miércoles, 4 de abril de 2018

ANTICRISTO

La culminación de la historia viene precedida de signos, como anticipación de la venida del Anticristo. Estos  son patentes. Con él, el  Mal, llega a su máxima dimensión: se entroniza, reina sobre la Tierra. Más, es preciso que el mal se muestre así, con toda su capacidad destructora, para que ese mismo mal acabe con el Mal y con los malvados. Esa es su misión. A ellos, menos que a nadie, dejará a salvo. Ese es su destino.

El Bien, que es el principio creador inmanente, quedará restaurado, como sólo puede restaurarse el Bien, sin una gota de sangre derramada por su mano y, entonces, los que han sido bañados y purificados en la sangre del Cordero, tomarán, en su nombre, las riendas y el destino de los hombres hasta el fin de los tiempos.

 Bienvenido, pues, el Mal,  que tan secretamente deseamos. No me cogerá desprevenido. Tengo el alma entregada y en mi mano la lámpara que me guiará a través del corazón de las tinieblas. Y, aunque con gran temor ¿Cómo evitarlo, si hasta  Jesús mismo pasó por el miedo de la muerte eterna, el Infierno, la total ausencia de la luz de Dios, de su Amor? espero la Resurrección de la carne y creo que, esa intensa luminosidad, ese instante mágico que  precede a la Muerte,  es señal inequívoca del tránsito de este mundo terreno a la Eternidad. 

            Así fue como ocurrió: (relato gótico, con tenues pinceladas gnósticas):

Bajo la atenta mirada de Luzbel, Príncipe del Mundo, oculto bajo el aspecto de aquel viejo orfebre de Monte Sión, Juan reconoce por una señal al Mesias; Jesús emerge del agua y una esplendente Teofania tiene lugar sobre el Jordán: la luz de Dios atravesando espacios y tiempos se irradia a través de los velados ojos del Profeta, dando vida a la Voz y a La Palabra. Como en el Principio.



 ANTICRISTO


           Todos, incluso Él, el Justo, el Unigénito, conocieron y temieron el brillo de aquellos ojos ardientes, cual ígneos  betilos.


            Nadie, salvo Él, el Primogénito de toda criatura, el Preexistente  y yo, el Testigo Oculto del

 Mundo y las Tinieblas, reconoció la luz de la mirada del Creador,  incendiando los corazones, a

través de los ojos velados del Profeta: "Soy la voz del que clama en el desierto. Allanad sus caminos ..." 

            Les maldije a los dos ... Tú, Juan, pagaras cara la afrenta, ... te prometí el trono del Reino y despreciaste mi oro, aquél por el cual los pueblos se inmolan, amontonando cadáveres de hombres y animales en cruenta hecatombe que sólo a mi Amo alimenta ... En, cuanto a ti, Hijo del Altísimo, ni un solo día de tu vida dejaré de emponzoñar tu corazón.

            Luego, Él, el Único, el Inocente, el Puro, se fue acercando lentamente al Bautista, quien, al reconocerle por una señal, se postró de hinojos, sumergiendo su cuerpo en las sagradas aguas, hasta la altura de su cabeza; una cabeza grande, desproporcionada, digna de Og, rey de Basán, el refaita ; entonces, clara, diáfana (fue un momento asombroso, lo reconozco), surgió la visión: "será lo último que verán tus ojos, Juan, ..., esa cabeza, dibujada ahora sobre el agua,  será mía;  la contemplarás, por última vez, reflejada sobre la superficie de plata de mi bandeja favorita.


            Él, el Mesías, el Ungido, le miró fijamente. Luego, levantándole en vilo, se arrodilló, a su vez, hasta hundir su cuerpo por completo en las cristalinas, en las frías aguas que brotan de las fuentes del Hermón, emergiendo lentamente, con la cara semioculta tras la cortina de su larga cabellera, cubierta de diminutas perlas su poblada barba, caprichoso juego que la luz del sol iba creando al fundirse con las gotas: "Haz lo que tengas que hacer, ..., le dijo, con voz profunda surgida de las entrañas mismas de su Ser Intemporal.

            Y yo, el Testigo Oculto del Eterno Mal, y mis huestes, mensajeros del Terror, que habita por toda la Tierra, fuimos los únicos en contemplar, sobre  Él, en las alturas, la esplendente Teofanía; allí justo donde, el símbolo del Pez, se dibuja en las noches oscuras. Era, sin duda, la señal que esperaba, el signo evidente de  Su presencia en la tierra, engendrando una nueva Humanidad, a través del vientre sin mancha y el alma pura de una Virgen del Templo.

            Así fue como aquella Voz de trueno quejumbroso, que hablaba por boca del Altísimo, dio vida a la Palabra; una Palabra Nueva, un Nuevo Mensaje, la Buena Nueva, cuyo Código oculto está reservado a los Conversos.


            Después lo vi vagar, cual alma en pena, por los desiertos de Judá, camino de Galilea, en el Genesaret, sobre aquella barca, en compañía de un puñado de pescadores; asediado por las  multitudes en campos y ciudades; o atravesar en solitario el valle de Esdrelón, camino del Tabor, curando a leprosos y a  paralíticos, sanando a los enfermos crónicos y a los ya moribundos, resucitando muertos y obrando grandes prodigios, signos inequívocos de su gran poder.

            Más ningún milagro semejante al Misterio mágico de su Palabra, causa primera de las antipatías de sus enemigos, ante la cual no sólo los males y enfermedades retrocedían, sino que, como  Energía transformadora del mundo y sus vivientes incendiaba  de amor y odio, por igual, todo  cuanto hallaba a su paso.       

            Poco, lo juro,  ínfimo precio para tan gran recompensa, me costó influir sobre aquellas abominables heteras,  secretas seguidoras de los ritos de Baal, y convencer, a su vez, a aquél puerco borracho  de Herodes  Antipas, para que ejecutase al Bautista, depositando, como presente, su cabeza ante mis píes.

            Gratis lo hubieran hecho: la una, por venganza, Herodias, la otra por causa de una pasión enfermiza no correspondida, su núbil hija Salomé. Tan sólo ricos y antiguos presentes, que pronto a mi retornarían: collares de oro y gemas engastadas y sendos cofres de plata delicadamente labrados por las manos de un anónimo artista. ¿A quien pertenecieron aquellas reliquias: tal vez a  la triunfante Semiramis, gloriosa reina de Asiria, o a la bella camita Makeda, reina de Saba, causante de los extravíos de Salomón? Naderias, simples y bellas anímulas de roca, rubia arena mojada de las playa. Nada y menos que nada, para quien posee todas las riquezas del Mundo, Yo, el Hijo del Mal, Príncipe de las Tinieblas.


            Mucho, sin embargo, años enteros de susurrar como viento febril en sus orejas, envenenando sus oídos cual víbora cornuda, me costó convencer a aquél codicioso zapatero remendón de Iscariote,  para que traicionara al Santo entre los Santos (tan secretamente lo amaba). Pero al final, no hay roca más firme que el oro, ni instinto más primario que la venganza. Así, Judas, se dejó vencer en su corazón atormentado, vendiendo al Maestro por tres decenas de siclos.  

            Después de entregarlo, corrió asustado como un corderillo hasta el límite del campo que yo le prometiera en justiprecio por su traición. Le arranqué la bolsa de las manos. Se me quedó mirando sin comprender nada, desde un vacío sin sentido. Luego, le hundí mi puño en el  vientre. Así, reventado  como breva madura caída de lo alto de una higuera, le colgué, todavía vivo, de una robusta encina, con las tripas al aire, bajo un inmenso charco de sangre, con los pies rozando, casi, el suelo.

            Transcurrió una noche entera, y el mediodía siguiente; sobre la ora nona, le ví subir -su cuerpo lacerado por mil heridas, la túnica empapada de sangre- calleja arriba, con el madero cruzado sobre sus débiles hombros, ayudado por aquél fortachón de Cirene, entre una multitud de energúmenos, que le insultaban, zarandeaban  y escupían. No le acompañaba ninguno de sus amigos, aunque allá por el fondo del barranco del Cedrón, vagas siluetas ocultas bajo sus mantos, seguían la procesión a distancia, a pesar del calor bochornoso de aquella última tarde.

            Cayó ante mis pies y, en un postrer esfuerzo, intento levantarse; semiarrodillado ante mí, pidió agua. Yo le mostré mi odre repleto, que desparramé por el suelo ante sus atónitos y enfebrecidos ojos. Me reconoció y recordándome  entre  dientes la maldición que me persigue,  se fue, paso a paso, traspiés a traspiés, acercando al Golgota.

            Yo, el Hijo del Mal, el Anticristo, oculto bajo el aspecto de aquél conocido y rico orfebre de Monte Sión,  presencié, con incontenible alborozo, su ejecución y su agonía, pues, también, tengo sentimientos. No  otra cosa hago que cumplir con sumo placer la Misión encomendada ; hasta que Él retorne, en su Parusía, en el final de los tiempos, tras acabar con Tronos, Potestades y Dominaciones.


            Y, por último, conmigo, el Hijo del Mal,  heraldo de la Muerte. A través de Adán, El Hombre, hecho a semejanza de Dios, y por su Pecado, vine al mundo; por Cristo, su Hijo Unigénito, Dios y Hombre Verdadero (portador de la Verdad), retornaré, por fin, al Hades eternal, al fondo de la Gehena, volveré junto a mi padre, consuelo de todo mi ser. Trabajaré sin descanso para merecer mi recompensa.  

viernes, 2 de febrero de 2018

ALÉTHEIA



¡VERDAD, LUCHE CON ILUSIÓN!
(Alétheia)

Por L. Gregorio Torre Rivero


 " Quien madrugue para buscarla no se fatigará,
                                  pues la encontrará sentada a sus puertas …” (Sab 6, 14)



¡Verdad, luché con ilusión  por alcanzarte!


puse el tiempo, el deseo, la voluntad ...


te tendí toda clase de añagazas,


fingí amarte, vano pretexto de mi codicia.



Te busqué en lo excelso, lo virtuoso, lo sublime del hombre


y descendí, para poseerte, hasta los abismos del Impuro,


bebiendo de la amarga copa de la desesperación y el miedo,

hallándote, al fin, sentada ante tus puertas,

desnuda, al amanecer.


Viniste a mi de la mano de un galileo:

-Soy el Resucitado ¿Me crees? dijo ...

 yo le escuché por curiosidad,


en un momento de debilidad y extravío,


cuando más lejos de mi estabas,


despechado por tu silencio,


amargado por tu ausencia.



De sus sencillas palabras, 


fuiste brotando como fuente inagotable:


vida, esencia, autenticidad,


saber único que calma la  sed y cura toda herida,



Me ganó para sí, perdiéndome para el mundo,


sin embargo, qué real, qué densa,


se volvió la vida en mi entraña,


al sentir su latido en mi latido.


Y así, en efecto, comprendí, 

que sólo hay un camino, 

una verdad 

y una vida. 

martes, 23 de enero de 2018

EL CUARTO DE LOS RATONES


EL CUARTO DE LOS RATONES
Por L. Gregorio Torre Rivero

"Al escribir, siempre  siento -a posteriori- la impresión de haber experimentado un desdoblamiento de la personalidad, convirtiéndome en medium de mi mismo -conexión extraña con una especie de yo arcaico, intemporal y remoto- y, posiblemente, con otras entidades desconocidas".


            Noctívago por necesidad, deambulo por la casa hasta reventar de sueño; escruto con ojos felinos todos los rincones, dejando tras de mí retazos de claridad, calculado juego de lámparas y espejos.

             Penetro en la tenebrosa alcoba y entreabro la persiana; me abalanzo de un salto sobre la cama, poniéndome a salvo, una noche más, de la mano que acecha mi tobillo, de la zarpa que hiende el aíre cuando mi corazón se desboca.

            Arrebujado bajo la pesada frazada, lentamente abro los ojos y, al instante, mis pupilas de gato se dilatan capturando el endeble hilo de plata, reverbero de la luna llena. Mientras mis vísceras se acomodan, rezo al ángel de la guarda; noto sobre mi rostro su respirar pausado y tenues chispas azuladas, indicios del gran combate, cruce de flamígeras espadas entre los titanes de la luz y las tinieblas.

           Ella, en un rincón, aguarda paciente cabruñando su dalle, horrísono frañer de un martillo, que evoca en mí lúgubres amaneceres, perenne bruma que emana de los humedales y de las frondas y pastos que rodean la quintana.

            El sueño me eleva. Desde las cresterías celestes recubiertas aun por las últimas cembas de un álgido invierno, vislumbro a vista de gavilán el viejo caserón, las ruinas de mi infancia que yace bajo los escombros, ennegrecidos muros supervivientes de un incendio, único recuerdo vívido de mi forzada amnesia.

       Siempre supuse que mis padres, por alguna razón inconfesable, me lo ocultaban; no estaba sólo, éramos más; por algún motivo oscuro, sus rostros y sus nombres desaparecieron de mi vida, como desaparecieron sus recuerdos y fotografías. Sólo sé que un día rompí amarras con el mundo y que, desde entonces, habito una zona gris de la conciencia, sometido a las leyes de esta diáspora interior.

            Cada vez con más insistencia me acechan; aparecen en mis noches  desplazándose sobre el aire, a ras del suelo; rostros informes ocultos por un velo; blancos sudarios; giran y giran sin cesar,  cual derviches, una danza hipnótica. Dominado por el miedo grito; más mi grito nadie oye; no sale de mi garganta, retumba en mi interior, me paraliza, pierdo el aliento; trato de aspirar, más la atmósfera se ha convertido en cristal de hielo.

            Cualquier día me quedaré en ese sueño y cruzaré el terrorífico umbral donde una presencia indefinida yace bajo la débil luz de unos cirios. Cuando su rostro se vuelve hacia mí, esquivo su mirada; mi corazón se encabrita, se detiene un instante y con su vuelco me despierta; sus labios susurraban un mensaje que no quiero escuchar; albergo una sospecha que ni le confieso a la razón,  ni le confío a mi almohada.

            Aunque no puedo recordar el pasado,  percibo sensaciones que destellan como el relámpago en mi memoria: el verdor perenne de los campos, el gélido venero, el viejo puente de madera; a mi paso se esconden las alimañas; junto al molino el muro recubierto de musgo y de venenosa hiedra y en el muro el pesado portón por el que se accede a la hacienda.

            Risueña primavera estalla en mis ojos; con las primeras luces del amanecer, camino desnudo por una senda alfombrada de prímulas y verdín. Parece una ilusión, más ya estoy alertado sobre las trampas que, a menudo, me tiendo; en ese momento fugaz que separa la vigilia del sueño observo desde la altura el doliente cuerpo, frío e  inmóvil; su débil respiración es su único signo de vida; más se que, a través de sus caídos párpados,  sigue mis movimientos y que me observa y que me absorbe y me expira por el umbilical cordón que me ata a su mortal encarnadura.

            Cualquier día de estos, cuando le vea invadido por el mortal miedo que a si mismo se causa, le pediré a la que a los dos nos contempla, que no dilate más la espera, pues ni el dolor ni el tormento lograrán doblegar su inquieta alma, atrapada sin culpa en los laberintos del tiempo, vórtice oscuro, turbio remolino del espumoso mar de la existencia.

            En el sótano del lagar, la barrica de la sidra ácida, la barrica de la dulce sidra a cuyo calor me amamanté, compartiendo con el duende del candil las largas tardes del estío y las lecturas, la soledad de los campos segados, el olor evanescente del heno maduro, la pertinaz cantinela de los grillos y de las cigarras, atrapando con mis dedos el atolondrado saltamontes que se comió mi sopa en su postrer salto, huyendo, creo, de la naturaleza. La taimada salamandra no volverá a rozar mi pie desnudo, donde brotará el sarpullido que me recordará para siempre que las piedras preciosas no se mueven junto a las ciénagas.

            Escalera arriba, cruzo el dintel que enmarca el dormitorio; junto a la alcoba, al pie del ventanal, mi mesa; esparcidos pecios de un naufragio de noches a la luz de las luciérnagas; libros sobre el anaquel, destartaladas carpetas; cientos de amarillentas hojas que consumieron mis horas muertas se deshacen bajo mi mirada, dejando rastros de volátiles cenizas sobre mis labios.

                    El niño que me mira desde el otro lado del espejo no podrá olvidar el día que le recluí para siempre en el cuarto de los ratones; de su arrebolado rostro, sólo quedan los ojos como ascuas encendidas que imploran misericordia. 

            Prisionero del tiempo, juro que un día hallare los cabos del nudo gordiano de mi madeja; con la última gota de mi sangre caliente le entregaré un cuerpo sin mácula,  que antes de nacer será encarnado por el ávido espíritu.

           ¡Ah! la memoria, el vértigo, la enredadera, el laberinto, el caos, oscura materia del universo interior, sujeta a las desconocidas leyes de la entropía. Como harapientos hijos de la noche, restos de un despertar, acuden a mí los recuerdos, tórpidas imágenes, recreación eidética de un paisaje de rostros desvaídos, figuras deformes, pintarrajeadas con el invisible pincel de los sueños.

            Mis recuerdos se desvanecen en los verdes prados, al pie de las refulgentes crestas calizas de los montes que me vieron nacer,  testigos mudos de mi infancia transparente como la alta atmósfera de las cumbres y cerros que me habitaron, en compañía del gavilán acerado que surca el espacio desgarrando el aire en vuelo aleve, atrapando entre sus garras la torcaz paloma y jirones de blancas nubes que navegan al pairo impelidas por el apacible céfiro del atardecer; allá donde el águila traza el impasible círculo hipnótico, mientras las siluetas recortadas de los hieráticos buitres ascienden por una invisible columna de aire cálido hasta las cimas estratosféricas.

            Al declinar la tarde, cuando los rayos del sol tiñen de dorado y naranja las afiladas aristas de los impávidos torreones y murallas de la serranía, aspiro adormecido el sofocante olor del heno y de las aromáticas, mientras que la música del bosque va poblando lentamente el espacio de los familiares sonidos del crepúsculo.

            A la luz de la luna llena contemplo las azuladas peñas; mi boca apura el delicioso néctar del último puñado de arándanos. Bebo el agua manantial del helado venero que se filtra en la roca y desaparece de la vista para resurgir en pequeñas cascadas, allá por donde los montes se despeñan. Aletea en mi alma un cantar, umbrío lamento teñido de la sobria melancolía de mi tierra; me deslizo, salto y ruedo como un peñasco por la mullida majada de perennes y verdosos pastos, lanzo al aire el grito guerrero de los astures ¡ Ixuxu xu xu …!, que estalla en mil pedazos en los abismos.

          Ya, en la soledad de la noche, al abrigo de mi cabaña, enciendo el hogar, entretengo el hambre con un pedazo de pan que mojo en la leche untuosa, templada, recién ordeñada;  contemplo hipnotizado la inquietante danza del fuego que trata de adueñarse de la oscuridad. Recostado en mi cama cierro los ojos; me hallo al pie del negro abismo; una voz me llama; una fuerza irresistible que succiona mi conciencia me invita a saltar y compartir lenguaje y espacio con los ángeles y los pájaros.  


                    Nota del autorel cuarto de los ratones era esa habitación terrorífica e imaginaria, cerrada con llave, donde nuestros progenitores amenazaban siempre con recluirnos, por el grave delito de no querer comer la sopa, o llegar con los pies mojados, tras chapotear todo el recreo en cualquier charco que se pusiera por delante.


lunes, 22 de enero de 2018

MICRORRELATO - SE OCULTÓ LA LUNA



SE OCULTO LA LUNA
(EL PROFUGO)
Por L. Gregorio Torre Rivero

Se agotó en vana carrera por la cresta de la loma, hasta que una raíz desenterrada, el azar y la providencia,  le voltearon por encima de una pequeña roca, exiguo parapeto que dejó parte de su anatomía al descubierto, al alcance de las balas, una de las cuales terminaría por alojarse a la altura de su rodilla izquierda con un vibrante chasquido, estremeciendo de dolor todo su cuerpo.

Reptó sobre su espalda, avanzando lentamente entre los helechos, para caer y rodar,  ya sin aliento, por un mullido terraplén de hojarasca, topando con su cabeza en los duros cantos rodados del seco arroyo. 

Apenas pudo incorporarse sujetando entre sus manos aquel amasijo sanguinolento. Tambaleándose, dando traspiés como un beodo, caminó semiconsciente, hasta que la febril luna de los helados picachos se ocultó tras la densa niebla. Circunstancia que aprovecharía para arrastrarse con gran sufrimiento hasta los lindes del sotobosque, donde, sepultado por la maleza, desapareció  de la vista de sus perseguidores.

Nadie supo nunca si consiguió salir vivo de allí, o si, convertido ya en  arbusto, vegeta en los montes, agitando sus delgados brazos leñosos al arrullo del viento y de las torcaces, que anidan y crían sus polluelos en las oquedades de sus ojos, sobre la amarga cuenca de su boca.









jueves, 18 de enero de 2018

ORIGEN Y DESTINO


ORIGEN Y DESTINO: logos y divinidad
Por L. G. Torre Rivero

Desde una concepción puramente materialista del Universo, parecería tan extraño como inexplicable que esta inabarcable obra contuviera tan sólo estas diminutas excrecencias adheridas a un planeta llamado inexactamente Tierra (tres cuartas partes de su superficie total, de  aproximadamente 500.000.000 de kilómetros cuadrados, está cubierta por las aguas del mar); mas, a los partidarios de esta visión ¿No les aterra el silencio de los siglos?

Desde una perspectiva espiritualista, se entiende todo mejor: si Dios fuese el Origen y el Destino de todas las cosas, el Supremo Hacedor o Demiurgo,  el Amo de la creación y de todo lo creado, aún sin comprender nosotros como funciona su mente y su corazón, pudiera ser que esta singular y orgullosa criatura llamada hombre, fuera el único objeto de su Amor y que este Universo creado tan sólo fuera una manifestación de su Poder, teofanía esplendente destinada a conturbar nuestros sentidos, signo de su Amor desbordante e incondicional y de su eterna Alianza.

 Creación perpetua, movimiento incesante, donde la última frontera no es más que antesala de la siguiente y así “ad infinitum”, sin solución de continuidad.

Un Universo así, sería por definición incognoscible, pues, posiblemente, todo lo que podamos observar y ver a través de nuestros instrumentos, ejemplo de nuestra prodigiosa capacidad para escalar a las más altas cotas, no sea más que una pequeña y simple célula del infinito cuerpo de Dios. Un Dios que puede tenernos reservadas mayores sorpresas, por ejemplo, la Resurrección, el tránsito del cuerpo mortal al inmortal, el acceso inmediato al conocimiento del Absoluto.

En unas pocas cuartillas, George Gamow, intentó explicarnos, a través de una imagen pirotécnica (Big Bang), el origen del Universo. Curiosamente a su librito lo intituló “La creación del Universo” y no sé si se trata de un acto fallido o un residuo de su educación religiosa en su Ucrania natal. 

Frente a tanta especulación teórica, tanto interrogante angustioso, siempre podríamos oponer el clásico dilema ¿Qué fue primero, el huevo o la gallina?” y ahí terminaría toda discusión, porque, efectivamente, Gamow nos explica el origen del universo desde el huevo y no  pudo explicárnoslo desde la gallina, lo que hace inevitable una serie de objeciones en contra de tan incompleta como singular cosmogénesis.

 Qué diferente a la belleza de la concepción de un filósofo presocrático como Heráclito de Efeso quien, hace dos mil seiscientos años,  a la vista de esta inmensidad irreductible, formuló la síntesis del fuego primordial anterior a todo, como origen del Logos y la Divinidad: el ser humano puede comprender esta visión del cosmos, porque en él también anidan el Logos (la Razón) y la Divinidad. 

martes, 16 de enero de 2018

PENSIERI NELLA NOTTE


PENSIERI NELLA NOTTE
Por L. Gregorio Torre Rivero

Dios, que no pertenece a nuestras coordenadas espacio-temporales, siendo Él mismo el Todo, sueña el mundo. Su sueño se proyecta en el vacío a través de la nada, formando espacios y tiempos finitos, en la medida en que esa nada se va llenando de los universos y sus criaturas.


De todas ellas sólo una toma conciencia de sí, revelándose contra su destino inexorable -la muerte, el no ser de las cosas- y, por ende, contra el Creador (siente nostalgia de la eternidad sin haberla experimentado más que como sueño, a su vez).


El resultado es una catarsis en la que el bien y el mal, espíritus inmanentes, se encarnan y se disputan el corazón del hombre, a quien va destinada toda la creación (ello sería el origen de la envidia de Luzbel y los ángeles caídos), quien toma partido en esa lucha como actor, aunque en el fondo, reconoce, por intuición y una suerte de determinismo, que nada más puede hacer, pues su naturaleza es tan sólo  voluntad y deseo.


Esas fuentes inagotables de la vida son motivo de admiración de Dios por su criatura -enamoramiento de Dios-, a la que le manifiesta su ser por signos (Dios no puede manifestarse tal como es a los hombres), constituyendo estas representaciones materiales, es decir, todo lo que vemos y experimentamos una gigantesca teofanía o demostración luminosa del amor del creador por su criatura.



El mal será derrotado por el bien al final de los tiempos -tras el sacrificio de millones de vidas- que tiene que coincidir, necesariamente, con el fin del sueño de Dios. Y todo lo creado retornaría a su origen.  


En realidad, sacrificio incruento - por más que la apariencia nos haga pensar lo contrario - de vidas soñadas, de criaturas contingentes y, sin embargo, preexistentes y, por lo tanto, eternas, en cuanto  ensoñación o ideación de la mente y el corazón de Dios, que se debaten y concentran en el cruce de un plano especular, el plano virtual de los sueños, con el inabarcable de lo real, en la  bisectriz de su ángulo. En el límite de un horizonte de sucesos.


Ahora bien, como intuyó el matemático y filósofo racionalista Bertrand Russell en una de sus conocidas  paradojas de cuya literalidad no respondo: “el mundo pudo haber sido creado en los últimos cinco minutos, o en los últimos treinta segundos, con todos los recuerdos”. Todo estaría sucediendo, añado,  en el presente, en el tiempo contraído y breve de un bostezo; el  necesario para que en las circunvalaciones de nuestro cerebro hayan quedado grabados ocho mil o doce mil años de historia (poco importa) a los que puede tener acceso la mente humana. Más allá de ahí, pura especulación sobre un tiempo desprovisto de memoria.


Las grandes y gigantescas construcciones de aparente antigüedad, los objetos, los pensamientos de los sabios recogidos en los papiros, pergaminos o “volumina”, serían meros señuelos esparcidos por aquí y por allá, dispersas recreaciones engañosas de un pasado inexistente, cubiertas por montañas de polvo y tierra. Todo lo que existe pertenecería, pues, al mundo  misterioso de los “Oopart” y estaría, por lo tanto,  fuera de su lugar, y de su tiempo. 


Así, pues, durmamos tranquilos, más no en una “dolce far niente”, ya que debemos ganarnos el derecho a vivir- pero dejándonos arrastrar, sin miedo, sin ninguna clase de de resistencia ni temor, por la corriente de retorno, que nos llevará, incluso contra nuestra voluntad, al seno amoroso del Creador. 



CONFESIONES



CONFESIONES
 Por L. Gregorio Torre Rivero

Del examen de conciencia: somos seres carnales, y esta no es una declaración enfática, ni, tan siquiera, obvia, pues el concepto de "carne" no se refiere a nuestra constitución física, sino a una realidad que nos trasciende. Los judíos, bajo esa expresión, querían englobar todas las realidades del ser humano, desde las más evidentes a las apenas constatables y que se escapan a la mirada de cualquier observador. Y es que, en efecto, hay algo más en la naturaleza humana que la simple morfología de animales bípedos, y ello deriva, desde una perspectiva religiosa, de nuestra peculiar característica de seres creados por intervención divina y, en consecuencia, de nuestro carácter dual, manifestado en la presencia de un espíritu, que, por así decirlo, se encarna en una criatura mortal, destinada a sucumbir ante los embates del tiempo, los accidentes, las enfermedades y los enfrentamientos. No se trata de un catálogo, de una lista siempre inconclusa, de una relación de hechos a la manera de un reo enfrentado a un Tribunal; se trata más bien de un análisis que exige una preparación previa, de un descenso a las profundidades del propio ser para rescatar de allí la verdad escondida, amarga e hiriente, dura como el pedernal, de difícil digestión y cuya excreción a través de los órganos depuradores de la conciencia, exigen el uso de poderosos lenitivos que convierten tu ser en una llaga informe , en úlcera sangrante sobre la carne viva.

Del dolor de los pecados:

De la Soberbia: impureza larvada en el interior del corazón humano, la morada de Dios, verdadera y genuina tienda del Encuentro y templo vivo. Podría incardinarse dentro del amplio catálogo de dolencias del espíritu humano, como la más temible, la más dañina , la que al fin y a la postre desencadena la muerte del alma. De ese pecado me acuso, un pecado que no es otra cosa que la inutil resistencia que opongo consciente e inconscientemente a la acción de Dios, a través del Espíritu Santo, manifestada en mi; resistencia activa y pasiva que se origina en algún lugar recóndito de mi ser donde anida el mal y donde se desatan las luchas mas larvadas, donde me enfrento, con feroz contumacia, a los dictados del Creador, dejándome arrastrar a las profundidades, donde habita la negación de cuanto soy, incluso de mi mismo, nihilismo atroz, atracción irresistible y fatídica por el Abismo y la Nada aterradora. Soberbia que no es envanecimiento (puedo ser el menos vano de los mortales, pero el más soberbio de todos) pues envanecimiento y vanagloria no son más que manifestaciones,  a raíz de piel, de un narcisismo psicológico, meramente freudiano. Soberbia que es algo mucho más profundo, que atañe a todo el ser, en cuanto perturba el flujo de la fuerza vivificante de la Gracia, verdadero manantial de la virtud. Por este pecado, cual llaga abierta e incurable, supura la infección de mi alma, por este pecado, sin tu Misericordia, Dios mío, sé que estoy eternamente condenado.

De la pereza: ...


viernes, 12 de enero de 2018

EL CUERPO QUE HABITÉ




EL CUERPO QUE HABITÉ
Por L. Gregorio Torre Rivero



Al cuerpo que habité, mi morada temporal,

le debo todo,

a su través, pude percibir tu luz

inundando el mundo,

tu voz y tu eco prolongándose en mí por la Palabra,

que fue tuya e hice mía,

para poner nombres concretos al amor,

a los seres que me otorgaste como don,

mi pequeña grey,

a la que nunca abandonaré.



El cuerpo que habité en el mundo terreno,

estaba lleno de energía y de vida,

que se fue consumiendo con los trabajos y los días,

pero la llama que lo alumbró,

sigue dando luz y calor en esta otra orilla,

donde plácidamente espero reencuentros,

abrazos y caricias.



Yo, ya estoy a salvo, nada puede herirme,

nada causarme dolor,

estoy con los míos,

espero a los que aún me faltan,

El tiempo no cuenta,

un eón es un soplo,

mil vidas,

una tarde de domingo.