miércoles, 28 de septiembre de 2011

EL PODER DE LA BESTIA (I)

«A ratos me refugio en mi “Tratado del amor de Dios”, recreándome ante la hostilidad con que habrá de recibirlo la intolerancia intelectualista, que se pone frenética cuando se habla de otro mundo. El manifestar el simple anhelo de la eternidad y de la conciencia individual les pone fuera de sí». Miguel de Unamuno.




Seres sin luz propia,  se han dejado arrastrar por esa gigantesca ola conspirativa que amenaza con engullir al cristianismo y con él a la civilización occidental, y que lleva escrita en la frente la señal de Caín. Dentro de esta trama tan bien urdida, hay personajes principales, secundarios y figurantes, no faltando almas simples que, desde una visión candorosa de la realidad, colaboran gratuitamente en ello, (algún que otro  “teólogo” reconvertido en aprendiz de brujo).
 

Detrás de ese movimiento se esconde el laicismo fundamentalista, que, como ideología absoluta, apoyada en los grandes poderes fácticos, desarrolla estas y otras formas menos visibles de agitación y propaganda,  en un definitivo y, a la vez, desesperado intento de controlar nuestra existencia con las dos ideas centrales que vertebran su pensamiento, a saber: 1. Que el hombre es una simple criatura producto de la evolución de la naturaleza, es decir del azar. 2. Que Dios, tal como lo concebimos los cristianos, no existe; si existiera, arguyen estos nuevos moralistas, no habría guerras o hambre en el mundo (como si en ese estado de cosas nosotros y ellos, no tuviéramos responsabilidad alguna).
 

Semejante reduccionismo llevaría a las siguientes conclusiones: a) si el hombre no tiene naturaleza divina ¿tiene algún derecho, aparte de los que, tan generosa como, acaso, inmerecidamente, se le otorguen? (relativismo legal, político y moral y persecución de las ideas o de cualquier forma de expresión de la individualidad);  y b), si no existe Dios ¿Quién es el dueño de la vida y de la muerte? La respuesta: el hombre, únicamente el hombre, pero no cualquier hombre, sino el encarnado en el  “ideal” del estado, el partido, la raza,  la ciencia, el sistema, etc.
 

En el mismo orden de cosas, la interrupción voluntaria, sin causa justificada, del embarazo, la eutanasia activa y pasiva, los planes estatales de infertilidad, la selección artificial, el sexo como juego o divertimento sin responsabilidad, es decir, todo aquello que opera en contra de nuestra integridad, degradándonos y deshumanizándonos, aunque venga disfrazado bajo el aspecto de un ideal de libertad ilimitada,  no es más que  una  forma sutil y larvada de ese cientifismo, tan del gusto de los regímenes cesaristas empíricos, que pregona este nuevo fundamentalismo y que ha abierto, como el fuego en un bosque, nuevos frentes, que afectan a  los diferentes planos de la convivencia:  enfrentamiento de la mujer y el hombre, propalado por la terminales mediáticas y el “lobby” del feminismo radical; el enfrentamiento de los hijos contra los padres, no ya bajo la forma de “conflicto generacional”, sino recortando los derechos políticos de la patria potestad y los derechos morales inherentes a la paternidad, confrontándolos con los derechos de la madre, el hijo o del menor (delación o denuncia, arguyendo cualquier pretexto, que origine la intervención de los poderes públicos); en las misma línea, el enfrentamiento del discente contra el docente, que pasa por desproveer al segundo de todo vestigio de dignidad y de autoridad, tanto moral como académica; enfrentamiento entre el hombre y la naturaleza -ecologismo radical-, y, así,  podríamos seguir enumerando múltiples formas de ataque a los valores y de rebelión contra el orden  natural establecido.


Se trata de la misma idea que subyace en el pensamiento totalitario, a lo largo de los últimos tiempos: el hombre es amo y señor de la creación y no responde ante nada ni ante nadie y no hay otro, un prometeo sin cadenas que ha robado el fuego a los dioses y se ha erigido a sí mismo en criatura por encima del bien y del mal, dueño de la vida y de la muerte y objeto exclusivo de culto, en una clara apuesta por la idolatría. Un ídolo que exige ríos de sangre.
 

Lo que hace más  impune a este laicismo,  es su aparente falta de paternidad, cuando la realidad es otra: tiene promotores, son muy poderosos, dominan todos los resortes del poder y la economía y, bajo su mando, actúa el ejército de las tinieblas, el activismo enmascarado, sin nombre, sin uniforme, sin identificación y sin bandera.
 

Operan secretamente, introduciéndose en nuestras mentes y nuestros corazones como sombras de nuestra sombra, anulando nuestra capacidad de raciocinio, socavando el pobre juicio y la escasa moral que aún nos queda, obnubilando nuestro entendimiento, extendiéndose como mancha de aceite, como forma de pensamiento dominante,  e inundando los hogares, la vida ..., haciéndola más pequeña, reduciendo a la mínima expresión cualquier sentimiento de trascendencia  e instalando en la sociedad el nihilismo, el hedonismo, la ignorancia, la incultura y la barbarie más absolutas.
 

            Laicismo radical que, no otra cosa es, que la forma encubierta bajo la que se emboscan las ideologías más infrahumanas y cruentas de toda la historia. Los  ejemplos claros y determinantes de lo que supone la implantación de la idolatría en forma de culto al hombre, con todas sus secuelas y extensas heridas, aun abiertas, a lo largo de la geografía y del tiempo.
 

Hoy nos hallaríamos en una fase avanzada dentro del programa de control del mundo: un período mayor o menor de anarquía (en el que estamos), el suficiente para la consolidación  de los grandes planes de ingeniería social: selección artificial, eutanasia, destrucción de la familia, la moral, los valores, la religión y la propiedad privada, empobrecimiento de la población, ¿ …?, luchas sociales y, por último,  imposición del modelo  a escala planetaria como forma de gobierno. Esto ya se ha llevado a cabo en el pasado y no debe sorprender que se esté llevando a efecto en el presente, con altas probabilidades de éxito. Aunque será una victoria efímera y, ciertamente, pírrica.
 

Sobre principios del s. XX,  es decir, bastantes años después de la publicación en Rusia de  el “Manifiesto del Partido Comunista”, traducido por M. Bakunin, apareció un  libelo titulado “Los protocolos de los sabios de Sión”, bajo la firma de un  tal Serge Nilus; este libro, que tengo ahora en mis manos, (provocaría irrisión generalizada, si no conociéramos de sobra la estúpida credulidad humana, ya se sabe,  “stultorum infinitus est numerus”), se hace eco de unas presuntas actas secretas levantadas en el último congreso sionista del s. XIX, celebrado en Basilea, donde, supuestamente, se avanzaban los planes de dominación del mundo.
 

En realidad, existen hoy fundamentadas sospechas sobre su autoría, habiendo quienes lo atribuyen a los servicios secretos de la policía imperial (Ojrana), arguyendo que tales actas correspondían a incautaciones de  “materiales” de diferentes movimientos masónicos (muy activos en Rusia y en toda Europa). El comunismo había prendido como llama sobre la yesca en todo el imperio, y muchos de sus promotores eran de origen judío, evidentemente, el pretexto de “los protocolos” les venía como anillo al dedo para intentar descabezar el naciente movimiento que, a la postre, terminaría con el zarismo.
 

            ¿Existe un plan secreto de dominación del mundo. Yo tengo ya mi respuesta: no uno, varios, de distinta inspiración, ya que el mal, afortunadamente, también lucha contra el mal, gracias a Dios. 
 

Posiblemente, el enemigo no sea una agente externo; posiblemente el enemigo esté dentro del sistema, beneficiándose de él y a la vez intentando destruirlo; posiblemente el enemigo nos esté mostrando sus mayores encantos: la libertad sin fronteras, su capacidad camaleónica para disfrazarse bajo el aspecto de bienhechor del género humano, y desplegando todas sus habilidades teatrales para captar voluntades y lanzar al mundo a la catástrofe.
 

Quizá no tenga nombre, ni identidad, actúe bajo unas siglas o acrónimos muy respetables, (el número de la Bestia); quizá el enemigo busque nuestra ruina porque odia al género humano. Alguien así, concluyo, solo puede ser el Príncipe del Mundo (sus riquezas empalidecen todos los tesoros de la humanidad acumulados a lo largo del tiempo), Belcebú, el Anticristo, el Mal Absoluto encarnado en  el corazón de un hombre. Posiblemente ya esté aquí, entre nosotros. Seguramente será aclamado por las masas y elevado a las más altas magistraturas. Inevitablemente, será para nuestra condenación.
 

Jesucristo ya nos previno, nos advirtió reiterada y enérgicamente contra los falsos profetas (que cada cual ponga los nombres). Configuran, en su conjunto, las siete cabezas de la Bestia, precedida de sus mensajeros, los cuatro jinetes del Apocalipsis, que podrían llevarse por delante nuestra civilización si no hacemos algo para evitarlo.

domingo, 18 de septiembre de 2011

ESPACIO INTERIOR


El hombre, el único ser que vive para ser, que se prolonga imaginando un lugar más allá de la vida, que siente el deseo de la perfección absoluta, de la más absoluta sabiduría, en su deseo vehemente e insaciable de conocimiento, es el mismo hombre que, día tras día, baja a las entrañas de su propio y repulsivo infierno, para encontrarse con la bestia desnuda que en él anida, con el negro instinto que le arrebata, con ese primate que cobija violentos impulsos, que ofrece mortales y venenosos racimos de ira, que acecha en la oscura noche de las almas enajenadas.

Desencadenado, liberado en un mundo de sueños, aletea el espíritu, lejos del habitáculo terrenal, en su apasionada búsqueda de los secretos arcanos que pueblan el universo; atraído por el abismo, por el vértigo de la inmortalidad, no alberga miedo alguno, ni desfallece, ni se detiene ante las barreras del tiempo y el espacio, trayéndote noticias al despertar como suave brisa que orea la mente, dejando en sus surcos casi imperceptibles recuerdos de mundos ignotos y de criaturas fantásticas que habitan la oscuridad.

Y allí tú, interrogante, atento a la más mínima tensión de la carne, buscas huellas, rastros, senderos olvidados y el lenguaje que un día compartieras con los ángeles y los pájaros. Deseas lanzarte a ese abismo que te llama, más indolente, manso, con la certidumbre de la gravedad en el instinto, no arriesgas, no anhelas y aunque tire de ti ofreciéndote el camino más recto, le vuelves la espalda y buscas el abrazo de la tierra, reptas y escuchas sus latidos y el fluir de la sangre que te amamanta, nutricia, untuosa, cálida, guarda el secreto de tus númenes y susurra en tus oídos frases enigmáticas que sólo el espejo descifra cuando a él te enfrentas.

Más la lascivia del órgano en su eterna cópula con la luz engendró en ti la tiniebla y andas descarriado, perdido en los vericuetos de un mundo sin fronteras, donde la gélida luz de las lejanas, aunque ya ausentes estrellas, revela su omnipresencia.



Entretanto, en la fragua donde acendras el acero, duerme tú enemigo, la eternidad del mal que sufres en el desquiciado umbral de la noche alucinada, en la infinita e indómita melancolía del alma.

Como astro herido por un meteórico tormento, estallas en tus adentros y resuena el eco de tus quejas en el corazón preso que encabritado late y se vuelca mientras temeroso oras.

Incauto, creíste que ibas a atrapar en tu puño, convertido en clepsidra, el agua, la arena ardiente y cuando más aprietas más rápido es su fluir: sabes que tus pasos están contados, que tus ansias de ser más que nunca dependen de la providencia.

Allá en la frágil infancia, con las puertas abiertas a los sentidos, fuiste descubriendo la vida sin temor,  con el recuerdo imborrable del primer día de las verdes praderas del septentrión y la frontera de las altas crestas cubiertas de nieve, allí donde la glacial estación se detuvo para enfriar el aire y engendrar helados torrentes a la pálida luz azul de la luna.

Ahora, sólo son eidéticas imágenes, que pueblan tus neuronas, que se pierden en un abrir y cerrar de ojos en el circuito de la sinapsis, para convertirse en químicas y etéreas moléculas aprisionadas que se licuan en tus pupilas y calman la herida.

Más, funesto, emprendiste contra ti una guerra perdida y sin gloria. Sabias que el mal estaba dentro , emponzoñándote y conocías el remedio. Hoy rehúyes su mirada y permaneces acurrucado en tu esquina temeroso, acobardado por el pasar indetenible del tiempo, y mientras tu luz se debilita, su oscuridad te fulmina.

Esperabas tanto de él, tan convencido estabas de sus promesas que le permitiste campar a sus anchas, dejándolo crecer, en tanto tu te achicabas, poniendo cerco a tu mente y a tu alma, sojuzgándote.

Así que no esperes más, cierra la casa, tapia puertas y ventanas y échate a andar, no te detengas ni mires atrás y cuando se haya acabado el paisaje que recuerdas y te halles en presencia de la soledad más espantosa, lánzate al mar oscuro, sumerge la cabeza en una agónica ablución y, escurrida de tus pulmones la última partícula de aire, emerge y expulsa tu rabia y tu dolor. Después respira. Será tu bautismo para la nueva fe.


martes, 13 de septiembre de 2011

SIMON BAR JONAS

I



Aquella  tarde  casi otoñal,  Simón, Andrés y Felipe, echaban los aparejos a las barcas, observando como, caminando  por la ribera, se les acercaba aquél hombre extraño, aparentemente desocupado, que, al igual que otras veces, se limitaba a mirarles a cierta distancia, levantando la mano con gesto amistoso,  para, luego, a paso más que ligero,  perderse por las estrechas callejuelas de la ciudad, seguido por un enjambre de chiquillos a la carrera, tirándole del manto.



Le habían visto  con ellos algún otro día, sentado en la plaza, rodeado por los cuatro costados, contándoles animadamente algún cuento, entre la algarabía y las risas de aquellos pequeños desvergonzados.



Fuera quien  fuese,  por su aspecto, pies descalzos, pelo largo y poblada barba, podría pasar, acaso,  por alguno de esos chiflados  que, en el ágora de Tiberiades, en Sephoris o en las plazas de la  misma Cesárea de Filipo, entretenían a los gentiles contando historias inverosímiles para un galileo, como habían tenido ocasión de comprobar, cuando, de tarde en tarde, se dejaban caer por la capital para hacer alguna compra y beber una jarra de vino a la sombra de los vetustos sicomoros.



Jonás, el padre de Simón y de Andrés, ya no podía acompañarles a pescar, sufría de fuertes dolores de espalda, así que el hombre ayudaba en lo que podía: limpiaba y seleccionaba el pescado, según su tamaño y especie, depositando cada pez en su cesta, para después barrer la barca, echar los despojos a las aves y terminar baldeando la cubierta, arrojando con fuerza sobre la misma varios cubos de agua, hasta dejarla limpia y reluciente; al fin y al cabo los trabajos  más sencillos y de menor esfuerzo, en consonancia con su edad y su estado. De la pesca  habían vivido siempre y, si Dios lo permitía, de la pesca seguirían viviendo hasta que la  mar se agotara. Había sido un hombre recio y duro como el pedernal, pero ahora inclinaba sus espaldas hacía el suelo, bajo el peso de la edad, el dolor de los huesos y el cansancio acumulado.



Dueños de una barca,  podría decirse que aquélla numerosa familia vivía con cierto desahogo económico, aunque, algunos días, después de pagar los jornales, si la pesca no era abundante, lo comido por lo servido, como  suele decirse.



Simón, el patrón y Andrés su hermano, junto con Felipe, primo de estos, y Santiago el de Zebedeo, socios de aquéllos, contrataron aquél día dos jornaleros  y, tras fijar su estipendio, parte en especie y parte en dinero, se prepararon para salir al lago con el sol medio engullido por el horizonte y la esperanza puesta en una buena cosecha de peces.



II



El forastero llevaba una temporada en Cafarnaun. Supieron que vivía en una pequeña  hacienda,  ladera  arriba del monte, en los viñedos de Efraín: almendros, vides  y olivos rodeaban la casa que disponía de un pequeño lagar y pozo propio, así como de un cobertizo para los aperos y un corralillo, donde, a la sombra de una recia higuera, solía pastar un pollino y media docena de cabras.



Efraín, era un hombre de buena posición, que, gracias a su habilidad como comerciante, había amasado una  pequeña fortuna. Desconocían  la relación que existía entre ambos, si eran parientes o amigos,  si le había alquilado la casa por un tiempo o si la había comprado y se iba a establecer allí definitivamente.



Los niños le  llamaban Yeshú; vivía  con una señora de mediana edad, su madre, al parecer, que, aunque sencilla de aspecto y atuendo, tenía, sin embargo, distinción en el porte, a la vez que lucía una belleza serena y madura.



Se comentaba que tenían visitas frecuentes de amigos y, a veces, de parientes; que venían desde Magdala y Genesaret o de la  más lejana Betsaida  a quedarse con ellos algún día. Cualquier novedad  al respecto  era la comidilla de las matronas, que no dejaban de darle a la lengua, mientras realizaban sus faenas.



Más, él, rara vez paraba en algún lugar,  iba  y venía por aquellos caminos como alma en pena,  de un lado para otro, con las sandalias medio destrozadas, la túnica descolorida, el manto al hombro, de  un pueblo a otro, de una a otra ciudad, sin descanso ni compañía.



A veces,  no aparecía durante semanas. Entonces, se comentaba que  le habían visto bajar andando, río abajo,  más allá de Tiberiades. Solía detenerse a hablar o a comer con los pastores y con los campesinos, con la gente humilde de los caseríos y aldeas, para, luego, perderse en la lejanía, atravesando el valle de Esdrelón, por la sendas y caminos del monte Tabor, sin zurrón o hatillo ni provisión alguna, salvo unos cuantos dátiles y un puñado de almendras o avellanas que guardaba en su faltriquera, para quedarse allí dos o tres días, durmiendo al abrigo de alguno de los derruidos fortines y cabañas que coronan su cima,  hiciese  frío o calor, lluvia o viento.



Destacaba entre la gente por su estatura. De fuerte complexión ósea, parecía estar acostumbrado al esfuerzo físico  constante, por lo que irradiaba una sana sensación de vigor y equilibrio.



Sería sobre principios de Septiembre - todavía hacía calor; el tiempo nuboso, el aire soplaba en ráfagas desde el sureste, destilando una pegajosa humedad y las partículas de  arena herían la piel; el mar en calma, meciéndose con el viento, como un campo de cebada-,  cuando le vieron acercarse a las barcas, dirigiéndose a ellos por sus nombres,  como si les conociera de toda la vida, comentando algo sobre el tiempo:  “¡cuidado, porque amenaza tormenta!”. 



No le respondieron nada, sonrieron  y sin prestarle más atención,  se despidieron divertidos, saliendo a la mar, sin poder contener la risa; eran, al fin y al cabo, pescadores, gentes de una simplicidad acusada, carentes de instrucción, aunque no, por ello, de humor: Simón, hijo de Jonás, de aspecto robusto, aunque joven todavía, con el rostro surcado de arrugas, la barba entrecana, el pelo ensortijado con grandes entradas en las sienes y expresiva y febril mirada; Andrés, hermano de Simón, delgado, ligeramente cojo, de apariencia más jovial, pelo largo y descuidada barba; Felipe, de aspecto algo aniñado, bajito,  y con algunos kilos de más, el benjamín del grupo, de rala y negra barba, tez muy morena, donde resaltaban sus verdosos ojos, y Santiago, más alto que el resto y muy corpulento, larga melena pelirroja, piel blanquecina de aspecto lechoso, surcada por infinidad de pecas. Tenían un trabajo que les dejaba unas buenas ganancias,  no exento de riesgo, familias a las que cuidar, bocas que alimentar y, sin embargo, cuan lejos estaban de sospechar el vuelco que se iba a producir en sus vidas.   



¿Qué se había creído el forastero, que  no conocían de sobra este mar que les viera nacer? ¿No sabían ellos sobradamente distinguir por el aire, la forma de las nubes o por la dirección del viento, el color, la temperatura del agua o la viscosidad de la espuma, cuando iba o no a producirse una tormenta? No había signo alguno que hiciese temerla. Era su lago, el Genesaret de toda la vida, el mar de Tiberiades, ¡qué les iba a contar a ellos, que  les habían salido los dientes con una red entre las manos!



Más aquélla noche, el aire viró violentamente, bajando a gran velocidad desde la meseta del  Golán, provocando un efecto ondulatorio. Para sorpresa de aquéllos avezados pescadores, se fraguó una terrible tormenta eléctrica, los rayos y las centellas asaeteaban la superficie del agua,  iluminándola como si estuvieran a pleno día. Durante, no más de un cuarto de hora, una eternidad para ellos,  pareció como si el mar se levantase de su seno, al mismo tiempo que un terrible aguacero   les llenaba  de agua, granizo  la bodega.



Serian las cuatro de la mañana, cuando, a duras penas, consiguieron arribar a  una desierta cala.  Habían perdido la pesca y  los aparejos y el viento había desgarrado las velas; rotos por el cansancio, con más miedo en el cuerpo que si hubieran visitado la entrada del sheol, dormían, junto a una gran hoguera, bajo sus mantos. Simón tuvo una terrible pesadilla, en plena tormenta, entre los resplandores nocturnos vio una figura espectral andar sobre las aguas. Era Yeshúa. Sobresaltado se despertó. Meditaba sobre lo cerca habían estado aquella noche de la muerte y pensaba en  aquél forastero. ¿Cómo había llegado a predecir aquél nada común hecho?



Por fortuna no hubo desgracias personales, pero aparejar otra vez la barca les iba a costar algún que otro viaje a la capital y unos cuantos siclos. ¿Quién era aquél hombre, una especie de gafe o un adivino? Aquél día decidieron que no iban a dejar de vigilarle.

           

A mediados de Septiembre del año 27, durante  las fiestas de Sukot  Simón y Andrés, acompañados de su primo Felipe, Santiago y su hermano Juan, los de  Zebedeo,  se dirigieron, como cada sábado, a la sinagoga, quedándose  junto a la puerta. Hablaban de sus cosas en voz baja, sin percatarse de las miradas furibundas de los asistentes, en su mayoría ancianos y de algún que otro miembro del partido fariseo luciendo ostentosamente sus filacterias enrolladas en los brazos o  sobre la frente.



Tras la oración de entrada, cuando ya se iba a proceder a la lectura de La Palabra, se oyó entre el público una voz grave, persuasiva, cautivadora, solicitando la vez. Levantaron la vista y allí estaba Yeshúa, ante la mirada atónita del vecindario ¿cómo se atrevía aquel forastero a entrometerse? Ante el cuchicheo creciente de los asistentes, Tomás, el archisinagogo,  salió en su defensa: “Yeshúa es letrado y, aunque nació en la muy lejana Belén de Judá, ha vivido en Nazaret muchos años, por lo que podemos considerarlo uno de los nuestros; es conocido en Cesárea y Séphoris y hasta en la mismísima Jerusalén; es nuestro invitado, haréis bien en escucharle, pues, a pesar de sus juventud, es un gran maestro de la Ley,  y, además, según he sabido, proviene de la estirpe de David por las dos ramas”. Silencio y gestos de asombro no exentos de cierta displicencia.



Yeshúa, agradeciendo las palabras, humildemente rechazo aquéllos  títulos, y acercándose a la mesa o  pupitre, desenrolló uno de los pergaminos, dando comienzo a la lectura de una  perícopa, un pasaje de Isaias, al final de la cual pronunció unas palabras misteriosas, que llenaron de estupor a los asistentes, habida cuenta de la rareza de su mensaje y el modo de interpretar el texto, con tanta autoridad y vehemencia.



III



La progenie de David o lo que había quedado de ella, malvivía, empobrecida e ignominiosamente perseguida, apartada de la vida publica. Cometieron muchos errores en el pasado y el peor mezclar su sangre. Semejante indignidad, les había marcado con el estigma de la impureza, arrastrando dicho baldón a través de las generaciones.



De su casa solar de Belén sólo quedaban los semiderruidos muros  y una podrida techumbre que hacía las veces de redil o establo para el ganado o las caballerías  de los transeúntes. En  Jerusalén, su última posesión la había adquirido mucho tiempo atrás la familia de un prohombre del lugar, miembro del Tribunal del Sanedrín y muy  rico;  la solía alquilar para las celebraciones, fiestas, bodas y banquetes y como posada para peregrinos importantes o gente de cierta categoría  social. Era una especie de mansión palaciega de tres plantas, con espesos muros, grande, con muchas estancias y aposentos y un patio interior.



 Su estado de conservación era bastante bueno, aunque la planta superior  había sido reformada, sustituyendo la  recia mampostería por ladrillo y decorada con columnas y capiteles de estuco, sosteniendo  arcos de medio punto, según la moda. El conjunto era imponente y podría considerarse entre las mejores casas de Jerusalén. Nicodemo se llamaba su propietario.



Del producto de aquélla venta, les habían quedado cuatro cuartos a los antepasados  de Maryam, y ello no contribuyó, la verdad, en nada, a mejorar la precaria situación económica de  aquella familia de reyes, que, por caprichos del destino, vivía penosamente, aceptando los trabajos más humildes y prácticamente olvidada por la buena sociedad.  

             

Sin embargo, ésta,  había mantenido la secreta esperanza de ver a su vástago luchar por sus derechos dinásticos. No había sido un  sueño aquélla lejana promesa, no, Yeshúa estaba preparado como el que más; para ella, era, sin duda, el Ungido, pero aquel hijo suyo no hacía más que peregrinar de un sitio a otro, sin rumbo y sin sentido, aunque ella había jurado acompañarle al fin del mundo.



Los hermanos de Yeshúa se habían casado y hacían su propia vida; sólo le quedaba este hijo soltero y  allá en Nazaret no se les había perdido nada a ninguno de los dos. Viuda de José desde muy joven, había tenido que soportar, tras su muerte, por imposición de la Ley, el matrimonio con un hermano de aquél, a su vez viudo, cumpliendo así con la gravosa  tradición  levirática, cargándose de hijos: el de ambos, y los que el segundo esposo había aportado, fruto de su anterior matrimonio.



No fue un tiempo feliz, pero tampoco especialmente desgraciado.  Tampoco le sobrevivió mucho: en pocos años se le habían muerto dos maridos y ahora sobrepasando la cuarentena, sintiéndose todavía joven, con energía y espíritu, vivía por y para Yeshúa, su querido Yeshú, el fruto del amor de su vida y su promesa, el espejo donde se miraba.



Más la economía era precaria, él había dejado su taller y se dedicaba a deambular por todo el país y ella a seguirle. Afortunadamente, contaban con numerosísimos familiares, amistades y benefactores,  pues  aunque allí  nadie, por cautela, dijera una sola  palabra, todo el mundo sabía quiénes eran y qué sangre corría por sus venas.



IV



La ventaja de la tetrarquía, si podía haber alguna, era que aquéllos galileos no estaban, como en Judea, bajo el dominio directo de la bota romana y, si bien odiaban a Herodes Antipas por su sangre idumea, éste, a menudo, les amparaba  haciendo, en ocasiones, la vista gorda ante al creciente clima de agitación popular.



Aunque nacido en Judá, había sido educado en las costumbres de Roma,  y se comportaba, más por interés que por convicción, como un pagano, aunque para el invasor, no era más que un simple reyezuelo, un aliado de conveniencia, que, llegado el caso, no tendrían inconveniente en sacrificar. 



Este irresponsable y engreído personaje, que creía tener todo el favor de la metrópoli y el del mismísimo emperador Augusto, era, a los ojos del pueblo,  un sátrapa sin sentimientos, un pecador impenitente y un corrupto, en fin, un hedonista y sobre todo manirroto gobernante que había dilapidado, en honor del emperador, sumas ingentes en la construcción de la ostentosa ciudad de Tiberiades, sin reparar en gastos y dotándola de toda clase de instalaciones, al estilo romano, y de lujos innecesarios para la forma de ser hebrea, lo que atrajo el furor de la gente ante la continua sangría en impuestos;  al contrario que su padre Herodes el Grande que, sin ser menos cruel y odiado, - ordenó asesinar, incluso, a dos de sus hijos-,  había realizado importantes obras públicas, construido ciudades y portentosos palacios, impulsado el comercio construyendo vías y puertos  y,  lo que era más importante para sus súbditos, contribuido a  la restauración del templo de Jerusalén. Una obra, sin duda, grandiosa en belleza y proporciones.



V



Tras la celebración litúrgica, sobre la hora sexta de aquél día luminoso y fresco,  los cinco amigos decidieron seguir a Yeshúa  a distancia; había tomado dirección hacía Betsaida, por un camino  paralelo a la margen  izquierda del río, una senda que  todos  conocían  muy bien.



No en vano, Simón, Andrés y Felipe,  allí  habían nacido y se habían criado, hasta  que circunstancias del trabajo y la natural aspiración de encontrar una vida mejor, empujaron a sus familias a vivir en Cafarnaum, donde, gracias a Dios, habían mejorado de posición, pasando de ser simples jornaleros a honrados propietarios de un próspero negocio.



Criados a la orilla del lago  y avezados a viajar en barca de un puerto a otro alrededor de los, aproximadamente, ciento sesenta kilómetros cuadrados de su superficie, les costaba seguir a Yeshúa; más de una vez le perdieron de vista; andaba rápido y, cual gacela, sólo se paraba para abrevar en  los manantiales



Sobre un suave promontorio, adornado de viñedos, oliveras y almendros en flor, Betsaida aparecía, desde lo alto, como una blanca mancha de leche desparramada sobre la tierra parduzca. El mar, otrora fuente de una sana economía,  había  retrocedido en los últimos cuarenta años unos cien metros  sobre su antigua posición; sobre los limos de su seca dársena aparecían esqueléticos restos de antiguas embarcaciones; los olores  y la putrefacción hacían la atmósfera insalubre, de manera que, como antaño las familias de Simón y Felipe, sus moradores, empezando por los más jóvenes, habían comenzado a abandonarla.



            El mar de Galilea  se revelaba, ahora,  a sus ojos en casi toda su extensión, como una delgadísima lámina de plata, de trecho en trecho orlada por las doradas arenas de los bancales unas veces emergentes, otras sumergidos, según el clima y la estación. Sobrepasada la ciudad y la desembocadura del Jordán, siguieron colina arriba, para luego bajar repentinamente hacía unos  meandros.



 Habían caminado no menos de quince  kilómetros y sobrepasado con creces los límites de Betsaida .  A lo lejos,  muy a lo lejos, se adivinaban las formas de las blancas cumbres del Hermón, dominando un vasto espacio. La calzada que llevaba a Cesárea se divisaba entre los valles. La ciudad  no distaría de allí más  de  tres kilómetros. El Templo de Augusto, levantado sobre un montículo, parecía, desde la lejanía,  una figurilla de terracota recortada sobre el horizonte.



La noche se les echó encima. Ya no era momento de dar la vuelta rumbo a casa. Así que se instalaron en un descampado, en tanto que Andrés encendía el fuego, el resto acarreaba algunos troncos y recogían algo de leña menuda para alimentar la hoguera y poder, así, pasar la noche.            



Serían las seis de la tarde cuando oyeron unos pasos y creyendo que se trataba de algún asaltante se pusieron en guardia, espalda contra espalda, dispuestos a vender cara su vida. Simón sacó del ceñidor una daga; Andrés y Felipe esgrimieron sus bastones, Juan y Santiago recogieron unos pedruscos del camino para cargar sus ondas. No temáis, dijo una voz que enseguida reconocieron, soy Yeshúa y, cual aparición espectral,  se les  presentó, surgiendo de la nada y sentándose junto al fuego.



No podían dar crédito a  lo que veían, estaban con el corazón saliéndoles del pecho y aquél hombre que apenas conocían, allí estaba tranquilamente,  sentado sobre un tronco, reavivando la hoguera  y dándoles la espalda. ¿Porqué me seguís, no sabéis que estos caminos están plagados de bandidos y que, caso de encontraros, no volveríais a ver a vuestras familias? Se quedaron demudados, sin saber qué decir, hasta que Simón bar Jonás habló: rabí, te seguíamos por curiosidad; a la mañana te escuchamos en la sinagoga ¿Es verdad que eres de la familia de David?



 Él  hizo un gesto afirmativo con la cabeza al mismo tiempo que le restaba importancia al hecho:  ¿Qué más da? y sonrió  abiertamente. Les había puesto a prueba sin ellos sospecharlo y sabía que, si se habían tomado aquélla molestia sin conocerle, podría contar con ellos cuando los necesitara.



Se sentaron a su lado y sacando de sus morrales las provisiones las dejaron dispuestas sobre una laja de piedra. No era más que un poco de  pescado seco, unas  tortas de pan, y un pequeño odre conteniendo un poco de vino.  



Él bendijo los alimentos, proclamó el shema  con la vista puesta en lo alto y  fraccionando el pan les dio un pedazo a cada uno. Con el gesto de sorpresa aún en sus rostros y encogiéndose de hombros,  comieron en silencio de lo que él les iba repartiendo.



Luego, sin decir palabra, se acurrucaron, envolviéndose en sus mantos,  con una evanescente sensación de paz y bienestar a la altura del plexo. Entre sueños le vieron alejarse, cerrada la noche,  colina arriba, perdiéndose en el sotobosque.



Cuando al  amanecer regresó, ya se habían marchado, dejando como regalo de despedida, colgado de las ramas del viejo algarrobo que les sirviera de techo, uno de aquellos morrales, con las sobras de la comida. Volvió a sonreír y siguió su camino, río arriba, hacía Cesárea de Filipo.



Bajaban corriendo y dando saltos, colina abajo, como niños, entre risas y juegos, cuando de improviso se toparon con un rebaño de ovejas y cabras conducido por unos pastores que iban azuzando a sus perros.



Detrás, Sobre su cabalgadura, vieron a Natanael de Cana, quien, acabada la estación estival,  regresaba desde las bellas fuentes del Jordán, que pronto se cubrirían de hielo y nieve, para, tras siete jornadas agotadoras de camino, regresar a su hacienda y proseguir las labores de la siembra y el esquileo.



 Se saludaron y departieron animadamente durante un buen rato. No se habían visto desde hacía meses, "- la  primavera que viene, allá por las fiestas de Purim,  me caso, les dijo, no faltéis a la boda". Descuida,  no nos la perderíamos por nada del mundo. Y se rieron.



VI



Galilea, circundada por el mar al Oeste, las altas montañas al Norte , los Altos del Golán al este y el desierto al Sur, era un mundo heterogéneo donde, a lo largo del tiempo, se habían entremezclado y convivido pueblos y culturas distintas. Y, como si se tratase de la nueva Babel, desde las plazas de las ciudades hasta las humildes casuchas de adobe de los caseríos de montaña, en el aire se  entremezclaban el siro-fenicio o bajo arameo (la lengua materna), el griego y el latín, el hebreo y el árabe, con todas sus variantes dialectales.



Una amalgama étnica e intercultural, con gran predominio de la cultura helenística,  pero con vías públicas y acueductos, foros y mercados,  teatros y prostíbulos, símbolos todos ellos de la  asfixiante presencia de esa potencia militar y pagana que era Roma y que los viejos judíos identificaban con  Edom,  enemiga mortal de Israel.



Desde las guerras macabeas, ciento cincuenta años atrás, no se había vivido una sensación tan poderosa de rechazo y antipatía hacía el invasor, una corriente subterránea y larvada de odios y enconada resistencia que hacía presagiar lo peor.



Se multiplicaban los desplantes contra las autoridades extranjeras, abiertamente se conspiraba, audazmente se le atacaba en calles y plazas, se exaltaba a las multitudes; fariseos y saduceos, celotas y esenios tocaban a arrebato. Los últimos profetas de Judá anunciaban el día de la victoria, la venida del rey del mundo, el Mesías tan  ansiado.



Río abajo, a la altura de Betania, al otro lado del Jordán, en las puertas mismas del desierto, el hijo de Zacarias, el viejo sacerdote, y de Isabel, prima mayor de Maryam, Juan, el precursor, el enviado de Yhavé, seguido de una multitud, con el arma de la palabra anunciaba el fin de los tiempos: "Soy la voz del que clama en el desierto, allanad el camino al Señor....". 


lunes, 12 de septiembre de 2011

Eugenesia: carta a Juliette


Juliette: creo que fue en casa de unos amigos comunes, cuando, hablando de estos temas, con el vino ya desatando las lenguas, dijiste, a propósito de la, recién legalizada por entonces, píldora del día después, a mi juicio, con lucidez: "… esto, creo, forma parte de un programa de esterilización masiva a medio plazo...”. Yo, exclamé para mi, ¡bueno, ya somos dos! Y me quede con muchas ganas, como casi siempre por pura timidez (o tal vez porque no había probado el vino), incluso por deferencia hacia quienes no comparten estas ideas, de argumentar, dentro de un enfoque que se podría tachar de conspiranóico, que, efectivamente, puede que exista un plan trazado desde las más altas instancias, (se podría discutir cuáles son),  que utiliza como correa de transmisión a los "mass media", para reducir la población mundial, además de por los procedimientos tradicionales -guerras y hambrunas-, mediante la aplicación de técnicas eugenésicas a gran escala.



Desde Malthus y sus teorías economicistas  (la población aumenta en progresión geométrica y los bienes y recursos son limitados), no se habían vivido con tanta preocupación, por parte de algunos sectores, los problemas derivados de la superpoblación y la longevidad, fruto de una mayor calidad de vida.  Así que una combinación drástica de medidas de choque, promovidas por los gobiernos –auténticos lacayos, en la mayoría de los casos, de los grandes “lobbys” que detentan el verdadero poder-, y amparadas en leyes “libertarias”, que, aparentemente, defenderían los llamados derechos de género, llevaría a la humanidad, en un tiempo récord, a una situación extraordinaria, equiparable a la existente hace un par de milenios: se habla ya de los quinientos millones de personas como “el resto”,  más no en su sentido bíblico; esto está en boca, por ejemplo, de los grupos mas radicales de militancia ecologista o evolucionista, lo que no es de extrañar, siendo como son devotos admiradores de Darwin y de su primo Francis Galton.


La población del mundo, según algunas de esas poderosas organizaciones que no saben tan siquiera a qué amo sirven, debería reducirse  y tendría que dejar de crecer; se deben fijar unos plazos máximos para lograr estos objetivos, educando a niños y jóvenes en los valores del nuevo paradigma: la selección artificial, la fecundación “in vitro”, el control de la natalidad, la ingeniería genética, la eutanasia activa y pasiva o, en otro orden de cosas, la imposición a través de la dictadura de la moda de las formas estilizadas y andróginas como ideal de la nueva mujer y, en otros terrenos, como en el cultural, educativo y ético,  el fomento de la filosofía del “pensamiento débil”, como manifestación y rechazo de cualquier forma de pensamiento, la imposición del relativismo moral y el hedonismo en todas sus vertientes, propalados a voz en grito por todas las terminales mediáticas.  


Todo ello formaría parte de un proyecto de cierta elite,  que ha sabido conjugar extraordinariamente su ideal del mundo con el pragmatismo: gentes instaladas en la llamada modernidad, en los valores  de una clase que se autodefine como progresista y que, sin embargo, a poco que rasques sobre su superficie, detectas, rápidamente,  que no es más que el disfraz bajo el que se esconde  la ideología más rancia y crepuscular, circunstancialmente poseedora de las más grandes fortunas. 


Lo llamativo del caso es como para la mayoría de los propagandistas y valedores de este modelo, tal deseo pareciera nacer de los más loables propósitos de sus inspiradores, cual si se tratara de auténticos benefactores del género humano, cuando lo cierto y verdad es que sólo obedece  a su desmedida codicia, a su apetito de poder, a su afán de controlar la vida y a su desmesurado ego.


Se erigieron a sí mismos, cual señores de horca y cuchillo, en jueces supremos de la humanidad, emitiendo su terrible “dictak”: ¡Desapareced malditos! A nosotros, la inmensa legión de los desheredados, que no tenemos otro medio de fortuna más que nuestra mente y nuestras manos,  a los incultos e ignorantes, a los enfermos e incapaces, a los parias del tercer mundo que constituyen la mayor parte de la humanidad, va dirigida tal sentencia.



Más advierto, con la misma seguridad que digo que no quedará impune crimen alguno ante el Altísimo, basándome no sólo en los hechos de la historia, sino en la convicción moral y en la fe, que ningún proyecto tendrá futuro sino incluimos en él a  Dios. Que nada de lo que hagamos fructificará si no le dejamos entrar en nuestras vidas, si no le damos paso hacia nuestro corazón, su verdadera tienda del encuentro, si no nos acompaña desde el despertar hasta el último bostezo que precede al sueño. De lo contrario, estaremos condenados, como en el mito de Sísifo, a seguir empujando la roca pendiente arriba, para volver a recogerla, subir de nuevo y, así, “ad aeternum”, es decir, al fracaso rotundo que testifican  los siglos. Un saludo.

miércoles, 24 de agosto de 2011

Nihil novum sub sole


“… Así es como en honor a los fuertes y al destino que exalta el corazón, aun sin gesta alguna y sin valor, pero guardados por el éter, y piadosos, como los antiguos, los gozosos poetas, los hijos de los dioses, alegres volvemos a salir al valle” (F. Hölderlin).





No, no soy un filósofo, soy un simple lector que en mis horas muertas me divierto escribiendo, pero conozco a Nietzsche; lo único que he dicho es que había cometido el error de leerlo a temprana edad, no que leerlo fuera un error. El problema de Nietzsche es que corres el riesgo de creértelo por su lucidez, apasionamiento y vehemencia. Se necesita madurez de juicio para adentrarse en su pensamiento.



El nihilismo ha sido y es el gran mal de Occidente. Al no existir un sustrato fuerte de valores morales, dejó a Europa a merced de las ideologías en su manifestación más extrema, porque, evidentemente, en un mundo donde no existe Dios y tampoco los valores, ningún valor, el hombre (encarnado en el ideal del pueblo, el partido, la raza, la ciencia o cualquier combinación funesta),  tiene la última palabra sobre la vida y sobre la muerte.



Ese pensamiento escatológico –enterrar al hombre para que renazca a una vida nueva- (como cristiano, podría estar de acuerdo hasta ahí, pero eso radica en mi individualidad, en mi proceso personal y en la realidad de mi relación con Dios y no me lo voy a dejar arrebatar por ningún poder), el ideal del superhombre como ultima ratio,- no Dios, ni la ley de Dios, ni la ley humana, ni la moral- es completamente ajeno a nuestra civilización y subvierte el orden natural.



Efectivamente, en Nietzsche, el atribuir a Sócrates la culpa de la decadencia de Occidente y de lo que él denomina transvaloración de los valores, no es más que una obsesión que va ligada a su concepto de lo apolíneo; pero no es Sócrates el propagador del relativismo gnoseológico y moral. Antes, al contrario, lo combate con fuerza y determinación si hemos de creer a sus discípulos, ya que nada nos dejó escrito.



Como sabes, Nietzsche, en su Genealogía de la moral, su obra más sistemática, apela a los valores aristocráticos en contraposición al pensamiento socrático y predemocrático, al que considera como el germen de nuestro mal: Sócrates es feo, su fealdad, es reflejo de su alma y, además, asegura, es precursor del cristianismo (otra de sus obsesiones).



Se olvida que no fue Sócrates quien inventó la tragedia, el fatalismo, la doctrina sobre la insuperabilidad del destino (“hybris“), sino que -corregidme si me equivoco- esa mentalidad surgió en el seno de una sociedad aristocrática en su acepción original, apegada a los valores apolíneos y el hedonismo: la belleza, la fuerza y el culto al cuerpo. Unos valores muy en boga en la actualidad. Lo que nos lleva a las sabias palabras del Eclesiastés (Qohélet) 1, 9-10, : “nada hay nuevo bajo el sol”, o, en su versión latina, “nihil novum sub sole”

martes, 23 de agosto de 2011

La manada



Cuando cumplí quince años,  finalizado el curso y aprobada la reválida, mi padre me trajo un regalo. No, no era la ansiada bicicleta,  sino una máquina de escribir marca Olivetti Lettera. De sus teclas relucientes salieron éste y otros pequeños relatos,  que he respetado por su  frescura y espontaneidad. Lo raro es que no hubieran acabado en el fuego, según mi costumbre. El autor.


Era el mes de Diciembre de 1959. Recortados en silueta bajo la la bruñida luz de la luna, una manada de lobos despedazaba una presa, a treinta metros por encima de nuestra cabaña. Tan cerca estaban, que el rojo destello de sus ojos en la oscuridad, producía en mi una sensación hipnótica y paralizante.

Mi tío Armando, a la sazón un zagal de no más de diecisiete años, no dejaba de vociferar y de lanzarles pedruscos, intentando ahuyentarlos, mientras en una de sus manos esgrimía un tizón encendido. Viriato, ladraba sin cesar y a duras penas podíamos contenerlo. No conseguíamos hacerlos retroceder más que unos metros; luego se abalanzaban, de nuevo, contra los restos con mayor voracidad y furia.

De cuando en cuando, largos aullidos surcaban el espacio introduciéndose en mi cabeza, perturbando mis sentidos, hasta el extremo de que, poco a poco, me sentí invadido por un miedo cerval: al fin y al cabo no era más que un niño que había oído contar historias fantásticas y sangrientas sobre estos hermosos y temibles animales.

Ató el mastín con una larga cadena junto al aprisco y de un empujón -tan petrificado estaba- me introdujo dentro de la cabaña, donde busqué refugio junto al hogar, al calor de la lumbre. Poco después entraría él con un haz de leña en las manos.

Los lobos parecían haber saciado su apetito, dirigiendo, al parecer, sus pasos hacia la sierra. De cuando en cuando, el viento helado se colaba por los resquicios de la puerta arrastrando finas trazas de nieve que, lentamente, el fuego fundía. De cuando en cuando, se dibujaban en el aire sinfonías de aullidos aterradores, que me impulsaban a ocultarme bajo mi frazada.

Un pavoroso silencio, preludio de las mayores desgracias, se cernió sobre nuestras cabezas; luego, las grandes losas de pizarra del techo comenzaron a moverse bajo las patas de la manada; después golpearon con gran denuedo la puerta, arañándola con sus afiladas garras. El tiempo se detuvo y aún hoy no sé si transcurrieron minutos u horas. Solo me acuerdo de que, calladamente, asustados los dos, acurrucados el uno junto al otro, rezamos hasta las primeras luces del alba .

Tras un frugal almuerzo, mientras yo me desperezaba, él salió y, como cada amanecer, segó una porción de verde, encaminándose a dar de comer y ordeñar a su ganado.

Cuando entró en la cuadra comenzó a gritar como poseído por mil demonios. Una espantosa carnicería había tenido lugar allí, sin que nosotros llegáramos tan siquiera a apercibirnos.

Los cuerpos de, al menos, diez ovejas presentaban heridas en el cuello; algunas de ellas aún se debatían con la muerte, entre estertores; los corderillos, presentaban grandes mutilaciones y desgarros en sus vientres. El resto del rebaño, había saltado por un ventanuco poniéndose milagrosamente a salvo.

Viriato, mi fiel, mi noble y valiente mastín leonés, al que yo había criado desde cachorro, compañero de juegos y correrías, vendió cara su vida: dos enormes lobas, una con signos de preñez avanzada, mortalmente heridas, yacían a su lado desangrándose. Las rematamos con una azadón. Me abrace a él y nada, salvo los fuertes brazos de mi tío, hubiera conseguido separarme de mi perro aquella mañana triste y neblinosa.

Ninguno de los dos recordábamos haber escuchado sus ladridos, ni el balido de las ovejas. Le echamos la culpa al frío viento que azotaba nuestros oídos. Al miedo que paralizó nuestros sentidos. Vinieron y se fueron cual fantasmas y ya la nieve había ocultado sus rastros.

Nos encaminamos hacía el lugar donde aquella noche se habían ensañado con su presa. Un intenso olor a cadaverina y un amasijo de vísceras, huesos y piel: a ello se reducía el cuerpo de Miguel, al que mi tío Armando reconoció de inmediato, por los jirones de sus ropas.

El pobre muchacho, familiar lejano, había encontrado tan tremenda muerte a poca distancia de su cabaña. Su zurrón contenía un poco de pan duro y unos tasajos de cecina envueltos en papel de estraza, una bonita navaja de cachas de madera decoradas con dibujos geométricos y una vieja armónica. Eran todas sus pertenencias.

Las guardamos y nos pusimos rápidamente en camino para llevar la noticia a su familia, no sin enterrar sus restos, antes de que los devoraran los buitres, y clavar sobre la tierra una improvisada cruz. Debíamos regresar antes de caer la tarde.

El invierno está siendo muy duro …, me dijo por todo comentario, con voz compungida; quizá sus cachorros se estén muriendo de hambre. Luego no volvió a hablar durante todo el camino, pero noté como sus ojos se humedecían y en su entrecejo nacían las primeras arrugas. Los primeros signos de la madurez y el sufrimiento.

lunes, 22 de agosto de 2011

VIDAS PARALELAS

En muchos pueblos de Asturias y supongo que en muchas otras tradiciones, existía antiguamente la figura del “corador”, o persona encargada de organizar y ejecutar la matanza de los animales domésticos, en especial la del cerdo, para consumo de la casa. Tal actividad podría decirse que constituía un rito, y como tal venía precedida de un ceremonial complejo.  Dicha persona, como en el caso del relato, podría ser un allegado o un familiar  cuya autoridad indiscutible en esa materia, le proporcionaba, además de alguna ganancia, pingües privilegios, como el derecho a participar en el banquete subsiguiente a la matanza y a las primicias  en forma de dádiva consistente en algunas porciones de carne, embutidos y/o vísceras del animal sacrificado.
El relato siguiente, es una visión nebulosa, elaborada en mis años juveniles con materiales de la imaginación exclusivamente, que tienen como sustrato recuerdos de niñez. Lo intitulé “vidas paralelas”, no se si apropiadamente, pero me daba pereza, salvo alguna ocasional corrección, cambiar nada.  El autor.


VIDAS PARALELAS 

Se levantaban con el canto del gallo. El intenso frío de aquél mes de Diciembre invitaba, no obstante, a arrebujarse un rato más bajo la pesada manta, por lo que me quedé dormitando hasta que el trajín de la casa y el borboteo y el intenso olor del café en el fuego consiguieron despabilarme.

Tras el  frugal desayuno, una rebanada de pan untado con olorosa manteca, acompañada de unas lascas de jamón, él  extendió su brazo hacia la alacena, donde se hallaban algunas botellas de  aguardiente y escanciando el espirituoso licor, pausada y lentamente, en un diminuto vaso, sin derramar una sola gota, apuró de un trago su contenido; tras un paréntesis más o menos prolongado volvíó a repetir la operación, tras lo cual expelió un ruidoso sonido gutural, al mismo tiempo que mascullaba cumplidas alabanzas sobre las bondades del orujo de Liébana.
Del fondo de los bolsillos de la raída chaqueta sacó un cuarterón de Ideales, procediendo a liar un grueso cigarrillo, que depositó en sus labios tras propinarle dos severas lengüetadas. Lo encendió con un tizón  y una vez que hubo aspirado una larga bocanada de pestilente humo, salió a la calle encaminándose a la cuadra con un puñado de sal cada mano.

Al cabo del rato,  salió con dos pozales de madera, embridados con aros de latón,  la leche recién ordeñada, aún caliente y aromática, cremosa y dulce al olfato, que, convenientemente calentada y aderezada con el cuajo y la sal, removida y decantada en un odre, se convertiría en rico queso madurado sobre unas tablas de nogal dispuestas sobre el humeante llar.

Era el día del sanmartín, por la calleja del regato arriba se oían pasos de gente que se dirigía en grupo hacia la casa hablando quedamente. Tras los saludos de rigor, todo el mundo se puso a la faena y en un momento sacaron del hórreo los útiles necesarios para la matanza.

Cuatro hombres a duras penas consiguieron sacar del cobertizo a la enorme marrana; asida de sus largas orejas y de la cola, atado su morro con una correa, entre empellones y patadas consiguieron llevarla al patio; una vez inmovilizada, fue izada en vilo y depositada panza arriba con las cuatro patas bien sujetas y su cabeza medio colgando, encima de una improvisada mesa de carnicero. Él, de entre unos paños mugrientos, fue eligiendo un mortal racimo de cuchillos mangorreros.

Esgrimió uno puntiagudo, de larga hoja, introduciéndolo sin vacilación y con un golpe seco en la papada de la criatura, seccionándole las arterias. Desangrábase el animal, por momentos, entre grandes espasmos, mientras el matarife, con la mirada ausente y con un lento vaivén circular, de arriba  abajo y de abajo arriba, iba ahondando la honda herida. Regueros de sangre oscura y roja, caliente y untuosa teñían sus manos, discurriendo por las acanaladuras de la tabla para caer en un gran recipiente de bronce, que un par de mujeres del lugar sujetaban por las asas.

Enmudeció entre estertores y gran agitación de sus patas traseras, quedando inmóvil, con los ojillos entreabiertos, contemplando un vacío sin sentido, intentando descubrir hacia que lugar se le iba la vida, hacia qué verdosa majada viajaba su pequeña alma de inocente bestezuela y suspirando por su familia, ante el cruel destino que, sin duda, le esperaba, en el tránsito, se entregó al Gran Verraco.

Luego, depositada en una gran duerna rebosante de agua hirviente, la misma que le sirviera para devorar la pitanza, la misma que le diera vida y hoy era fatal mortaja, lecho de muerte improvisado, pareció reanimarse en un postrer sacudimiento extraño e involuntario. Ya no sentiría, después, la tortura del afilado cuchillo rayendo su piel, hasta dejarla lisa, desprovista de cerdas y ligeramente sonrosada.

Izada por los cuartos traseros con una chirriante polea, regado el suelo con las últimas gotas de su sangre caliente, fue abierta en canal con incisiones y precisos cortes, que pusieron al descubierto la pálida membrana que envolvía su interior. El horror que me produjo la vesania de aquel martirio (al fin y al cabo yo no era más que un chiquilluco), se me hizo insoportable, hasta el punto que trasmudado, presa del paroxismo, mientras él extraía sus vísceras, comencé a gritar como un poseso: ¡morirás como un cerdo, morirás …! Un fuerte soplamocos y un puntapié que me levanto dos palmos del suelo fue su única respuesta.

La premonición no tardó en cumplirse. Una noche de juerga, tras las brumas del alcohol, entre riñas y peleas, brillaron a la luz azul de la luna las navajas cabriteras. Primero fue un tajo seco en el cuello a la altura de la carótida derecha. Desengrábase el matarife entre horribles estertores, cuando otra certera cuchillada al bies, puso al descubierto  sus intestinos por debajo del vientre. Luego, con un lento movimiento circular, de arriba abajo y de abajo arriba, aquél criminal, fue ahondando la honda herida.

Contempló horrorizado como su vida se le escapaba, observando como su pequeña anima iba a reunirse con la de la marrana, en los verdes y eternos pastos, donde una gran piara de  celestiales bestias retozaban alegremente al son de la flauta pánica. Y mientras exhalaba el último suspiro dirigió el postrer pensamiento hacia sus hijos ausentes, temiendo, sin duda, el cruel destino que les esperaba , y con una oración en los labios se hundió en el seno del Padre, al que todo retorna.

El resto del trabajo se realizó sobre una improvisada mesa de cirujano. Con gran deleitación y una amplia sonrisa dibujada en su cara simiesca, el pálido forense fue completando su obra a la luz de los candiles, entrecortada la negra noche alucinada, por los sollozos de las plañideras.