miércoles, 24 de agosto de 2011

Nihil novum sub sole


NIHIL NOVUM SUB SOLE

“… Así es como en honor a los fuertes y al destino que exalta el corazón, aun sin gesta alguna y sin valor, pero guardados por el éter, y piadosos, como los antiguos, los gozosos poetas, los hijos de los dioses, alegres volvemos a salir al valle” (F. Hölderlin).





No, no soy un filósofo, soy un simple lector que en mis horas muertas me divierto escribiendo, pero conozco a Nietzsche; lo único que he dicho es que había cometido el error de leerlo a temprana edad, no que leerlo fuera un error. El problema de Nietzsche es que corres el riesgo de creértelo por su lucidez, apasionamiento y vehemencia. Se necesita madurez de juicio para adentrarse en su pensamiento.



El nihilismo ha sido y es el gran mal de Occidente. Al no existir un sustrato fuerte de valores morales, dejó a Europa a merced de las ideologías en su manifestación más extrema, porque, evidentemente, en un mundo donde no existe Dios y tampoco los valores, ningún valor, el hombre (encarnado en el ideal del pueblo, el partido, la raza, la ciencia o cualquier combinación funesta),  tiene la última palabra sobre la vida y sobre la muerte.



Ese pensamiento escatológico –enterrar al hombre para que renazca a una vida nueva-  el ideal del superhombre como ultima ratio,- no Dios, ni la ley de Dios, ni la ley humana, ni la moral- es completamente ajeno a nuestra civilización y subvierte el orden natural.



Efectivamente, en Nietzsche, el atribuir a Sócrates la culpa de la decadencia de Occidente y de lo que él denomina transvaloración de los valores, no es más que una obsesión que va ligada a su concepto de lo apolíneo; pero no es Sócrates el propagador del relativismo gnoseológico y moral. Antes, al contrario, lo combate con fuerza y determinación si hemos de creer a sus discípulos, ya que nada nos dejó escrito.



Como sabes, Nietzsche, en su Genealogía de la moral, su obra más sistemática, apela a los valores aristocráticos en contraposición al pensamiento socrático y predemocrático, al que considera como el germen de nuestro mal: Sócrates es feo, su fealdad, es reflejo de su alma y, además, asegura, es precursor del cristianismo (otra de sus obsesiones).



Se olvida que no fue Sócrates quien inventó la tragedia, el fatalismo, la doctrina sobre la insuperabilidad del destino (“hybris“), sino que -corregidme si me equivoco- esa mentalidad surgió en el seno de una sociedad aristocrática en su acepción original, apegada a los valores apolíneos y el hedonismo: la belleza, la fuerza y el culto al cuerpo. Unos valores muy en boga en la actualidad. Lo que nos lleva a las sabias palabras del Eclesiastés (Qohélet) 1, 9-10, : “nada hay nuevo bajo el sol”, o, en su versión latina, “nihil novum sub sole”

martes, 23 de agosto de 2011

La manada



Cuando cumplí quince años,  finalizado el curso y aprobada la reválida, mi padre me trajo un regalo. No, no era la ansiada bicicleta,  sino una máquina de escribir marca Olivetti Lettera. De sus teclas relucientes salieron éste y otros pequeños relatos,  que he respetado por su  frescura y espontaneidad. Lo raro es que no hubieran acabado en el fuego, según mi costumbre. El autor.


Era el mes de Diciembre de 1959. Recortados en silueta bajo la la bruñida luz de la luna, una manada de lobos despedazaba una presa, a treinta metros por encima de nuestra cabaña. Tan cerca estaban, que el rojo destello de sus ojos en la oscuridad, producía en mi una sensación hipnótica y paralizante.

Mi tío Armando, a la sazón un zagal de no más de diecisiete años, no dejaba de vociferar y de lanzarles pedruscos, intentando ahuyentarlos, mientras en una de sus manos esgrimía un tizón encendido. Viriato, ladraba sin cesar y a duras penas podíamos contenerlo. No conseguíamos hacerlos retroceder más que unos metros; luego se abalanzaban, de nuevo, contra los restos con mayor voracidad y furia.

De cuando en cuando, largos aullidos surcaban el espacio introduciéndose en mi cabeza, perturbando mis sentidos, hasta el extremo de que, poco a poco, me sentí invadido por un miedo cerval: al fin y al cabo no era más que un niño que había oído contar historias fantásticas y sangrientas sobre estos hermosos y temibles animales.

Ató el mastín con una larga cadena junto al aprisco y de un empujón -tan petrificado estaba- me introdujo dentro de la cabaña, donde busqué refugio junto al hogar, al calor de la lumbre. Poco después entraría él con un haz de leña en las manos.

Los lobos parecían haber saciado su apetito, dirigiendo, al parecer, sus pasos hacia la sierra. De cuando en cuando, el viento helado se colaba por los resquicios de la puerta arrastrando finas trazas de nieve que, lentamente, el fuego fundía. De cuando en cuando, se dibujaban en el aire sinfonías de aullidos aterradores, que me impulsaban a ocultarme bajo mi frazada.

Un pavoroso silencio, preludio de las mayores desgracias, se cernió sobre nuestras cabezas; luego, las grandes losas de pizarra del techo comenzaron a moverse bajo las patas de la manada; después golpearon con gran denuedo la puerta, arañándola con sus afiladas garras. El tiempo se detuvo y aún hoy no sé si transcurrieron minutos u horas. Solo me acuerdo de que, calladamente, asustados los dos, acurrucados el uno junto al otro, rezamos hasta las primeras luces del alba .

Tras un frugal almuerzo, mientras yo me desperezaba, él salió y, como cada amanecer, segó una porción de verde, encaminándose a dar de comer y ordeñar a su ganado.

Cuando entró en la cuadra comenzó a gritar como poseído por mil demonios. Una espantosa carnicería había tenido lugar allí, sin que nosotros llegáramos tan siquiera a apercibirnos.

Los cuerpos de, al menos, diez ovejas presentaban heridas en el cuello; algunas de ellas aún se debatían con la muerte, entre estertores; los corderillos, presentaban grandes mutilaciones y desgarros en sus vientres. El resto del rebaño, había saltado por un ventanuco poniéndose milagrosamente a salvo.

Viriato, mi fiel, mi noble y valiente mastín leonés, al que yo había criado desde cachorro, compañero de juegos y correrías, vendió cara su vida: dos enormes lobas, una con signos de preñez avanzada, mortalmente heridas, yacían a su lado desangrándose. Las rematamos con una azadón. Me abrace a él y nada, salvo los fuertes brazos de mi tío, hubiera conseguido separarme de mi perro aquella mañana triste y neblinosa.

Ninguno de los dos recordábamos haber escuchado sus ladridos, ni el balido de las ovejas. Le echamos la culpa al frío viento que azotaba nuestros oídos. Al miedo que paralizó nuestros sentidos. Vinieron y se fueron cual fantasmas y ya la nieve había ocultado sus rastros.

Nos encaminamos hacía el lugar donde aquella noche se habían ensañado con su presa. Un intenso olor a cadaverina y un amasijo de vísceras, huesos y piel: a ello se reducía el cuerpo de Miguel, al que mi tío Armando reconoció de inmediato, por los jirones de sus ropas.

El pobre muchacho, familiar lejano, había encontrado tan tremenda muerte a poca distancia de su cabaña. Su zurrón contenía un poco de pan duro y unos tasajos de cecina envueltos en papel de estraza, una bonita navaja de cachas de madera decoradas con dibujos geométricos y una vieja armónica. Eran todas sus pertenencias.

Las guardamos y nos pusimos rápidamente en camino para llevar la noticia a su familia, no sin enterrar sus restos, antes de que los devoraran los buitres, y clavar sobre la tierra una improvisada cruz. Debíamos regresar antes de caer la tarde.

El invierno está siendo muy duro …, me dijo por todo comentario, con voz compungida; quizá sus cachorros se estén muriendo de hambre. Luego no volvió a hablar durante todo el camino, pero noté como sus ojos se humedecían y en su entrecejo nacían las primeras arrugas. Los primeros signos de la madurez y el sufrimiento.

lunes, 22 de agosto de 2011

VIDAS PARALELAS

En muchos pueblos de Asturias y supongo que en muchas otras tradiciones, existía antiguamente la figura del “corador”, o persona encargada de organizar y ejecutar la matanza de los animales domésticos, en especial la del cerdo, para consumo de la casa. Tal actividad podría decirse que constituía un rito, y como tal venía precedida de un ceremonial complejo.  Dicha persona, como en el caso del relato, podría ser un allegado o un familiar  cuya autoridad indiscutible en esa materia, le proporcionaba, además de alguna ganancia, pingües privilegios, como el derecho a participar en el banquete subsiguiente a la matanza y a las primicias  en forma de dádiva consistente en algunas porciones de carne, embutidos y/o vísceras del animal sacrificado.
El relato siguiente, es una visión nebulosa, elaborada en mis años juveniles con materiales de la imaginación exclusivamente, que tienen como sustrato recuerdos de niñez. Lo intitulé “vidas paralelas”, no se si apropiadamente, pero me daba pereza, salvo alguna ocasional corrección, cambiar nada.  El autor.


VIDAS PARALELAS 

Se levantaban con el canto del gallo. El intenso frío de aquél mes de Diciembre invitaba, no obstante, a arrebujarse un rato más bajo la pesada manta, por lo que me quedé dormitando hasta que el trajín de la casa y el borboteo y el intenso olor del café en el fuego consiguieron despabilarme.

Tras el  frugal desayuno, una rebanada de pan untado con olorosa manteca, acompañada de unas lascas de jamón, él  extendió su brazo hacia la alacena, donde se hallaban algunas botellas de  aguardiente y escanciando el espirituoso licor, pausada y lentamente, en un diminuto vaso, sin derramar una sola gota, apuró de un trago su contenido; tras un paréntesis más o menos prolongado volvíó a repetir la operación, tras lo cual expelió un ruidoso sonido gutural, al mismo tiempo que mascullaba cumplidas alabanzas sobre las bondades del orujo de Liébana.
Del fondo de los bolsillos de la raída chaqueta sacó un cuarterón de Ideales, procediendo a liar un grueso cigarrillo, que depositó en sus labios tras propinarle dos severas lengüetadas. Lo encendió con un tizón  y una vez que hubo aspirado una larga bocanada de pestilente humo, salió a la calle encaminándose a la cuadra con un puñado de sal cada mano.

Al cabo del rato,  salió con dos pozales de madera, embridados con aros de latón,  la leche recién ordeñada, aún caliente y aromática, cremosa y dulce al olfato, que, convenientemente calentada y aderezada con el cuajo y la sal, removida y decantada en un odre, se convertiría en rico queso madurado sobre unas tablas de nogal dispuestas sobre el humeante llar.

Era el día del sanmartín, por la calleja del regato arriba se oían pasos de gente que se dirigía en grupo hacia la casa hablando quedamente. Tras los saludos de rigor, todo el mundo se puso a la faena y en un momento sacaron del hórreo los útiles necesarios para la matanza.

Cuatro hombres a duras penas consiguieron sacar del cobertizo a la enorme marrana; asida de sus largas orejas y de la cola, atado su morro con una correa, entre empellones y patadas consiguieron llevarla al patio; una vez inmovilizada, fue izada en vilo y depositada panza arriba con las cuatro patas bien sujetas y su cabeza medio colgando, encima de una improvisada mesa de carnicero. Él, de entre unos paños mugrientos, fue eligiendo un mortal racimo de cuchillos mangorreros.

Esgrimió uno puntiagudo, de larga hoja, introduciéndolo sin vacilación y con un golpe seco en la papada de la criatura, seccionándole las arterias. Desangrábase el animal, por momentos, entre grandes espasmos, mientras el matarife, con la mirada ausente y con un lento vaivén circular, de arriba  abajo y de abajo arriba, iba ahondando la honda herida. Regueros de sangre oscura y roja, caliente y untuosa teñían sus manos, discurriendo por las acanaladuras de la tabla para caer en un gran recipiente de bronce, que un par de mujeres del lugar sujetaban por las asas.

Enmudeció entre estertores y gran agitación de sus patas traseras, quedando inmóvil, con los ojillos entreabiertos, contemplando un vacío sin sentido, intentando descubrir hacia que lugar se le iba la vida, hacia qué verdosa majada viajaba su pequeña alma de inocente bestezuela y suspirando por su familia, ante el cruel destino que, sin duda, le esperaba, en el tránsito, se entregó al Gran Verraco.

Luego, depositada en una gran duerna rebosante de agua hirviente, la misma que le sirviera para devorar la pitanza, la misma que le diera vida y hoy era fatal mortaja, lecho de muerte improvisado, pareció reanimarse en un postrer sacudimiento extraño e involuntario. Ya no sentiría, después, la tortura del afilado cuchillo rayendo su piel, hasta dejarla lisa, desprovista de cerdas y ligeramente sonrosada.

Izada por los cuartos traseros con una chirriante polea, regado el suelo con las últimas gotas de su sangre caliente, fue abierta en canal con incisiones y precisos cortes, que pusieron al descubierto la pálida membrana que envolvía su interior. El horror que me produjo la vesania de aquel martirio (al fin y al cabo yo no era más que un chiquilluco), se me hizo insoportable, hasta el punto que trasmudado, presa del paroxismo, mientras él extraía sus vísceras, comencé a gritar como un poseso: ¡morirás como un cerdo, morirás …! Un fuerte soplamocos y un puntapié que me levanto dos palmos del suelo fue su única respuesta.

La premonición no tardó en cumplirse. Una noche de juerga, tras las brumas del alcohol, entre riñas y peleas, brillaron a la luz azul de la luna las navajas cabriteras. Primero fue un tajo seco en el cuello a la altura de la carótida derecha. Desengrábase el matarife entre horribles estertores, cuando otra certera cuchillada al bies, puso al descubierto  sus intestinos por debajo del vientre. Luego, con un lento movimiento circular, de arriba abajo y de abajo arriba, aquél criminal, fue ahondando la honda herida.

Contempló horrorizado como su vida se le escapaba, observando como su pequeña anima iba a reunirse con la de la marrana, en los verdes y eternos pastos, donde una gran piara de  celestiales bestias retozaban alegremente al son de la flauta pánica. Y mientras exhalaba el último suspiro dirigió el postrer pensamiento hacia sus hijos ausentes, temiendo, sin duda, el cruel destino que les esperaba , y con una oración en los labios se hundió en el seno del Padre, al que todo retorna.

El resto del trabajo se realizó sobre una improvisada mesa de cirujano. Con gran deleitación y una amplia sonrisa dibujada en su cara simiesca, el pálido forense fue completando su obra a la luz de los candiles, entrecortada la negra noche alucinada, por los sollozos de las plañideras.