que me quedé dormitando hasta que el trajín de la casa y el borboteo y el intenso olor del café en el fuego consiguieron despabilarme.

Tras el  frugal desayuno, una rebanada de pan untado con olorosa manteca, acompañada de unas lascas de jamón, él  extendió su brazo hacia la alacena, donde se hallaban algunas botellas de  aguardiente y escanciando el espirituoso licor, pausada y lentamente, en un diminuto vaso, sin derramar una sola gota, apuró de un trago su contenido; tras un paréntesis más o menos prolongado volvíó a repetir la operación, tras lo cual expelió un ruidoso sonido gutural, al mismo tiempo que mascullaba cumplidas alabanzas sobre las bondades del orujo de Liébana.
Del fondo de los bolsillos de la raída chaqueta sacó un cuarterón de Ideales, procediendo a liar un grueso cigarrillo, que depositó en sus labios tras propinarle dos severas lengüetadas. Lo encendió con un tizón  y una vez que hubo aspirado una larga bocanada de pestilente humo, salió a la calle encaminándose a la cuadra con un puñado de sal cada mano.

Al cabo del rato,  salió con dos pozales de madera, embridados con aros de latón,  la leche recién ordeñada, aún caliente y aromática, cremosa y dulce al olfato, que, convenientemente calentada y aderezada con el cuajo y la sal, removida y decantada en un odre, se convertiría en rico queso madurado sobre unas tablas de nogal dispuestas sobre el humeante llar.

Era el día del sanmartín, por la calleja del regato arriba se oían pasos de gente que se dirigía en grupo hacia la casa hablando quedamente. Tras los saludos de rigor, todo el mundo se puso a la faena y en un momento sacaron del hórreo los útiles necesarios para la matanza.

Cuatro hombres a duras penas consiguieron sacar del cobertizo a la enorme marrana; asida de sus largas orejas y de la cola, atado su morro con una correa, entre empellones y patadas consiguieron llevarla al patio; una vez inmovilizada, fue izada en vilo y depositada panza arriba con las cuatro patas bien sujetas y su cabeza medio colgando, encima de una improvisada mesa de carnicero. Él, de entre unos paños mugrientos, fue eligiendo un mortal racimo de cuchillos mangorreros.

Esgrimió uno puntiagudo, de larga hoja, introduciéndolo sin vacilación y con un golpe seco en la papada de la criatura, seccionándole las arterias. Desangrábase el animal, por momentos, entre grandes espasmos, mientras el matarife, con la mirada ausente y con un lento vaivén circular, de arriba  abajo y de abajo arriba, iba ahondando la honda herida. Regueros de sangre oscura y roja, caliente y untuosa teñían sus manos, discurriendo por las acanaladuras de la tabla para caer en un gran recipiente de bronce, que un par de mujeres del lugar sujetaban por las asas.

Enmudeció entre estertores y gran agitación de sus patas traseras, quedando inmóvil, con los ojillos entreabiertos, contemplando un vacío sin sentido, intentando descubrir hacia que lugar se le iba la vida, hacia qué verdosa majada viajaba su pequeña alma de inocente bestezuela y suspirando por su familia, ante el cruel destino que, sin duda, le esperaba, en el tránsito, se entregó al Gran Verraco.

Luego, depositada en una gran duerna rebosante de agua hirviente, la misma que le sirviera para devorar la pitanza, la misma que le diera vida y hoy era fatal mortaja, lecho de muerte improvisado, pareció reanimarse en un postrer sacudimiento extraño e involuntario. Ya no sentiría, después, la tortura del afilado cuchillo rayendo su piel, hasta dejarla lisa, desprovista de cerdas y ligeramente sonrosada.

Izada por los cuartos traseros con una chirriante polea, regado el suelo con las últimas gotas de su sangre caliente, fue abierta en canal con incisiones y precisos cortes, que pusieron al descubierto la pálida membrana que envolvía su interior. El horror que me produjo la vesania de aquel martirio (al fin y al cabo yo no era más que un chiquilluco), se me hizo insoportable, hasta el punto que trasmudado, presa del paroxismo, mientras él extraía sus vísceras, comencé a gritar como un poseso: ¡morirás como un cerdo, morirás …! Un fuerte soplamocos y un puntapié que me levanto dos palmos del suelo fue su única respuesta.

La premonición no tardó en cumplirse. Una noche de juerga, tras las brumas del alcohol, entre riñas y peleas, brillaron a la luz azul de la luna las navajas cabriteras. Primero fue un tajo seco en el cuello a la altura de la carótida derecha. Desengrábase el matarife entre horribles estertores, cuando otra certera cuchillada al bies, puso al descubierto  sus intestinos por debajo del vientre. Luego, con un lento movimiento circular, de arriba abajo y de abajo arriba, aquél criminal, fue ahondando la honda herida.

Contempló horrorizado como su vida se le escapaba, observando como su pequeña anima iba a reunirse con la de la marrana, en los verdes y eternos pastos, donde una gran piara de  celestiales bestias retozaban alegremente al son de la flauta pánica. Y mientras exhalaba el último suspiro dirigió el postrer pensamiento hacia sus hijos ausentes, temiendo, sin duda, el cruel destino que les esperaba , y con una oración en los labios se hundió en el seno del Padre, al que todo retorna.

El resto del trabajo se realizó sobre una improvisada mesa de cirujano. Con gran deleitación y una amplia sonrisa dibujada en su cara simiesca, el pálido forense fue completando su obra a la luz de los candiles, entrecortada la negra noche alucinada, por los sollozos de las plañideras.


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