viernes, 12 de enero de 2018

EL CUERPO QUE HABITÉ




EL CUERPO QUE HABITÉ
Por L. Gregorio Torre Rivero



Al cuerpo que habité, mi morada temporal,

le debo todo,

a su través, pude percibir tu luz

inundando el mundo,

tu voz y tu eco prolongándose en mí por la Palabra,

que fue tuya e hice mía,

para poner nombres concretos al amor,

a los seres que me otorgaste como don,

mi pequeña grey,

a la que nunca abandonaré.



El cuerpo que habité en el mundo terreno,

estaba lleno de energía y de vida,

que se fue consumiendo con los trabajos y los días,

pero la llama que lo alumbró,

sigue dando luz y calor en esta otra orilla,

donde plácidamente espero reencuentros,

abrazos y caricias.



Yo, ya estoy a salvo, nada puede herirme,

nada causarme dolor,

estoy con los míos,

espero a los que aún me faltan,

El tiempo no cuenta,

un eón es un soplo,

mil vidas,

una tarde de domingo.



             

                                         

viernes, 5 de enero de 2018

POEMAS REFLEJOS



COMO ARROYO NEMOROSO
Por L. Gregorio Torre Rivero

Como arroyo nemoroso, que se despeña desde las bravías fuentes,
y discurre raudo por un sotobosque de prados y umbrías,
alimentando los cauces que se funden con el undoso e inmenso piélago,
así mi vida se vierte en la tuya que, rebosante de amor,
embebe los desiertos, sedientos páramos de mi existencia,
dónde las flores ha tiempo que no brotan,
ni los pájaros se detienen para alegrar con sus trinos,
las horas oscuras.

Voy hacia ti, con el alma henchida por el miedo y las dudas,
cual luciérnaga en la oscuridad,
sedienta mi boca del néctar y la ambrosía,
luz indefectible, que señala mis pasos,
y , en la sombra, me guía.

Más, sobre las blancas, veladas tumbas de mis ojos,
se ciernen oscuros presagios,
como atormentadas moscas,
torbellinos de angustia,
miríadas de estorninos, pájaros de mal agüero,
que en las edades últimas agitan mis sueños.

Negros augurios del alma mediumnica,
de los rapsodas, profetas y paragnostas, bardos y aedos,
de tu revelación, sutiles instrumentos.

Masas acéfalas agitan sus brazos,
desprovistas de luz y sentido,
rebelión espantosa, cólera colectiva,
preludio de los males que se avecinan,
que sembrarán la tierra de cenizas,
hecatombes de inocentes,
que subirán, con el humo de las ofrendas, a tu insondable seno.

miércoles, 3 de enero de 2018

EL BOSQUE DE LA LUNA



EL BOSQUE DE LA LUNA
 Por L. Gregorio Torre Rivero

A Ambrose Bierce
           
Aquel hombre vagaba por el bosque,  solo, desorientado y perdido; huía despavorido, sin saber adónde; había conseguido milagrosamente zafarse de sus perseguidores, si bien, con una herida de bala, que le había penetrado por la espalda, a la altura de la escápula izquierda, causándole un gran dolor, acompañado de dificultad respiratoria, con mucha pérdida de sangre: era invierno, el frío y la nieve se conjuraban para hacerle aún más fatigoso el andar. Anochecía.
    
            Se sentó extenuado sobre un vetusto tronco  abatido por el rayo y las tormentas, oteando  un paisaje invernal tupido de maleza y enmarañado donde el suelo cubierto por la nieve ocultaba caminos y sendas.
           
            Necesitaba imperiosamente hallar un refugio, una abrigo natural excavado en la roca,  una pequeña cueva o hendidura  donde, al resguardo del viento,  reponer fuerzas, descansar sin prisas e intentar mitigar con algún remedio  el dolor que le producía aquella herida.
      
            De  pronto,   un terrorífico aullido le despertó de su sopor; a sus espaldas, a unos cien metros por encima de su cabeza, apareció entre la densa cortina de niebla un lobo gris, luego otro, y otro, y dos más; en total cinco fantasmales criaturas surgidas del averno.  
           
            Deseó con todas sus fuerzas escuchar de nuevo las detonaciones de los rifles y la respiración agitada de hombres y cuadrúpedos cercándole y  apresándolo;  había tomado, al huir, la peor determinación de su vida y si no ocurría ese milagro, pensó para sí, nada podría salvarle.
      
            Aceleró el paso; notaba su garganta reseca, la lengua pastosa y una sensación de angustia, en aumento, inundándole el pecho; no cesaban de mirarle, estaban demasiado cerca; venían ya hacia él; aunque exhausto, reunió todas sus fuerzas y se lanzó a la carrera, pendiente abajo, hundiéndose a cada zancada en la nieve, en una carrera loca y frenética, con la sensación paralizante de que iba a sufrir una muerte atroz. Un cálido torrente de energía se liberó en sus venas.
         
            No sentía ya pesadez alguna en sus piernas, ni cansancio; corría ligero, pero no lo suficientemente veloz como para quitarse de encima aquella manada en persecución;  notaba el calor de su aliento en las orejas.
         
            Se encaramó de un salto sobre un árbol que le cerraba el paso, trepando en unos segundos a una de sus altas ramas suspendida sobre un precipicio; era tal la fuerza que sentía en sus miembros, que lejos de hallarse atenazados por el pavor, reaccionaron, para su sorpresa, como auténticos resortes bien engrasados.
             
            La rama era fuerte y segura así que se sentó sobre ella a horcajadas, al mismo tiempo que se abrazaba al tronco. Un tronco viejo y rugoso, sembrado de miríadas de pequeños hongos, cuyos colores y tonalidades ocres, blanquecinas y amarillentas resaltaban bajo la luz tornasolada de una luna omnipresente y cercana; tan cercana, tan brillante y nítida que podía distinguir sin dificultad, a ojo desnudo, todos sus accidentes: montes y cráteres, mares y extensas llanuras sembradas de polvo y rocas.
         
            El precipicio le producía un horror indescriptible y una sensación de vértigo como jamás había experimentado. Los lobos intentaron alcanzarle trepando tronco arriba, pero no lograban más que ascender un pequeño tramo, cayendo una y otra vez, estrellándose contra el suelo; saltaron y aullaron desesperadamente, manteniéndose largo tiempo bajo el árbol.
         
            Tiritaba de frío. La luna desapareció de repente, dando paso a una negra noche, sin luz y sin luceros. Tanteó los bolsillos de su raído chaquetón de burda lana, comprobando que no había perdido sus escasos pertrechos: la vieja pipa, el saquito de tabaco con el encendedor de yesca, una navaja rústica, recia y bien afilada y un envoltorio de papel de estraza liado con un bramante con unas pocas provisiones: un trozo de cecina de buey, tocino salado y un chusco de pan de centeno.       
         
            Tenía que bajar, encontrar  un hueco donde refugiarse, al abrigo de aquél aire gélido que le traspasaba de parte a parte, hacer un fuego rápidamente. El miedo le había hecho olvidarse de su herida y contemplaba esperanzado como la manada se alejaba; sus ojos destellaban como faros bajo la tormenta, aunque de cuando volvían sobre sus pasos, con la esperanza de verle en el suelo caído y ya muerto, para ahorrarles trabajo.
         
            Al tiempo, pasado el peligro, tímida y cautelosamente fue descendiendo del árbol, lentamente, con sumo cuidado; más él, ya no era él, no se reconocía. Físicamente era una persona extraña para sí mismo; sus manos no eran sus manos, su piel irradiaba una luz ámbar, mortecina, su rostro no era su rostro; sus facciones, al tacto, le resultaban desconocidas; sin embargo tenía conciencia de que su ser entero le habitaba, bajo otra identidad y aspecto; tocó el suelo con los pies y, cuando ya se creía a salvo, notó con terror  como le rodeaba una oscuridad tenebrosa. Llegó a pensar por un momento que se había quedado, repentinamente, ciego.
         
            Se hallaba en algún lugar del mundo, inmóvil, sin atreverse a dar un paso; sus manos tratando de encontrar un punto de referencia, un apoyo; era como si las paredes del universo entero se hubieran desplomado a su alrededor; miraba y miraba no hallando más suelo que el que le sustentaba; un ominoso abismo en medio de un silencio absoluto, que poblaba un espacio que presentía infinito.
         
            Era, sin duda, un lugar de condenación, el de las almas escindidas por el pecado y el crimen, y, por fin, supo lo que era el infierno: no era un crematorio como había supuesto, no, sino un territorio glacial de soledad y espanto, un universo paralelo de materia oscura, a eones de la luz y del corazón de Dios, donde irremediablemente y por toda la eternidad vagaría encarnado en un cuerpo inmortal.
         
            Al despertar, empapado en sudor, sintió incontenibles deseos de gritar, pero el sonido no salía de su garganta. Con esa sensación de asfixia, su mente ideó una última fantasía: había perecido en el ataque, eso explicaba que no reconociera su cuerpo; su alma estaba en tránsito, pero Dios, en su infinita misericordia, le había dado otra oportunidad. Se vistió, refresco su cara con agua fría en una prolongada ablución y se miró al espejo con temor; observó su rostro, sus manos, y sonrió, era él. Preparó unos huevos fritos con beicon y, mientras untaba el pan en su cremosa yema, se prometió a sí mismo que nunca más volvería a probar el alcohol.
         
            Tras el inacabado almuerzo, se dejó caer sobre la mecedora del zaguán con un gesto de abatimiento, desmadejado por aquél dolor profuso a la altura del hombro izquierdo que se estaba irradiando hacia el pecho y las vértebras. No sabía lo que lo producía, quizás aquella vieja cicatriz de guerra, quizás su corazón debilitado por los años y las borracheras. De su petaca extrajo la pipa y una porción de tabaco que temblorosamente logró depositar en la cazoleta; la encendió a la primera, sin malgastar fósforos, tal era su pericia; nada más aspirar la primera bocanada de humo sufrió incontenibles arcadas que achacó a los excesos de aquella noche y de tantas otras.

            El remedio infalible, para aplacar aquel creciente malestar, aquél desgarro intestino, aquél monstruo interior que roía sus entrañas, era anestesiarse con un largo trago de ron de caña, preludio de otros muchos a lo largo de la jornada. Más ya sus miembros se negaron a obedecerle, mientras una extraña somnolencia, un denso vacío iba poblando su mente.

            Poco tiempo después, cuatro hombres a caballo, cubiertos de nieve hasta las cejas y armados con sendos Winchester, descubrirían, abrazado a un viejo tronco de roble, el cadáver horriblemente mutilado y en descomposición, los irreconocibles despojos, un amasijo de piel, entrañas y huesos, de J. Alberty, peligroso fugitivo de la cárcel de Abilene, condado de Dickinson, estado de Kansas .

            Afortunadamente, adujo uno de ellos recomponiendo la escena, la bala, entrando por el omóplato, le atravesó el pulmón de arriba abajo,  muriendo casi en el acto, se desplomó  por aquél terraplén y vino rodando hasta estrellarse contra el árbol; luego los lobos se encargaron del resto; es más que probable que no se enterara de nada - sentenció.


lunes, 1 de enero de 2018

TIEMPO DEL SUEÑO



TIEMPO DEL SUEÑO

Por L. Gregorio Torre Rivero



"Es una referencia al ciclo del ser intemporal, a un tiempo sin tiempo fuera de todo tiempo,  tan real como el que discurre, asociado a una dimensión intangible del espíritu, donde habita el Demiurgo, a través de la cual nos comunicamos con nuestro yo más profundo y arcaico, con lo creado y el Creador y con toda la creación".




Tiempo del sueño,
etéreo como el sinuoso humo,
trepa por mi leñoso cuerpo
cual lábil enredadera.

Siluetas de árboles, ya fósiles,
recortan pálidos horizontes
ceñidos por densa niebla.

Hombres que caminan a tientas,
adivinando sendas.
Tenue luz de un hogar
que refulge lejanamente,
como vaga certeza de calor y descanso.

El estómago de los rumiantes varados,
regurgita una verde pasta mucilaginosa:
ubres repletas de promesas.

El oscuro hogar se anima
con los colores del fuego
que aprisiona pupilas,
que calienta pies inertes,
y manos inanimadas,
sombras espectrales danzan.

Desde un camastro de mullido jergón,
ojos inquietos brillan;
diminutas mariposas nictémeras
anuncian cartas de seres queridos,
enviadas desde las orillas de otro océano,
obscuras y temidas, ciegas saturnias,
atraídas por el fuego y la luz,
golpean puertas y ventanas,
celebrando el despertar de los muertos.

Mi niñez transcurre lentamente,
entre hayas y riscos,
habita una casa erigida
en un palmo de tierra,
piedra sobre piedra y argamasa,
labrada por pétreos hombres,
alma de viento y lluvia,
con un balcón suspendido
del tiempo y las estrellas.

No deseo conocer otro paisaje,
ni otra compañía
sino el nocturnal viento
que arrastra quimeras
y torrentes de blancas
y pulidas piedras,
y mi negra perra lanuda,
que me enseño a observar
los secretos mundos imperceptibles.

Tiempo de humo y esencia,
que mi memoria rescata
para sosiego del alma,
cuando escucho la voz que susurra:
hijo mío amado,
qué perdido te hallas;
retrocede hasta la encrucijada,
verás mis señales;
busca la senda abrupta
que te llevará a mi casa,
la que ahora recorres
no lleva a ninguna parte;
ahí sólo encontrarás miedo y dolor,
soledad y espanto,
y, al final,
el negro abismo de la desesperanza.
                       
                            


sábado, 30 de diciembre de 2017

CURSO DEL 68

CURSO DEL 68

(El número "e" y el cigarrillo de Pall Mall)
Por L. Gregorio Torre Rivero

Aquel día, como tantos otros, tras un rápido refrigerio,  salí corriendo con mi bolsa de gimnasia al hombro y mis libros: la sirena había sonado, lo que indicaba que, en cinco minutos, tenía que recorrer un kilómetro escaso, que era la distancia que separaba mi casa del instituto.

Había pasado casi toda la noche estudiando, y, por lo tanto, me encontraba somnoliento y de muy mal humor,  pero, previsiblemenete, tenía que pasar una prueba y necesitaba concentrar toda mi memoria y mi atención tan sólo en ese reto.

Traspasado el umbral del instituto " Instituto Pelagius  Rex”, subí de cuatro zancadas las escaleras, entrando en el aula casi sin aliento. Allí me esperaba D. XXX, en actitud inquisitorial. El día anterior había tenido un examen de su asignatura, y no se me ocurrió mejor cosa (y lo confieso con gran sentimiento de culpa, a pesar de haber transcurrido tantos años) que, por el cobarde e innoble procedimiento del cambiazo, entregar las hojas con las contestaciones previamente escritas, objeto más que predecible del citado examen. 

Siempre recordaré la infamia, como recordaré también el buen estado de mis reflejos, pues nada más cometer la fechoría, supe que era reo de muerte, y que si no aprovechaba el tiempo, sería, además, el hazmerreír de la clase, cosa que a determinada edad en la que no hemos perdido aún ni el orgullo ni la autoestima es, sencillamente, insoportable.

Me senté en el pupitre con todos los músculos en tensión, sin atreverme a levantar la vista de la mesa, dispuesto a lanzarme, con la mayor desenvoltura posible y también con la mayor desvergüenza, en defensa de mi persona.

—Hay un listo, comenzó,  que se cree muy listo, pero que hoy, seguramente, va a demostrarnos lo contrario, porque se necesita ser rematadamente lerdo para copiar un examen, de la manera que él lo ha hecho, con puntos y comas, y pretender que yo no me entere.

Minusvalora a sus profesores y, lo que es más, perjudica a sus propios compañeros, a quienes haría un flaco favor, a los de verdad, inteligentes y estudiosos, matizó,  si yo me dejara engañar  y pasara por alto su astucia y su fraude.

Lo confieso, me temblaban las rodillas, luchaba por dominar mi estado de auténtico pavor, pero logré sobreponerme.

—Sr. Torre, adelántese a la tarima,  que quiero comprobar el estado de sus conocimientos—, señalándome, como a un condenado, con un feroz dedo índice. 

De nada valieron mis argumentos, ni la afectada y cínica defensa que de mi probidad hiciera; salí al encerado como res al degolladero. Risas burlonas a mis espaldas y alguna que otra alusión cómplice al tamaño de mis gónadas ... ¡Con D. XXX, nadie se la jugaba, era de locos! 

Sorteando lentamente la barrera de mesas y de sillas, subí al cadalso, rezando y pidiéndole a Dios en persona que, por favor, surgiera de aquellos labios una sola pregunta: el maldito numero “e”, causa de mi pesar y de los nocturnos desvelos. 

—A ver, Sr. Torre, explique para que yo me entere y se enteren muy bien todos sus compañeros, todo lo que sepa sobre el número “e”. Me faltó solamente un pinchazo para  saltar hasta el techo ...  Con puntos y comas, con explicaciones y argumentos, fui desgranando en aquella pizarra desde la primera a la última cosa que sobre el particular explicaban J. Rey Pastor y P. Puig Adam en su magnífico y memorable texto de Matemáticas del Séptimo Curso de bachillerato, ante la expresión atónita del profesor y el silencio expectante de toda la clase, mirándole descaradamente, con insistencia, para atraer su atención, cual consumado intérprete, notando como se iba transformando su irónica sonrisa en una mal disimilada y contrariada mueca de disgusto.

Finalizada la exposición, volví a darle nuevas explicaciones, haciéndole partícipe de mi pesar ante la desconfianza y la falta de razón que le asistían por sus dudas, pues, aunque inconstante en el esfuerzo, le hice saber que, yo, cuando estudiaba, estudiaba; de lo que era viva muestra el cuaderno de notas, extraña mezcolanza de suspensos y sobresalientes, de tres y  de nueves.

Ya me dirigía yo, erguido como un pavo, entre los murmullos y risitas, que supuse de admiración, de mis compañeros, a mi pupitre, y mientras, hombreando, encendía un delicioso Pall Mall, oí de nuevo su voz queda: —Sr. Torre ...¿Le he dado yo permiso ...? —yo creía que la autorización era para todas las clases —Si, pero al arbitrio del profesor -contesto- dejándome helado. —Está usted confuso, ... en la inopia, ... apuesto cualquier cosa que no ha dormido o anduvo  anoche de fiesta hasta altas horas ¿No? —¿Y eso? contesté, —ande y cámbiese los zapatos, que lleva uno de cada color; después, a última hora, venga a mi despacho ¡Y que conste que no voy a ponerle sobresaliente!

No sabía dónde meterme, contemplaba mis zapatos, el uno marrón, el otro granate y me maldije por tamaña incuria  —Es que tengo muy mala vista, Señor— aduje, entre carcajadas de fondo (lo que no dejaba de ser verdad por causa de mi visión descentrada y periférica) ¡Menos mal que en mi bolsa llevaba las playeras de gimnasia! ... ¿Qué habría pensado ella, la verdadera causante de mis cuitas, ensoñaciones y extravíos, cuando la saludé en el parque, dos minutos antes de sonar la última sirena?

D. XXX, que era muy suyo y estaba de vuelta de todo, no había, absolutamente, mordido el anzuelo, así que me propuso quedarme (con la coacción que implicaba el abuso de superioridad y su metro ochenta centímetros de dura fibra bien trabajada),  desde aquél día y hasta el final del curso, dos horitas más, tras la última clase de la tarde, en el Estudio del  Sr. XXX, junto al resto de los botarates: era una oferta irrechazable. Aquél año, último curso del Bachillerato Superior,  aprendí de verdad "cálculo infinitesimal", y prometí no copiar nunca más un examen,  y, sobre todo,  no volver a tocar jamás un libro de matemáticas, cosa que he cumplido, sin esfuerzo.


jueves, 21 de diciembre de 2017

HIJOS DE CAIN


HIJOS DE CAIN
Por L. Gregorio Torre Rivero

Hijos de Caín, razas oscuras,
indómitos habitantes
de las  tinieblas.

Pueblos desterrados,
innúmeras estirpes,
hijos del viento y de la lluvia,
del sol y de la estepa.

El hogar tan ansiado,
la dulce hora de la siesta,
sólo sueño será que alumbra la noche,
que el despertar
convierte en quimera.

Tras los rebaños
en las cañadas,
en los caminos enlodados,
sucios y harapientos
sin descanso caminan,
huyendo del exterminio;
engendrando al abrigo de la roca
y del hontanar,
hijos del bronce y de la furia,
que heredaran la tierra,
cuando airadas
hachas silentes,
caigan sobre las dormidas cabezas.

Hijos de Caín,
perenne estigma
grabado en la frente,
y en la mano la promesa:
siete veces, siete,
castigo recibirá,
quien muerte os diera.

lunes, 18 de diciembre de 2017

DISEÑO INTELIGENTE


¿CREACIONISMO, EVOLUCIÓN, PANSPERMIA ...?

La hipótesis del designio o diseño inteligente

Por L. Gregorio Torre Rivero

    Completa y aúna el creacionismo, pues introduce elementos científicos que respaldan los argumentos teológicos, meramente religiosos o filosóficos de éste,  en aras de una explicación racional, es decir, más comprensible para la mente humana.     

         Arguye que es imposible que de forma espontánea, con la sola intervención del azar, se hayan llegado a producir fenómenos tan complejos y sistemas tan sofisticados como los que han intervenido en la creación del universo, de la vida, en general, y de la vida humana, en especial, por lo que, la creación "ex nihilo" estaría ordenada por una inteligencia superior. De entre sus argumentos  destacan:

         a) El universo finamente ajustado (principio antrópico): los mecanismos que rigen el cosmos están tan perfectamente ajustados, que cualquier pequeña desviación desencadenaría procesos catastróficos. La tierra, está situada en el lugar exacto donde tiene que estar, para que se haya producido en ella no sólo el milagro de la vida microscópica, sino toda la cadena de circunstancias que han originado la presencia en ella de formas de vida superior. Eso exige la presencia de una inteligencia dirigida a ese propósito, sin la cual nuestro sistema solar, sería un lugar en el espacio sometido a las leyes del caos.

         Hagamos la prueba, lancemos una serie de bolas de distinta densidad y masa, a través de un superficie curvada por su propio peso (como de hecho ocurre en el espacio cósmico) y esperemos que éstas, eludiendo la fuerza gravitatoria que las precipitaría a unas contra otras, comiencen a girar describiendo órbitas distintas , ajustadas entre sí para no estorbarse ni chocar, con una precisión de mecanismo de relojería. El resultado no se produciría nunca por puro azar, sino que tendríamos que ejecutar complejos cálculos, a escala humana, para reproducir tal fenómeno en un laboratorio. Ahora traslademos esto a la escala de un universo que se nos revela, a todos los efectos, como una realidad tan compleja como inconmensurable. Es imposible de toda imposibilidad.

         b) La complejidad irreducible: una maquina cualquiera es el producto de la imbricación de varias partes o sistemas que dan como resultado la función para la que fue diseñada. Si retiramos una pieza del sistema, podrían seguir funcionando algunos de sus mecanismos por separado, pero no servirá, absolutamente, para obtener el resultado para el que fue diseñadaYa puedo yo aporrear todo el tiempo de mi vida  sobre las teclas de mi vieja Olimpia, que como no encuentre en el mercado de antigüedades un rollo de tinta en condiciones,  no conseguiré jamás escribir con ella palabra alguna.

         c) La complejidad específica: si cogemos todas las letras del alfabeto y las lanzamos al aire, las posibilidades de que al caer en el suelo, al azar,  se forme una sola frase comprensible, como "hola, papa"  es  plausible; la de una oración -sujeto, verbo y predicado-, Roger Penrose la cuantifico en 10123, es decir de uno 1 partido por 1 seguido de 23 ceros, la de formar un solo soneto es imposible, así que imagínense ustedes el milagro que tendría que darse para que se formara, de ese modo, la Divina Comedia de Dante o el Paraíso Perdido de Milton, por poner algún ejemplo.

         En una sola cadena de ADN existen tres mil millones de caracteres, con los que podríamos rellenar cientos y cientos de páginas que contienen la información necesaria con las instrucciones de montaje que permiten la construcción de los organismos, desde una célula hasta las más complejas estructuras, de lo cual se encargan perfectas máquinas moleculares que, a escala nanométrica, ejecutan esos trabajos con perfecto rigor, utilizando una fuente inagotable, la energía motriz protónica.

          Hoy trabajan potentísimos ordenadores para descifrar esos mensajes, pero el mayor problema de estas supercomputadoras es descubrir la secuencia de montaje, (un poco lo que sucede con los armarios de Ikea). Y no estamos hablando de la forma en qué se apila una estantería sobre otra, sino de complicadas estructuras, que operan bajo el principio de la complejidad irreducible, que determinan que nuestros ojos vean, nuestros oídos oigan, nuestras manos se abran y se cierren, nuestra sangre se coagule o nuestro sistema inmunitario nos alerte y rechace y combata a cualquier potencial enemigo, en forma de virus, bacteria, etc.

         Uno de los grandes e inalcanzables, sueños del hombre,  para vencer sus propias limitaciones: la enfermedad, la decrepitud y la muerte, es, precisamente, la posibilidad que contemplamos de llegar a construir un día estas formidables máquinas moleculares a escala infinitesimal,  pero, una vez más, alguien se nos ha adelantado. El problema, es que muchos creen, todavía, que todas estas increíbles operaciones que ocurren cada día, cada hora, cada minuto y cada segundo, en nuestro organismo y en todo lo que existe, puedan desarrollarse sin presencia de inteligencia alguna, por mero azar.

         Muchas cosas que nos resultan incomprensibles las atribuimos al azar, pero las condiciones en que el azar actúa no son reproducibles en el laboratorio: el dado sigue el impulso de la mano, y ésta del brazo, pero la orden viene de más arriba; más en este caso estaríamos hablando, en propiedad, de cálculo de probabilidades, no de azar; azar sería que el dado surgiese espontáneamente de la nada y se autoimpulsase. Ninguna fuerza obra sin presencia de agente alguno, todas actúan de forma conjunta, encadenada y sucesiva, siguiendo un orden, de tal manera que si el azar interviniese en algo y no  estuviera sometido a la cadena de sucesos, sólo podría ser una manifestación de las potencias de una inteligencia superior.

         En definitiva, por lo que respecta a la vida conocida, la selección natural  no podría crear nunca procesos complejos irreducibles, debido a que dicha función sólo podría actuar en el supuesto de que dicho sistema complejo ya estuviese montado o armado.

         El pensamiento humano no es un producto de la evolución, sino que su complejidad creciente es consecuencia de que en la mente del hombre se hallan ínsitas todas las facultades que le permiten, desde la construcción de la gran pirámide de Guiza, hasta el envío de un robot a cualquier parte del sistema solar, pero, ni una cosa ni la otra, se podrían haber hecho sin vencer la ley de la gravedad.


         A dicha inteligencia suma, desde los tiempos inmemoriales, todos los hombres la han llamado Dios en su propia lengua; y, para todos significó siempre lo mismo, el principio creador, rector y unificador al cual todas las leyes  están sometidas; algunos llegaron a más y vieron en él no sólo la fuerza y la energía creadora de todo cuanto existe, sino que lo acogieron como Señor de la vida y, por ende, de la historia. Es mi caso.