miércoles, 24 de agosto de 2011

Nihil novum sub sole


“… Así es como en honor a los fuertes y al destino que exalta el corazón, aun sin gesta alguna y sin valor, pero guardados por el éter, y piadosos, como los antiguos, los gozosos poetas, los hijos de los dioses, alegres volvemos a salir al valle” (F. Hölderlin).





No, no soy un filósofo, soy un simple lector que en mis horas muertas me divierto escribiendo, pero conozco a Nietzsche; lo único que he dicho es que había cometido el error de leerlo a temprana edad, no que leerlo fuera un error. El problema de Nietzsche es que corres el riesgo de creértelo por su lucidez, apasionamiento y vehemencia. Se necesita madurez de juicio para adentrarse en su pensamiento.



El nihilismo ha sido y es el gran mal de Occidente. Al no existir un sustrato fuerte de valores morales, dejó a Europa a merced de las ideologías en su manifestación más extrema, porque, evidentemente, en un mundo donde no existe Dios y tampoco los valores, ningún valor, el hombre (encarnado en el ideal del pueblo, el partido, la raza, la ciencia o cualquier combinación funesta),  tiene la última palabra sobre la vida y sobre la muerte.



Ese pensamiento escatológico –enterrar al hombre para que renazca a una vida nueva- (como cristiano, podría estar de acuerdo hasta ahí, pero eso radica en mi individualidad, en mi proceso personal y en la realidad de mi relación con Dios y no me lo voy a dejar arrebatar por ningún poder), el ideal del superhombre como ultima ratio,- no Dios, ni la ley de Dios, ni la ley humana, ni la moral- es completamente ajeno a nuestra civilización y subvierte el orden natural.



Efectivamente, en Nietzsche, el atribuir a Sócrates la culpa de la decadencia de Occidente y de lo que él denomina transvaloración de los valores, no es más que una obsesión que va ligada a su concepto de lo apolíneo; pero no es Sócrates el propagador del relativismo gnoseológico y moral. Antes, al contrario, lo combate con fuerza y determinación si hemos de creer a sus discípulos, ya que nada nos dejó escrito.



Como sabes, Nietzsche, en su Genealogía de la moral, su obra más sistemática, apela a los valores aristocráticos en contraposición al pensamiento socrático y predemocrático, al que considera como el germen de nuestro mal: Sócrates es feo, su fealdad, es reflejo de su alma y, además, asegura, es precursor del cristianismo (otra de sus obsesiones).



Se olvida que no fue Sócrates quien inventó la tragedia, el fatalismo, la doctrina sobre la insuperabilidad del destino (“hybris“), sino que -corregidme si me equivoco- esa mentalidad surgió en el seno de una sociedad aristocrática en su acepción original, apegada a los valores apolíneos y el hedonismo: la belleza, la fuerza y el culto al cuerpo. Unos valores muy en boga en la actualidad. Lo que nos lleva a las sabias palabras del Eclesiastés (Qohélet) 1, 9-10, : “nada hay nuevo bajo el sol”, o, en su versión latina, “nihil novum sub sole”

martes, 23 de agosto de 2011

La manada



Cuando cumplí quince años,  finalizado el curso y aprobada la reválida, mi padre me trajo un regalo. No, no era la ansiada bicicleta,  sino una máquina de escribir marca Olivetti Lettera. De sus teclas relucientes salieron éste y otros pequeños relatos,  que he respetado por su  frescura y espontaneidad. Lo raro es que no hubieran acabado en el fuego, según mi costumbre. El autor.


Era el mes de Diciembre de 1959. Recortados en silueta bajo la la bruñida luz de la luna, una manada de lobos despedazaba una presa, a treinta metros por encima de nuestra cabaña. Tan cerca estaban, que el rojo destello de sus ojos en la oscuridad, producía en mi una sensación hipnótica y paralizante.

Mi tío Armando, a la sazón un zagal de no más de diecisiete años, no dejaba de vociferar y de lanzarles pedruscos, intentando ahuyentarlos, mientras en una de sus manos esgrimía un tizón encendido. Viriato, ladraba sin cesar y a duras penas podíamos contenerlo. No conseguíamos hacerlos retroceder más que unos metros; luego se abalanzaban, de nuevo, contra los restos con mayor voracidad y furia.

De cuando en cuando, largos aullidos surcaban el espacio introduciéndose en mi cabeza, perturbando mis sentidos, hasta el extremo de que, poco a poco, me sentí invadido por un miedo cerval: al fin y al cabo no era más que un niño que había oído contar historias fantásticas y sangrientas sobre estos hermosos y temibles animales.

Ató el mastín con una larga cadena junto al aprisco y de un empujón -tan petrificado estaba- me introdujo dentro de la cabaña, donde busqué refugio junto al hogar, al calor de la lumbre. Poco después entraría él con un haz de leña en las manos.

Los lobos parecían haber saciado su apetito, dirigiendo, al parecer, sus pasos hacia la sierra. De cuando en cuando, el viento helado se colaba por los resquicios de la puerta arrastrando finas trazas de nieve que, lentamente, el fuego fundía. De cuando en cuando, se dibujaban en el aire sinfonías de aullidos aterradores, que me impulsaban a ocultarme bajo mi frazada.

Un pavoroso silencio, preludio de las mayores desgracias, se cernió sobre nuestras cabezas; luego, las grandes losas de pizarra del techo comenzaron a moverse bajo las patas de la manada; después golpearon con gran denuedo la puerta, arañándola con sus afiladas garras. El tiempo se detuvo y aún hoy no sé si transcurrieron minutos u horas. Solo me acuerdo de que, calladamente, asustados los dos, acurrucados el uno junto al otro, rezamos hasta las primeras luces del alba .

Tras un frugal almuerzo, mientras yo me desperezaba, él salió y, como cada amanecer, segó una porción de verde, encaminándose a dar de comer y ordeñar a su ganado.

Cuando entró en la cuadra comenzó a gritar como poseído por mil demonios. Una espantosa carnicería había tenido lugar allí, sin que nosotros llegáramos tan siquiera a apercibirnos.

Los cuerpos de, al menos, diez ovejas presentaban heridas en el cuello; algunas de ellas aún se debatían con la muerte, entre estertores; los corderillos, presentaban grandes mutilaciones y desgarros en sus vientres. El resto del rebaño, había saltado por un ventanuco poniéndose milagrosamente a salvo.

Viriato, mi fiel, mi noble y valiente mastín leonés, al que yo había criado desde cachorro, compañero de juegos y correrías, vendió cara su vida: dos enormes lobas, una con signos de preñez avanzada, mortalmente heridas, yacían a su lado desangrándose. Las rematamos con una azadón. Me abrace a él y nada, salvo los fuertes brazos de mi tío, hubiera conseguido separarme de mi perro aquella mañana triste y neblinosa.

Ninguno de los dos recordábamos haber escuchado sus ladridos, ni el balido de las ovejas. Le echamos la culpa al frío viento que azotaba nuestros oídos. Al miedo que paralizó nuestros sentidos. Vinieron y se fueron cual fantasmas y ya la nieve había ocultado sus rastros.

Nos encaminamos hacía el lugar donde aquella noche se habían ensañado con su presa. Un intenso olor a cadaverina y un amasijo de vísceras, huesos y piel: a ello se reducía el cuerpo de Miguel, al que mi tío Armando reconoció de inmediato, por los jirones de sus ropas.

El pobre muchacho, familiar lejano, había encontrado tan tremenda muerte a poca distancia de su cabaña. Su zurrón contenía un poco de pan duro y unos tasajos de cecina envueltos en papel de estraza, una bonita navaja de cachas de madera decoradas con dibujos geométricos y una vieja armónica. Eran todas sus pertenencias.

Las guardamos y nos pusimos rápidamente en camino para llevar la noticia a su familia, no sin enterrar sus restos, antes de que los devoraran los buitres, y clavar sobre la tierra una improvisada cruz. Debíamos regresar antes de caer la tarde.

El invierno está siendo muy duro …, me dijo por todo comentario, con voz compungida; quizá sus cachorros se estén muriendo de hambre. Luego no volvió a hablar durante todo el camino, pero noté como sus ojos se humedecían y en su entrecejo nacían las primeras arrugas. Los primeros signos de la madurez y el sufrimiento.

lunes, 22 de agosto de 2011

VIDAS PARALELAS

En muchos pueblos de Asturias y supongo que en muchas otras tradiciones, existía antiguamente la figura del “corador”, o persona encargada de organizar y ejecutar la matanza de los animales domésticos, en especial la del cerdo, para consumo de la casa. Tal actividad podría decirse que constituía un rito, y como tal venía precedida de un ceremonial complejo.  Dicha persona, como en el caso del relato, podría ser un allegado o un familiar  cuya autoridad indiscutible en esa materia, le proporcionaba, además de alguna ganancia, pingües privilegios, como el derecho a participar en el banquete subsiguiente a la matanza y a las primicias  en forma de dádiva consistente en algunas porciones de carne, embutidos y/o vísceras del animal sacrificado.
El relato siguiente, es una visión nebulosa, elaborada en mis años juveniles con materiales de la imaginación exclusivamente, que tienen como sustrato recuerdos de niñez. Lo intitulé “vidas paralelas”, no se si apropiadamente, pero me daba pereza, salvo alguna ocasional corrección, cambiar nada.  El autor.


VIDAS PARALELAS 

Se levantaban con el canto del gallo. El intenso frío de aquél mes de Diciembre invitaba, no obstante, a arrebujarse un rato más bajo la pesada manta, por lo que me quedé dormitando hasta que el trajín de la casa y el borboteo y el intenso olor del café en el fuego consiguieron despabilarme.

Tras el  frugal desayuno, una rebanada de pan untado con olorosa manteca, acompañada de unas lascas de jamón, él  extendió su brazo hacia la alacena, donde se hallaban algunas botellas de  aguardiente y escanciando el espirituoso licor, pausada y lentamente, en un diminuto vaso, sin derramar una sola gota, apuró de un trago su contenido; tras un paréntesis más o menos prolongado volvíó a repetir la operación, tras lo cual expelió un ruidoso sonido gutural, al mismo tiempo que mascullaba cumplidas alabanzas sobre las bondades del orujo de Liébana.
Del fondo de los bolsillos de la raída chaqueta sacó un cuarterón de Ideales, procediendo a liar un grueso cigarrillo, que depositó en sus labios tras propinarle dos severas lengüetadas. Lo encendió con un tizón  y una vez que hubo aspirado una larga bocanada de pestilente humo, salió a la calle encaminándose a la cuadra con un puñado de sal cada mano.

Al cabo del rato,  salió con dos pozales de madera, embridados con aros de latón,  la leche recién ordeñada, aún caliente y aromática, cremosa y dulce al olfato, que, convenientemente calentada y aderezada con el cuajo y la sal, removida y decantada en un odre, se convertiría en rico queso madurado sobre unas tablas de nogal dispuestas sobre el humeante llar.

Era el día del sanmartín, por la calleja del regato arriba se oían pasos de gente que se dirigía en grupo hacia la casa hablando quedamente. Tras los saludos de rigor, todo el mundo se puso a la faena y en un momento sacaron del hórreo los útiles necesarios para la matanza.

Cuatro hombres a duras penas consiguieron sacar del cobertizo a la enorme marrana; asida de sus largas orejas y de la cola, atado su morro con una correa, entre empellones y patadas consiguieron llevarla al patio; una vez inmovilizada, fue izada en vilo y depositada panza arriba con las cuatro patas bien sujetas y su cabeza medio colgando, encima de una improvisada mesa de carnicero. Él, de entre unos paños mugrientos, fue eligiendo un mortal racimo de cuchillos mangorreros.

Esgrimió uno puntiagudo, de larga hoja, introduciéndolo sin vacilación y con un golpe seco en la papada de la criatura, seccionándole las arterias. Desangrábase el animal, por momentos, entre grandes espasmos, mientras el matarife, con la mirada ausente y con un lento vaivén circular, de arriba  abajo y de abajo arriba, iba ahondando la honda herida. Regueros de sangre oscura y roja, caliente y untuosa teñían sus manos, discurriendo por las acanaladuras de la tabla para caer en un gran recipiente de bronce, que un par de mujeres del lugar sujetaban por las asas.

Enmudeció entre estertores y gran agitación de sus patas traseras, quedando inmóvil, con los ojillos entreabiertos, contemplando un vacío sin sentido, intentando descubrir hacia que lugar se le iba la vida, hacia qué verdosa majada viajaba su pequeña alma de inocente bestezuela y suspirando por su familia, ante el cruel destino que, sin duda, le esperaba, en el tránsito, se entregó al Gran Verraco.

Luego, depositada en una gran duerna rebosante de agua hirviente, la misma que le sirviera para devorar la pitanza, la misma que le diera vida y hoy era fatal mortaja, lecho de muerte improvisado, pareció reanimarse en un postrer sacudimiento extraño e involuntario. Ya no sentiría, después, la tortura del afilado cuchillo rayendo su piel, hasta dejarla lisa, desprovista de cerdas y ligeramente sonrosada.

Izada por los cuartos traseros con una chirriante polea, regado el suelo con las últimas gotas de su sangre caliente, fue abierta en canal con incisiones y precisos cortes, que pusieron al descubierto la pálida membrana que envolvía su interior. El horror que me produjo la vesania de aquel martirio (al fin y al cabo yo no era más que un chiquilluco), se me hizo insoportable, hasta el punto que trasmudado, presa del paroxismo, mientras él extraía sus vísceras, comencé a gritar como un poseso: ¡morirás como un cerdo, morirás …! Un fuerte soplamocos y un puntapié que me levanto dos palmos del suelo fue su única respuesta.

La premonición no tardó en cumplirse. Una noche de juerga, tras las brumas del alcohol, entre riñas y peleas, brillaron a la luz azul de la luna las navajas cabriteras. Primero fue un tajo seco en el cuello a la altura de la carótida derecha. Desengrábase el matarife entre horribles estertores, cuando otra certera cuchillada al bies, puso al descubierto  sus intestinos por debajo del vientre. Luego, con un lento movimiento circular, de arriba abajo y de abajo arriba, aquél criminal, fue ahondando la honda herida.

Contempló horrorizado como su vida se le escapaba, observando como su pequeña anima iba a reunirse con la de la marrana, en los verdes y eternos pastos, donde una gran piara de  celestiales bestias retozaban alegremente al son de la flauta pánica. Y mientras exhalaba el último suspiro dirigió el postrer pensamiento hacia sus hijos ausentes, temiendo, sin duda, el cruel destino que les esperaba , y con una oración en los labios se hundió en el seno del Padre, al que todo retorna.

El resto del trabajo se realizó sobre una improvisada mesa de cirujano. Con gran deleitación y una amplia sonrisa dibujada en su cara simiesca, el pálido forense fue completando su obra a la luz de los candiles, entrecortada la negra noche alucinada, por los sollozos de las plañideras.


martes, 16 de agosto de 2011

el cuarto de los ratones


            Noctívago por necesidad, deambulo por la casa hasta reventar de sueño; escruto con ojos felinos todos los rincones, dejando tras de mí retazos de claridad, calculado juego de lámparas y espejos.

            Penetro en la tenebrosa alcoba y entreabro la persiana; me abalanzo de un salto sobre la cama, poniéndome a salvo, una noche más, de la mano que acecha mi tobillo, de la zarpa que hiende el aíre cuando mi corazón se desboca.



            Arrebujado bajo la pesada frazada, lentamente abro los ojos y, al instante, mis pupilas de gato se dilatan capturando el endeble hilo de plata, reverbero de la luna llena. Mientras mis vísceras se acomodan, rezo al ángel de la guarda; noto sobre mi rostro su respirar pausado y tenues chispas azuladas, indicios del gran combate, cruce de flamígeras espadas entre los titanes de la luz y las tinieblas.



            Ella, en un rincón, aguarda paciente cabruñando su dalle, horrísono frañer de un martillo, que evoca en mí lúgubres amaneceres, perenne bruma que emana de los humedales y de las frondas y pastos que rodean la quintana.



            El sueño me eleva. Desde las cresterías celestes recubiertas aun por las últimas cembas de un álgido invierno, vislumbro a vista de gavilán el viejo caserón, las ruinas de mi infancia que yace bajo los escombros, ennegrecidos muros supervivientes de un incendio, único recuerdo vívido de mi forzada amnesia.

           

            Siempre supuse que mis padres, por alguna razón inconfesable, me lo ocultaban; no estaba sólo, éramos más; por algún motivo oscuro, sus rostros y sus nombres desaparecieron de mi vida, como desaparecieron sus recuerdos y fotografías. Sólo sé que un día rompí amarras con el mundo y que, desde entonces, habito una zona gris de la conciencia, sometido a las leyes de esta diáspora interior.



            Cada vez con más insistencia me acechan; aparecen en mis noches  desplazándose sobre el aire, a ras del suelo; rostros informes ocultos por un velo; blancos sudarios; giran y giran sin cesar,  cual derviches, una danza hipnótica. Dominado por el miedo grito; más mi grito nadie oye; no sale de mi garganta, retumba en mi interior, me paraliza, pierdo el aliento; trato de aspirar, más la atmósfera se ha convertido en cristal de hielo.



            Cualquier día me quedaré en ese sueño y cruzaré el terrorífico umbral donde una presencia indefinida yace bajo la débil luz de unos cirios. Cuando su rostro se vuelve hacia mí, esquivo su mirada; mi corazón se encabrita, se detiene un instante y con su vuelco me despierta; sus labios susurraban un mensaje que no quiero escuchar; albergo una sospecha que ni le confieso a la razón,  ni le confío a mi almohada.



            Aunque no puedo recordar el pasado,  percibo sensaciones que destellan como el relámpago en mi memoria: el verdor perenne de los campos, el gélido venero, el viejo puente de madera; a mi paso se esconden las alimañas; junto al molino el muro recubierto de musgo y de venenosa hiedra y en el muro el pesado portón por el que se accede a la hacienda.



            Risueña primavera estalla en mis ojos; con las primeras luces del amanecer, camino desnudo por una senda alfombrada de prímulas y verdín. Parece una ilusión, más ya estoy alertado sobre las trampas que, a menudo, me tiendo; en ese momento fugaz que separa la vigilia del sueño observo desde la altura el doliente cuerpo, frío e  inmóvil; su débil respiración es su único signo de vida; más se que, a través de sus caídos párpados,  sigue mis movimientos y que me observa y que me absorbe y me expira por el umbilical cordón que me ata a su mortal encarnadura.



            Cualquier día de estos, cuando le vea invadido por el mortal miedo que a si mismo se causa, le pediré a la que a los dos nos contempla, que no dilate más la espera, pues ni el dolor ni el tormento lograrán doblegar su inquieta alma, atrapada sin culpa en los laberintos del tiempo, vórtice oscuro, turbio remolino del espumoso mar de la existencia.



            En el sótano del lagar, la barrica de la sidra ácida, la barrica de la dulce sidra a cuyo calor me amamanté, compartiendo con el duende del candil las largas tardes del estío y las lecturas, la soledad de los campos segados, el olor evanescente del heno maduro, la pertinaz cantinela de los grillos y de las cigarras, atrapando con mis dedos el atolondrado saltamontes que se comió mi sopa en su postrer salto, huyendo, creo, de la naturaleza. La taimada salamandra no volverá a rozar mi pie desnudo, donde brotará el sarpullido que me recordará para siempre que las piedras preciosas no se mueven junto a las ciénagas.



            Escalera arriba, cruzo el dintel que enmarca el dormitorio; junto a la alcoba, al pie del ventanal, mi mesa; esparcidos pecios de un naufragio de noches a la luz de las luciérnagas; libros sobre el anaquel, destartaladas carpetas; cientos de amarillentas hojas que consumieron mis horas muertas se deshacen bajo mi mirada, dejando rastros de volátiles cenizas sobre mis labios.

           

            El niño que me mira desde el otro lado del espejo no podrá olvidar el día que le recluí para siempre en el cuarto de los ratones; de su arrebolado rostro, sólo quedan los ojos como ascuas encendidas que imploran misericordia. 



            Prisionero del tiempo, juro que un día hallare los cabos del nudo gordiano de mi madeja; con la última gota de mi sangre caliente le entregaré un cuerpo sin mácula,  que antes de nacer será encarnado por el ávido espíritu.

           

            ¡Ah! la memoria, el vértigo, la enredadera, el laberinto, el caos, oscura materia del universo interior, sujeta a las desconocidas leyes de la entropía. Como harapientos hijos de la noche, restos de un despertar, acuden a mí los recuerdos, tórpidas imágenes, recreación eidética de un paisaje de rostros desvaídos, figuras deformes, pintarrajeadas con el invisible pincel de los sueños.



            Mis recuerdos se desvanecen en los verdes prados, al pie de las refulgentes crestas calizas de los montes que me vieron nacer,  testigos mudos de mi infancia transparente como la alta atmósfera de las cumbres y cerros que me habitaron, en compañía del gavilán acerado que surca el espacio desgarrando el aire en vuelo aleve, atrapando entre sus garras la torcaz paloma y jirones de blancas nubes que navegan al pairo impelidas por el apacible céfiro del atardecer; allá donde el águila traza el impasible círculo hipnótico, mientras las siluetas recortadas de los hieráticos buitres ascienden por una invisible columna de aire cálido hasta las cimas estratosféricas.



            Al declinar la tarde, cuando los rayos del sol tiñen de dorado y naranja las afiladas aristas de los impávidos torreones y murallas de la serranía, aspiro adormecido el sofocante olor del heno y de las aromáticas, mientras que la música del bosque va poblando lentamente el espacio de los familiares sonidos del crepúsculo.



            A la luz de la luna llena contemplo las azuladas peñas; mi boca apura el delicioso néctar del último puñado de arándanos. Bebo el agua manantial del helado venero que se filtra en la roca y desaparece de la vista para resurgir en pequeñas cascadas, allá por donde los montes se despeñan. Aletea en mi alma un cantar, umbrío lamento teñido de la sobria melancolía de mi tierra; me deslizo, salto y ruedo como un peñasco por la mullida majada de perennes y verdosos pastos, lanzo al aire el grito guerrero de los montañeses ¡ Ixuxuxuxu !, que estalla en mil pedazos en los abismos.

           

            Ya, en la soledad de la noche, al abrigo de mi cabaña, enciendo el hogar, entretengo el hambre con un pedazo de pan que mojo en la leche untuosa, templada, recién ordeñada;  contemplo hipnotizado la inquietante danza del fuego que trata de adueñarse de la oscuridad. Recostado en mi cama cierro los ojos; me hallo al pie del negro abismo; una voz me llama; una fuerza irresistible que succiona mi conciencia me invita a saltar y compartir lenguaje y espacio con los ángeles y los pájaros.  


                    Nota del autor: el cuarto de los ratones era esa habitación terrorífica e imaginaria, cerrada con llave, donde nuestros progenitores amenazaban siempre con recluirnos, por el grave delito de no querer comer la sopa, o llegar con los pies mojados, tras chapotear todo el recreo en cualquier charco que se pusiera por medio.        

martes, 2 de agosto de 2011

El origen

Desde una concepción puramente materialista del Universo, parecería tan extraño como inexplicable que esta inabarcable obra contuviera tan sólo estas diminutas excrecencias adheridas a un planeta llamado Tierra; mas, a los partidarios de esta visión, ¿no les aterra el silencio de los siglos?



Desde una perspectiva espiritualista, se entiende todo mejor: si Dios fuese el Origen de todas las cosas, el Supremo Hacedor o Demiurgo,  el Amo de la creación y de todo lo creado, aún sin comprender nosotros como funciona su mente y su corazón, pudiera ser que esta singular y orgullosa criatura, fuera el único objeto de su Amor y que, este Universo creado, tan sólo fuera una manifestación de su Poder, teofanía esplendente destinada a conturbar nuestros sentidos, signo de su Amor desbordante e incondicional y de su eterna Alianza.



 Creación perpetua, movimiento incesante, donde la última frontera no es más que antesala de la siguiente y así “ad infinitum”, sin solución de continuidad.



Un Universo así, sería por definición incognoscible, pues, posiblemente, todo lo que podamos observar y ver a través de nuestros instrumentos, muestra de nuestra prodigiosa capacidad para escalar a las mas altas cotas, no sea más que una pequeña y simple célula del infinito cuerpo de Dios. Un Dios que puede tenernos reservadas mayores sorpresas, por ejemplo, la Resurrección, el tránsito del cuerpo mortal al inmortal, el acceso inmediato al conocimiento del Absoluto.



En unas pocas cuartillas, George Gamow, intentó explicarnos, a través de una imagen pirotécnica (Big Bang), el origen del Universo. Curiosamente a su librito lo intituló “La creación del Universo” y no se si se trata de un acto fallido o un residuo de su educación religiosa en su Ucrania natal.  Frente a tanta especulación teórica, tanto interrogante angustioso, siempre podríamos oponer el clásico dilema ¿ qué fue primero, el huevo o la gallina?” y ahí terminaría toda discusión, porque, efectivamente, Gamow nos explica el origen del universo desde el huevo y no  pudo explicárnoslo desde la gallina, lo que hace inevitable una serie de objeciones en contra de tan incompleta cosmogonía.

¡Verdad, luché con ilusión ...!

                               " Quien madrugue para buscarla no se fatigará,
                                  pues la encontrará sentada a sus puertas …” (Sab 6, 14)



¡Verdad, luché con ilusión  por alcanzarte!

puse el tiempo, el deseo, la voluntad .


Te tendí toda clase de añagazas,

fingí amarte, vano pretexto de mi codicia.


Te busqué en lo excelso, lo virtuoso, lo sublime del hombre,

descendí , para poseerte, a los abismos del Impuro,

bebiendo de la amarga copa de la desesperación y el miedo.


Para al fin encontrarte desnuda,

una mañana sentada ante tus puertas,

al amanecer.


Viniste a mi de la mano de un galileo: “soy el Resucitado,  me dijo.

Le escuché por curiosidad,

en un momento de debilidad y extravío,

justo cuando pensaba dejarte,

(tonteaba con el Conocimiento)

despechado por tu silencio,

amargado por tu ausencia.


De sus sencillas palabras,

brotabas como fuente inagotable:

vida, esencia, autenticidad,

saber único que cura toda  sed y calma toda herida,


Me ganó para sí, perdiéndome para el mundo,

sin embargo qué real, qué densa,

se volvió la vida en mi entraña,

al sentir su latido en mi latido,

lo de dentro afuera y lo de fuera adentro.

lunes, 1 de agosto de 2011

Hijos de Cain

 

Hijos de Caín,

Razas oscuras,

Indómitos habitantes de la tiniebla.



Pueblos desterrados,

Innumeras estirpes,

Hijos del viento y de la lluvia,

Del sol y de la estepa.



El hogar tan ansiado,

La dulce hora de la siesta,

Sólo sueño será que alumbra la noche,

Que el despertar convierte en quimera,



Tras los rebaños en las cañadas,

En los caminos enlodados,

Sucios y harapientos

Sin descanso caminan

Huyendo del exterminio.



Engendrando al abrigo de la roca y del hontanar,

Hijos del bronce y de la furia,

Que heredaran la tierra,

Cuando airadas hachas silentes,

Caigan sobre las dormidas cabezas,



Hijos de Caín,

Perenne estigma grabado en la  frente,

Y en la mano la promesa:



Siete veces, siete,

Muerte recibirá quien muerte os diera.