domingo, 31 de julio de 2011

Breve ilapso

La pradera, como mar sinuoso,

en la última hora de la tarde,

acariciada por el apacible céfiro,

el sol oculto tras un horizonte purpúreo, cuasi violáceo,

las montañas teñidas de un azul plomizo.



La quietud se adueña de la tierra y del espacio

y el vuelo del gavilán en el aire se detiene,

y cesa el trino de los pájaros

y los rumiantes se tienden.



Mi fiel perro pastor,

cual estatua de negro azabache,

el hocico inquisitivo,

las orejas extendidas,

escuchando la sinfonía de los mundos.



Diríase que todas las criaturas,

los montes, los arroyos y las selvas,

se recogen,

dando gracias al Creador.



Todas, menos el hombre,

guadaña al hombro, con la muerte a cuestas,

ajeno y enajenado,

librando batalla contra el mundo y contra sí.



Sucesión interminable de actos repetitivos,

sin sentido, inconsciente de su finitud y grandeza,

ciego y sordo,

tensando la soga que lleva ceñida a su cuello,

y caminando a traspié  hacia la cruenta fosa

viernes, 29 de julio de 2011

Tardes del cálido verano

Tardes del cálido verano,

Recostado sobre la dorada hierba,

Soñando el amor de aquéllos ojos verdes.



Caminaba por la sierra,

Cuando a mi se acercó;

Sólo un tímido saludo,

Unas palabras balbuceantes

 Un postrero adiós.



Y el estremecimiento de los sentidos

Y la inquietud de mi espíritu.



Desapareció de mi vista,

Era tan sólo una silueta recortada sobre el cielo crepuscular,

Un pequeño punto oscuro en  la lejanía.



Y el aire, dormido,

Aquietó el canto de las chicharras.



Y una luz ambarina

Tiño como aureola las afiladas crestas.



Entonces supe que aquella confusa visión,

Mezcla de sueño y materia,

No abandonaría mis noches,

Ni daría descanso a mis días.



La perseguí en los delirios

De mi trastornada adolescencia;

La llame a voces,

Por entre los hayedos,

En las cimas de las montañas.



Y sólo un eco estentóreo

Me devolvía mi palabra

Entre risas de ondinas.



Ángel alado.

Demonio o hada maléfica,

Que torturó mi alma

En el tiempo del sueño,

Cuando la soledad y el deseo

Dan vida a las quimeras.

jueves, 28 de julio de 2011

Pensiere nella notte

 

Dios, que no pertenece a nuestras coordenadas espacio-temporales, siendo Él mismo el Todo, sueña el mundo. Su sueño se proyecta en el vacío (big bang) a través de la nada, formando espacios y tiempos finitos, en la medida en que esa nada se va llenando de los universos y sus criaturas.



De todas ellas sólo una toma conciencia de ser, revelándose contra su destino inexorable -la muerte, el no ser de las cosas- y, por ende, contra el Creador (siente nostalgia de la eternidad sin haberla experimentado más que como sueño, a su vez).



El resultado es una catarsis en la que el bien y el mal, espíritus inmanentes, se encarnan y se disputan el corazón del hombre, a quien va destinada toda la creación (ello sería el origen de la envidia de Luzbel y los ángeles caídos), quien toma partido en esa lucha como actor, aunque en el fondo, reconoce, por intuición y una suerte de determinismo, que nada más puede hacer, pues su naturaleza es tan sólo  voluntad y deseo.



Esas fuentes inagotables de la vida son motivo de admiración de Dios por su criatura -enamoramiento de Dios-, a la que le manifiesta su ser por signos (Dios no puede manifestarse tal como es a los hombres), constituyendo estas representaciones materiales, es decir, todo lo que vemos y experimentamos una gigantesca teofanía o demostración luminosa del amor del creador por su criatura.



El mal será derrotado por el bien al final de los tiempos -tras el sacrificio de millones de vidas- que tiene que coincidir, necesariamente, con el fin del sueño de Dios. Y todo lo creado retornaría a su origen.  



En realidad, sacrificio incruento - por más que la apariencia nos haga pensar lo contrario - de vidas soñadas, de criaturas contingentes y, sin embargo, preexistentes y, por lo tanto, eternas, en cuanto  ensoñación o ideación de la mente y el corazón de Dios, que se debaten y concentran en el cruce de un plano especular, el plano virtual de los sueños, con el inabarcable de lo real, en la  bisectriz de su angulo. En el límite de un horizonte de sucesos.



Ahora bien, como intuyó el matemático y filósofo racionalista Bertrand Russell en una de sus conocidas y divertidas paradojas (que Wittgenstein refutaría genialmente): “el mundo pudo haber sido creado en los últimos cinco minutos con todos los recuerdos”. Todo estaría sucediendo, añado,  en el presente, en el tiempo contraído y breve de un bostezo; el  necesario para que en las circunvalaciones de nuestro cerebro hayan quedado grabados ocho mil o doce mil años de historia (poco importa) a los que puede tener acceso la mente humana. Más allá de ahí, pura especulación sobre un tiempo desprovisto de memoria del que no se pueden tener noticias.



Las grandes y gigantescas construcciones de aparente antigüedad, los objetos, los pensamientos de los sabios recogidos en los papiros, pergaminos o “volumina”, serían meros señuelos esparcidos por aquí y por allá, dispersas recreaciones engañosas de un pasado inexistente, cubiertas por montañas de polvo y tierra.



Todo lo que existe pertenecería al mundo  misterioso de los “Oopart” y estaría, por lo tanto,  fuera de su lugar, y de su tiempo,  incluido el observador. 



Así, pues, durmamos tranquilos, más no en una “dolce far niente”, ya que debemos ganarnos el derecho a vivir- pero sí dejándonos arrastrar, sin miedo, sin ninguna clase de temor, por la corriente de retorno, que nos llevará, incluso contra nuestra voluntad, al seno amoroso del Creador. 


Swet María Jo



Te amo, te amaré,

Aunque el tiempo haya transformado nuestras vidas

y no nos reconozcamos en el espejo de nuestros sueños:

en la superficie, ni en su fondo.



¿Qué, de aquellos ideales,

qué de los proyectos,

de los anhelos y esperanzas de una vida mejor;

qué de la quimera de un mundo justo y en paz?

Vanidad de vanidades y caza de viento.



Qué, del deseo, los placeres, el gozo de todo lo efímero

La vida se resiste a abandonarlo,

no damos por perdido su encanto,

más tampoco lo añoramos,

señal de que crecemos.



Porque todo tiene su momento,

y cada cosa su tiempo bajo el cielo



Te amo, pues, y te amaré, en la esclavitud del cuerpo,

con un amor duro y frágil como roca diamantina,

fraguado en el crisol del desvelo,

en el atanor de una dulce soledad,

no por rehuída, menos encontrada.



Te amo, te amaré

con la ternura del corazón unificado,

viva sustancia del dolor,

tu dolor reposado y mi dolor aún dolido,

pasajera emoción,

humillada tentación de los sentidos.



Te amo y amaré, en silencio,

por la vida que engendramos,

el pan que compartimos y el lecho que habitamos,

los paisajes que anduvimos, los miedos que pasamos,

las hogueras que encendimos,

y el daño que nos causamos.



Te amo, te amaré porque tu corazón es limpio,

sin adornos ni oropeles,

puro, como el agua lustral pura,

y, en su balcón, tiendes cada día sábanas blancas

con tus manos pequeñas, prestas para dar,

formadas para acunar tristezas,

(maldigo las mías y su furia posesiva)

y porque tu alma es reidora y habladora,

creada a la medida de mis silencios.



Te amo y te amaré en tu inocencia obstinada,

que aún conjuga corazón con amor ,

que si el primero cansado,

el segundo, acaso, para siempre, entregado.



Te amo, te amaré, aunque no sepan ya verte mis ojos

con la mirada resuelta del ayer,

sino persiguiendo el brillo de los tuyos,

sintiéndote ajena y presente,

con tanta persistencia que me abruma.



Te amo y te amaré, en el rincón vedado donde silente vagas,

el reclinatorio donde tu frente se humilla;

se que ese claro destello de tus pupilas no me pertenece,

pues navego todavía por un mar de tinieblas.



Y si creo percibir una luz entre las olas,

confiando mi fortuna a la estela de tu proa,

es porque anuncias bonanza,

tras la noche inacabable de mi tormenta.



Te amo, te amaré, porque lo mejor está por llegar,

el presente se ha ido, fugaz como un soplo,

el futuro empieza en el umbral de cada nuevo día,

y el pasado, nuestro único patrimonio,

nadie, nunca, podrá arrebatárnoslo,

porque ya es de Dios,

(pertenece a su Misericordia).



Te amo, te amaré, hasta la extenuación,

sin demostraciones ni promesas,

sin proyectos ni mentiras,

dejándolo todo para entregarte todo.

Con las cuentas claras.

En el momento que tú me lo pidas.

Mientras me quede aliento. Siempre.

El señor Presidente

Arrojó las figurillas del Belén contra el suelo y las pisoteó hasta destrozarse los zapatos. Sobre la alfombra que presidía la entrada, apareció un gran charco de sangre. Después, dicen los que lo vieron, se transformó, echaba espumarajos por las comisuras de los labios, vomitando, a la vez, una bilis negruzca, mientras se revolcaba hecho un ovillo, con claros síntomas de enajenación ..., su rostro demudado, la mueca horrible de su boca, los ojos sanguinolentos ..., le tuvieron que suministrar un gramo de ultranquilina para poder reducirlo.



 Luego, unos mozos con largas batas le colocaron la camisa de fuerza y le introdujeron en una ambulancia conduciéndole hacia paradero desconocido. Balbuceó, entrecortadamente, algunas palabras: -me miraba, ..., me miraba,  el Niño Jesús me miraba , su mirada me hería ...., y no podía soportar el dolor, .....me miraba... -, antes de sumirse en el más negro silencio, un silencio espeso cobijado en el fondo de sus negras pupilas, ya sin luz.


  El padre Ascario no lo dudo, requerido por los familiares,  tras exhaustivos análisis, había formulado su conclusión : -el asunto parece claro , creo que nos encontramos ante uno más de los innumerables casos de posesión de estos últimos tiempos; se ha abierto la puerta del inframundo, justificaba su veredicto, de su seno han surgido criaturas repelentes que han adoptado nuestra figura; entes incorpóreos que han usurpado nuestros cuerpos, criaturas infernales, antiguos demonios, bestias dormidas a la espera de los primeros síntomas de flaqueza de esta sociedad decadente.


Ha llegado su hora y llegará la nuestra si no ponemos barreras, si no alzamos murallas y levantamos nuestros brazos en señal de lucha, al mismo tiempo que nos arrodillamos ante Dios implorando su Misericordia. Será una larga guerra, por el camino pereceremos muchos.


El Sr. Presidente, que creía tener en sus manos todo el poder del mundo para hacer y deshacer a su antojo, no es más que una víctima; una pobre víctima de sus debilidades y miserias. No cabe más que rezar por su sufriente alma.

miércoles, 27 de julio de 2011

El Guardian: un sueño hipnogógico


Se hallaba justo a mi lado, cuando, repentinamente, entre sueños, abrí los ojos y desperté, sin darle tiempo a nada. Se incorporó, dio dos pasos hacia atrás sin dejar de observarme y desapareció filtrándose por la pared, mientras yo, aturdido, le dirigía toda clase de improperios, al mismo tiempo que intentaba alcanzarle con mi puño, pero todo sucedió en unos pocos segundos.


Decidí dormirme con la esperanza de que, al menos, durante el resto de mi sueño no volvería a ser, de nuevo ,perturbado.


Se hallaba en una posición de acecho, reclinado sobre mi cama, vigilante, presto a saltar sobre cualquier invisible enemigo o sombra que se moviere.


Se desde hace muchísimo tiempo, que es aquél que me protege, cuyo cercano aliento percibí en la lejana infancia y que llenaba mis noches de temores y sobresaltos, a cuya presencia me he acostumbrado en la confianza de que no alberga contra mi propósito alguno. El tan sólo espera y me ampara en esa fase del día en que mas vulnerables somos.


Mi conducta, lo confieso, fue motivo de honda preocupación en los sucesivos días. Volví a invocarle, más fervientemente si cabe, en mis oraciones, ante el temor de que ello  hubiera desencadenado un definitivo alejamiento.
           

Aunque, tal vez, se haya vuelto más precavido y adoptado alguna otra forma indistinguible, ya que lo que, verdaderamente, produjo mi rápida y furibunda reacción fue la contemplación de su imagen, tan desfigurada, como idealizada, en las historias que sobre estos seres se nos han contado desde siempre.


Si bien, pensando un poco, y  retrotrayendo mi memoria a los relatos bíblicos, nada induce a pensar que su presencia fuese recibida con gran entusiasmo. Antes, al contrario, con profundo respeto y temor.


Yo, por mi parte, no tengo inconveniente en seguir considerándole como mi ángel guardián, pero ahora se, con la certeza que me ha dado la experiencia, que también es mi ángel de la muerte.


Quien sellará mis labios y mi alma. Quien preparará mi viaje, para llevarme ante la presencia del Altísimo. A cuyo único juicio me someto.  

El Anticristo: un relato gótico

ANTICRISTO

La culminación de la historia viene precedida de signos, como anticipación de la venida del Anticristo. Estos  son patentes. Con él, el  Mal, llega a su máxima dimensión: se entroniza, reina sobre la Tierra. Más, es preciso que el mal se muestre así, con toda su capacidad destructora, para que ese mismo mal acabe con el Mal y con los malvados. Esa es su misión. A ellos, menos que a nadie, dejará a salvo. Ese es su destino.

El Bien, que es el principio creador inmanente, quedará restaurado, como sólo puede restaurarse el Bien, sin una gota de sangre derramada por su mano y, entonces, los que han sido bañados y purificados en la sangre del Cordero, tomarán, en su nombre, las riendas y el destino de los hombres hasta el fin de los tiempos.

 Bienvenido, pues, el Mal,  que tan secretamente deseamos. No me cogerá desprevenido. Tengo el alma entregada y en mi mano la lámpara que me guiará a través del corazón de las tinieblas. Y, aunque con gran temor ¿cómo evitarlo, si hasta  Jesús mismo pasó por el miedo de la muerte eterna, el Infierno, la total ausencia de la luz de Dios, de su Amor? espero la Resurrección de la carne y creo que, esa intensa luminosidad, ese instante mágico que  precede a la Muerte,  es señal inequívoca del tránsito de este mundo terreno a la Eternidad. 

            Así fue como ocurrió: (relato gótico, con tenues pinceladas gnósticas):

Bajo la atenta mirada de Luzbel, Príncipe del Mundo, oculto bajo el aspecto de aquel viejo orfebre de Monte Sión, Juan reconoce por una señal al Mesias; Jesús emerge del agua y una esplendente Teofania tiene lugar sobre el Jordán: la luz de Dios atravesando espacios y tiempos se irradia a través de los velados ojos del Profeta, dando vida a la Voz y a La Palabra. Como en el Principio.



 ANTICRISTO


           Todos, incluso Él, el Justo, el Unigénito, conocieron y temieron el brillo de aquellos ojos ardientes, cual ígneos  betilos.


            Nadie, salvo Él, el Primogénito de toda criatura, el Preexistente  y yo, el Testigo Oculto del Mundo y las Tinieblas, reconoció la luz de la mirada del Creador,  incendiando los corazones, a través de los ojos velados del Profeta: "Soy la voz del que clama en el desierto. Allanad sus caminos ..." 

            Les maldije a los dos ... Tú, Juan, pagaras cara la afrenta, ... te prometí el trono del Reino y despreciaste mi oro, aquél por el cual los pueblos se inmolan, amontonando cadáveres de hombres y animales en cruenta hecatombe que sólo a mi Amo alimenta ... En, cuanto a ti, Hijo del Altísimo, ni un solo día de tu vida dejaré de emponzoñar tu corazón.

            Luego, Él, el Único, el Inocente, el Puro, se fue acercando lentamente al Bautista, quien, al reconocerle por una señal, se postró de hinojos, sumergiendo su cuerpo en las sagradas aguas, hasta la altura de su cabeza; una cabeza grande, desproporcionada, digna de Og, rey de Basán, el refaita ; entonces, clara, diáfana (fue un momento asombroso, lo reconozco), surgió la visión: "será lo último que verán tus ojos, Juan, ..., esa cabeza, dibujada ahora sobre el agua,  será mía;  la contemplarás, por última vez, reflejada sobre la superficie de plata de mi bandeja favorita.


            Él, el Mesías, el Ungido, le miró fijamente. Luego, levantándole en vilo, se arrodilló, a su vez, hasta hundir su cuerpo por completo en las cristalinas, en las frías aguas que brotan de las fuentes del Hermón, emergiendo lentamente, con la cara semioculta tras la cortina de su larga cabellera, cubierta de diminutas perlas su poblada barba, caprichoso juego que la luz del sol iba creando al fundirse con las gotas: "Haz lo que tengas que hacer, ..., le dijo, con voz profunda surgida de las entrañas mismas de su Ser Intemporal.

            Y yo, el Testigo Oculto del Eterno Mal, y mis huestes, mensajeros del Terror, que habita por toda la Tierra, fuimos los únicos en contemplar, sobre  Él, en las alturas, la esplendente Teofanía; allí justo donde, el símbolo del Pez, se dibuja en las noches oscuras. Era, sin duda, la señal que esperaba, el signo evidente de  Su presencia en la tierra, engendrando una nueva Humanidad, a través del vientre sin mancha y el alma pura de una Virgen del Templo.

            Así fue como aquella Voz de trueno quejumbroso, que hablaba por boca del Altísimo, dio vida a la Palabra; una Palabra Nueva, un Nuevo Mensaje, la Buena Nueva, cuyo Código oculto está reservado a los Conversos.


            Después lo vi vagar, cual alma en pena, por los desiertos de Judá, camino de Galilea, en el Genesaret, sobre aquella barca, en compañía de un puñado de pescadores; asediado por las  multitudes en campos y ciudades; o atravesar en solitario el valle de Esdrelón, camino del Tabor, curando a leprosos y a  paralíticos, sanando a los enfermos crónicos y a los ya moribundos, resucitando muertos y obrando grandes prodigios, signos inequívocos de su gran poder.

            Más ningún milagro semejante al Misterio mágico de su Palabra, causa primera de las antipatías de sus enemigos, ante la cual no sólo los males y enfermedades retrocedían, sino que, como  Energía transformadora del mundo y sus vivientes incendiaba  de amor y odio, por igual, todo  cuanto hallaba a su paso.       

            Poco, lo juro,  ínfimo precio para tan gran recompensa, me costó influir sobre aquellas abominables heteras,  secretas seguidoras de los ritos de Baal, y convencer, a su vez, a aquél puerco borracho  de Herodes  Antipas, para que ejecutase al Bautista, depositando, como presente, su cabeza ante mis píes.

            Gratis lo hubieran hecho: la una, por venganza, Herodias, la otra por causa de una pasión enfermiza no correspondida, su núbil hija Salomé. Tan sólo ricos y antiguos presentes, que pronto a mi retornarían: collares de oro y gemas engastadas y sendos cofres de plata delicadamente labrados por las manos de un anónimo artista. ¿A quien pertenecieron aquellas reliquias: tal vez a  la triunfante Semiramis, gloriosa reina de Asiria, o a la bella camita Makeda, reina de Saba, causante de los extravíos de Salomón? Naderias, simples y bellas anímulas de roca, rubia arena mojada de las playa. Nada y menos que nada, para quien posee todas las riquezas del Mundo, Yo, el Hijo del Mal, Príncipe de las Tinieblas.


            Mucho, sin embargo, años enteros de susurrar como viento febril en sus orejas, envenenando sus oídos cual víbora cornuda, me costó convencer a aquél codicioso zapatero remendón de Iscariote,  para que traicionara al Santo entre los Santos (tan secretamente lo amaba). Pero al final, no hay roca más firme que el oro, ni instinto más primario que la venganza. Así, Judas, se dejó vencer en su corazón atormentado, vendiendo al Maestro por tres decenas de siclos.  

            Después de entregarlo, corrió asustado como un corderillo hasta el límite del campo que yo le prometiera en justiprecio por su traición. Le arranqué la bolsa de las manos. Se me quedó mirando sin comprender nada, desde un vacío sin sentido. Luego, le hundí mi puño en el  vientre. Así, reventado  como breva madura caída de lo alto de una higuera, le colgué, todavía vivo, de una robusta encina, con las tripas al aire, bajo un inmenso charco de sangre, con los pies rozando, casi, el suelo.

            Transcurrió una noche entera, y el mediodía siguiente; sobre la ora nona, le ví subir -su cuerpo lacerado por mil heridas, la túnica empapada de sangre- calleja arriba, con el madero cruzado sobre sus débiles hombros, ayudado por aquél fortachón de Cirene, entre una multitud de energúmenos, que le insultaban, zarandeaban  y escupían. No le acompañaba ninguno de sus amigos, aunque allá por el fondo del barranco del Cedrón, vagas siluetas ocultas bajo sus mantos, seguían la procesión a distancia, a pesar del calor bochornoso de aquella última tarde.

            Cayó ante mis pies y, en un postrer esfuerzo, intento levantarse; semiarrodillado ante mí, pidió agua. Yo le mostré mi odre repleto, que desparramé por el suelo ante sus atónitos y enfebrecidos ojos. Me reconoció y recordándome  entre  dientes la maldición que me persigue,  se fue, paso a paso, traspiés a traspiés, acercando al Golgota.

            Yo, el Hijo del Mal, el Anticristo, oculto bajo el aspecto de aquél conocido y rico orfebre de Monte Sión,  presencié, con incontenible alborozo, su ejecución y su agonía, pues, también, tengo sentimientos. No  otra cosa hago que cumplir con sumo placer la Misión encomendada ; hasta que Él retorne, en su Parusía, en el final de los tiempos, tras acabar con Tronos, Potestades y Dominaciones.


            Y, por último, conmigo, el Hijo del Mal,  heraldo de la Muerte. A través de Adán, El Hombre, hecho a semejanza de Dios, y por su Pecado, vine al mundo; por Cristo, su Hijo Unigénito, Dios y Hombre Verdadero (portador de la Verdad), retornaré, por fin, al Hades eternal, al fondo de la Gehena, volveré junto a mi padre, consuelo de todo mi ser. Trabajaré sin descanso para merecer mi recompensa.  

martes, 26 de julio de 2011

Tiempo del sueño

Tiempo del sueño, etéreo como el sinuoso humo,
trepa por mi leñoso cuerpo
cual lábil enredadera

Siluetas de árboles, ya fósiles, recortan pálidos horizontes
ceñidos por densa niebla.

Hombres que caminan a tientas
adivinando sendas.

Tenue luz de un hogar que refulge lejanamente,
como vaga certeza de calor y descanso.

El estómago de los rumiantes varados
regurgita una verde pasta,
mucilaginosa,
ubres repletas de promesas.

El oscuro hogar se anima con los colores del fuego
que aprisiona pupilas,
que calienta pies inertes y manos inanimadas,
sombras espectrales danzan en el reducido habitáculo.

Desde un camastro de mullido jergón, ojos inquietos brillan;
diminutas mariposas nictímeras anuncian cartas de seres queridos,
desde la orilla de otro océano;

obscuras y temidas saturnias golpean muros y puertas,
anunciando el despertar de los muertos.

Mi niñez transcurre lentamente, entre hayas y riscos,
habita una casa erigida en un palmo de tierra,
piedra sobre piedra y argamasa,
labrada por pétreos hombres, alma de viento y lluvia,
con un balcón suspendido del tiempo y las estrellas.

No deseo conocer otro paisaje,
ni otra compañía sino el nocturnal viento que arrastra quimeras
y torrentes de blancas y pulidas piedras;
y mi negra perra lanuda,
que me enseño a observar los secretos mundos imperceptibles.

Tiempo de humo y esencia,
que mi memoria rescata para sosiego del alma,
cuando escucho la voz que susurra: hijo mío amado,
qué perdido te hallas; retrocede hasta la encrucijada,
veras mis señales: busca la senda abrupta que te llevará a mi casa,
la que ahora recorres no lleva a ninguna parte;
ahí sólo encontrarás miedo y dolor,
soledad y espanto
y, al final, el negro abismo de la desesperanza.

De piedra y viento

Dormidas sendas,
antiguos caminos labrados
por los desnudos pies de los ancestros,
viejos hayedos desvencijados,
a cuya sombra se cobija el destello del segur,
el fulgor del hacha y el rayo.

Montes habitados por perenne niebla
que ascienden vertiginosos,
ocultando a la vista
impávidos murallones de caliza,
el vuelo del águila  real, la zarpa del oso,
la fósil pezuña del íbice.

Aéreos enjambres recolectores,
el áspid y la salamandra,
hongos, insolentes ortigas, helechos,
rampantes madreselvas..

Camino arriba, sediento,
aspergido de trecho en trecho
por el incesante goteo de las aguas innumeras;
zaherido, desarbolado,
por la fuerza del vendaval,
tormenta inacabable del fugaz otoño,
a duras penas avanzo.

Más que subir, reptar,
atento el oído al latir de una presencia
que tiernamente me amamanta.

Me acoge a  la sombra de sus alas,
guarda celosamente el secreto de mis númenes,
la fecha exacta de mi óbito,
para el día del Juicio Santo,
De su Santo Juicio.

Musito a cada  instante, el dulce nombre de su nombre,
me embriago completamente de la serena paz de su hermosura.

Con más voluntad que fuerza en el pecho,
por encima de la espesura,
al pie del abismo me alzo extenuado, exultante,
ante un horizonte ancho de nacientes luminarias.

Estridentes, metálicos sonidos pueblan el bosque,
como oración, himno, lamento,
mientras yo, el hombre, portentosa criatura,
firmemente erguido, cual piedra miliar que indica el limen imperceptible,
(umbral del misterio que un día traspasaré),
menhir hundido en la hierba,
que rezuma aún el olor de la mañana,
de tantas mañanas;
petroglifo esculpido por el viento
y la artesanal lluvia,
contemplo con extraña somnolencia,
mezcla de cansancio y estupor,
el relumbrar de los últimos rayos del sol,
por entre las altas praderas,
tiñendo de rojo las fulmíneas aristas, las recias cumbres,
inexpugnables torres de mi serranía.

Lentamente aspiro las fragancias del crepúsculo,
noche que lentamente envuelve mis ojos,
liberando mi mente adormecida.

Más, ¡alerta!, el tiempo insaciable
no renunciará a tus despojos,
¡ora, purifica tu alma!
trascendiéndote,
humillándote,
unificándote,
ante quien en sueños te instruye
y en lo más profundo se  revela;
pues, está escrito, suyo eres
y nada en ti descansará
hasta que a Él retornes.