jueves, 16 de noviembre de 2017

NUEVO ORDEN SECULAR


Por L. Gregorio Torre Rivero
«A ratos me refugio en mi “Tratado del amor de Dios”, recreándome ante la hostilidad con que habrá de recibirlo la intolerancia intelectualista, que se pone frenética cuando se habla de otro mundo. El manifestar el simple anhelo de la eternidad y de la conciencia individual les pone fuera de sí». Miguel de Unamuno.

Seres sin luz propia, se han dejado arrastrar por esa gigantesca ola conspirativa que amenaza con engullir a la civilización occidental. Dentro de esta trama tan bien urdida, hay personajes principales, secundarios y figurantes, no faltando almas simples que, desde una visión candorosa de la realidad colaboran gratuitamente en ello.

Detrás de ese movimiento se esconde el "Nuevo orden secular" -secular es sinónimo de  laicista, en oposición al antiguo orden basado en una visión religiosa antropocéntrica-  que, como ideología absoluta, apoyada en los grandes poderes fácticos, desarrolla estas y otras formas menos visibles de agitación y propaganda, en un definitivo y, a la vez, desesperado intento de controlar nuestra existencia con las dos ideas centrales que vertebran su pensamiento, a saber: 1. Que el hombre es una simple criatura producto de la evolución de la naturaleza, es decir del azar. 2. Que Dios no existe; si existiera, arguyen estos nuevos moralistas, no habría guerras o hambre en el mundo (como si en ese estado de cosas nosotros y ellos no tuviéramos responsabilidad alguna).

Semejante reduccionismo lleva, necesariamente a las siguientes conclusiones: a) si el hombre no tiene una naturaleza distinta ¿tiene más derechos que cualquier otra criatura o algún derecho más, aparte de los que, tan generosa como, acaso, inmerecidamente, se le otorguen? Ello es la fuente de los relativismos legal, político y moral, y de la persecución insidiosa de las ideas o de cualquier forma de expresión de la individualidad, que ya estamos experimentando; b) si no existe Dios y está claro que para ellos no existe ¿quién es el dueño de la vida y de la muerte? La respuesta: el hombre, únicamente el hombre, pero no cualquier hombre, sino el encarnado en el ideal del estado, la ley, el partido, la raza, la ciencia, el sistema, etc.

En el mismo orden de cosas, la interrupción voluntaria del embarazo, sin causa justificada, la eutanasia activa y pasiva, los planes estatales de infertilidad, la selección artificial y demás formas de eugenesia, el sexo sin responsabilidad, y todo aquello que opera en contra de nuestra integridad, degradándonos y deshumanizándonos, aunque venga disfrazado bajo el aspecto de un ideal de libertad ilimitada, no es más que una forma sutil y larvada de ese cientifismo, tan del gusto de los regímenes cesaristas empíricos, que pregona este nuevo fundamentalismo y que ha abierto, como el fuego en un bosque, nuevos frentes, que afectan a los diferentes planos de la convivencia: enfrentamiento de la mujer y el hombre, propalado por los terminales mediáticos y el “lobby” del feminismo radical; el enfrentamiento de los hijos contra los padres, no ya bajo la forma de “conflicto generacional”, sino recortando los derechos políticos de la patria potestad y los derechos morales inherentes a la paternidad, confrontándolos con los derechos de la madre, del hijo o del menor (delación o denuncia, arguyendo cualquier pretexto, que origine la intervención de los poderes públicos); en la misma línea, el enfrentamiento del discente contra el docente, que pasa por desproveer al segundo de todo vestigio de dignidad y de autoridad, tanto moral como académica; enfrentamiento entre el hombre y la naturaleza -ecologismo radical-, y, así, podríamos seguir enumerando múltiples formas de ataque a los valores y de rebelión contra el orden democráticamente establecido.

Lo que hace más impunes estas ideas, es su aparente falta de paternidad, cuando la realidad es otra: tienen promotores, son muy poderosos, dominan todos los resortes del poder y la economía y, bajo su mando, actúa un formidable ejercito: el activismo enmascarado, sin nombre, sin uniforme, sin identificación y sin bandera.

Operan secretamente, introduciéndose larvadamente en nuestras mentes y nuestros corazones, anulando nuestra capacidad de raciocinio, socavando el pobre juicio y la escasa moral que aún nos queda, obnubilando nuestro entendimiento, extendiéndose como mancha de aceite, como forma de pensamiento dominante, e inundando los hogares, la vida …, haciéndola más pequeña, reduciendo a la mínima expresión cualquier sentimiento de trascendencia e instalando en la sociedad, especialmente entre los más jóvenes sin experiencia vital, el nihilismo, el hedonismo, la ignorancia, la incultura y la barbarie más absolutas.

Nuevo orden secular o laicista que, no otra cosa es, que la forma encubierta bajo la que se emboscan las ideologías más infrahumanas y cruentas de toda la historia (que, inexplicablemente, aún tienen defensores fuertemente fanatizados en las más altas instancias de poder y masas enfervorizadas de prosélitos). Los ejemplos claros y determinantes de lo que supone la implantación del culto al hombre, con todas sus secuelas y extensas heridas, aun abiertas, a lo largo de la geografía y del tiempo.

Hoy nos hallaríamos en una fase avanzada dentro del programa de control del mundo: un período mayor o menor de anarquía (en el que estamos), el suficiente para la consolidación de los grandes planes de ingeniería social elaborados por sociopatas y dementes: destrucción de la familia, la moral, los valores, la religión y la propiedad, empobrecimiento de la población, luchas sociales y, por último, imposición del modelo a escala global como forma de gobierno. Esto ya se ha llevado a cabo en el pasado y no debe sorprender que se esté llevando a efecto en el presente, con altas probabilidades de éxito. Aunque será una victoria efímera y, ciertamente, pírrica.

¿Existe un plan secreto de dominación del mundo?  No uno, varios, de distinta inspiración, ya que el mal, afortunadamente, también conspira contra el mal.

El precedente : sobre principios del s. XX, es decir, años después de la publicación  del “Manifiesto del Partido Comunista”, apareció un libelo titulado “Los protocolos de los sabios de Sión”, bajo la firma de un tal Serge Nilus; este libro que provocaría irrisión generalizada, si no conociéramos de sobra la estúpida credulidad humana  (stultorum infinitus est numerus), se hace eco de unas presuntas actas secretas  levantadas en el último congreso sionista del s. XIX, celebrado en Basilea, donde, supuestamente, se avanzaban los planes de dominación del mundo. La objección: ¿Si eran secretas, bajo amenaza de anatema, quién se hubiera atrevido a revelarlas? 

En realidad, existen fundamentadas sospechas sobre su autoría, habiendo quienes lo atribuyen a los servicios secretos de la policía imperial (Ojrana), arguyendo que tales actas correspondían a incautaciones de “materiales” de diferentes movimientos masónicos (muy activos en Rusia y en toda Europa en la época y en todas las épocas). El comunismo había prendido como llama sobre la yesca en todo el imperio, y muchos de sus promotores eran de origen judío. Se trataba de justificar, por una parte, los  reiterados progromos contra dicha población y, por otra,  intentar descabezar el movimiento bolchevique, que, a la postre, acabaría, mediante el golpe de estado de Octubre de 1917, con la naciente democracia parlamentaria, representada por la Duma. 

El enemigo no es un agente externo; el enemigo está siempre dentro del sistema, porque no hay sistemas antagónicos, sino el anverso y el reverso de la misma moneda. Ahora, más que nunca, es necesario desenmascararlo, pues aunque nos muestre un rostro amable y nos ofrezca la salvación bajo el aspecto de bienhechor del género humano,  no desea otra cosa más que la destrucción y el caos. En ese terreno se desenvuelve como pez en el agua, El caos propicia la barbarie y esta no es otra cosa que el mal que toma cuerpo nutriéndose de la sangre de los inocentes. Ello es necesario para la consolidación de sus planes, pues no hay nuevo orden sin destrucción del orden preexistente. El enemigo quizá no tenga nombre, ni identidad personal y se camufle con el ropaje  de  unas siglas o acrónimos muy respetables; él maneja como nadie a los sicarios de la agitación. Posiblemente ya esté aquí entre nosotros,  mostrándonos uno de sus múltiples rostros, gobernando el mundo desde las sombras. Seguramente, un día será aclamado por las masas y elevado a las más altas magistraturas. Inevitablemente, será para nuestra condenación.

domingo, 12 de noviembre de 2017

LA QUINTA DIMENSIÓN



                   Por L. Gregorio Torre Rivero



Respecto al origen o edad del universo, coexisten dos grandes teorías: la que podríamos denominar creacionista, que ha sostenido, entre otros, George Gamow, uno de los padres del “Big Bang”, y la del estado estacionario, desarrollada, básicamente, por Hermann Bondi y Thomas Gold.

La primera, heredera de las cosmologías de Alexander Friedman y de Georges Lemaître, se basa en que el Universo tuvo un principio y tendrá un fin, siendo por tanto, a pesar de todo el aparato pirotécnico, cercana al pensamiento cristiano; y la segunda, que el universo es inmutable, ha existido siempre y permanecerá por siempre. Como tiene su base en la negación de la creación, se acerca al ateísmo.
Según Gamow, en su “Creación del Universo”, hace, aproximadamente, cinco billones de años, toda la materia y la energía del mundo estaba condensada en un punto no mayor que un puño, donde los átomos sometidos a altísimas temperaturas, debido a su densidad, produjeron una gigantesca reacción termonuclear que originó el “gran estampido”, proyectando la materia a la velocidad de la luz en todas las direcciones. A la velocidad de la luz la masa original habría aumentado de tamaño hasta configurar el universo que hoy conocemos y que estaría girando en torno a un punto lejano, gran atractor que fagocitará todo lo creado hasta su consunción. En cambio, Según H. Bondi, T. Gold y, también, Fred Hoyle, el universo no tiene génesis ni final, la materia siempre ha existido, existe y existirá, siendo el aspecto del universo idéntico tanto en el tiempo como en el espacio.
Lo curioso de estas cosmogonías es que, a pesar de la parafernalia matemática, desde el punto de vista conceptual, no superan a las de los filósofos presocráticos (no socráticos), incluido Democrito. Nada añaden, pues, a lo que ya sabemos o creemos saber, o intuimos, y, por lo tanto, nada desvelan.
Yo he señalado en algún lugar, y no habré sido el único, que todo lo que existe es sólo una manifestación o teofanía del sueño de Dios. Se argüirá que es pura metafísica teológica, pero, como experiencia, no tenemos más que adentrarnos en nuestros propio mundo onírico, para darnos cuenta del poder de la mente, de la maravilla que supone tener esa ventana abierta a un plano de de la existencia distinto, donde se funden el espacio y el tiempo,  donde se unifican todos los campos o fuerzas y que se comporta, en realidad, como una quinta dimensión -la cuarta sería el tiempo- a través de la cual sobrepasamos las barreras físicas incluida la de la muerte, y por donde se nos cuelan -a mí, al menos- criaturas extrañas y terroríficas que parecen emerger de esos mundos arcanos, imaginados por la lúcida mente del gran maestro H.P. Lovecraft.

jueves, 9 de noviembre de 2017

EL SÚCUBO

                                           EL SÚCUBO

                                            Por L. Gregorio Torre Rivero

A E. Allan Poe

Edgar Allan Poe, el genial narrador y poeta estadounidense, escribió grandes relatos sobre seres misteriosos y criaturas de la noche, algunos de ellos obras cumbre de la literatura llamada gótica o del romanticismo oscuro, heredero de la gran corriente trascendentalista y subgénero en boga durante la primera mitad del siglo XIX, y aún más, en dicho país. Cuentos o relatos como Morella, Berenice o Ligeia, donde la figura femenina adquiere una dimensión sobrenatural, nos informan sobre la enajenada psique de su autor, sus pasiones, y miedos, el convencimiento o la intuición de que en todo acto amoroso hay una entrega definitiva una consunción del ser, un éxtasis y un descenso a los infiernos, eros y tánatos enfrentados en un mortal abrazo, la pulsión de la existencia enfrentada a la atracción de un misterio que nos ofrece dos alternativas: Dios o la nada; la libido frente a la destrudo, o lo que es lo mismo el amor carnal exangüe y exánime, como mensajero de la muerte física que abre las fronteras a nuevas dimensiones de la realidad. El autor.




Contaba, apenas, quince años. Era una lluviosa y fría primavera del año 1965; rezumaba el roció en los pastizales y en los caminos enlodados e intransitables renacían las primeras manchas de verdín, tachonadas de hermosas y amarillentas prímulas; las márgenes del río se hallaban aún recubiertas de una delgada capa de nieve oscura y porosa, que aprisionaba las últimas huellas de las alimañas sedientas. 

Despertaba la mañana; la húmeda atmósfera surcada por los trinos de innumerables pájaros, apostados en las ramas y en las oquedades de los árboles, destilaba su aliento malsano; revivía la maleza animada por enjambres, por miríadas de diminutas, casi invisibles, criaturas.

Había salido a pasear, como tantos días, sin ninguna idea preconcebida, mas, sintiendo un extraño impulso, me encaminé hacía la montaña, atravesando el bosque. Cientos de pequeños regueros brotaban de sus profundidades; sudoroso, remontaba con facilidad las primeras dificultades, en dirección al viejo hayedo, lugar mágico de inolvidables, aunque también inquietantes, encuentros. 

Allí la había conocido dos años atrás, mientras se dirigía a algún lugar de la sierra. Deslumbrado por el fuego de sus cobrizos cabellos, atrapado en la inmensidad de sus verdes pupilas, no pude sustraerme a su encanto; dirigimos nuestros pasos, mientras balbuceábamos alguna frase inconexa, hacia un pajar para refugiarnos de una fugaz tormenta de granizo.

Sin prolegómenos, sin preguntas, mientras acariciaba, con trémulos dedos, guiados hacia desconocidas intimidades, escabrosas y ocultas profundidades, bajo su hirsuto y rojizo pubis, y sus túrgidos y ovalados senos con mis candorosos labios, experimentó, entre espasmos, un primer y escandaloso orgasmo, acompañado de otros no menos estentóreos, en tanto yo, muerto de miedo ante aquellas desconocidas exultaciones, asistía al trance, con una mueca de incredulidad y sorpresa dibujada en mi boca.

Luego, ella, acarició depravadamente mi sexo, hasta que una lluvia de soles y cometas me transportó a un extraño éxtasis. Después, trató de introducirme en sus entrañas. Fracasados sus propósitos, recibí por todo pago, un empellón que me hizo caer por el ventanuco del pajar, estrellando mi cabeza contra el duro suelo y arrojándose sobre mí como una fiera. Tras la pasajera conmoción, pude ver como se transfiguraba: sus ojos se tornaron de un fulgor rojizo; su cabellera se tiño de un verde vegetal, de aspecto mucilaginoso; su rostro afilado y amarillento lucia una profusa y enmarañada perilla, mientras en su frente abombada despuntaban dos tímidos cuernecillos.

 Me susurro una frase ininteligible al oído, a la vez que introducía sus afiladas uñas en mi pecho, como queriendo arrancarme el corazón, causándome un intenso dolor, del que son vívido recuerdo tres pequeñas cicatrices que conservo.Se fue entre risas e insultos, dejándome maltrecho y confuso en aquel lugar; luego, aún desde el suelo, pude ver sus negras pezuñas y sus poderosas patas de macho cabrío, sosteniendo un velludo cuerpo, que lucía un portentoso príapo.

Afortunadamente, aquél día adoptó la forma de una precoz adolescente. Más, me consta, no todos los pobladores del contorno tuvieron idéntica suerte.

Reviviendo los recuerdos, presa de agitados pensamientos, sentado sobre el tronco de una vetusta haya, pasaron las horas, mientras en mi mente retumbaba de nuevo aquella enigmática frase: “nev…, oviv ne le ojepse”. 

No era arameo como había supuesto. Lo supe al tiempo, tras estudiar la extraña facultad del habla inversa, que poseen algunas mujeres y cuyo mensaje oculto va destinado a los elementales; no me refiero a las simples imitadoras parlanchinas, pues tal habilidad también está al alcance de algunas aves prensoras, sino a aquéllas que, bajo la sutil capa del artificio femenino, son, sin saberlo, encarnación de súcubos, criaturas de la noche desencarnadas, que pueblan nuestras pesadillas, demonios en celo, espectrales apariciones, Liliths redivivas, las más bellas y deseadas de cuantas habitan nuestra fantasía, que nos absorben la sangre y roban la energía las noches de luna fría.

martes, 7 de noviembre de 2017

DIVINAL Y PROFANO






















DIVINAL Y PROFANA



Blanca rosa, dorada espiga,

fruta del paraíso,

Virgen de Melun, divinal y profana,

sobre retablo de tronos consagrados,

y ángeles cerúleos y escarlatas,

que en la frente luminosa y en el níveo pecho

luciste un día la mística corona,

el esplendor de las joyas de Palmira

y el oro de Ofir.


Amante del desierto , el sol, la luna

y las ciudades sacras

erigidas sobre  túmulos e hipogeos

de pueblos ignotos

 y fondos de añil;

suspendida sobre el tiempo ingrávido,

 con la hipnótica danza

de los derviches giróvagos,

aspirando la  cálida brisa

de un mar ribeteado de sal escarchada

 y fútil espuma,


Amaneciste, por fin, bajo otro cielo y otra tierra nueva,

creada para ti,

y contemplan  ya tus ojos,

más allá de las puertas de Ketama,

 la serena placidez de los cuerpos etéreos,

 salvo en el dolor, eternamente ausentes,

y la vida en Cristo,

 fuente oculta de amor inagotable, único,

en  cuyos pies, postrada, derramaste todas tus  penas

y el último suspiro, asida a la cruz.


                                               L. Gregorio Torre Rivero


martes, 17 de octubre de 2017

EN EL VALLE DE JOSAFAT















EN EL VALLE DE JOSAFAT


Descendieron hacia el valle,
silenciosos,  con el gesto crispado,
por la estrecha senda,
sombría la faz, angustioso  el rictus,
 fija en el suelo la mirada,

En la llanura,
 yacían multitudes
 exhaustas y exánimes,
postradas sobre la  tierra ennegrecida,
y  la roca vítrea,
iluminados sus despojos
por la corrompida luz
del último amanecer.

Eran cientos,
eran miles,
eran cientos de miles los gentiles;
sombras espectrales,
alargadas hacia el horizonte,
bajo el rojo sol de Satán.

harapientos, desnudos
mostrando  sus llagas 
y el descarnado sexo,
esperando la muerte segura
y nadie levantó la voz.

Aceptaron su destino,
de criaturas indómitas,
sin remedio, sin esperanza,
 sin pedir perdón.

Voló el Ángel y arrojó el fuego,
las fuentes se secaron
el mar hirvió,
se abrieron las puertas del Averno,
liberando a los demonios
que atormentan las almas
 y a las fieras necrófagas
que los acompañan.

Subió a Dios el humo de la pira
con el último hálito
henchido de blasfemias,
 ira, soberbia y furor.


L.G. Torre Rivero



lunes, 18 de septiembre de 2017

¡RETORNAD AL POLVO!














Desapareced  fantasmas del pasado,
retornad al polvo
encarnaduras del  camino,
luctuosos, fúnebres ecos,
 despojos de mi  tormento.

Abominables presencias,
enviados  del  sheol,
retornad al polvo,
al fondo de la Gehena,
expiad  vuestras culpas,
vuestros crímenes ocultos
contra el amor.

Os aparté de mi vida,
me desprendí de vuestras garras
como reptil de su piel;
mis llagas se cerraron,
 edifiqué mis muros,
una torre erizada de púas,
mi defensa y mi prisión.

Me recluí en mis silencios,
no me sojuzgasteis;
sólo me sometí al ángel,
al Juez de mi destino,
que  sellará mi boca,
y enjugará  las lagrimas,
del amargo adiós.

Mi alma entregada,
remecida y llena,
franquea ya el umbral,
tierra y cielo apacibles,
 y una vida etérea  sin dolor.

L. Gregorio Torre Rivero