lunes, 18 de septiembre de 2017

¡RETORNAD AL POLVO!














Desapareced  fantasmas del pasado,
retornad al polvo
encarnaduras del  camino,
luctuosos, fúnebres ecos,
 despojos de mi  tormento.

Abominables presencias,
enviados  del  sheol,
retornad al polvo,
al fondo de la Gehena,
expiad  vuestras culpas,
vuestros crímenes ocultos
contra el amor.

Os aparté de mi vida,
me desprendí de vuestras garras
como reptil de su piel;
mis llagas se cerraron,
 edifiqué mis muros,
una torre erizada de púas,
mi defensa y mi prisión.

Me recluí en mis silencios,
no me sojuzgasteis;
sólo me sometí al ángel,
al Juez de mi destino,
que  sellará mi boca,
y enjugará  las lagrimas,
del amargo adiós.

Mi alma entregada,
remecida y llena,
franquea ya el umbral,
tierra y cielo apacibles,
 y una vida etérea  sin dolor.

L. Gregorio Torre Rivero
 


lunes, 29 de mayo de 2017

MI DAIMON PRIVADO



“Los dáimones tienen una naturaleza animal, una mente racional, un alma supeditada a pasiones, un cuerpo etéreo y son inmortales”. (Apuleyo)

Sabido es, desde tiempo inmemorial, que el Maligno acecha y persigue con saña la virtud de la inocencia, especialmente la de aquellos seres destinados a sentir profundamente, desde la más tierna infancia, la llamada de Dios. Yo me sentía llamado, Él me acompañaba, poniéndome, parafraseando a Baudelaire, bajo la tutela invisible de un ángel; una infancia transparente de niño solitario dotado de una conciencia lúcida, de capacidad innata para la exploración de los mundos arcanos y con preocupantes carencias y nulas habilidades sociales.

Cuando descubres en ti ese mundo interior, habitado de presencias y reminiscencias o recuerdos de otras vidas, de voces discordantes, de influencias contrapuestas, de criaturas fantasmales que surgen de la oscuridad, nada en tu vida vuelve a ser igual, sencillamente, has descendido al territorio ignoto donde habitan las fuerzas telúricas, las vastas planicies azotadas por un viento gélido, donde vagan los espíritus de los condenados, la soledad y el espanto de los fondos abisales, morada eterna del mal y refugio de la Bestia.

A diferencia de A. Guridi, santa desde los quince años, siendo hasta entonces, según confiesa, una ovejilla descarriada trotando por los recónditos invernales de Urbia, yo lo fui hasta esa edad, acompañándome desde tan lejanos días, para mortificación y tormento, mi daimon privado, un ser abominable que no ha hallado mayor placer en su vida que burlarse y reírse a mi costa, bien por el procedimiento de usurpar mi lábil personalidad, campando así a sus anchas y creándome toda clase de problemas, u ocupando mi frágil y voluble mente y perturbando mis pensamientos. Así que con esa pesada carga he tenido que crecer, inclinado hacia el bien, pero obrando el mal, por mor de esa perniciosa, aviesa e indeseable compañía.

En el pasado, dada mi naturaleza introspectiva, había llegado a sospechar como causa justificativa de mi conducta, un trastorno nada liviano de la personalidad, que rayaba, a veces, con la esquizofrenia y otras con una neurosis con graves episodios obsesivo-compulsivos, puesto que todas y cada una de esas complejas alteraciones parecían incidir en mi conducta. Lamentablemente, esa visión infantil y reduccionista me llevó, mal aconsejado, presumiblemente, por psicólogos y especialistas varios, a iniciar un camino de tratamientos paliativos que nada mejoraron mis dolencias y que, por el contrario, sólo sirvieron para enmascarar la raíz del padecimiento.

El caso es que, estando ya muy harto de los caprichos y manifestaciones de ese engendro, rozando ya mi salud mental con la puerta del frenopatico, no tuve mayor fortuna que descubrirlo agazapado en mi interior; era la prueba definitiva: se materializó ante mis ojos, en el silencio intempestivo de una noche infame en que, tras haberme obligado a engullir media botella de coñac, después de emborronar varias de mis cuartillas con frases obscenas, juramentos e imprecaciones imposibles de reproducir ya que perturbarían al más impasible de los mortales, se asomó tenuemente a mi espejo mientras yo le gritaba – ¡Manifiéstate, no te tengo miedo, eres un patán…!

Cerré los ojos hasta formar una leve rendija, fijé mi atención en el fondo y allí estaba. Confieso que se me erizaron los cabellos y el vello entero; que un frío espantoso, procedente de algún lugar del inframundo, congeló mis pensamientos. Le miré fijamente, advertí su expresión simiesca, su naturaleza intemporal, su corporeidad huidiza, ocupando mi ser por completo.

No, aquello que yo vi no era un espíritu, sino un estado desconocido de la materia, una estructura molecular compleja y cuasi invisible, una especie de proyección plasmática encogida en la rotundidad de un cuerpo.

A raíz del suceso se tornó más molesto si cabe, inundó mis noches de pesadillas, de presencia y sueños inenarrables, provocando con ello en mí no pocos estados de terror nocturno. Naturalmente, todo, para él, se reducía a un simple juego; no hallaba mayor placer que descorrer mis sábanas, o convertir mi cuarto en una sala de proyecciones, donde se daban cita todo clase de fenómenos y sucesos paranormales, cuyo detalle ahorro al casual y sufrido lector, para no sobrecargar en demasía su morbosa curiosidad. Se introdujo en mis sueños, se adueño de mi inconsciente, esa parte más vulnerable del ser trascendental cuya protección está encomendada a nuestro ángel de la guarda, sin cuya presencia nos encaminaríamos todos a los abismos de la locura y del crimen.

Más el estado de sopor permanente, esa especie de narcolepsia inducida por los fármacos y el alcohol a partes iguales, hizo que yo bajara la guardia, suscitando en mi un estado de terror en la fase anterior al sueño, ese instante, que puede durar una eternidad, en que te invade esa dulce somnolencia, preludio de un sueño reparador y gratificante: tres presencias ominosas cubiertas por negros sudarios, rostros arrugados y cetrinos, atormentados por el castigo de un mal eterno, se desplazaban por mi estancia, a ras del suelo, se detenían al costado de mi cama y murmuraban frases inaudibles, mirándome con insolencia, mientras devanaban el ovillo, rueca y huso en mano y tejían mi mortaja, esperando un momento de descuido para arrebatarme el alma.

Transcurrió el tiempo, fui creciendo, y a fuerza de voluntad y disciplina conseguí, casi por completo, calmar a mi bestia, sin que faltaran ocasionales e incontrolados momentos de hostigamiento y algunas recaídas. Me casé, Dios me dio la inmensa fortuna de la descendencia, y durante mucho tiempo he podido llevar una vida “normal”, sin graves injerencias, sabiendo yo que esa naturaleza salvaje e indómita, necesitaría del control más férreo. Y en esas se me pasó la vida, luchando a brazo partido y dejando lo mejor de mis esfuerzos en una lucha encarnizada y sin cuartel.

Comprendí tardíamente que todo formaba parte de su estratagema: consiguió arruinar mis proyectos; mientras yo le vigilaba, los mejores años pasaron y, cercado por las limitaciones físicas y las propias de la edad, por esa agobiante sensación de finitud en cada una de mis células, he podido comprobar su victoria.

En ese estado llegué, hace ya algún tiempo, al Padre X. G.; jamás había imaginado que tan sencillas recetas podrían lograr resultados tan sorprendentes: oración y ayuno. Hoy puedo decir que ese dañino genio burlón, aburrido, desesperado por el fracaso de sus intentos, se ha retirado del campo de batalla y mi vida entera ha encontrado la paz, el sosiego y el descanso.

En tan serena placidez, paseando por la muy noble, vetusta y docta ciudad de Alcalá de Henares, tratando de descubrir los ecos y las huellas del imperecedero talento de cuantos genios la habitaron, se acercó a mí una vieja gitana; con gesto mecánico deposité una moneda en su mano; ella atrapó la mía con fuerza y la miré: si era una de aquellas criaturas de mis sueños, los negros faldones, el rostro mortecino, surcado de arrugas como desfiladeros, desembocando en las comisuras de una boca horrible, negra, plena de ponzoña, aquellos ojos profundos como ibones a la luz de la luna, la mirada demoniaca …
Con un gesto enérgico retiré mi mano de la suya y corrí sin rumbo; a lo lejos escuche su voz cascada y su risa siniestra: ¡Yo te conozco; sé quién eres, ah, ja, ja, ja; tienes mal de ojo desde que naciste, ah, ja, ja, ja; por unas pocas monedas puedo quitártelo, ah, ja, ja, ja …!

En mi loca y precipitada huida me di de bruces con la Magistral y, penetrando en su interior, no tuve mejor ocurrencia que hundir mis manos en agua bendita. Al instante, comenzó a hervir y en sus reflejos argénteos, entre vapores deletéreos, creí nuevamente percibir la figura de mi daimon privado riéndose a mandíbula batiente. Él, o quizá ese monstruo acéfalo de mi imaginación, jugándome, otra vez, una mala pasada.


viernes, 7 de abril de 2017

Gizeh, o la inmortalidad

Zoser, Snofru, Keops, Kefren, Micerino …, a todos nos resuenan estos enigmáticos nombres desde nuestra época de estudiantes, y vienen asociados a la historia de Egipto, y más concretamente del Imperio Antiguo, y a unas dinastías de reyes o faraones constructores, esencialmente la III y la IV, que habrían levantado gigantescas, ciclópeas estructuras piramidales, en mitad del desierto, al parecer, como tumbas o mausoleos, como última morada, en la creencia de que sus almas volverían a renacer y con ellas sus cuerpos; en la creencia de que la muerte no tiene la última palabra, que después de ella habrá una vida nueva y plena, en armonía con el cosmos y la naturaleza, sin sometimiento al dolor y a la decrepitud, una vida eterna en la gloria.

La muerte, pues, tan sólo sería el tránsito necesario para despojarnos de esta vestidura carnal y abandonar el inframundo o mundo de los muertos, antes de experimentar la transformación en seres inmortales, dotados de cuerpo y alma, un cuerpo más sutil o etéreo, equiparables a dioses, habitantes de otra tierra y otro cielo imperecederos. Ese era el modo de pensar de los antiguos egipcios; ese era y es el modo de pensar con algunas variantes, que no son fundamentales, de toda civilización espiritual.

Los más reputados anales sitúan la época de la construcción de estos gigantescos poliedros entre el 2700 y el 2300, antes de nuestra era, por lo que tendrían una antigüedad máxima de 4700, casi cinco mil años. Hoy es posible remontarse a esa época histórica, pues, afortunadamente, nos han llegado noticias de esos antiguos tiempos a través de diversas fuentes y descubrimientos, que demuestran, en efecto, que, en esa época Egipto, era, geográficamente, un país desértico, tal como hoy lo conocemos, recorrido de sur a norte por un gran río, el Nilo, en cuyos márgenes y principalmente en su delta, se asentaban diversas comunidades, dedicadas a la agricultura, al cultivo de los cereales y el algodón, a la pesca y al pastoreo de rebaños de cabras, y a alguna pequeña industria de tejidos y alfarería, fabricación de cerveza, extracción de minerales, etc. base todo ello de un incipiente comercio.

Dichas gentes, aunque libres, estarían bajo la protección o tutela de un príncipe y de una casta sacerdotal, a cuyo sostenimiento contribuían, mediante algún tipo de impuesto o exacción. Gentes de raza camita, de rasgos negroides, como los abisinios o etíopes, pero también afroasiáticos de piel cetrina (moros, bereberes, etc), que vivían en casas de adobe rematadas en terraza o chozas con tejados de paja o carrizo; casas que disfrutaban de pequeñas comodidades: el hogar donde refulgía el fuego día y noche, la habitación donde dormir sobre una bancada o un suelo cubierto de esterillas o pieles, los útiles o vajillas de barro para el agua y la comida, cuchillos de cobre o de hueso u otros instrumentos de corte para el sacrificio de los animales, es decir, el pequeño ajuar doméstico, propio de ese tiempo y su tecnología, según se ha podido constatar a través de su legado arqueológico.

Estas colectividades serian tributarias del “nomo” del Bajo Egipto, con capital en Menfis el centro político y religioso del Imperio Antiguo, cuya población en su época de mayor esplendor rondaría aproximadamente las quinientas mil almas: situada, aproximadamente, a unos veinte kilómetros del actual El Cairo, era una ciudad muy importante de la antigüedad, reconocida por todos los reinos y naciones o pueblos de ese tiempo que ambicionaban sus riquezas.

Cuando menos, produce un escalofrío pensar que hace cinco mil años, una civilización surgida de las brumas del Neolítico, fuese tan profundamente religiosa, tan lúcida y espiritualmente avanzada en sus concepciones sobre la vida y sobre la muerte: adoraban estos egipcios a una deidad llamada Path, que habría creado el Universo con la fuerza de la palabra, deidad de la vida ultra-terrena y garante de la resurrección. Los antiguos egipcios representaban este concepto de la resurrección mediante el símbolo del escarabajo. Este símbolo sagrado era la representación conceptual de una creencia muy extendida y es que, tras la muerte, existe una vida más plena y gozosa donde el hombre, liberado de sus ataduras terrenas (la enfermedad, la decrepitud, la muerte), resucitaría a una vida plena en comunión con los dioses, en cuerpo y alma, (el “ka” de los egipcios, sería la conjunción del cuerpo místico o glorioso de la tradición cristiana y el espíritu o alma, inmortal por definición).

Es realmente una concepción muy elaborada, si tenemos en cuenta, por ejemplo que, en el mundo judío veterotestamentario, cuesta mucho encontrar un texto claro sobre la vida ultraterrena. Los judíos viejos creían en cosas tales como el descanso eterno, o en nociones más difusas o confusas como “el seno de Abraham”, existiendo, por lo tanto, entre la clase sacerdotal, muchos recelos sobre el particular, siendo los saduceos totalmente beligerantes contra la idea de la resurrección. Se supone que este concepto habría ido tomando cuerpo a lo largo de mil años, en el proceso de elaboración del Antiguo Testamento. Y habría sido reelaborado, partiendo o teniendo en cuenta la tradición egipcia, con todos los matices nacidos de las peculiaridades e idiosincrasia del pueblo judío, vehemente y apasionado en la defensa de sus identidad y de sus creencias.

Las creencias sustentan la civilización, una civilización sin creencias, sin grandes ideales, como por ejemplo la nuestra, está condenada a la extinción. Y los egipcios creían, soñaban, procreaban, nacían y morían con la esperanza puesta en la vida ultra-terrena, cultivaban la piedad y la oración y eran gente solidaria, trabajadora y buena.
Es más que probable que, entre cosecha y cosecha, se dedicaran a la construcción de ingentes obras públicas: canales de irrigación, depósitos o silos, pozos y cisternas, murallas y caminos, palacios, estatuas y plazas. Y lo habrían hecho con paciencia e ingenio utilizando unos útiles y herramientas muy primitivos: el martillo o la maza de piedra, el pico y la pala; y habrían utilizado el cobre para el punzón y el buril, el escoplo y la sierra, pero no conocían la rueda, ni la necesitaban en un arenal donde un pequeño trineo les podría reportar más ventaja y utilidad para desplazarse o para transportar cargas. Las ruedas se hunden en la arena, hay que construir muchos kilómetros de calzadas y caminos para poder aprovecharlas. Y en las primeras dinastías no había ruedas. Hasta ahí llegaba toda su tecnología, según los restos hallados y según sus propias descripciones.

Eran muy hábiles artesanos, tallaban, pintaban y esculpían con gran destreza; sus pictogramas y glifos son de una rara perfección y belleza; contenidos en la expresión y la forma, conseguían representar, primero su lenguaje, su forma de comunicarse, y, luego, con gran realismo y naturalidad con una extraordinaria capacidad esquemática, prueba de su gran inteligencia y grandes dotes de observación, todo tipo de cosas, desde los objetos de uso más cotidiano, hasta los animales, desde las flores hasta las plantas.

Más los egipcios, estos egipcios, jamás pudieron construir las pirámides, o. de haberlas construido en esa época, tuvo necesariamente que ser con otra tecnología desaparecida de origen desconocido, de lo contrario, las pirámides ya estarían allí, portando un mensaje de otro tiempo en que los dioses gobernaron el mundo, como ellos mismos reconocen cuando se remontan a las antiguas cronologías. Como creía el historiador, gran sacerdote del santuario de Heliópolis y cronista egipcio Manetón del siglo III antes de Cristo, autor de una Historia de Egipto, contemporáneo de Beroso, historiador y gran sacerdote de Marduk, en tiempos de Antioco I, cuyos anales, los de ambos, se hunden y se remontan a través de dinastías y reinados que alcanzarían los treinta mil años de antigüedad, y cuya obra está recogida en Flavio Josefo, Julio Africano, Plutarco y en la Patrística (Eusebio); y como creían, ya en tiempos del Islam, los sabios, eruditos y hombres de ciencia de esa gran civilización, que tuvieron acceso a esas y otras dataciones y cronologías.

Estarían allí, semienterradas en las arenas del desierto, aprisionadas bajo millones de toneladas de arena, que los egipcios de esas dinastías y otras anteriores se habrían limitado a remover hasta encontrar su base. Keops, Kefren, Micerino, no otra cosa habrían hecho que atribuirse el honor de su descubrimiento, más nunca el de su construcción, pues tal tarea les hubiera resultado imposible por completo con sus instrumentos de cálculo y medida, así como útiles y herramientas rudimentarias, es decir, con, la tecnología y el estado de los conocimientos matemáticos o científicos de la época.

Es obvio que habrían hallado algún tipo de pasadizo o puerta, probablemente subterráneo, que les condujera a la cámara del caos y desde allí a su interior, a fuerza de excavar galerías; luego tales pasadizos permanecerían durante siglos ocultos; habría que esperar hasta la época del califa Al Mamun, el bagdadí, allá por el año 820 de nuestra era y, aproximadamente, el 200 de la Hégira, quien dirigió las obras que permitirían hallar una entrada, oculta originariamente por grandes bloques de piedra caliza pulimentada, que permite acceder a las galerías y túneles que nos llevan a su interior.

Concedo, únicamente, que, Inmhotep, el gran arquitecto de los tiempos de Zoser, quien habría tenido acceso a algunos secretos de su construcción, lo intentara en Saqqara, y que dicha pirámide escalonada, compuesta, en realidad, por seis mastabas superpuestas, fuera el intento fallido de emular esas portentosas edificaciones; que Snofru, lo intentara, asimismo, y tras dos intentos fallidos llegara a conseguir la clave en su pirámide roja de Dasshur. Si, ya sé que se argüirá que aquellas son anteriores, según las dataciones, pero es que parto de la hipótesis de la imposible demostración de que las pirámides de Guiza fueran construidas en la IV dinastía, sino en un tiempo desprovisto de memoria, al cual sólo se puede remontar uno a través de la imaginación. Las construidas en las dinastías posteriores, hasta cien, no fueron, a su lado, más que más que rudimentarios montículos de piedra o ladrillo de una factura tosca y que revelan, efectivamente, el estado tecnológico de la época. Hasta las dinastías XVIII a XX, del Imperio Nuevo, comparables en su poderío a aquellas de los primeros tiempos, bajo el influjo de los Amenofis y los Tutmosis y luego bajo la égida de los generales ramésidas y posterior Egipto Ptolomaico, no volvería a construirse obra alguna de relieve en todo Egipto (Luxor, Karnak, Abu Simbel, el Valle de los Reyes, etc.). Mas, incluso en esos tiempos de gloria y esplendor, no hubo obra humana alguna semejante en perfección y grandeza.

Ciñéndonos a la pirámide de Zoser y por aportar unos pocos datos perfectamente contrastados, en comparación con la gran pirámide atribuida a Keops, con independencia de los materiales empleados en su construcción, bloques regulares de piedra caliza unida mediante argamasa de aquella, frente a bloques perfectamente tallados, cada uno de diferente tamaño, como si se tratara de un puzzle gigantesco, sin aparente unión entre ellos, en esta; sesenta metros de altura de aquélla, frente a los ciento cuarenta y seis metros de ésta; cuadrangular la una, octogonal la otra (cada cara está compuesta, en realidad por un diedro, dos superficies triangulares cóncavas que forman en su apotema un pequeño ángulo, tan sólo perceptible durante los equinoccios); sin orientación definida la primera y orientadas cada par de caras a un punto cardinal la segunda; de medidas distintas e irregulares cada uno de sus lados en la de Zoser y de una total precisión milimétrica (véanse los estudios de Petrie sobre el particular) la de Gizeh, someramente embastada la una y recubierta por veintisiete mil bloques de piedra caliza blanca y perfectamente pulimentada como la superficie de un espejo, rematada, además, en su cúspide por un artilugio dorado llamado piramidón, la otra. Construcciones que, dicho sea de paso, a fecha de hoy, y ya han pasado casi cinco mil años, según las dataciones arqueológicas, nadie sabe cómo se han realizado, es decir, que se ignora de ellas lo más esencial desde el punto de vista arquitectónico: el procedimiento utilizado para su construcción.

Solamente una facción de la ciencia, la representada por la arqueología oficial, mantiene hoy, igual que ayer, con gran obstinación, que esos portentosos edificios fueron construidos en tiempos de la IV dinastía con las técnicas de la época, basándose en una inscripción o cartucho, que contiene, aparentemente el nombre de Keops (Jufu o Kufu), situado en un lugar invisible e inaccesible de los muros de descarga situados encima de la cámara del rey ¡A eso si que llamo yo agarrarse a un clavo ardiendo; bonito lugar para proclamar a los cuatro vientos y al orbe la gloria del faraón!

Ni ingenieros, ni arquitectos, ni geólogos, creen hoy que, con la tecnología tan rudimentaria hallada de aquella época, pudieran levantarse. Lo único que pueden decir, es que, de haberlas levantado en ese tiempo, habría sido con una tecnología diferente y desaparecida, de características similares, como mínimo, a la actual, en cuanto a su potencialidad, aunque podría ser incluso mucho más avanzada (anti-gravedad). Por ello expresan sin rubor, que, ante la imposibilidad de conocer a fecha de hoy en qué forma fueron construidas, habría que recurrir a la ingeniería inversa, es decir a desmontar pieza a pieza la pirámide, lo que nos llevaría tantos o más años de trabajo que los utilizados en su construcción, según las mentiras que le contaron, cuatrocientos años antes de nuestra era, los sabios de Heliopolis a Herodoto, que era cualquier cosa menos un ingenuo: “… si yo me veo en el deber de referir lo que se cuenta, no me veo obligado a creérmelo todo a rajatabla; y que esta afirmación se aplique a la totalidad de mi obra …”, dejo dicho. En consecuencia, hoy por hoy, sólo podemos desgranar sobre el particular pobres hipótesis más o menos ingeniosas totalmente indemostrables.

Posiblemente, la profanación de aquellos templos y monumentos, por los gobernantes de esas épocas, la apropiación y el uso indebido que hicieran de los mismos, provocaran la primera rebelión y revolución social conocida de los tiempos históricos, como la producida en el reinado del Faraón Pepy II. Era un regalo de los dioses, el testimonio indeleble de su presencia en el mundo creando una nueva humanidad que les hablaba a través de miles de signos enigmáticos e intraducibles, grabados sobre sus espesos muros, donde dormía el gran secreto de la mayor y única maravilla de la antigüedad que ha resistido al paso del tiempo y de los hombres.

Otro de los grandes enigmas de las pirámides es el motivo de su construcción y su utilidad. Alegan los antiguos que se construyeron como mausoleos para los propios faraones, es decir como tumbas. De haberlos enterrado realmente en ellas, habrían aparecido, en alguna, restos biológicos y podrían datarse más o menos rigurosamente a través de la prueba del carbono 14, e incluso descubrir su ADN. Si, hemos visto grandes sarcófagos entre sus paredes, tallados en una sola pieza de granito rojo o en diorita, como el hallado en la cámara del rey de la gran pirámide, espacio rectangular ciclópeo, sellado con bloques, algunos de ellos con pesos superiores a los cuatrocientos mil kilos, como los que cubren su techo, inexpugnable refugio o habitación del pánico, más propio de la era nuclear, pero en ninguno de ellos se ha encontrado nunca ningún féretro o ataúd, conteniendo el cuerpo momificado, adornado con los símbolos de la realeza: el collar, el cayado y el mayal, y los vasos canopos conteniendo el producto momificado de la evisceración.

Es probable, si, que dichos faraones pasasen algún tiempo en su interior, por algún motivo ceremonial o religioso de carácter trascendental, atinente a los cultos de transformación y renovación osiriana, propios de las religiones mistéricas, para renacer y aparecer a los ojos del pueblo envueltos en la aureola de la divinidad, pero nunca, jamás, utilizadas como cenotafios, pues nadie, en su sano juicio, espera resucitar en cuerpo y alma, como esperaban los egipcios y esperamos nosotros, tras ser enterrado en una cámara de esas características, bajo el peso de una inmensa mole pétrea de siete millones de toneladas. ¿Por quienes y cuándo fueron construidas? Pensemos la respuesta.



jueves, 6 de abril de 2017

Haciendo amigos



Poesía no son versos apilados
de palabras huecas y exánimes,
sembradas al voleo,
sobre desiertos de arena.

Ni grito de guerra o soflama,
voz altísona y engolada,
impostura,  artificio o proclama.

Poesía no es reunión de cigarras,
al sol que mas calienta,
 pugnando por hacerse oír,
sedientas de aplauso y fama,

 Ni tertulia de casino,
o aldeanas covachuelas,
donde se reparten  laureolas,
dádivas y honores varios
entre pingües francachelas,

Poesía no es un acto social,
 burdo, ramplón y maniqueo,
hoguera para el hereje,
y pasto para la grey.

Ni  homenaje de bandera,
a la  causa del mal causado,
discordia, odio y ceguera. 

Poesía,  no  es una moda,
 un quehacer pasajero,
un  pasatiempo barato,
de gente ociosa y atrevida,
que a los poetas remedan,
con faltas de ortografía.

Ni narcisismo onanista,
 autocomplacencia insana,
 vanagloria diletante ,
estéril reafirmación,
de niños que peinan canas.

Poesía no sólo es verso libre,
 famélico renglón equilibrista,
de puro prosaico aleve,
que daña tanto a   la vista.


Poesía, en fin, no es arte fácil
de  arribistas sin oficio,
eximios y egregios  vates,
de la hermandad de los orates.

Parnaso en horas muy bajas,
de saldos y de rebajas,
en liquidación por derribo.

EL PREPARACIONISTA


El accidente


I


La caída desde el puente le dejó aturdido durante unos segundos. Se hundía lentamente en el río, atrapado en el interior de su vehículo, sin poder hacer nada para evitarlo. Dominado por el pánico intentó liberarse del cinturón, mientras observaba desesperádamente como, tras deslizarse por una falso fondo, caía hacia un lecho más profundo, quedando recostado en el limo, sobre el lateral opuesto a su asiento. Se dio a sí mismo cinco minutos de vida, pues el agua comenzaba a filtrarse a borbotones inundando, inexorablemente, el habitáculo. Desenfundó, con determinación, su vieja Astra nueve milímetros, efectuando un solo disparo sobre la luna trasera, al mismo tiempo que con el brazo izquierdo protegía cara, cuello y torso de las esquirlas de cristal fragmentado en mil pedazos que volaban a su derredor a velocidad supersónica.


Un torrente impetuoso anegaba el auto; aspiró profundamente, guardó el arma en su cartuchera y cogiendo del asiento la cazadora y una pequeña mochila perfectamente estanca, tomó impulso deslizándose afuera; el agua estaba helada; con los pulmones a punto de estallar, alcanzó la superficie y en unas pocas brazadas la cercana orilla opuesta más accesible, ya que la del lado de la caída, aunque más cercana, presentaba a simple vista la dificultad de un empinado terraplén de dificultoso acceso.


Caía la noche y las lejanas luces de la gran ciudad teñían de naranja y azul cobalto el horizonte. Recuperó el aliento, sus fuerzas se hallaban al límite. Sintió un reguero de sangre caliente, discurrir por su brazo izquierdo; un pequeño cristal puntiagudo se había incrustado en el mismo a la altura del hombro. Abrió su mochila, sacó un pequeño botiquín y, tras extraerlo con unas pinzas con sumo cuidado y claras muestras de dolor, desinfecto y curó la pequeña herida, cerrándola con seis puntos de sutura, adhiriéndole, por último, un apósito con una pomada antibiótica.


Una fina lluvia comenzó a caer, se había levantado aire, un aire húmedo y pegajoso; tiritaba de frío; se hallaba en un camino que discurría por un bosque de ribera. Busco refugió bajo las ramas de un viejo álamo.


Rápidamente de su mochila extrajo una cajita hermética, con los útiles necesarios para improvisar una hoguera. Utilizó una pastilla de alcohol encendiéndola con una chispa de su pedernal. Los árboles más cercanos a la corriente suelen tener parte de sus raíces al descubierto, a menudo se forman oquedades en sus troncos y estas contienen restos de corteza, yesca, ramitas, hojas secas y madera en descomposición. En rápidos movimientos hizo acopio de una buena provisión de materiales con los que alimentar el fuego. Acto seguido, tras proteger la hoguera con piedras en derredor, extendió una cuerda guía, anudándola entre dos árboles con sendos nudos ballestrinque, aproximadamente, y sobre la misma dispuso un tarp, cuyos cabos sujetó al suelo mediante picas, a modo de canadiense, proporcionándole un cómodo refugio donde protegerse de la lluvia y del aire.


Instalado el provisional campamento, se despojó de su ropa mojada, depositándola al calor de la hoguera; extrajo de un sobre sellado una manta térmica y, envolviéndose en la misma, acurrucado, fue recuperando el calor necesario para desentumecer sus agotados músculos. Luego, puso a hervir en un pequeño recipiente de aluminio que depositó sobre unos rescoldos, la tercera parte del agua de su cantimplora, añadiendo a la misma el contenido de un sobre de sopa de fideos; tras tomarla bien caliente, volvió a hervir un poco más para prepararse un té con azúcar que consumió a pequeños sorbos, acompañándolo de unas galletas; y notando ya en su cuerpo una reconfortante energía, se dispuso a dormir sobre el mullido suelo formado por una espesa capa de heno de un cercano almiar, dispuesta sobre la lona del vivac.


Había estado a punto de morir en un estúpido accidente, consiguiendo salvarse de forma milagrosa, gracias a su buena estrella y su instinto de conservación y no podía por menos que dar, por ello, gracias a su ángel de la guarda.


Era un tipo metódico, que no dejaba nada al azar; en los últimos tiempos se había obsesionado con los problemas derivados de la supervivencia en entornos hostiles: se preparaba para cualquier desenlace, ya que era de los que esperaban que algún desastre natural o provocado nos dejaría inermes e indefensos ante la furia de elementos o fuerzas descontroladas.


Cuatro días antes del incidente, se hallaba realizando los últimos preparativos para mudarse de casa y del lugar habitual de residencia; había comprado a precio de ganga, tras vender su apartamento en la ciudad, una vieja aunque muy sólida casona en la montaña, en un paraje aislado y boscoso, trasladando allí la mayor parte de sus pertenencias con gran acopio de víveres. Éste era el último de los viajes; en el maletero llevaba tres bolsos repletos de ropa y otros enseres y pertenencias personales y una mochila grande con sus pertrechos para travesías. Necesitaba dormir y reponer fuerzas. Más antes de caer rendido por el cansancio y el sueño, ideó la forma de rescatar dicho equipaje del fondo del río.


Pensaba en su mujer y en sus hijos, el uno en Nueva York, con un buen trabajo en una empresa multinacional, felizmente casado, que ya le había hecho abuelo por dos veces, pero sobre todo en su hija, la cual había regresado al hogar tras un corto paréntesis de vida independiente, frustrada la experiencia por su situación de desempleo y consiguiente imposibilidad de subsistir por sus propios medios.


Ellas eran las únicas personas que se habían tomado en serio sus preocupaciones, pues el resto de la familia y amigos se reía de sus manías, pensaban que era un tipo raro y neurasténico con tendencia a la fabulación. Ellos vivian despreocupados, sin tomarse nada en serio, apurando hasta las heces la vida disipada y decadente de una sociedad que no hallaba freno, sumida en el hedonismo y la inmundicia, incapaces de entender que el mundo había cambiado de forma drástica y que se encaminaba de forma inevitable a su autodestrucción y ruina.


Allá, en la vieja casona, le estaban esperando en compañía de su pareja de mastines , entretenidas ambas en adecentar y limpiar las estancias; en desempaquetar, ordenar y almacenar útiles, herramientas, enseres y provisiones.


A la mañana, con el amanecer, encendió una hoguera, extrajo de su mochila un rollo de diez metros de cordino de siete milímetros de grosor y su cuchillo de monte; ató un extremo a una gruesa raíz medio hundida en la orilla, y pasando el otro cabo por un mosquetón sujeto a un improvisado arnés que llevaba atado a la cintura, se lanzó al río.


Afortunadamente, el lugar era un remanso de aguas cristalinas, por lo que divisó su vehículo sin dificultad. Descendió los escasos tres metros que le separaban del fondo; el maletero estaba casi abierto como consecuencia del golpe; forcejeó hasta abrirlo por completo y extrajo los bolsos y la mochila; introdujo la cuerda por las asas y tras anudarla, emergió rápido por donde hacia pie; tiró de ella y los bultos fueron subiendo a la superficie, sin dificultad, arrastrándolos a continuación hasta la orilla.


Se secó con una toalla de fibra y dispuso alrededor del fuego las bolsas y la mochila, de las que previamente había sacado su contenido; se vistió sin prisa; su ropa aún conservaba restos de humedad; se acercó al fuego y vertió agua en el cacillo de su cantimplora, añadiendo dos cucharadas de té y un terrón de azúcar, que, una vez hecho, consumió junto unas barritas energéticas, a modo de desayuno.


Sobre el horizonte, aun plagado de luminarias, el resplandor de las primeras luces crepusculares teñía de rojo y amarillo el cielo; el sol, se levantaba tras las sierra. Era un paraje campestre de la provincia de Madrid, pintado de tostados campos de avena a la espera de la hora de la siega, no distante más allá de cuarenta kilómetros de la capital; se le había cruzado, de improviso, una piara de jabalíes en el camino, intentó esquivarla y se precipitó al vació. La vida era un milagro.


(continuará)      

lunes, 3 de abril de 2017

EN EL SENO DEL PADRE

A LAS ALTAS INSTANCIAS

A las altas estancias
donde duermen los sueños;
a las lúgubres noches
que desvelan mis horas.

Al ominoso abismo
donde mi alma mora,
al ardiente desierto
donde tu voz me llama,
a las sonoras fuentes
donde brota agua viva.

A los gélidos páramos
donde habita el olvido,
a los dulces recuerdos
que el invierno marchita,
a los sonrosados cielos
que anuncian la aurora,
a la luz mortecina
que precede a tu ocaso.

Deciros, sin palabras, quiero
que por pura esperanza espero,
que de tanto esperar, yo muero
de dulce muerte seductora,
que mi espíritu arrebata,
con una sonrisa de plata.

De muerte piadosa y agraz
insobornable y pura,
humilde con los humillados,
con los poderosos altiva,
que de esta prisión me libera,
dando fin al sufrimiento;
amarga lágrima,
filial abrazo,
perdón sin juicio,
feliz reencuentro,
que acoja mi frágil vida
en lo profundo de tu seno.



COMO ARROYO NEMOROSO

Como arroyo nemoroso, que se despeña desde las bravías fuentes,
y discurre raudo por un sotobosque de prados y umbrías,
alimentando los cauces que se funden con el undoso e inmenso piélago,
así mi vida se vierte en la tuya que, rebosante de amor,
embebe los desiertos, sedientos páramos de mi existencia,
dónde las flores ha tiempo que no brotan,
ni los pájaros se detienen para alegrar con sus trinos,
las horas oscuras.
Voy hacia ti, con el alma henchida por el miedo y las dudas,
cual luciérnaga en la oscuridad,
sedienta mi boca del néctar y la ambrosía,
luz indefectible, que señala mis pasos,
y , en la sombra, me guía.

Más, sobre las blancas, veladas tumbas de mis ojos,
se ciernen oscuros presagios,
como atormentadas moscas,
torbellinos de angustia,
miríadas de estorninos, pájaros de mal agüero,
que en las edades últimas agitan mis sueños.

Negros augurios del alma mediumnica,
de los rapsodas, profetas y paragnostas, bardos y aedos,
de tu revelación, sutiles instrumentos.

Masas acéfalas agitan sus brazos,
desprovistas de luz y sentido,
rebelión espantosa, cólera colectiva,
preludio de los males que se avecinan,
que sembrarán la tierra de cenizas,
hecatombes de inocentes,
que subirán, con el humo de las ofrendas, a tu insondable seno.



EL CUERPO QUE HABITÉ

Al cuerpo que habité,
mi morada temporal,
le debo todo.

A su través, pude percibir tu luz
inundando el mundo;
tu voz y tu eco
prolongándose en mí,
por la Palabra,
que fue tuya e hice mía,
para poner nombres concretos al
amor, a los seres que me otorgaste
como don, mi pequeña grey,
a la que nunca abandonaré.
El cuerpo que habité
en el mundo terreno,
estaba lleno de energía y de vida,
que se fue consumiendo
con los trabajos y los días,
pero la llama que lo alumbró,
sigue dando luz y calor
en esta otra orilla,
donde, plácidamente,
espero reencuentros,
abrazos y caricias.
Yo, ya estoy a salvo,
nada puede herirme,
nada causarme dolor,
estoy con los míos,
espero a los que aún me faltan,
El tiempo no cuenta,
un eón es un soplo,
mil vidas,  una tarde de domingo.


¡VERDAD LUCHE CON ILUSION…!

Quien madrugue para buscarla no se fatigará,
                 pues la encontrará sentada a sus puertas…(Sab 6, 14)


¡Verdad,… luché con ilusión
por alcanzarte!
puse el tiempo,
el deseo, la voluntad.
Te tendí toda clase de añagazas,
fingí amarte,…,
vano pretexto de mi codicia.

Te busqué en lo excelso,
lo virtuoso, lo sublime del hombre,
descendí, para poseerte,
a los abismos del Impuro,
bebiendo de la amarga copa
de la desesperación y el miedo,
para al fin encontrarte desnuda,
una mañana sentada ante tus puertas,
al amanecer.

Viniste a mí de la mano de un galileo:
“Soy el Resucitado, dijo.

Le escuché por curiosidad,
en un momento de debilidad y extravío,
justo cuando pensaba dejarte,
(tonteaba con el Conocimiento)
despechado por tu silencio,
amargado por tu ausencia.

De sus sencillas palabras,
brotabas como fuente inagotable:
vida, esencia, autenticidad,
saber único que cura toda sed
y calma toda herida.
Me ganó para sí,
perdiéndome para el mundo,
sin embargo que real,
que densa, se volvió la vida
en mi entraña,
al sentir su latido en mi latido,
lo de dentro afuera
y lo de fuera adentro.



HIJOS DE CAIN


Hijos de Caín, razas oscuras,
indómitos habitantes
de las  tinieblas.

Pueblos desterrados,
innúmeras estirpes,
hijos del viento y de la lluvia,
del sol y de la estepa.

El hogar tan ansiado,
la dulce hora de la siesta,
sólo sueño será que alumbra la noche,
que el despertar
convierte en quimera.

Tras los rebaños
en las cañadas,
en los caminos enlodados,
sucios y harapientos
sin descanso caminan,
huyendo del exterminio;
engendrando al abrigo de la roca
y del hontanar,
hijos del bronce y de la furia,
que heredaran la tierra,
cuando airadas
hachas silentes,
caigan sobre las dormidas cabezas.

Hijos de Caín,
perenne estigma
grabado en la frente,
y en la mano la promesa:
siete veces, siete,
castigo recibirá,
quien muerte os diera.


EL PERDÓN

¿Creéis acaso en la bondad?
¿Que alguien puedo librarse,
por sí, de la tiranía del pecado?

¿Que no soy injusto o malvado?
¿Que no hiero con mi lengua,
o traiciono con mi desdén?

 ¿Que no infrinjo dolor a quien me quiere,
 y que no tengo compasión ni de mi mismo?

¿Que no engaño o juro en vano,
o que no mancillo la verdad
y la inocencia?

Y, por contra …
¿Que no soy generoso o desprendido,
que no amo o cultivo la piedad,
que no soy solidario y servicial,
que no doy mi sangre,
 o ayudo al que lo necesita,
sin pedir nada a cambio,
que no tengo el corazón limpio?

Ni ángel ni demonio,
tan sólo un hombre,
con su doble naturaleza.

Mucho peco y pequé
pero también mucho amo y amé.


Y, ya sabéis: “ a quien mucho ama,
mucho le será perdonado”.

Ahí radica la fuente de mi confianza,
de mi fe y alegría ...,
en que he sido
y seré perdonado,
por el único que tiene poder para perdonar.
Mi señor.
Único Juez al que me someto.